Lectio Divina. Santa Madre de Dios

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS (SOLEMNIDAD)

Primera Lectura (Nm 6,22-27)

Este texto conserva una antigua bendición que los sacerdotes del Antiguo Testamento realizaban sobre el pueblo en las vísperas de las fiestas litúrgicas, particularmente del año nuevo o Ros – ha saná. Es interesante su contenido. En primer lugar, se pide la bendición de Dios. Sabemos que en el AT el contenido fundamental que encierra toda bendición divina es una larga vida y el ser fecundo (cf. Gn 1-2; 12). Se pide luego la guarda, custodia o protección de parte de Dios para con su pueblo. Por tanto, aquí la bendición se refiere a los valores fundamentales y básicos del pueblo y de las personas: salud, descendencia, protección del mal.

En un segundo bloque se pide recibir realidades espirituales, pero no por ello menos reales. Que el Señor le muestre su rostro. La Biblia habla con frecuencia del «rostro de Dios». Utiliza esta expresión para referirse a Dios en cuanto se vincula con el hombre, se vuelve hacia él. Que Dios muestre su rostro al hombre o lo haga brillar ante él significa que le concede su paz y la salvación. Por último, se pide que Dios conceda la Paz (shalom), concepto que encierra todos los bienes que el corazón del hombre puede desear de parte de Dios. Es el don fundamental.

Segunda Lectura (Gal 4,4-7)

Es interesante considerar la estructura interna de este texto para captar su profundo mensaje:

Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, y para que recibiéramos la filiación adoptiva.

La prueba de que son hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!

De modo que ya no eres esclavo, sino hijoy si hijo, también heredero por voluntad de Dios (Gal 4,4-7).

Así como Jesús es el único camino para ir al Padre; de igual modo por medio de él llegan a nosotros el amor y todos los dones del Padre, que se pueden reunir en uno sólo: la filiación divina, es decir, la gracia de ser sus hijos. De modo específico, Dios es Padre de los creyentes porque les comunica, por medio de su Hijo Jesucristo, la vida divina. En San Pablo encontramos frecuentemente esta idea pues en sus cartas considera siempre la obra de Dios “desde nosotros y para nosotros” y, por ello, la revelación del Padre en el Hijo se orienta a la filiación de los creyentes en Cristo. El Padre de nuestro Señor Jesucristo es también el Padre de los cristianos, tal como lo refiere en el saludo inicial de casi todas sus cartas. Para el Apóstol los cristianos son hijos de Dios como fruto de la redención obrada por el Hijo, quien les otorga una participación en su espíritu filial.

Justamente en la carta a los Gálatas san Pablo compara los dos momentos de la Historia de la Salvación, la sumisión a la Ley o Torá y la libertad filial, con dos edades de la vida humana: la de la infancia que supone el sometimiento al pedagogo que es la ley; y la mayoría de edad en la cual el heredero goza de la libertad. Pues bien, con Cristo ha llegado a los hombres esta mayoría de edad pues El viene a liberarnos de la esclavitud de la Ley y a transformarnos en hijos adoptivos. Podemos reconocer detrás de esta expresión paulina la manifestación de la paternidad de Dios a través del éxodo, pero aquí el rescate y la filiación adoptiva alcanzan su pleno sentido por medio del Hijo. La prueba y la experiencia de esta condición de libertad se encuentran en el envío del Espíritu de Cristo -espíritu filial- al corazón de los fieles que los mueve a llamar a Dios como lo llamaba Jesús: Abbá – Padre. Esta condición de hijos, al igual que en Jesús, se pone de manifiesto en la oración.

Evangelio (Lc 2,16-21):

Este evangelio fue elegido para esta solemnidad pues nos dice que ocho días después de su nacimiento Jesús fue llevado por María y José para cumplir con lo mandado por la ley de Dios: debía ser circuncidado al octavo día. Allí mismo se le pone el nombre de Jesús. Pero la atención de la liturgia está puesta totalmente en María como Madre de Dios.

Es interesante lo que dicen G. Zevini – P. G. Cabra[1]: “Hay, pues, diversas actitudes que se pueden asumir ante el Cristo: la búsqueda pronta y gozosa de los pastores, el asombro y la alabanza de aquellos que intervienen en el hecho, el relato a otros de la experiencia vivida. Para el evangelista sólo María adopta la postura del verdadero creyente, porque ella sabe guardar con sencillez lo que escucha y meditar con fe lo que ve, para ponerlo todo en su corazón y transformar en plegaria la salvación que Dios le ofrece.”

 

Algunas reflexiones:

Tenemos en esta solemnidad tres temas principales sobre los cuales habrá que reflexionar: la Maternidad Divina de María; la jornada mundial de oración por la paz y el fin-comienzo del año.

1. María, Madre de Dios

La confesión de María como Madre de Dios es el dogma mariano fundamental. «Madre de Dios», Theotokos, es el título que se atribuyó oficialmente a María en el siglo V, exactamente en el concilio de Éfeso, del año 431, pero que ya se había consolidado en la devoción del pueblo cristiano desde el siglo III, en el contexto de las fuertes disputas de ese período sobre la persona de Cristo. Con ese título se subrayaba que Cristo es Dios y que realmente nació como hombre de María. Así se preservaba su unidad de verdadero Dios y de verdadero hombre […] El título de Madre de Dios, tan profundamente vinculado a las festividades navideñas, es, por consiguiente, el apelativo fundamental con que la comunidad de los creyentes honra, podríamos decir, desde siempre a la Virgen santísima. Expresa muy bien la misión de María en la historia de la salvación. Todos los demás títulos atribuidos a la Virgen se fundamentan en su vocación de Madre del Redentor, la criatura humana elegida por Dios para realizar el plan de la salvación, centrado en el gran misterio de la encarnación del Verbo divino.» (Benedicto XVI, 2 de enero de 2008).

Por tanto, la confesión de María como Madre de Dios se deriva de la confesión de Jesucristo como Hijo de Dios. Por eso con esta fiesta mariana reafirmamos nuestra fe en la Encarnación del Hijo de Dios en el seno de María Virgen. Ahora bien, como dice R. Cantalamessa[2]: «El título Madre de Dios proclama que Jesús es Dios y hombre en una misma persona. Este es el propósito por el que los Padres en el Concilio de Éfeso adoptaron este título. El mismo nos habla de la unidad profunda entre Dios y el hombre realizada en Jesús; de cómo Dios se ha unido al hombre y se unió en la unidad más profunda que exista en el mundo, que es la unidad de la persona. Los padres decían que el seno de María fue el tálamo en el cual tuvieron lugar las bodas de Dios con la humanidad, el “telar”, en el cual fue tejida la túnica de la unión, el laboratorio en el cual se obró la unión de Dios y del hombre”.

Al respecto decía el Papa Francisco en su homilía del 1° de enero de 2019: “hoy es también un día para admirarse delante de la Madre de Dios: Dios es un niño pequeño en brazos de una mujer, que nutre a su Creador. La imagen que tenemos delante nos muestra a la Madre y al Niño tan unidos que parecen una sola cosa. Es el misterio de este día, que produce una admiración infinita: Dios se ha unido a la humanidad, para siempre. Dios y el hombre siempre juntos, esta es la buena noticia al inicio del año: Dios no es un señor distante que vive solitario en los cielos, sino el Amor encarnado, nacido como nosotros de una madre para ser hermano de cada uno, para estar cerca: el Dios de la cercanía. Está en el regazo de su madre, que es también nuestra madre, y desde allí derrama una ternura nueva sobre la humanidad. Y nosotros entendemos mejor el amor divino, que es paterno y materno, como el de una madre que nunca deja de creer en los hijos y jamás los abandona. El Dios-con-nosotros nos ama independientemente de nuestros errores, de nuestros pecados, de cómo hagamos funcionar el mundo. Dios cree en la humanidad, donde resalta, primera e inigualable, su Madre”.

2. Jornada Mundial de la Paz 2020: «LA PAZ COMO CAMINO DE ESPERANZA:
DIÁLOGO, RECONCILIACIÓN Y CONVERSIÓN ECOLÓGICA
»

Esta idea de comenzar el año invitando a reflexionar sobre la Paz en el mundo se ha vuelto, prácticamente, una necesidad para todos los hombres que habitamos este mundo. Y lo hacemos guiados por el mensaje del Papa Francisco para la jornada de este año cuyo lema es: «La paz camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica».

Al respecto propone el Papa en su mensaje: “La paz, como objeto de nuestra esperanza, es un bien precioso, al que aspira toda la humanidad. Esperar en la paz es una actitud humana que contiene una tensión existencial, y de este modo cualquier situación difícil «se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino». En este sentido, la esperanza es la virtud que nos pone en camino, nos da alas para avanzar, incluso cuando los obstáculos parecen insuperables”.

Ante la realidad de la guerra tan difundida en todo el mundo y en todas las sociedades con diversas formas, el Papa Francisco deja en claro dónde está el origen de la misma: “Sabemos que la guerra a menudo comienza por la intolerancia a la diversidad del otro, lo que fomenta el deseo de posesión y la voluntad de dominio. Nace en el corazón del hombre por el egoísmo y la soberbia, por el odio que instiga a destruir, a encerrar al otro en una imagen negativa, a excluirlo y eliminarlo. La guerra se nutre de la perversión de las relaciones, de las ambiciones hegemónicas, de los abusos de poder, del miedo al otro y la diferencia vista como un obstáculo; y al mismo tiempo alimenta todo esto”.

Luego el Papa Francisco recuerda su denuncia hecha en su reciente viaje a Japón cuando señaló que: “nuestro mundo vive la perversa dicotomía de querer defender y garantizar la estabilidad y la paz en base a una falsa seguridad sustentada por una mentalidad de miedo y desconfianza, que termina por envenenar las relaciones entre pueblos e impedir todo posible diálogo. La paz y la estabilidad internacional son incompatibles con todo intento de fundarse sobre el miedo a la mutua destrucción o sobre una amenaza de aniquilación total; sólo es posible desde una ética global de solidaridad y cooperación al servicio de un futuro plasmado por la interdependencia y la corresponsabilidad entre toda la familia humana de hoy y de mañana”.

Si el miedo y la desconfianza no son el camino hacia la paz, surgen las preguntas que el mensaje de este año expresa con claridad: “¿cómo construir un camino de paz y reconocimiento mutuo? ¿Cómo romper la lógica morbosa de la amenaza y el miedo? ¿Cómo acabar con la dinámica de desconfianza que prevalece actualmente?”. A las que el Papa responde: “Debemos buscar una verdadera fraternidad, que esté basada sobre nuestro origen común en Dios y ejercida en el diálogo y la confianza recíproca. El deseo de paz está profundamente inscrito en el corazón del hombre y no debemos resignarnos a nada menos que esto.”

El primer instrumento necesario para la paz que propone el Papa Francisco es el diálogo sincero. “El mundo no necesita palabras vacías, sino testigos convencidos, artesanos de la paz abiertos al diálogo sin exclusión ni manipulación. De hecho, no se puede realmente alcanzar la paz a menos que haya un diálogo convencido de hombres y mujeres que busquen la verdad más allá de las ideologías y de las opiniones diferentes. La paz «debe edificarse continuamente», un camino que hacemos juntos buscando siempre el bien común y comprometiéndonos a cumplir nuestra palabra y respetar las leyes. El conocimiento y la estima por los demás también pueden crecer en la escucha mutua, hasta el punto de reconocer en el enemigo el rostro de un hermano”.

El segundo es la reconciliación. “La Biblia, de una manera particular a través de la palabra de los profetas, llama a las conciencias y a los pueblos a la alianza de Dios con la humanidad. Se trata de abandonar el deseo de dominar a los demás y aprender a verse como personas, como hijos de Dios, como hermanos. Nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que debe ser considerado por la promesa que lleva dentro de él. Sólo eligiendo el camino del respeto será posible romper la espiral de venganza y emprender el camino de la esperanza. Nos guía el pasaje del Evangelio que muestra el siguiente diálogo entre Pedro y Jesús: «“Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”» (Mt 18,21-22). Este camino de reconciliación nos llama a encontrar en lo más profundo de nuestros corazones la fuerza del perdón y la capacidad de reconocernos como hermanos y hermanas. Aprender a vivir en el perdón aumenta nuestra capacidad de convertirnos en mujeres y hombres de paz”.

El tercer instrumento necesario es la conversión ecológica. “Ante las consecuencias de nuestra hostilidad hacia los demás, la falta de respeto por la casa común y la explotación abusiva de los recursos naturales —vistos como herramientas útiles únicamente para el beneficio inmediato, sin respeto por las comunidades locales, por el bien común y por la naturaleza—, necesitamos una conversión ecológica. Este camino de reconciliación es también escucha y contemplación del mundo que Dios nos dio para convertirlo en nuestra casa común. De hecho, los recursos naturales, las numerosas formas de vida y la tierra misma se nos confían para ser “cultivadas y preservadas” (cf. Gn 2,15) también para las generaciones futuras, con la participación responsable y activa de cada uno. Además, necesitamos un cambio en las convicciones y en la mirada, que nos abra más al encuentro con el otro y a la acogida del don de la creación, que refleja la belleza y la sabiduría de su Hacedor”.

En síntesis, nos propone el Papa que esperemos la paz. “El camino de la reconciliación requiere paciencia y confianza. La paz no se logra si no se la espera.

En primer lugar, se trata de creer en la posibilidad de la paz, de creer que el otro tiene nuestra misma necesidad de paz. En esto, podemos inspirarnos en el amor de Dios por cada uno de nosotros, un amor liberador, ilimitado, gratuito e incansable.

El miedo es a menudo una fuente de conflicto. Por lo tanto, es importante ir más allá de nuestros temores humanos, reconociéndonos hijos necesitados, ante Aquel que nos ama y nos espera, como el Padre del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-24). La cultura del encuentro entre hermanos y hermanas rompe con la cultura de la amenaza. Hace que cada encuentro sea una posibilidad y un don del generoso amor de Dios. Nos guía a ir más allá de los límites de nuestros estrechos horizontes, a aspirar siempre a vivir la fraternidad universal, como hijos del único Padre celestial”.

3. Fin y comienzo del año

El evangelio describe con una profunda frase la actitud de María ante los acontecimientos que le tocó vivir tan de cerca: «María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19). Es decir, María grababa los acontecimientos en su corazón y los meditaba para descubrir el sentido teológico de los mismos, el mensaje personal que para ella encerraban los hechos que sucedían a su alrededor. Como dice el Papa Francisco en EG n° 142: “La memoria del pueblo fiel, como la de María, debe quedar rebosante de las maravillas de Dios. Su corazón, esperanzado en la práctica alegre y posible del amor que se le comunicó, siente que toda palabra en la Escritura es primero don antes que exigencia.”

Pienso que “hacer memoria” es para nosotros también un excelente y fecundo ejercicio para realizar al finalizar el año. Hacer memoria o re-cordar, esto es, volver a pasar por el corazón todo lo vivido en este año que termina y descubrir lo que el Señor nos ha querido decir con todo ello.

Recordar para discernir tomando como criterio clave de discernimiento la paz, signo claro del paso de Dios por nuestra vida. Por tanto, recordarlo todo y quedarnos sólo con aquellas situaciones o vivencias que nos dejaron paz en el corazón. Pienso en especial en las veces que reaccionamos con amor ante las ofensas, que supimos perdonar, que ayudamos a quien lo necesitaba, que tomamos alguna decisión para profundizar nuestra relación con Dios y con los demás. Y en los casos que no fueron así, saber perdonar y pedir perdón.

Recordar para agradecer. Sí, darle gracias al Señor por haber caminado junto a nosotros este año; darle gracias por todo.

Recordar para aprender. Sí, para saber cuál es el camino correcto la próxima vez, para saber lo que Dios quiere en situaciones semejantes, para ser más fieles en Su seguimiento.

Recordar para confiar. Si, para poner el año que estrenamos en sus manos, porque hemos experimentado que no nos suelta de la mano, que nos acompañará y guiará como lo ha hecho este año que termina.

Recordar para pedir. Sí, pedir y suplicar porque nos sabemos débiles y temerosos y necesitamos su Presencia y su Gracia en nuestras vidas.

Recordar para esperar. Lo señala el Papa Francisco en su mensaje para el Paz de este año “La memoria es, aún más, el horizonte de la esperanza: muchas veces, en la oscuridad de guerras y conflictos, el recuerdo de un pequeño gesto de solidaridad recibido puede inspirar también opciones valientes e incluso heroicas, puede poner en marcha nuevas energías y reavivar una nueva esperanza tanto en los individuos como en las comunidades.”

PARA LA ORACIÓN (resonancias del evangelio en una orante):

La Madre Nuestra

Haz de mi Señor, un pastor como eran aquellos

Que sin tardar ni pensar demasiado

Corrieron a ver las maravillas que habías reservado.

No repararon en su apariencia,

El aspecto del humilde es con sudor de trabajo

Y a veces no queda tiempo para ir a acicalarnos.

Pero el centro es un niño pequeño

Que tiene a todos deslumbrados, y una madre…

Una madre tan atenta a sus berridos y a los nuestros.

Ella esperaría a su Hijo, volver de sus juegos

Carita sonriente, cansado, revuelto el cabello.

Cuánto más estos pastores, de ternura hambrientos.

¡Tan digna era la escena, tan sencilla y perfecta!

Solo alabar puede un pastor, honrado por el anuncio

Preciso es compartir el gozo, ¡gritar que se abran las puertas!

Mientras Ella, en silencio meditaba las Promesas

Recibía la misión más hermosa de esta tierra

Ser la Madre de Dios y también la Madre Nuestra. Amén

Oración cuya autoría es atribuida a San Francisco de Asís

Señor, haz de mi un instrumento de tu paz.
Que allá donde hay odio, yo ponga el amor.
Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón.
Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión.
Que allá donde hay error, yo ponga la verdad.
Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe.
Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza.
Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz.
Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría.

Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar,
ser comprendido, cuanto comprender,
ser amado, cuanto amar.

Porque es dándose como se recibe,
es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo,
es perdonando, como se es perdonado,
es muriendo como se resucita a la vida eterna.

[1] Lectio Divina para cada día del año. Vol. 2. Tiempo de Navidad (Verbo Divino; Estella 2003).

[2] María, espejo de la Iglesia (Agape; Buenos Aires 2013) 97-98.

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