Lectio Divina: Segundo Domingo de Cuaresma

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SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA
LA TRANSFIGURACIÓN ILUMINA NUESTRO CAMINAR

Primera lectura (Gn 22,1-2.9-13.15-18):

El texto comienza dando una clave para el lector, algo que los protagonistas no saben y que sirve para evitar la reacción de escándalo ante lo que Dios va a pedirle a Abraham (“Dios puso a prueba a Abraham”). El verbo nasah, que se traduce por tentar o poner a prueba, tiene más bien el sentido de poner en situación de elegir u optar para demostrar si la fidelidad es auténtica; si la capacidad de confiar o creer en Dios es total[1].

En Gn 22,2 hay una gran insistencia en la persona de Isaac y en lo que significa para Abraham: tu hijo, el que tanto amas, a Isaac[2].

La orden de partir hacia la región de Moria recuerda la vocación de Abraham en Gn 12,1; pero aquí el sentido es contrario: debe ir a destruir la promesa alcanzada. Mientras en 12,1 Abraham tuvo que desprenderse de su pasado, ahora debe entregar a Dios su futuro.

La actitud de Abraham es de obediencia total a la Palabra de Dios y recibe como recompensa la confirmación de la promesa de una descendencia numerosa. En su corazón, no en los hechos, le entregó a Dios su hijo único. Ahora Dios le promete tantos hijos “como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar”.

Abraham debe creer, confiar en la palabra de Dios aunque parezca contradecirse, porque Dios no puede ser encerrado en nuestros esquemas. Abraham sigue creyendo en la bondad de Dios aunque las apariencias digan lo contrario: “Dios verá lo que yo no puedo ver” (Gn 22,8). Y así Dios se muestra fiel a sus promesas y provee el cordero para el sacrificio.

Segunda Lectura (Rom 8,31-34):

En este texto San Pablo relee en clave cristiana el sacrificio de Isaac. Más allá de la continuidad o paralelo, hay un cambio sustancial (discontinuidad y progreso): es el Padre quien ofrece a su Hijo en favor nuestro y nos hace así “inmerecidamente merecedores” de la Alianza.

El Padre entregó a su Hijo, no se lo preservó, no lo escatimó[3]. Hay en el texto paulino una alusión al amor y al dolor de Abraham al entregar a su hijo que ilumina el gesto del Padre. La intención de Pablo sería notar el amor-dolor del Padre al entregar o, si se prefiere, al permitir la muerte del Hijo por nuestra redención. Salvada la infinita distancia entre un padre humano y Dios como Padre, la pérdida del hijo supone un tremendo sufrimiento al verdadero amor paterno. Al hablar de Dios nos movemos siempre en un misterio que nos trasciende, pero si tomamos en serio el amor del Padre no podemos menos que afirmar su participación en el sufrimiento del Hijo. Al respecto dice B. Forte[4]: “En efecto, la Cruz no es sólo la historia del Hijo: éste es entregado a la muerte por Dios, Su Padre. Es Él quien tiene entre los brazos el madero de la vergüenza; el árbol del abandono. Dios no es imperturbable. Él sufre por amor nuestro. Es el Dios que Juan Pablo II en la Encíclica Dominun et vivificantem, muestra como el Padre que es capaz de ejercer un infinito amor, justamente porque es capaz de tener un infinito dolor”.

Evangelio (Mc 9,2-10):

El relato de la transfiguración viene colocado en los tres sinópticos a continuación del primer anuncio de la pasión y de la exigencia de renuncia total para seguir a Jesús que tuvo lugar seis días antes. Relacionando, por tanto, la transfiguración con el primer anuncio de la pasión podemos decir que se hacía necesario que al menos algunos de sus discípulos (Pedro, Santiago y Juan, los considerados como columnas en Gal 2,9), tuvieran una experiencia que disipara el temor y la angustia generados por tal anuncio y, para ello, les concede una visión anticipada de la gloria prometida después de padecer. Estos tres discípulos aparecen también junto a Jesús en el huerto de los Olivos (cf. Mc 14,33). Por tanto, estos tres discípulos están asociados a la agonía y a la gloria de Jesús. Esta asociación de los tres discípulos al misterio pascual es paradigmática para todos los discípulos de Jesús.

El relato de Marcos ve la transfiguración de Jesús como la manifestación anticipada del Hijo del hombre trascendente, que anuncia la transfiguración definitiva que tendrá lugar en la mañana de Pascua y se manifestará plenamente en la Parusía. Si a esto le sumamos la estrecha relación con el primer anuncio de la pasión que precede este relato, es factible afirmar que el mensaje del evangelio es que no debemos separar la pasión de la resurrección, de algún modo anticipada en la transfiguración.

En el monte elevado, junto a Jesús, aparecen Moisés y Elías. Es interesante porque además de representar la Ley y los Profetas, son dos hombres de oración que ayunaron durante 40 días y subieron al Sinaí para encontrarse cara a cara con Dios, para ver su rostro (cf. Ex 33,8; 1Re 19,17). De algún modo puede decirse que ellos alcanzaron la meta de su camino ‘cuaresmal’ al encontrarse con Cristo glorioso.

Ante esta escena Pedro reacciona con una auténtica exclamación: “Señor, que hermoso (kalós) es estarnos aquí”. La transfiguración es un misterio de belleza divina, de esplendor de la verdad y del bien de Dios mismo. Pedro se siente “atrapado” por esta visión y quiere hacer tres carpas para quedarse allí. Según San Agustín, Pedro ha gustado el gozo de la contemplación y no quiere ya volver a las preocupaciones y fatigas de la vida cotidiana. Por eso quiere, en cierto modo, “eternizar” ese momento.

La nube es signo de la presencia de Dios. Y desde allí sale la voz del Padre que manda escuchar a Jesús, es decir, obedecerle y seguirle. La afirmación de la voz celestial tiene un carácter revelador de la identidad de Jesús, tema sobre el cual versaba el diálogo con sus discípulos en los versículos precedentes (cf. Mc 8,27-29). Los discípulos “miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús sólo con ellos”. Esto significa que desaparecieron las anteriores voces de Dios en la historia, Moisés y Elías, la Ley y los Profetas; ahora tenemos que escuchar la Palabra del Hijo Amado, Jesucristo.

MEDITATIO:

“La liturgia de la Palabra de hoy propone a nuestra contemplación la luz que irradia la persona de Jesús Transfigurado […] A través de todas las lecturas podemos seguir un hilo de oro: el del don de sí mismo como condición de la verdadera comunión con Dios”[5]. Verifiquemos esta propuesta de sentido.

La primera lectura nos presenta el ejemplo de Abraham quien por su obediencia a la Palabra de Dios está dispuesto a sacrificar hasta lo más precioso que tiene: Isaac, el hijo de la promesa. Este sacrificio de su propia voluntad hace a Abraham merecedor de la renovación de la Promesa y de la Alianza por parte de Dios.

Ahora bien, esta lectura nos revela también el dinamismo propio de la vida creyente, de la vida en Alianza con Dios. Sólo quien está dispuesto a darle a Dios todo, puede recibirlo todo de Dios. (“Dios no se nos da del todo, hasta que no nos damos del todo”, dice San Juan de la Cruz. Y el mismo santo, en los versillos del Monte de Perfección escribía “Cuando reparas en algo dejas de arrojarte al todo. Para venir del todo al todo, has de dejarte del todo en todo. Y cuando lo vengas del todo a tener, has de tenerlo sin nada querer. Cuando ya no lo quería, téngolo todo sin querer. Cuanto más tenerlo quise, con tanto menos me hallo. Cuanto más buscarlo quise, con tanto menos me hallo. Cuanto menos lo quería, téngolo todo sin querer”). Sólo quien está dispuesto a renunciar puede llegar a poseer; sólo quien está dispuesto a morir, puede resucitar. Es el misterio Pascual de Cristo y del cristiano.

Este mismo proceso de muerte y vida reaparece en la segunda lectura con la actuación propia de los principales protagonistas en el drama de la redención humana: el Padre, el Hijo y nosotros. El Padre se desprende de su propio Hijo quien acepta entregarse a la muerte por nosotros y así quedamos justificados. Como dice Kierkegaard: “Lo que Dios no quiso que hiciera Abraham, lo hizo él mismo”. Su amor por nosotros llegó más lejos todavía.

El evangelio de la Transfiguración presenta también los temas fundamentales ya señalados. En primer lugar notemos que Jesús es transfigurado por el amor del Padre; la toma de conciencia de su filiación divina y del amor eterno del Padre por Él lo transfigura. Lo explica muy bien el P. Cantalamessa: “Jesús, aquel día, en su humanidad ¡entró en éxtasis! Esta es quizás la categoría menos inadecuada que poseemos para describir lo que entonces sucedió en Jesús […] Él estaba feliz. La Transfiguración es un misterio de felicidad divina. Todo el torrente de alegría que fluye entre el Padre y el Hijo, que es el mismo Espíritu Santo, en esa ocasión “desbordó” el jarrón de la humanidad de Cristo”[6].

En respuesta a esta revelación de Jesús, el Padre nos invita a escuchar al Hijo querido, la Palabra definitiva de Dios. Esta es la exigencia, que supone el rechazo de tantas otras voces o solicitaciones que nos invaden. Entre estas habría que citar a los falsos profetas de los que habla el Papa Francisco en su mensaje de cuaresma, que “son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad. Otros falsos profetas son esos «charlatanes» que ofrecen soluciones sencillas e inmediatas para los sufrimientos, remedios que sin embargo resultan ser completamente inútiles: cuántos son los jóvenes a los que se les ofrece el falso remedio de la droga, de unas relaciones de «usar y tirar», de ganancias fáciles pero deshonestas. Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido”.

Vivir en Alianza es vivir en la Escucha de su Palabra. Y sabemos que en la Biblia escuchar es prácticamente sinónimo de obedecer. Por tanto, al igual que Abraham, estamos llamados a la obediencia de la fe, a escuchar a Jesús, a creerle y a seguirlo por el camino de la cruz hasta la Pascua.

En el contexto de la cuaresma estos textos tienen un valor pedagógico excepcional, pues nos recuerdan las exigencias y las consecuencias de la vida en Alianza con Dios y nos ayudan a entender que la pasión es un paso o camino hacia la gloria. Nos lo señala en el prefacio de la Misa de este día: “Él mismo, después de anunciar su muerte a los discípulos, les reveló el esplendor de su gloria en la montaña santa, para mostrar, con el testimonio de la Ley y los Profetas, que por la pasión debía llegar a la gloria de la resurrección”.

Para vivir en alianza con Dios debemos seguir a Cristo por el mismo camino por donde él transitó, que es el camino de la renuncia y de la cruz. No podemos amar la cruz por sí misma; ni podemos complacernos en morir a nosotros mismos mediante la mortificación. Pero sí podemos amar y hasta desear llegar a dónde nos lleva la cruz y la mortificación, paso necesario hacia la gloria. Como bien señala E. Bianchi[7]: “La transfiguración de Jesús indica la meta a la que nos encamina este itinerario cuaresmal, es decir, la resurrección, pues el acontecimiento de la Pascua tiene en esta escena de la transfiguración su anticipación y profecía”.

En síntesis, las lecturas de este domingo nos recuerdan a dónde nos conduce este camino cuaresmal: a ser transfigurados con Cristo, a participar de su Gloria, a la Alianza definitiva. La entrega cuesta y duele, como le costó y dolió a Abraham y al mismo Padre. Y debe ser total, sin reservarnos nada. Pero después viene el fruto maravilloso.

Esta es la pedagogía propia de la cuaresma, que expresa la misma pedagogía de Dios: “Nada más dar inicio en la Cuaresma al camino de la cruz, ya se nos propone el destino último de este camino: la gloria suya y la nuestra. Después de haber leído el domingo pasado la lucha contra las tentaciones y el mal, hoy se nos asegura que el proceso termina con la victoria y la glorificación de Cristo, y que también a nosotros la lucha contra el mal nos conduce a la vida”[8].

Como discípulos, seguidores del Señor, tenemos que asimilar esta pedagogía de Dios en nuestra vida para responderle con una fidelidad activa. Dolores Aleixandre[9] nos lo explica muy bien: “El pasaje inmediatamente anterior a la transfiguración, el del anuncio de la pasión y la resistencia de Pedro, nos recuerda la imposibilidad de separar los aspectos luminosos de la existencia de los momentos oscuros, el dolor del gozo, la muerte de la resurrección. La contigüidad de las dos escenas parece comunicarnos la paradoja pascual: el inundado de luz es precisamente aquel que atravesó la noche de la muerte y el que accedió a la ganancia por el extraño camino de la pérdida […] Al igual que los discípulos, también nosotros necesitamos hacer la experiencia de la proximidad del Dios consolador. Si nunca vivimos ese tipo de experiencias, podemos llegar a dudar de la existencia de la belleza y ver sólo los aspectos opacos de la realidad: la mediocridad que progresa, los cálculos egoístas que sustituyen la generosidad, la rutina repetitiva y vacía que ocupa el espacio de la alegría y la fidelidad. El relato de la transfiguración nos invita a evocar momentos de gracia en los que hemos vivido una experiencia de luz y nuestra vida apareció como transfigurada: el amor se convirtió en certidumbre, la fraternidad se hizo palpable y toda la realidad nos habló un lenguaje nuevo de esperanza y de sentido. Son fogonazos momentáneos que nos revelan el sentido del camino de fe emprendido”.

En conclusión, hemos sido creados para la luz. Nos sentimos seguros cuando caminamos en la luz y no nos gusta andar en la oscuridad. Pero la oscuridad existe y con frecuencia se hace presente en nuestra vida. Una mala noticia que nos llega; nos descubren una enfermedad que no esperábamos; caemos en la cuenta de que realizar nuestros proyectos implicará mucho más esfuerzo del que habíamos pensado; una desgracia que nos sucede o un daño que alguien nos hace. Justamente el primer domingo de cuaresma nos invitaba a aceptar la presencia del mal, de la oscuridad en nuestra vida. Hoy se nos dice que la luz vence a las tinieblas; se nos enseña a no desesperar ni bajar los brazos ante la presencia del mal, de la oscuridad; porque al final del camino nos espera la luz. La transfiguración es un misterio luminoso que disipa las tinieblas y nos permite contemplar la gloria de Jesús, un anticipo de su resurrección. Y también para nosotros el amor del Padre que ha entregado por mí a su Hijo es la verdad que puede “transfigurar” nuestra existencia, llenarla de sentido. Todo lo hemos que tenemos y somos lo hemos recibido de Él; y ahora se lo restituimos para recuperarlo transformado por su amor, en particular nuestro propio yo pecador, nuestro hombre viejo. Con esta experiencia del amor de Dios, hay que bajar del monte y seguir a Jesús por el camino hacia Jerusalén, hacia su pasión.

Y completo mis reflexiones con esta profunda y cálida oración de A. Pronzato:

“¿Podrías darme una pequeña cantidad de esa luz que tienes escondida e inutilizada? Me sobra con poca. Una luz suficiente para desenvolverme en la confusión de mi vida. En el mundo futuro pienso que habrá suficiente luz. En el presente tenemos en cambio una terrible escasez. Señor, reconocer que se está en la obscuridad ¿es ya un don de luz? El equívoco de Pedro quizá tenga un nombre: separación. El cree que la luz elimina completamente las tinieblas (pasión, humillación, muerte, sufrimiento). Y piensa que la obscuridad no tiene ninguna relación con la luz. En definitiva entiende la propia existencia en términos o de luz o de obscuridad. El episodio de la transfiguración sirve para hacerle comprender que la luz no elimina definitivamente las tinieblas. Aquella luz le ha sido regalada más bien para que sea capaz de caminar en la obscuridad. ¿Seré capaz de convencerme de que el cristiano debe llegar a la luz sin pretender evitar la obscuridad? ¿Que la luz es un punto de llegada, no un confort habitual? ¿Que debo recurrir a ella con mucha frecuencia no para estancarme, sino para salir y afrontar el mundo de la sombra y caminar en la esperanza de encontrarla? Señor, haz que un rayo me baste para vivir sin miedo la noche interminable. Que la memoria del acontecimiento sea suficiente para guiarme hacia el futuro, sin dudar”.

Para la oración (resonancias del evangelio en una orante):

Yo también me pregunto

Señor, yo también me pregunto
Qué será resucitar de entre los muertos
Será para nosotros el más alto de los secretos…
Rodeados de violencia, muerte
Y tantos que atentan contra tus proyectos.
Vestido de un blanco brillante, te contemplo subido
Pero los ojos míos se hacen tuyos
Y miro a los sufrientes de este suelo
Allí tu imagen está más oscura,
Sucias las vestiduras, dolor y amargura.

Señor, revelado a los pequeños, nos has honrado
Ilumínanos con tu luz, acércanos a los santos
Haznos ver lo inentendible a estas horas.
Llévanos contigo a escuchar la Voz ansiada
Vestidos de blanco fino en la túnica calzada.

Ese momento sea escuela de esperanza
Donde el poder lo tenga solo tu Palabra.
Y aunque la cruz se divise erguida, sin razón humana,
Mándanos levantar la cabeza
Ya sin dudas ni temores, tu Voluntad se haga.
Amén

[1] Esto lo notó muy bien San Agustín quien al respecto decía que Dios tienta a fin de que el hombre mismo se descubra (ut ipse homo se inveniat); por tanto la tentación es una forma de interrogación y de enseñanza que conduce al hombre al descubrimiento de su verdadero yo. Por eso insiste en que si Dios cesara de tentar, el maestro dejaría de enseñar (Si Deus cessat temptare, magister cessat docere). Véase G. Rouiller, “Agustín de Hipona lee Génesis 22: 1-19”, en F. Bovon – G. Rouiller (dir.), Exégesis. Problemas de método y ejercicios de lectura (La Aurora; Bs. As. 1978) 283-288.

[2] La tradición judía percibió muy bien que en esta orden de Yhwh está el núcleo del drama de Abraham como padre que debe sacrificar a su hijo y lo parafraseó en un diálogo: “Dios le había dicho: ‘toma a tu hijo’. Abraham respondió: ‘Yo tengo dos hijos, Ismael e Isaac’. Dios repitió: ‘A tu único’. Abraham: ‘Los dos son únicos’. Dios: ‘El que tu amas’. Abraham: ‘Yo amo a los dos’. En fin Dios dijo: ‘Isaac’. Y Abraham ya no tuvo nada más que responder.”; tomado de J.-L. Ska, “Gn 22,1-19. Essai sur les niveaux de lecture”, 330. También puede verse en M. Pérez Fernández, Los Capítulos de Rabbí Eliezer (Valencia 1984) 216-217.

[3] El sentido del verbo feídomai se acerca más a la traducción del Libro del Pueblo de Dios (no escatimó) que ha la de la Biblia de Jerusalén (no perdonó) porque Pablo mismo lo utiliza con el sentido de ahorrar, preservar o abstenerse en 1Cor 7,28; 2Cor 1,23; 12,6; 13,2.

[4] B. Forte. Intervención en teleconferencia editada en clerus.org.

[5] G. Zevini – P. G. Cabra (eds.), Lectio Divina para cada día del año. Vol 3 (Verbo Divino; Estella 2001) 121.

[6] R. Cantalamessa, El misterio de la Transfiguración. O la imagen de Cristo para el hombre del Tercer Milenio (Monte Carmelo; Burgos 2003) 32.

[7] Escuchad al Hijo Amado, en Él se cumple la Escritura (Sígueme; Salamanca 2011) 50.

[8] J. Aldazábal, Enséñame tus caminos 9, 120.

[9] Contar a Jesús. Lectura orante de veinticuatro textos del Evangelio (Ágape; Buenos Aires 2009) 146-147.

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