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En fecha: 24/04/2018 12:37:34 2018 / +0000 GMT
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Autor: P Damian Naninni

Lectio Divina. Segundo Domingo de Pascua




Breve introducción a la cincuentena pascual:

Es bueno, al comenzar el tiempo pascual, tener una visión global de las lecturas propias de los domingos. Para ello recurrimos al documento "Ordenación de las lecturas de la Misa" nº 100: "Hasta el domingo tercero de Pascua, las lecturas del Evangelio relatan las apariciones de Cristo resucitado. Las lecturas del buen Pastor están asignadas al cuarto domingo de Pascua. Los domingos quinto, sexto y séptimo de Pascua se leen pasajes escogidos del discurso y de la oración de Señor después de la última cena. La primera lectura se toma de los Hechos de los Apóstoles, en el ciclo de los tres años, de modo paralelo y progresivo; de este modo cada año se ofrecen algunas manifestaciones de la vida, testimonio y progreso de la Iglesia primitiva. Para la lectura apostólica, el año A se lee la primera carta de Pedro, el año B la primera carta de Juan, el año C el Apocalipsis; estos textos están muy de acuerdo con el espíritu de una fe alegre y una firme esperanza, propio de este tiempo".

Faltaría precisar que el séptimo domingo coincide con la Ascensión del Señor y que el octavo domingo es Pentecostés, solemnidades con las cuales llega a su plenitud del misterio pascual.

En cuanto al espíritu de este tiempo pascual, se insiste en su carácter unitario y festivo. En efecto "el tiempo pascual debe vivirse como una unidad hasta la tarde del día de Pentecostés. Aquel día, y no el día de la Ascensión, se apaga el cirio pascual, que ha sido el signo exterior de la celebración de la NuevaVida del Señor"[1]. El tono festivo y gozoso debe reflejarse también en las predicaciones pues puede ser cierto que "siempre resulta más fácil predicar para que la gente «se convierta» que predicar para que viva el gozo de la salvación"[2]. Por tanto, se trata de insistir en la Presencia de Jesús Resucitado en la vida de la Iglesia y en nuestra propia vida; para que la descubramos y gocemos.

Primera lectura (He 4,32-35):

En tres sumarios el libro de los Hechos (2,42-47; 4,32-35; 5,11-16) nos describe los rasgos esenciales de la Iglesia Madre de Jerusalén. Justamente por ser sumarios tienen la función de generalizar y tipificar los constitutivos esenciales de la vida de la comunidad: la enseñanza de los Apóstoles, la vida en común (koinonia), la fracción del pan y la oración.

Concretamente en este sumario se desarrollan dos de estos cuatro elementos esenciales, a saber, la enseñanza de los Apóstoles y la comunidad de vida, con especial atención a esta última. El sumario comienza (v. 32) justamente describiendo el estrecho lazo que unía a los miembros de la naciente comunidad cristiana de Jerusalén. Como nos informa L. Rivas: "El autor del libro de los Hechos, para presentar la forma de vida de la primera comunidad cristiana, recurrió a una fórmula con que los griegos describían la amistad. Esta afirmación de que todos tenían los bienes en común forma una sola frase con otra que también se refiere a la amistad y que dice: “la multitud de los fieles tenía un solo corazón y una sola alma” (Hech 4,32)". Por tanto, se trata de una comunión afectiva que se expresa en una comunión efectiva, la comunión de bienes.

Después (v. 33) de esta descripción se pasa a resaltar el valiente testimonio de los Apóstoles acerca de la Resurrección del Señor. De este modo quedan vinculados los dos elementos: la predicación apostólica y el testimonio de vida nueva de la comunidad unida.

            Los versículos finales (vv. 34-35) vuelven sobre el efecto de la comunidad de bienes: ninguno pasaba necesidad; y el rol de los apóstoles en la distribución de los bienes. Según J. Roloff[3] de este modo se estaría dando cumplimiento a la promesa de Dt 15,4: "Por lo demás, no habrá ninguna pobre a tu lado porque el Señor te bendecirá abundantemente en la tierra que él te da como herencia".

Segunda lectura (1 Jn 5,1-6):

Este texto nos presenta claramente el fruto de la fe en Cristo: nacer de Dios, del Padre. La fe teologal es aceptación y apropiación de la nueva vida que surge de la Resurrección de Cristo, por ello es un nacer de Dios, ser hijos de Dios (cf. Jn 1,12-13). Y por ello mismo ser hermano de todos los otros que también han nacido de Dios, a quienes nos une el mismo amor. Importa recordar que el autor había ya escrito en 1Jn 4,7: "Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios." Por tanto, hay un estrecho vínculo entre la fe y el amor. Por la fe nacemos de Dios y por el amor recibido de Dios (ágape) amamos a los hermanos y demostramos así la veracidad de nuestro nacimiento, de nuestra condición de hijos de Dios. Como bien comenta J. Casabó[4], estos versículos destacan sobre todo el origen divino de la ágape hacia los hermanos, distinto de las meras simpatías; y que por tanto sólo es posible la auténtica caridad fraterna en el amor a Dios, el cual debe encarnarse en el comportamiento ético, en el cumplimiento de los mandamientos.

Por tanto, la enseñanza constante de esta carta es que el amor al Padre y el amor a los hijos de Dios (los hermanos) "son dos modos de amar, no sólo indisociables, sino también simultáneos. Sólo en esta profundidad del amor a Dios y a sus hijos se guardan sus mandamientos de modo efectivo y práctico"[5].

Además del amor fraterno, que es la principal manifestación o signo del ágape divino, hay otras dos realidades que verifican la nueva condición del cristiano: el cumplimiento de los mandamientos y la victoria sobre el mundo. Con respecto a esta última es necesario recordar que en el evangelio y las cartas de Juan el concepto "mundo" (kósmos) tiene un triple sentido. En primer lugar se refiere a la totalidad de lo creado, hombres y naturaleza. Luego al conjunto de la humanidad. Y en tercer término al "conjunto de fuerzas opuestas y hostiles a Dios, el "lugar" espiritual del rechazo de Dios y de su amor, que se configura en el rechazo de Cristo"[6]. Sobre este mundo triunfa la fe del creyente participando de la misma victoria de Cristo. En efecto, "el creyente queda "desmundanizado" y su obrar como tal no se moverá por el impulso de las concupiscencias sino por la verdad que lo santifica. Y ésta lo moverá cada vez más hacia la compenetración con Cristo y con el Padre bajo la iluminación del Espíritu que tiene en él, porque le ha sido dado, y para que el amor de Dios, que es la fuerza y motivo total de la acción divina, esté también en él e informe todo su obrar […] Notemos aquí también que la situación del creyente sigue siendo la lucha. No está fuera del alcance de la acción del mundo y de su príncipe. Ni tiene asegurada en su acción humana como tal, la inmunidad frente al pecado. Vive dentro de una tensión entre su apertura a lo ya realizado por Cristo y la total consumación y manifestación que ello debe tener en el mundo definitivo…"[7].

Evangelio (Jn 20,19-31):

Encontramos en este relato dos apariciones del Resucitado: una el mismo día de la resurrección con la ausencia de Tomás, uno de los Once, y la segunda, ocho días más tarde, con la presencia del grupo completo, incluido Tomás. Estas apariciones tienen lugar "el primer día de la semana", que es nuestro domingo, día del Señor, y que desde la época apostólica es entonces el día de la reunión de los cristianos.

En su primera aparición Jesús Resucitado saluda a los discípulos diciéndoles: “¡Paz a ustedes!”. Más que de un augurio o deseo, se trata aquí de la donación efectiva de la paz, de una presencia real de la paz como don escatológico tal como lo había indicado Jesús en su discurso de despedida: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo” (Jn 14,27). Esta paz, según el trasfondo del Antiguo Testamento, incluye todos los bienes necesarios para la vida presente y la plenitud de bienes en la vida futura. Pero lo que en el Antiguo Testamento era promesa, por la muerte y resurrección de Cristo se vuelve realidad. Justamente en el AT se veía en la presencia de Dios entre su pueblo el bien supremo de la paz (cf. Lev 26,12; Ez 37,26). Entonces para el evangelista Juan la presencia de Jesús resucitado en medio de los suyos es la fuente y la realidad de esta paz que está presente ya. Y esta paz no está ligada a su presencia corporal sino a su realidad de resucitado, victorioso de la muerte, y por eso les da, junto con su paz, el Espíritu Santo y el poder de perdonar los pecados (20,22-23).[8]

 F. Moloney sostiene que como en la expresión eirênê hymin falta el verbo, la misma debe traducirse como "paz con ustedes" en sentido de que Jesús declara que la paz ya está presente entre los discípulos.[9] Y esto se debe justamente a que Jesús resucitado está presente en medio de ellos.

En fin, ahora Jesús resucitado, con la plenitud de vida que ha recibido del Padre, puede dar a los suyos la paz que proviene del Padre y que permite vivir en comunión con Dios y con los hermanos

Luego Jesús les muestra sus heridas para probarles que es el Crucificado que ha Resucitado; que es él mismo pero en un estado diferente. Esta visión de Jesús Resucitado provoca en los discípulos una plenitud de alegría y, de este modo, Jesús cumple lo que les había anunciado de darles una alegría completa (cf. Jn 15,11; 16,22).

A continuación pronuncia las palabras de envío y realiza el gesto de soplar sobre ellos. Algunos estudiosos ven en este gesto de Jesús una referencia al gesto primordial de Dios en la creación del hombre (cf. Gen 2,7)[10]. Entonces el soplo de Jesús es el signo de la nueva creación: Jesús glorificado comunica el Espíritu que hace renacer al hombre (Cf. Jn 3, 3-8), dándole a compartir la comunión divina. Además, según X. León Dufour[11], aquí está el cumplimiento de lo anunciado por Juan Bautista de que Jesús "tenía que bautizar en el Espíritu Santo" (Jn 1,32-33) y también de la alianza definitiva anunciada por los profetas y caracterizada por la efusión del Espíritu (cfr. Jer 31,33; Ez 36,26s). El Hijo que “tiene la vida en sí mismo” dispone de ella a favor de los suyos (Cf. Jn 5, 21.26); su soplo es el de la vida eterna.

Con esta donación del Espíritu Santo a los Apóstoles se les comunica también el poder perdonar o retener los pecados y, de este modo, son ellos ahora transmisores de la vida nueva. Queda claro entonces que la paz es fruto del perdón de los pecados obtenido por Cristo con el don de su vida en la cruz y que se recibe actualizado por el don del Espíritu Santo.

 El punto culminante de la narración se encuentra en la segunda escena donde Tomás, el discípulo ausente la primera vez, es invitado a creer en el testimonio de la comunidad que ha visto al Señor Resucitado. Sin embargo Tomás se resiste a creer si no puede ver.

Los discípulos han visto al Señor y han creído; pero Tomás no cree en su testimonio. Tomás quiere verificar la afirmación de sus compañeros comprobando con sus propios ojos que el que se les apareció es en verdad el Crucificado que ha Resucitado. Aplica rigurosamente las categorías del pensamiento judío sobre la resurrección de los muertos. Quiere una estricta continuidad entre los dos mundos, a fin de poder verificar concretamente que el que se aparece es el mismo ser de antes. Tiempo atrás ya Felipe quería ver al Padre (Jn 14,8), y ahora Tomás quiere ver, en el sentido ordinario del término, al Hijo glorificado; permanece en el plano terrestre, tal como Nicodemo quería comprender cómo el hombre podría volver al seno de su madre (Jn 3, 4).

Entonces se le aparece Jesús Resucitado con los mismos signos de su crucifixión y le reprocha a Tomás su incredulidad. La respuesta de Tomás es grandiosa por cuanto pronuncia la profesión de fe más elevada del Evangelio de Juan (y del NT) pues le aplica a Jesús los títulos que el Antiguo Testamento reservaba para Dios: Yavé y Elohim. En efecto, Tomás llama a Jesús "Señor mío y Dios mío" que es la manifestación de fe cristológica suprema de todo el evangelio[12]. Además el posesivo "mío" indica su adhesión personal de fe y de amor a Jesús.

Las últimas palabras de Jesús son una bienaventuranza donde declara dichosos a los que creen sin haber visto. Estas palabras estarían dirigidas a los discípulos de la segunda generación cristiana que contaban sólo con la palabra predicada y que no habían sido testigos oculares de la resurrección de Jesús. A ellos se los declara dichosos si, por la fuerza del Espíritu Santo, llegan a creer que Jesús está vivo aunque no hayan tenido una aparición sensible como los Apóstoles[13].

Algunas reflexiones:

La cuaresma nos impulsó al ejercicio, arduo y difícil a veces, de mirarnos a nosotros mismos para reconocer los pecados o desórdenes y emprender un camino de conversión.

El tiempo pascual, más bien, nos invita a ejercitar una mirada de fe sobre nuestra realidad para descubrir allí la presencia viva del Resucitado. Por eso el gran tema de este tiempo es la fe, esto es, creer en su Presencia invisible. Y llegar a ser feliz de creer sin ver. Al respecto dice San Agustín comentando la frase de Jesús a Tomás. “¿De quién hablaba, hermanos, sino de nosotros? Y no sólo de nosotros, sino también de los que vengan detrás de nosotros. En efecto, poco tiempo después de haberse alejado de los ojos mortales, para que se reforzara la fe en los corazones, todos los que han creído lo han hecho sin ver, y su fe ha tenido un gran mérito. Para tener esta fe se limitaron a acercar un corazón lleno de piedad a Dios, pero no la mano para tocar” (Sermón 88,2).

Sin duda que la fe es un don o regalo de Dios para nosotros. Pero también es el don o regalo que Jesús nos pide a nosotros; es el "obsequio de la razón" (DV nº 5) que le debemos ofrecer, regalar al Señor y para lo cual “necesitamos la gracia de Dios que previene y ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da "a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad" (DV nº 5). Hay que pedir al Señor el don de la Fe.

Ahora bien, no se trata de creer en el aire o en el vacío; sino que estamos llamados a tener una experiencia, en la fe, de la Presencia de Jesús Resucitado en nuestra vida, análoga a la que tuvieron los Apóstoles.

Esta Presencia de Jesús escapa a los sentidos pues no lo podemos ver ni tocar como hizo Tomás; pero sí podemos sentir los efectos de su Presencia, de su paso por nuestra vida. El evangelio de hoy nos habla ante todo de la paz que el Señor regala a los suyos. Junto a la paz tenemos la alegría, que también refiere el evangelio de hoy. Íntimamente unido a estas experiencias está el tema del perdón de los pecados confiado a la Iglesia (la misericordia). Y por fin, la raíz o causa de todo: el don del Espíritu Santo.

Además de la fe, la otra condición indispensable para esta experiencia de Jesús Resucitado es la inserción o pertenencia comunitaria. También en esto el ejemplo de Tomás es claro. Sólo cuando se incorporó a la comunidad apostólica pudo encontrarse con el Señor. El Señor se hace presente en la comunidad de los creyentes y allí podremos "verlo" con los ojos de la fe.

Ahora bien, para que la Iglesia haga visible a los hombres la Presencia de Jesús Resucitado tiene que vivir las notas características que nos describía la primera lectura. Esto es: una Iglesia donde los creyentes tengan “un solo corazón y una sola alma” y por eso vive la comunión incluso a nivel de los bienes materiales de modo que ninguno pase necesidad.

El fruto de esta experiencia de encuentro con Cristo es volvernos una nueva criatura. Sí, porque hemos resucitado con Cristo en el Bautismo y se nos ha comunicado, en germen, la vida nueva de la Gracia. Y esta vida de fe debe crecer y manifestarse en la caridad fraterna y en el cumplimiento de los mandamientos; venciendo así al mundo que nos invita constantemente al egoísmo y al libertinaje.

A modo de síntesis de las lecturas dice A. Nocent[14]: "Si examinamos en su conjunto la misa de este segundo domingo, encontraremos en ella un tema muy rico de contenido: la resurrección de Cristo ha creado una comunidad que es un solo corazón, comunidad persuadida de poseer la victoria sobre el mundo por creer en la persona de Cristo, e iluminada por el Espíritu Santo que da a la revelación su plenitud".

Completaríamos esto recordando la centralidad de la fe en las tres lecturas. Una fe vivida en comunión; una fe que nos hace renacer a una vida nueva que se expresa en el amor fraterno, el cumplimiento de los mandamientos y la victoria sobre el mundo; en fin, una fe feliz por la presencia del Señor Resucitado entre nosotros, aunque no lo veamos.

Bien podemos decir que el tema que unifica este domingo es la fe en Cristo Resucitado y su dimensión comunitaria. Al respecto podemos citar el discurso de Benedicto VI a inaugurar la Conferencia de Aparecida y un texto sobre la fe del teólogo J. Ratzinger:

"¿Qué nos da la fe en este Dios? La primera respuesta es: nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión: el encuentro con Dios es, en sí mismo y como tal, encuentro con los hermanos, un acto de convocación, de unificación, de responsabilidad hacia el otro y hacia los demás".

"Es una opción por la que lo que no se ve, lo que en modo alguno cae dentro de nuestro campo visual, no se considera como irreal, sino como lo auténticamente real, como lo que sostiene y posibilita toda la realidad restante"[15].

 El Papa Juan Pablo II ha establecido este segundo domingo de Pascua como domingo "de la divina misericordia" atendiendo a los mensajes de santa Faustina Kowalska, canonizada el 30 de Abril de 2000. La intención es educar a los fieles para que comprendan esta devoción a la luz de las celebraciones litúrgicas de estos días de Pascuas. La finalidad es, por tanto, mostrar cómo la misericordia divina es comunicada por Cristo muerto y resucitado, fuente del Espíritu que perdona los pecados y devuelve la alegría de la salvación[16].

En efecto, la revelación de la misericordia divina tiene su cumbre en el misterio pascual. Creemos y profesamos que Dios Padre ha tenido una gran misericordia con nosotros al resucitar a Jesús de entre los muertos y darnos así la posibilidad de una vida nueva en esperanza. Por tanto la resurrección de Jesús ha sido el gran acto de misericordia de Dios mediante el cual ha vencido a la muerte, al pecado y al mal; y nos permite esperar la vida eterna, la vida verdadera.

            Para terminar, algunas frases del Papa Francisco sobre la misericordia:

“Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!” (EG n° 3)

“La salvación que Dios nos ofrece es obra de su misericordia. No hay acciones humanas, por más buenas que sean, que nos hagan merecer un don tan grande. Dios, por pura gracia, nos atrae para unirnos a sí. Él envía su Espíritu a nuestros corazones para hacernos sus hijos, para transformarnos y para volvernos capaces de responder con nuestra vida a ese amor. La Iglesia es enviada por Jesucristo como sacramento de la salvación ofrecida por Dios” (EG n° 112).

PARA LA ORACIÓN (resonancias del Evangelio en una orante):

Sería al atardecer…

Sería un atardecer que te había cerrado las puertas

Que tenía tanto miedo, a esperar en tu Presencia

Pero estás ahora en medio y muestras cómo el dolor

Dejó en tu piel grandes huellas.

Y sin mirar nuestra dureza, soplaste sobre nosotros

Y recibimos tu Espíritu, y ahora vemos tu rostro.

En tu Gran Misericordia, en tu Infinita Paciencia

Aceptas que los incrédulos necesitan tu Presencia

La prueba de que estás vivo, y que en el Sagrario esperas

Viene en la cena santa a colmar nuestra indigencia.

Así tocamos tus heridas

Que es gracia creer y no verte, saber que ahora estás vivo

Te quedaste para siempre.

La Gloria del Padre en el Hijo

Y en el Espíritu, sea

Que toda alabanza suba y tengamos Vida Eterna. Amén.

[1] J. Aldazábal, "La cincuentena pascual, tiempo fuerte, centro de todo el año" en La Cincuentena Pascual (CPL; Barcelona 1984) 7.

[2] J. Gomis/J. LLigadas, "Pastoral de la celebración", en La Cincuentena Pascual (CPL; Barcelona 1984) 12.

[3] Hechos de los Apóstoles (Cristiandad; Madrid 1984) 128.

[4] La teología moral en San Juan (FAX; Madrid 1970) 385-386.

[5] R. Fabris, Las tres cartas de Juan. Comentario exegético y espiritual (Ágape; Bs. As. 2010) 147.

[6] J. Casabó, La teología moral en San Juan (FAX; Madrid 1970) 165.

[7] J. Casabó, La teología moral en San Juan (FAX; Madrid 1970) 202-203.

[8] Cf. X. León-Dufour, "Paz" en X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Barcelona, 1978; 659.

[9] Cf. F. Moloney, El evangelio de Juan, Estella, Verbo Divino 2005; 516.

[10] Cf. L. H. Rivas, El evangelio de Juan. Introducción. Teología. Comentario (Buenos Aires 2005) 530.

[11] Cf. Lectura del evangelio de Juan. Jn 18-21. Vol IV, Salamanca, Sígueme 1998; 193.

[12] Cf. L. H. Rivas, El evangelio de Juan, 535.

[13] Cf. L. H. Rivas, El evangelio de Juan, 536.

[14] Celebrar a Jesucristo IV. Semana Santa y Tiempo Pascual (Sal Terrae; Santander 1986) 190.

[15] J. Ratzinger, Introducción al cristianismo (Sígueme; Salamanca 1982) 32.

[16] Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre piedad popular y liturgia. Principios y orientaciones (CEA; Buenos Aires 2002) nº 154.

 

 


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