Lectio Divina. Quinto Domingo de Cuaresma

63

QUINTO DOMINGO: LA FECUNDIDAD DE LA CRUZ

Primera lectura (Jer 31,31-34):

Jeremías es considerado el primer maestro de la golah (destierro o exilio), aunque su predicación comenzó antes de la caída de Jerusalén, la cual, a pesar de todo lo que dijo e hizo, no pudo evitar. Para este profeta el exilio, paradójicamente, será un lugar y un momento privilegiado para buscar y encontrar a Dios. Aquí está la única esperanza de salvación. Pero esta salvación por parte de Dios no se dará en lugar de la prueba, sino a través de ella (Jer 30,14-24). Esta actitud de búsqueda de Yavé, si es sincera, implica arrepentirse de los pecados para volverse a Dios (Jer 31,18-19). Pero la conversión del pueblo es condición, no causa de la salvación. Demasiados reveses y rechazos ha experimentado Jeremías como para volver a poner la esperanza en los hombres. Esta depende exclusivamente de lo nuevo que obrará Dios y que viene descrito en el llamado libro de la consolación (Jer 30-31) que incluye el texto de la primera lectura de este domingo.

El oráculo de Jer 31,31-34 es muy importante tanto por la novedad de su anuncio como por su utilización en el Nuevo Testamento (cf. Lc 22,20; Heb 8,8-12). Aparece la expresión nueva alianza, que encontramos sólo aquí en todo el AT y que es presentada como una alternativa ante el fracaso de la anterior alianza del Sinaí. Con esta última hay continuidad por cuanto también se refiere a la relación con Dios en términos de alianza (berît); mientras que la novedad está en el modo de realizarse y de vivir la misma, pues se dará una interiorización y personalización.

Escribir la ley en los corazones significa que lo mandado por Dios coincidirá con la decisión propia y libre del pueblo. Esto supone que ya no hará falta continuar con la transmisión, explicación e inculcación de la ley, porque habrá un conocimiento directo o intuitivo de la voluntad de Dios. En este sentido no se trata ya de una imposición externa de obligaciones sino del cumplimiento de la voluntad de Dios por un impulso interior. A nivel más profundo se trata de la posibilidad de una relación íntima y directa con Dios, quien mediante su perdón va a quitar el gran obstáculo que estaba también escrito en el corazón de los israelitas: el pecado (Cf. Jer 17,1). El resultado final será entonces una verdadera pertenencia recíproca (“yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”); una relación personal de cada uno con el Señor que volverá inútiles las exhortaciones, tan necesarias anteriormente y sin embargo ineficaces, según la amarga experiencia del profeta.

También, en el contexto de crisis institucional propia del exilio, la esperanza propuesta por Jeremías es que Israel sobrevive en cada uno de los hebreos que lleva la Alianza en su corazón, lo que implica una personalización de la fe. Dios obrará en ellos aquella “circuncisión del corazón” que en vano reclamaba el profeta (Jer 4,4; 9,25; cf. Dt 10,16; 30,6).

En aquella situación de crisis podemos decir que Dios le pidió al pueblo por medio del profeta dos acciones: renunciar y recibir. Saber renunciar al antiguo modo de vincularse con Dios, herido de muerte por el pecado. Saber recibir la novedad de una nueva Alianza que Dios reconstruirá más allá de lo calculable o previsible. Se trata de esperar con fe en Dios.

Segunda lectura (Heb 5,7-9):

Esta perícopa de la carta a los Hebreos integra la sección en la que se trata de la superioridad del sacerdocio de Jesucristo en relación al sacerdocio del Antiguo Testamento. El autor de la carta, después de haber hecho la descripción del sumo sacerdote judío que “…es tomado de entre los hombres y puesto para intervenir en favor de los hombres en todo aquello que se refiere al servicio de Dios…” (5,1-4), marca detenidamente los contrastes con el sacerdocio de Cristo. Jesucristo no es tomado de entre los hombres, sino que es el Hijo de Dios que debe asumir la condición humana para llegar a ser sumo sacerdote. No ofrece dones y sacrificios exteriores a sí, sino que se ofrece a sí mismo: “Él ofreció… súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas” (5,7). A. Vanhoye[1] lo comenta así: “Su oración no era una liturgia convencional, con ritos predeterminados, sino la expresión viva de una angustia extrema, ya que acompañaba su oración con gritos vehementes y lágrimas”. Puede ser una referencia a Getsemaní o al Gólgota, pero siempre en el contexto de la pasión.

Y fue escuchado por el Padre quien, si bien no lo liberó de la muerte, lo resucitó gloriosamente después de haber muerto.

 El ejercicio del sacerdocio de Cristo consistió en la entrega de su propia vida en obediencia al Padre, lo cual implica que se entienda la muerte del Señor como un verdadero sacrificio. La carta señala que esta obediencia fue un aprendizaje a través del sufrimiento que llevó a Jesús como hombre a alcanzar la perfección (Heb 5,8-9); perfección que incluye la institución en el orden sacerdotal. El texto orienta a pensar que la ordenación sacerdotal de Cristo se ha realizado por medio del sufrimiento en la cruz, en el momento de ofrecer su sacrificio al Padre[2].

Como nota también A. Vanhoye[3] el autor de la carta pone de manifiesto dos aspectos de la pasión de Cristo: la oración escuchada y la educación dolorosa. Estos aspectos no se contraponen por cuanto la respuesta a la oración fue la transformación o perfeccionamiento de la humanidad de Cristo obrada por medio de la pasión, que beneficia luego a todos los hombres. En efecto, esta muerte o entrega sacrificial de Cristo es fecunda por cuanto mediante la misma “se hizo causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (Heb 5,9b).

Evangelio (Jn 12,20-33):

El episodio narrado por este evangelio está ubicado justo antes de la entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén, durante una fiesta de Pascua y, por ello, había en Jerusalén judíos venidos de todas partes. Ante la requisitoria de unos griegos que quieren verlo, Jesús hace un discurso que expresa su estado de ánimo, su disposición interior antes de la Pasión. Con razón algunos exegetas consideran a este texto como el Getsemaní joánico, ya que cinco días antes de su pasión Jesús anuncia que ha llegado su hora, y se turba interiormente (Jn 12,27).

Se trata de la hora de pasar de este mundo al Padre, que es al mismo tiempo la hora del amor extremo (13,1) y del dolor supremo, de los dolores de parto (16,21); hora del abandono de los discípulos y de la presencia permanente del Padre (16,32). Y al mismo tiempo es la hora de la glorificación del Hijo por el Padre (12,23). L. H. Rivas[4] nos explica el sentido de esta expresión: “cuando Jesús dice que va a ser glorificado por el Padre, está indicando el cambio que se dará en su humanidad. Desde toda la eternidad Él tenía la gloria junto al Padre, pero asumió una condición humana semejante a cualquier otro ser humano, hasta el punto de que también pudo padecer y morir. Poco después de su muerte, también en su cuerpo se manifestará su condición divina. Jesucristo, siendo verdadero hombre, tendrá el resplandor que le corresponde como Hijo de Dios igual al Padre”.

En función del contexto litúrgico creo que debemos prestar atención a dos frases del evangelio en particular. En primer lugar, la breve parábola de la semilla: “Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto”. Sabemos que si el grano se pudre, muere, del mismo surge luego una planta que dará más granos. En cambio, si no muere, queda estéril, no da planta ni frutos. Así, Jesús recurre al ciclo vital de la semilla para enseñarnos el sentido de su muerte como un paso fecundo a la vida, a dar fruto, a glorificar al Padre. Su muerte será un fracaso sólo en apariencia pues gracias a ella luego pasará a la Gloria del Padre. Al mismo tiempo nos enseña que el amor manifestado en su entrega es el que da sentido a los sufrimientos de su pasión, pues los orienta en favor de los demás, los vuelve redentores. El dolor y la muerte son transformados en medios de vida y fecundidad. La semilla es Cristo mismo quien a través de su muerte dará la vida a los demás. Pero al mismo tiempo, dado que en el texto esta frase es dicha a los apóstoles, se convierte en ley general del discipulado, de los que eligen seguir el camino de Cristo[5].

En segundo lugar, la frase “y cuando Yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Jesús decía esto para indicar cómo iba a morir”. Se retoma el tema de la “elevación en la cruz” del domingo pasado (cf. Jn 3,14), pero añadiendo a la misma una “fuerza de atracción”. Es la atracción de Cristo crucificado (“mirarán al que traspasaron” en Jn 19,37) donde se manifiesta la grandeza del amor divino que redime al hombre. Es la atracción universal que ejercerá la persona misma de Jesús convirtiéndose en centro de la mirada y de la contemplación en la fe[6].

Meditatio:

 Nocent nos presenta, como síntesis de las lecturas de este domingo lo siguiente:

“El 5to. Domingo sigue detallando la obra de salvación en que nos encontramos empeñados. El grano muere y da fruto; este fruto cultivado en la obediencia es la salvación eterna, nueva alianza en el olvido de las faltas pasadas. Esta podría ser la síntesis de lo que este 5to. Domingo quiere hacer vivir”[7].

En efecto, el domingo pasado se nos invitaba a levantar la mirada hacia Cristo y a poner atención en la obra de Dios en nosotros. Esta actitud implicaba la fe, es decir, confiar y abandonarse en las manos del Padre. Este quinto domingo refuerza esta orientación general propia de la segunda parte de la cuaresma, al mismo tiempo que nos sumerge un poco más en el misterio de nuestra redención y nos marcan un camino a seguir.

Nada más importante y fundamental en la vida cristiana que dejar que Dios obre en nosotros. Toda la cuaresma quiere educarnos para esto. Las tres lecturas hacen referencia al proceso o dinamismo propio del misterio pascual, al paso necesario por la destrucción, la obediencia y la muerte, de donde Dios hará surgir de nuevo la vida.

Con Jeremías se nos invita a esperar una verdadera y auténtica renovación de nuestra relación o alianza con Dios. Una relación donde nos será posible, por fin, ser fieles a Dios, obedecerle de corazón. Esta gracia de la obediencia cordial será la forma de poder “desahogar” nuestro amor por Él, pues sin la misma todo intento de fidelidad fracasa. La promesa es realmente inmensa: poder conocer la voluntad de Dios y cumplirla integralmente. Será el fruto maduro de la redención plena en nosotros, fruto deseado de la Pascua de Jesús.

La carta a los Hebreos insiste con mucho realismo en “lo que le costó” a Jesús llegar a ser causa de salvación eterna. Su obediencia sacrificial abrió el camino para que sea posible nuestra obediencia cordial, que también debe transitar por el misterioso camino de la súplica con gritos y lágrimas para ser escuchada y de la obediencia dolorosa para ser fecunda.

El evangelio nos habla del “paso” necesario de Jesús a través del sufrimiento y la muerte para obtenernos la vida eterna. Da la vida por la salvación de los hombres para luego recobrarla transfigurada. Y de este modo se nos dice también que Dios quiere obrar en nosotros como obró en su Hijo Jesús. Es la ley de la fecundidad de la semilla, que se inaugura con Jesús y se convierte también en ley para sus discípulos.

Al respecto comenta J. Aldazábal: “A todos nos apetece más la salud, el triunfo, el éxito y los honores que la renuncia o el sacrificio o el fracaso. Cristo nos ha enseñado que el mundo se salva no con alardes de poder, sino por medio de la cruz, que en este mundo no tiene ciertamente buena prensa ni popularidad”[8].

Es claro en las tres lecturas que Dios toma la iniciativa en nuestra redención; por tanto hay que dejarlo obrar a Él, a su modo y con sus tiempos. Al respecto dice el Card. Vanhoye[9]: “Jesús nos enseña que cuando oremos debemos dejar siempre a Dios elegir la solución de la situación en que nos encontremos. La solución que le dé Dios será siempre mejor que la que nosotros podamos pensar con nuestras mentes limitadas […] La pasión de Jesús es un acontecimiento extraordinario que ha cambiado la situación religiosa de los hombres. Es un acontecimiento de amor. Jesús nos amó hasta dar su propia vida por nosotros. El suyo es un amor universal, que quiere transformar nuestras mentes y nuestros corazones de una manera radical, concediéndonos una unión efectiva con Dios y con todos nuestros hermanos”.

Un ejemplo actual es la vida del beato Charles de Foucauld sobre quien escribía san Juan Pablo II: “toda la vida del Padre de Foucauld se puede resumir en un único gran deseo: ser como el grano de trigo que muere, imitando así, silenciosamente, con la ofrenda de la propia vida, al Cristo que amó a los hombres hasta el fin para hacerse prójimo”. En efecto, “en el momento de su muerte el Hermano Charles es un perfecto desconocido. Muere herido por unos saqueadores en un país lejano a su patria. No ha obtenido siquiera una conversión. Ningún discípulo lo ha seguido, a pesar de su proyecto de fundar una congregación. Ninguna de las miles de páginas que ha escrito “a los pies de Jesús”, delante de la Eucaristía, ha sido publicada. Deberán pasar veinte años hasta que René Voillaume y Madeleine Hutin, fundadores de los Pequeños Hermanos y de las Pequeñas Hermanas de Jesús, recopilen sus enseñanzas. De a poco, como un pequeño grano de mostaza, la espiritualidad de Charles, “hombre del desierto”, crecerá hasta convertirse en una de las fuentes espirituales más fecundas de nuestro tiempo”[10].

Ya cercanos a la semana santa es tiempo de preguntarnos si hemos alcanzado el objetivo de la cuaresma, que al decir de A. Cencini[11] es “captar la potencia vital de la cruz, de la muerte de Jesús en la cruz. Porque en la cruz y a través de su muerte ha llegado a nosotros la vida, porque es el signo más grande del amor más grande […] Del mismo modo que el máximo amor del Padre se reveló en el punto más bajo de la debilidad humana (= la cruz del Hijo), como en una unión de dos extremos, así también ahora el poder divino toma morada en la debilidad del que reconoce y acepta hasta el fondo no sólo la enfermedad sino incluso su propia impotencia; sobre todo del que se libera de la pretensión de construir con sus manos su propia perfección, porque ha descubierto claramente que no es capaz; de la sutil ambición de ser valioso a los ojos de Dios y más digno que los demás; de la presunción de vestir por méritos propios el bello hábito de la perfección, exhibiéndolo con mal disimulado narcisismo…”.

Esta misma dinámica, llevada al plano pastoral, nos la enseña el Papa Francisco en EG n° 279:“Como no siempre vemos esos brotes, nos hace falta una certeza interior y es la convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos, porque «llevamos este tesoro en recipientes de barro» (2 Co 4,7). Esta certeza es lo que se llama «sentido de misterio». Es saber con certeza que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo (cf. Jn 15,5). Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida. A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo, que escapa a toda medida. Quizás el Señor toma nuestra entrega para derramar bendiciones en otro lugar del mundo donde nosotros nunca iremos. El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca”.

En breve, la propuesta de este domingo es renovar nuestro propósito de seguir a Cristo en este paso fecundo de la muerte a la vida de Dios. Él lo ha dado primero y nos invita a seguirlo con confianza. No hay otro camino fuera de este para llegar a una Pascua fecunda.

Para la oración (resonancias del Evangelio en una orante):

“El que quiera servirme”

Señor, venimos a ti, en esta hora
Granos queremos ser, en este tu campo
Caer en tierra y penetrar los surcos
Secos de amor y con temor, añoramos.

Sepáranos de una vida tan corta
Y haznos esperar en lo Eterno desde ahora
Servidores seremos, para el Padre
Vueltos a su rostro y por su Gloria.

La Voz la escuchan los pequeños
Sin apegos. Son pobres.
Libres de la ambición que corroe
Y prestos a llamar a los hombres

Atraídos por el signo que trazaste
Se partió la historia mía y la de tantos
La Verdad salió al encuentro
¿Y lloramos tu muerte, por qué tardaste?

Dar la vida y recobrarla
Es solo cosa tuya, de Quien eres
Dios mío. Cristo. El esperado
Nuestra cuenta has pagado.

Danos llorar nuestra propia muerte
Saberte a nuestro lado turbado
Amigo, compañero sufriente
El corazón nuestro te has ganado. Amén

  

[1] La cristología sacerdotal de la carta a los Hebreos (CEA; Buenos Aires 1997) 75.

[2] Cf. L. H. Rivas, Carta a los Hebreos (Claretiana; Buenos Aires 2007) 35.

[3] La cristología sacerdotal de la carta a los Hebreos (CEA; Buenos Aires 1997) 74-77.

[4] Jesús habla a su pueblo 4. Ciclo B (CEA; Buenos Aires 2002) 162.

[5] Así piensa X. León Dufour, Jesús y Pablo ante la muerte (Cristiandad, Madrid 1982) 134-136: “Lo admirable de este texto es que su misma dinámica refleja el itinerario de Jesús y del discípulo”.

[6] Cf. D. Muñoz Leon, Predicación del Evangelio de Juan (Comisión episcopal del clero; Madrid 1988) 369.

[7] Celebrar a Jesucristo III. Cuaresma (Sal Terrae; Santander 1980) 152.

[8] Enséñame tus caminos 9. Domingos ciclo B (Ágape, Bs. As. 2005) 142.

[9] Lecturas bíblicas de los domingos y fiestas. Ciclo B (Mensajero; Bilbao 2008) 86.88.-

[10] Charles de Foucauld. Legado espiritual (Bonum; Buenos Aires 2005) 3-4.

[11] La formación permanente (San Pablo; Madrid 2002) 211.213.-

Descargar como:  PDF |   Microsoft Word |   Texto Plano   –     Imprimir Artículo