Lectio Divina. Quinto Domingo de Pascua

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QUINTO DOMINGO DE PASCUA CICLO “B”

Primera lectura (He 9,26-31):           

San Pablo, poco después de su conversión, tiene que huir de Damasco para salvar su vida y, al llegar a Jerusalén, busca integrarse a la naciente comunidad cristiana. El texto de hoy da nota de la desconfianza inicial hacia él por parte de los discípulos de esta comunidad. Son requeridos los buenos oficios de Bernabé para que sea aceptado por el grupo, al punto que puede convivir con ellos y predicar a Jesucristo en Jerusalén. Pero los judíos de lengua griega, quienes posiblemente lo consideraban un traidor, buscan su muerte. Por ello lo envían a su ciudad natal, Tarso, para salvar la vida de Pablo y, al mismo tiempo, pacificar los ánimos.

Unos versículos antes Lucas nos había contado la desconfianza de Ananías ante Pablo. Y el Señor le respondió: “«Ve a buscarlo, porque es un instrumento elegido por mí para llevar mi Nombre a todas las naciones, a los reyes y al pueblo de Israel. Yo le haré ver cuánto tendrá que padecer por mi Nombre»”(He 9,14-15). Esto último, el padecer y ser perseguido por el nombre de Jesús, comienza a ser una realidad en la vida de Pablo. Y prácticamente lo seguirá siendo hasta el final, hasta su martirio.

Se habla de esta permanencia de san Pablo en Tarso (o en Arabia según Gal 1,17) como de los “años ocultos” del Apóstol. Podemos pensar que fueron años de “inactividad pastoral”, pero profundamente fecundos en cuanto a la comprensión del misterio cristiano. Es verosímil que Pablo haya aprovechado este tiempo para reflexionar a fondo sobre el misterio de su conversión, de la revelación recibida en Damasco y sus consecuencias para su vida de fe. Es decir, su convicción de fe profunda, su comprensión sapiencial del misterio de Cristo, su visión de la historia de la salvación; todo esto puede haber tenido su fuente, además de en la Gracia de Dios, en esos años ocultos. Sí, ocultos a los ojos de los hombres pero activos a los ojos de Dios.

Segunda lectura (1Jn 3,18-24):

 En las epístolas de Juan la obra típica del cristiano es la caridad, una caridad que se verifica en la obras, no sólo en las palabras. Se trata de un amor vivido, no sólo declamado. Según R. Fabris[1], de este modo el autor de la carta “propone un criterio para reconocer la identidad verdadera y profunda del que no sólo pone en práctica la verdad – la palabra escuchada – sino que en su modo de sentir y vivir se deja guiar por la verdad. Se trata de verificar y valorar ante Dios los propios sentimientos, proyectos y opciones que tienen su raíz en el centro de la personalidad, el ‘corazón'”.

Así, el que ama “en obra y en verdad” puede estar tranquilo en su corazón (kardi,a) delante de Dios. Y si el corazón nos condena, todavía tenemos el recurso a Dios que es más grande y lo conoce todo. Y si el corazón nada nos reprocha, podemos entonces tener confianza (parresía, parrhsi,a) para llegarnos al Padre y pedirle con la certeza de obtener lo que pedimos. Al respecto J. Casabó[2] precisa que “en la 1ª Epístola parrhsi,a es el acceso abierto a Dios, la confianza en Él, que se opone al miedo (4,18) y a la confusión (2,28). En la Epístola vemos una progresión, o más bien una precisión de la causa que funda la parresía: en 2,28 es “permanecer en Cristo”; en 3,21 “guardar sus mandamientos”; en 4,17 la ágape”

En los vv. 22-24 el término mandamiento (entolé = ἐντολὴ.) aparece 4 veces, dos en plural y dos en singular. Mucho debaten los estudiosos sobre el contenido de este término en Juan. Ante todo es claro que no se identifica con los diez mandamientos ni con la ley judía pues Juan habla de ellos como nómos. La respuesta correcta nos la da J. Casabó[3]: “¿Cuál es el contenido de la entolé? Ante todo la caridad de Cristo comunicada, enraizada en Él y fruto de la comunión con Él; convertida en norma del creyente y eje central de su actuar. Pero también el ideal ético que realiza Cristo con todas sus implicaciones, y del que deja a sus seguidores ejemplo fundante y preceptos, como expresiones de esa caridad que todo lo empapa”. Es decir, es claro en Juan que Jesús ha hecho partícipes a sus discípulos de su amor al Padre y de su obediencia a sus mandatos (Jn 10,18; 12,49-50). Por tanto, los hace partícipes de su caridad y les da el mandamiento nuevo (entolé) de amarse unos a otros con este amor divino (Jn 13,34; 15,10.17). Así, la esencia del mandamiento (entolé) es el amor. Ahora bien, siendo la ágape el principio operativo fundamental del cristiano, incluye y vivifica el cumplimiento de toda la voluntad de Dios manifestada en Cristo.

Evangelio (Jn 15,1-8):

En este evangelio Jesús elige una comparación para expresar la relación que existe entre la vid-Jesús; el Padre-viñador y los discípulos-ramas. Recordemos que la vid, junto con el olivo y la higuera, conforman la vegetación característica de Palestina e Israel. Teniendo en cuenta que más del 80 % de la población vive en ciudades, no estaría de más decir que una viña es una plantación de vides y que la vid es una planta trepadora de tronco retorcido con ramas tiernas y largas que brotan de la planta. Tiene hojas alternas y echa flores verdosas en racimos que se transforman en uvas. El fruto de la vid es, pues, la uva. En toda viña es necesario que haya una persona que cuide, limpie, riegue y vigile constantemente las plantas. Esta persona es el labrador o viñador.

El tema de la vid tiene en la Biblia muchas aplicaciones, pero el contenido de estos versículos nos inclinan por asimilar la vid con la viña, la cual con frecuencia se refiere a Israel (cf. Is 5,1-7; 27,2-5; Jer 12,10). Esta vid/viña, símbolo de Israel, viene calificada como verdadera. Este adjetivo también lo utiliza Juan para calificar a la luz (1,9); a los adoradores (4,23); al pan del cielo (6,32) y a Dios (17,3). Se trata entonces de la vid auténtica, real, definitiva. Por tanto, tomando este dato de la tradición del Antiguo Testamento, Juan lleva a cabo un desplazamiento atrevido: el mismo Jesús es la vid del Padre. Según L. Rivas[4] “la declaración «Yo soy la verdadera vid» equivale a «Yo soy el verdadero pueblo elegido por Dios». Según J. Ratzinger[5] esta expresión tiene un alcance cristológico mayor pues si bien el adjetivo “verdadera” resulta importante, “el elemento esencial y de mayor relieve en esta frase es el «Yo soy»; el Hijo mismo se identifica con la vid, Él mismo se ha convertido en vid. Se ha dejado plantar en la tierra. Ha entrado en la vid: el misterio de la encarnación, del que Juan habla en el Prólogo, se retoma aquí de una manera sorprendentemente nueva. La vid ya no es una criatura a la que Dios mira con amor, pero que no obstante puede también arrancar y rechazar. Él mismo se ha hecho vid en el Hijo, se ha identificado para siempre y ontológicamente con la vid. Esta vid ya nunca podrá ser arrancada, no podrá ser abandonada al pillaje: pertenece definitivamente a Dios, a través del Hijo, Dios mismo vive en ella”.

Por su parte, el Padre aparece como el labrador o viñador. Llama la atención porque en la tradición sinóptica Dios aparece más bien como el señor o dueño de la viña (cf. Mc 12,9; Mt 20,1; 21,40; Lc 20,13). Sin embargo, en estos textos (y en otros más) se describe la acción de Dios sobre la viña de Israel como la obra propia de un viñador o agricultor. Por tanto, esta presentación del Padre como viñador nos confirma la interpretación de la vid como Israel.

En 15,2 se pasa a especificar las acciones del Padre, que son como las de un viñador que en invierno corta las ramas infructuosas y en primavera las poda para que sean más vigorosas y fructíferas. Para referirse a la acción de podar o limpiar se utiliza el verbo kaqai,rw que en el ámbito religioso significa “purificar”. De hecho el evangelista juega con esta doble valencia de sentido por cuanto en el versículo siguiente (15,3) refiere el adjetivo a los discípulos: “ustedes están limpios, purificados (kaqaro,j)”. En el mismo contexto de la última cena en que se encuentra el texto de hoy Jesús ya les había dicho: “El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos” (Jn 10,13). Lo que se especifica aquí es que la purificación la ha obrado la palabra que Jesús les había dicho.

A continuación Jesús expone claramente la condición para poder dar fruto y sin la cual es imposible hacerlo: se trata de permanecer en Él. El verbo permanecer (ménein) aparece 7 veces en Jn 15,4-7; por lo que es el tema dominante y la actitud decisiva del discípulo. Incluso más, este verbo aparece 40 veces en el evangelio de Juan y su sentido es variado, como lo reflejan las traducciones: morar, permanecer, habitar, quedarse, estar. En nuestro texto es claro su sentido de permanecer, estar unido o vinculado firme y establemente, como lo están las ramas al tronco.

La clave está en “permanecer” unido a Jesús. Sobre el valor teológico de este “permanecer” son importantes las precisiones que hace J. Casabó[6]: “«Ménein en» es muy cercano a «einai en» (estar en; ser en), pero ménein añade una nota de perduración, de prolongación y de permanencia, que es importante para el actuar humano […] el uso jóanico de ménein tiene una peculiaridad: nunca afirma absolutamente que el Padre y el Hijo permanecen en el hombre, sino que esta permanencia está siempre pendiente de una condición […] el uso mismo de ménein indica que se parte de una realidad inicial, de comunión creada por Dios mediante su iniciativa, aceptada por el hombre, y que debe ser mantenida, desarrollada, profundizada. La relación es progresiva”.

En 15,5 la alegoría es reemplazada por el lenguaje directo: Jesús es la vid y los discípulos son las ramas. La comunión viva entre Jesús y sus discípulos es la garantía de los frutos; la separación es garantía de impotencia, de esterilidad (15,6). Como bien nota L. Rivas acerca de 15,7: “Se pone especial cuidado en evitar que el discípulo se atribuya el poder de realizar todas las cosas: se debe ‘pedir’. Se requiere, además, la condición de ‘permanecer’, es decir, la constancia en la fidelidad a Cristo y la continuidad de la obra de Cristo en el discípulo. Dentro del ámbito de esa relación recíproca expresada por el verbo ‘permanecer’, el discípulo pide lo que pide Cristo, y todo lo que pida se le concederá”.

Al respecto dice R. Brown: “Del mismo modo que Jesús es la fuente de agua viva y el pan del cielo que da vida, también es la vid que comunica la vida. Hasta ahora, las metáforas en que se expresaba la idea de recibir de Jesús el don de la vida implicaban unas acciones externas: había que beber el agua o comer el pan de vida. Las imágenes que hallamos en el mashal de la vid son más íntimas, como corresponde al tema general de la interiorización que domina el discurso final: para tener vida hay que permanecer en unión con Jesús, del mismo modo que los sarmientos están unidos a la vid. Beber el agua y comer el pan eran símbolos de la fe en Jesús; la explicación de 15,7-17 deja en claro que permanecer en la vid simboliza el amor.”[7]

Otro tema dominante de la sección son los “frutos”. Sólo puede darlos el discípulo que permanece en Cristo; y cuando los tiene, el Padre lo poda para que dé más. El signo de ser discípulo es dar fruto y así glorificar al Padre (15,8). ¿Qué son esos frutos? Algunos estudiosos acuden a la tradición sinóptica y los entienden en sentido ético: son las buenas obras (cf. Mt 3,8.10; 7,17; 21,43). Otros, en cambio, piensan que en San Juan tienen un matiz propio: son los frutos del apostolado, la atracción de las personas a Cristo, la comunicación de la salvación a los demás hombres. Se inspiran ante todo en Jn 12,24: “Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.” Otros, por fin, piensan que el fruto primordial es el amor (ágape), signo y contenido de la vida nueva recibida de Dios, y que mueve interiormente al discípulo a realizar buenas obras y a comunicar la vida de Dios a los demás hombres.

Algunas reflexiones:

La narración del evangelio de hoy se vale de la comparación con una planta, una vid, para representarnos la interacción entre tres “actores”: Jesús, el Padre y los discípulos, cada uno con su identidad y su misión propia. Al meditar el texto tenemos que ponernos en el lugar de los discípulos, de las ramas, y comprenderemos cómo vivir nuestra relación con el Padre, con Jesús y con los demás.

Primero Jesús, quien se presenta como la vid verdadera. Como vimos, con esta afirmación Jesús se presenta a sí mismo como el nuevo y verdadero pueblo de Dios. Pero también va más allá pues se identifica con la misma vid: Él mismo se ha hecho vid mediante su encarnación. Y de aquí surge la novedad de este “nuevo y gran paso histórico de Dios”. En primer lugar “las palabras sobre la vid muestran el carácter irrevocable del don concedido por Dios, que nunca será retirado”. Es el Sí último y definitivo de Dios a los hombres pues tanto se ha comprometido el Padre con nosotros que su Hijo se ha hecho nuestra vid y nunca será rechazada. Y en segundo lugar “esto comporta que precisamente de este modo sigue siendo una cosa sola con los suyos, con todos los hijos de Dios dispersos, que Él ha venido a reunir […] significa la unión indisoluble de Jesús con los suyos que, por medio de Él y con Él, se convierten todos en «vid» y que su vocación es permanecer en la vid”[8]. Jesús es la fuente de vida y de energía de los discípulos.

Luego tenemos al Padre, al viñador, que se encarga de cuidar la vid, de podar-purificar las ramas. Todas reciben su acción o atención: las que están secas y no dan frutos son cortadas y tiradas; las que dan fruto son podadas para que den más. “Purificación: la Iglesia y el individuo siempre necesitan purificarse. Los actos de purificación, tan dolorosos como necesarios, aparecen a lo largo de toda la historia, a lo largo de toda la vida de los hombres que se han entregado a Cristo […] Hay que recortar la autoexaltación del hombre y de las instituciones; todo lo que se ha vuelto demasiado grande debe volver de nuevo a la sencillez y a la pobreza del Señor mismo. Solamente a través de tales actos de mortificación la fecundidad permanece y se renueva”[9].

Y por último estamos nosotros, los discípulos de Jesús. Y lo nuestro, nuestra misión, es permanecer unidos a Jesús. El testimonio de muchos santos, por no decir de todos, tanto de vida activa como contemplativa, es unánime al respecto: sólo quien permanece unido a Jesús puede dar verdaderos frutos. Por ejemplo escribía Isabel de la Trinidad[10]: “Es el Verbo de Dios quien nos ordena, quien nos expresa esa voluntad. Permaneced en mí no ya sólo unos momentos, algunas horas fugitivas, sino permaneced de un modo permanente, habitual. Permaneced en mí, orad en mí, adorad en mí, amad en mí, padecer en mí trabajad en mí, obrad en mí”. Y el santo Cura Ars, desde su lugar de párroco, escribía: “Ser amados por Dios, vivir unidos a Dios…Vivir en la presencia de Dios, vivir por Dios: oh bella vida…y bella muerte…Todo bajo la mirada de Dios, todo con Dios, todo por agradar a Dios…oh! Esto sí que es bueno”. “¡Oh bella vida! ¡Bella unión del alma con Nuestro Señor! La eternidad no será suficiente para comprender esta felicidad”[11].

Por tanto, es claro que la unión con Jesús es el gran secreto de la vida cristiana, el alma de todo apostolado y la fuente de nuestra felicidad duradera en este mundo. Para decirlo en negativo: no hay auténtica vida cristiana sin la unión viva con Jesús. Al respecto dice J. Lafrance[12]: “La verdadera fecundidad apostólica es el fruto de esta transformación de nuestro ser por el amor de Dios. Nos preocupamos mucho por los falsos problemas en la Iglesia de hoy y corremos el riesgo de olvidar lo esencial. En el fondo, la santidad del cuerpo de Cristo depende de la vitalidad y de la unión de cada uno de sus miembros con la cabeza. Cuando más vivamos el amor de Dios, más infundiremos esta vida del Espíritu en el corazón de la Iglesia y del mundo”.

Recientemente el Papa Francisco nos recordaba en su exhortación apostólica Gaudete et exultate que la unión con Jesús es la fuente de la santidad:

“En el fondo la santidad es vivir en unión con él los misterios de su vida. Consiste en asociarse a la muerte y resurrección del Señor de una manera única y personal, en morir y resucitar constantemente con él. Pero también puede implicar reproducir en la propia existencia distintos aspectos de la vida terrena de Jesús: su vida oculta, su vida comunitaria, su cercanía a los últimos, su pobreza y otras manifestaciones de su entrega por amor” (n° 20).

“Para poder ser perfectos, como a él le agrada, necesitamos vivir humildemente en su presencia, envueltos en su gloria; nos hace falta caminar en unión con él reconociendo su amor constante en nuestras vidas. Hay que perderle el miedo a esa presencia que solamente puede hacernos bien. Es el Padre que nos dio la vida y nos ama tanto. Una vez que lo aceptamos y dejamos de pensar nuestra existencia sin él, desaparece la angustia de la soledad (cf. Sal 139,7)” (n° 51).

La ética del evangelio de Juan y de sus cartas, es una ética de fidelidad. Se nos pide permanecer unidos a Jesús y que su Palabra permanezca en nosotros. Se nos pide creer en el Amor de Dios por nosotros, incluso más allá de los reproches de nuestra conciencia. Y este creer es permanecer anclados en este Amor como fundamento de nuestra existencia. Esta permanencia en Dios por medio de Jesús nos capacitará, a su vez, para vivir el mandamiento del amor, amor concreto, hecho de servicio y entrega, no sólo de palabra. Si permanecemos en Jesús, su Amor (ágape) permanecerá en nosotros, circulará por nuestro corazón, y se manifestará en nuestras obras. Y las mismas serán fecundas y darán gloria al Padre.

Para la oración (resonancia del evangelio en una orante):

¡¡Señor de la vida, Vid del Viñador!!

Señor, te ruego
Concédeme dar muchos frutos
Llenar la tierra de dulzura, de almíbar selecto
De dones que nunca fueron míos y ahora entrego.

Ah, si pudiera rogar en alta voz y escuchen los cielos
Solo abundancia, Señor, como Tú lo diste todo
Y yo abro mis manos vacías en mi indigencia
Temo alzar los ojos ante la Divina Inocencia.

Poda estas ramas secas
¡Dolerá tanto perder y morir por tus promesas!
Y aun así quién podrá escapar al Amor que nos modela
No habrá jamás Alfarero crucificado en un madero

Para derramar su Amor Eterno
Solo apenas artesanos aprendices
Y aún no graduados para ese oficio…
Simples viñateros.

Sujétame a tus ramas, Vid Verdadera
Sin tu sabia no tengo fuerzas
Ni la alegría necesaria para peregrinar
Y recorrer sin cansancio tus tierras.

El Reino tiene prisa y ellos sed
Señor, te ruego
Concédeme dar muchos frutos
Llenar la tierra de dulzura, de almíbar selecto
De dones que nunca fueron míos y ahora entrego. Amén.

[1] Las tres cartas de Juan. Comentario exegético y espiritual (Ágape; Buenos Aires 2010) 113.

[2] La teología moral en San Juan (FAX; Madrid 1970) 457.

[3]La teología moral en San Juan (FAX; Madrid 1970) 351.

[4] El evangelio de Juan (San Benito; Buenos Aires 2005) 409.

[5] Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Planeta; Buenos Aires 2007) 306.

[6] La teología moral en San Juan (FAX; Madrid 1970) 263-264.

[7] El evangelio según san Juan XIII-XXI (Cristiandad; Madrid, 2000) 1009.

[8] J. Ratzinger, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Planeta; Buenos Aires 2007) 306-307.

[9] J. Ratzinger, Jesús de Nazaret. Desde el Bautismo a la Transfiguración (Planeta; Buenos Aires 2007) 308.

[10] Retiro “El cielo en la tierra”, segunda contemplación.

[11] Jean-Marie Baptiste Vianney. Curé d’Ars. Pensées (DDB; 1989) 80-81.

[12] J. Lafrance, Morar en Dios (San Pablo; Madrid 1996) 179.

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