Lectio Divina. Sexto Domingo de Pascua

Sexto Domingo de Pascua. Ciclo B

Primera lectura (He 10,25-26.34-36.43-48):

El texto ofrecido por la liturgia de hoy es una selección de versículos extraídos de la sección comprendida por He 10,1-11,18 que narra el bautismo de Cornelio, el primer pagano, por parte del Apóstol San Pedro. El relato completo comienza con la presentación de Cornelio diciendo que “era un hombre piadoso y temeroso de Dios, lo mismo que toda su familia; hacía abundantes limosnas al pueblo y oraba a Dios sin cesar” (He 10,2). Pues bien, Cornelio tiene una visión divina donde se le revela que sus oraciones y limosnas han llegado hasta Dios y que debe ir en busca de Simón Pedro para llevarlo a su casa. Por su parte Pedro también tiene una visión donde se lo invita a comer alimentos impuros, que él rechaza, pero Dios lo corrige diciendo que los mismos han sido declarados puros por Él.

Este contexto pone bien en evidencia que Dios “ha provocado” el encuentro entre Cornelio y San Pedro con que comienza el texto de hoy. Pedro encuentra en casa de Cornelio a un nutrido grupo de personas “paganas” dispuestas a escuchar lo que él tenga que decirles de parte de Dios (cf. He 10,27.33), por eso comienza su discurso declarando haber comprendido “que Dios no hace acepción de personas, y que, en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la justicia es agradable a él” (He 10,34-35). La afirmación “Dios no hace acepción de personas” suele aparecer en el NT en contextos donde se presenta a Dios como un Juez imparcial, por tanto, sin favoritismos, y que juzga a cada persona según sus obras, más allá de su condición racial (judío o gentil en Rom 2,11); o su condición social (patrón o siervo en Col 3,25 y Ef 6,9; rico o pobre en Stgo 2,1). Aquí Pedro afirma que agrada a Dios todo el que “practica la justicia”, o sea el que cumple la voluntad de Dios, sea judío o no. Y que si bien la Buena Noticia (evangelio) de la paz fue anunciada a Israel por medio de Jesucristo, éste es “Señor de todos”. Pedro no había terminado de hablar todavía cuando el Espíritu Santo se derrama sobre sus oyentes provocando un fenómeno análogo al de Pentecostés. Luego Pedro lee correctamente este signo y hace bautizar a sus oyentes en el nombre del Señor Jesús.

Podemos decir que Dios ha obrado en Pedro una auténtica conversión intelectual y pastoral. Ha abierto la mente del apóstol a su voluntad salvífica universal, haciéndole superar la idea tan fuertemente arraigada en los judíos de que la salvación era sólo para ellos (conversión intelectual). A su vez, Pedro ha reconocido la acción del Espíritu Santo que se le anticipó y la ha secundado concediéndoles el bautismo, o sea la iniciación a la vida cristiana, a un grupo de paganos (conversión pastoral). Un poco más adelante, al ser cuestionado por los demás apóstoles y hermanos de Judea por haber hecho esto, Pedro responderá: “si Dios les dio a ellos la misma gracia que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿cómo podía yo oponerme a Dios?” (He 11,17).

Segunda lectura (1Jn 4,7-10):

Este es un texto clave en toda la carta y hay que leerlo a la luz de la misma, tal como lo hace de J. Casabó[1]: “La ágape de Dios es la fuente de toda su actividad hacia el hombre: voluntad desinteresada de su bien; el modo manifestado de ser que, según san Juan, mejor transparenta su naturaleza misma. ¿Puede decirse que lleva a interiorizarse en el hombre esta cualidad tan personal y subjetiva? Jn no deja duda al respecto. En numerosos textos habla del amor de Dios como interior al hombre […] Para Jn, amar a Dios o a los hombres indica una filiación, una pertenencia, una relación previa con Dios que sólo puede producir ese amor. La 1ª Ep lo dirá más explícitamente… (cita 1Jn 4,7-8) […] No puede haber verdadera caridad si no hay un nuevo modo de ser en el hombre, de origen divino”.

De este modo el amor del Padre es el motivo del envío del Hijo al mundo de los hombres; cuya finalidad es comunicarles la vida. Para Jn se trata de la vida trascendente, vida divina, vida eterna que nos llega por medio de Jesucristo.

Según el mismo J. Casabó[2], así como el término ágape es clave en la teología de Juan; también es clave para comprender el sentido real del ágape en Jn este versículo de 1Jn 4,10. Por tanto, el amor es algo propio de Dios, expresión de su mismo ser y que es dado, entregado, ofrecido al hombre para que lo reciba, lo interiorice, crea en este amor y renazca. Y gracias a esta recepción previa pueda, a su vez, amar a los demás.

En otras palabras, para Juan el amor (ágape) es la mayor manifestación del ser de Dios y lo propio de su obrar. Ahora bien, este amor es una realidad interiorizada en el creyente que ha recibido un nuevo ser y, con ello, un nuevo modo de obrar. Lo propio de este obrar es el amar (agapfn) a los demás. Así, “para un cristiano, amar no es más que manifestar lo que es. Precisamente, de todos los comportamientos experimentables, la caridad será para Jn el signo por excelencia de la presencia interna de Dios, de la filiación divina, del verdadero discípulo de Jesús”[3].

Evangelio (Jn 15,9-17):

Este texto es la continuación del que leímos el domingo pasado. Si bien desaparece el tema de la vid y los sarmientos, sigue la centralidad del mandato de “permanecer” (me, nein), que ahora se vincula con el tema del “amor/amar”, dominante en estos versículos. Por tanto, la savia, lo que da vida a las ramas o sarmientos es el amor que le transmite la vid y, por eso, permanecer unido a la vid, a Jesús, es permanecer en su amor.

En efecto, en 15,9 Jesús declara que el amor es el vínculo que lo une con su Padre, y que este mismo amor es modelo y causa del amor suyo por sus discípulos. Sigue, entonces, el mandato de “permanecer en este amor”. Como vimos el domingo pasado, este permanecer se comprende como una fidelidad activa a un vínculo estable. Hoy se precisa que esta permanencia es en el amor e implica la observancia de los mandamientos de Jesús, así como Jesús vivió su permanencia en el amor del Padre observando sus mandamientos.

Recordemos que, si bien se habla de mandamientos en plural, Juan no se refiere principalmente ni al decálogo ni a la Torá o Ley en general, sino a la caridad (ágape) como principio y motor del obrar cristiano y que, como tal, incluye toda la voluntad de Dios manifestada en Cristo. Es decir, como se ve claro en lo que sigue (cf. 15,12.17), Jesús hace partícipes a sus discípulos de su amor y les da el mandamiento (entolé) de amarse unos a otros con este amor divino. Por eso, permanecen en el amor del Padre y de Jesús los cristianos cuando se aman unos a otros con ese amor.

El motivo que tiene Jesús para comunicar estas palabras es compartir con sus discípulos su propia alegría o gozo, que es una alegría completa, un gozo pleno. El mismo motivo aparecerá en Jn 17,13.

En 15,13-15 este amor viene precisado con la categoría de la amistad. El amor de Jesús es el amor más grande, porque consiste en dar la vida por sus amigos, por sus discípulos. Se utiliza la misma expresión, dar la vida, que caracteriza al buen Pastor (cf. 10,11). Para ser amigos de Jesús y, por tanto, receptores de este amor mayor, se pone como condición la observancia del mandamiento del amor mutuo (cf. 15,12). Ahora bien, más allá de esta condición previa del amor mutuo, los versículos siguientes (15,15-16) aclaran que la iniciativa ha sido de Jesús. Es él quien los considera y llama amigos porque les ha revelado lo que escuchó de su Padre. Como bien señala L. Rivas[4] el criterio para diferenciar el servidor/esclavo (dou/loj) del amigo (fi,louj) no es el de la libertad sino el de la comunicación de confidencias. Por tanto, Jesús se hace amigo de sus discípulos por cuanto los hace destinatarios de la Revelación. Se trata de una comunicación que crea comunión, amistad. Esta iniciativa de Jesús se refuerza con el tema de la elección, que a diferencia del ambiente judío donde los discípulos elegían a su maestro; aquí es Jesús quien los ha elegido a ellos. Por eso la referencia más precisa es la elección gratuita de Israel por parte de Yavé (cf. Dt 4,37; 7,7). Y al igual que para Israel, esta elección no es un privilegio sino una responsabilidad, un compromiso de dar frutos que permanezcan.

La perícopa se cierra repitiendo el mandamiento de 15,12: amarse unos a otros. Se puede deducir que el fruto permanente de los amigos de Jesús debe ser este amor mutuo.

Algunas reflexiones:

Un primer tema, común a las tres lecturas y también al salmo responsorial, es el de la iniciativa divina. Dios tiene la iniciativa en la salvación (1ª lectura); Dios es el que ama primero (2ª lectura); Jesús es el que nos hace amigos entregando su vida por nosotros, revelándonos los secretos del Padre, eligiéndonos (Evangelio). Como dice E. Leclerc[5]: “Éste amor está en el origen de todo. Nada le precede, nada lo motiva. Es absolutamente primero y absolutamente gratuito. Está al principio. Y gracias a él hay un principio. De este amor ha surgido el gran proyecto del Padre. Nos encontramos en el punto álgido de esta revelación: al mismo tiempo que manifiesta el amor original de Dios por el hombre, el don del Hijo al mundo nos introduce en el corazón mismo de la vida íntima de Dios […] La vida de Dios es ágape, comunicación de sí, don de sí”.

Justamente este es el segundo gran tema, común a la 2ª lectura y al evangelio: Dios es amor, es el amor primero. Esta es la plenitud de la revelación de Jesús, el corazón mismo de todo el evangelio: Dios es amor y Dios sólo puede amar. Sobre esto último escribía fr. Roger de Taizé: “«Dios sólo puede amar»: esta certeza ha sido expresada por un pensador cristiano del siglo VII, San Isaac de Nínive. Llegó a esta conclusión después de haber estudiado largamente el Evangelio según San Juan y meditado las palabras “Dios es amor” (1Jn 4,8)”.

Dios es amor, Dios sólo puede amar, Dios nos amó primero, Jesús entregó su vida por nosotros… Pienso en estos momentos que el gran desafío, la gran apuesta de la vida cristiana es conseguir que estas palabras sean una realidad para nosotros, que tengan sentido para nuestra vida. Es lo que fundamentalmente hay que creer, aceptar. Y permanecer en esto como el gran secreto de la vida y de la fecundidad del discípulo.

Este amor de amistad es causa de un profundo gozo para Jesús y para nosotros. El sentirse amados de un modo tan pleno es la fuente del gozo y de la alegría del cristiano. La vida del cristiano no es más fácil y no está libre de problemas y sufrimientos; pero siempre permanece la alegría profunda por la certeza del amor de Jesús que nos abre a lo eterno.

Jesús comparte toda nuestra vida y quiere estar presente en nuestras alegrías y tristezas. Al mismo tiempo nos invita a compartir su vida; a participar de sus misterios, que son gloriosos, gozosos, luminosos; y también dolorosos. Como nos dice el Papa Francisco en Gaudete et exultate n° 20: “En el fondo la santidad es vivir en unión con él los misterios de su vida. Consiste en asociarse a la muerte y resurrección del Señor de una manera única y personal, en morir y resucitar constantemente con él. Pero también puede implicar reproducir en la propia existencia distintos aspectos de la vida terrena de Jesús: su vida oculta, su vida comunitaria, su cercanía a los últimos, su pobreza y otras manifestaciones de su entrega por amor. La contemplación de estos misterios, como proponía san Ignacio de Loyola, nos orienta a hacerlos carne en nuestras opciones y actitudes”

Ante la realidad de un amor así uno se siente desbordado, y casi hasta apesadumbrado. Sí, porque nos pesa ser amados de tal modo y no poder corresponder. Porque la única respuesta válida parece ser que hay que amar a los demás de este modo: gratuitamente, tomando siempre la iniciativa, entregando la vida… Es el mandamiento del amor… pero no nos sale espontáneamente amar así. La consoladora respuesta ante esta “calle sin salida” nos la da la misma Palabra de Dios que nos enseña que “nosotros amamos porque Dios nos amó primero” (1Jn 4,19). Y esta frase la explicaba magistralmente el Papa Benedicto XVI en “Dios es Amor”: “el «mandamiento» del amor es posible sólo porque no es una mera exigencia: el amor puede ser «mandado» porque antes es dado (nº 14) […] Él nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, nosotros podemos corresponder también con el amor. Dios no nos impone un sentimiento que no podamos suscitar en nosotros mismos. Él nos ama y nos hace ver y experimentar su amor, y de este «antes» de Dios puede nacer también en nosotros el amor como respuesta (nº 17) […] Amor a Dios y amor al prójimo son inseparables, son un único mandamiento. Pero ambos viven del amor que viene de Dios, que nos ha amado primero. Así, pues, no se trata ya de un «mandamiento» externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser ulteriormente comunicado a otros. El amor crece a través del amor (nº 18)”.

Al respecto dice H. U. von Balthasar[6]: “Don y tarea son inseparables; más aún, la tarea es un puro don de la gracia. Con esto el evangelio anticipa ya en cierto modo el episodio de Pentecostés: el don es el Espíritu de Dios que nos ayuda a cumplir la tarea, el mandamiento del amor”.

Por tanto, la liturgia de la Palabra y la misma vida nos orientan necesariamente a la sedienta petición del DON DEL ESPÍRITU SANTO, pues sólo Él puede hacer posible esta permanencia en el AMOR de DIOS que nos permite dar frutos de AMOR al HERMANO.

Para la oración (resonancias del evangelio en una orante)

Contigo en el Padre…

Tú el único Señor y Maestro

Permanece en mí y manifiesta tu autoridad
Porque tu derecho es fruto del Amar, Señor,
Lo que siempre ocurrió primero.
Eres autor de nuestras vidas y de ellas el centro.

No somos, solo tú eres,
Mándanos Señor pues, amar hasta morir
Testimonio Divino: el tuyo
Habita en nosotros y se nuestro dueño.

Tu eres Señor, y tienes el derecho.
Permanecer a tu lado
Seguirte en el camino cargando la cruz
Pero solo amando… siempre amando…
Es el deseo profundo, es el motor

El impulso hacia el hermano.

Ven a buscar tus frutos Señor
En tu elección fuimos renovados
Y en la opción por tus pasos peregrinos
Seguimos la huella por instinto
Ven a salvarnos, Señor, toma nuestro cansancio.

Ten compasión de nosotros
A veces amigos y otras, esclavos.
Tu Rostro Señor, buscamos
Permanecer contigo, con el Padre de todos
Y en tu Santo Espíritu. Amén.

[1] La teología moral en San Juan (FAX; Madrid 1970) 246-250.
[2] La teología moral en San Juan, 60.
[3] J. Casabó, La teología moral en San Juan, 317.
[4] El evangelio de Juan (San Benito; Buenos Aires 2005) 416-417.
[5] El maestro del deseo. Una lectura del evangelio de Juan (PPC; Madrid 1999) 151-152.154
[6] Luz de la Palabra. Comentarios a las lecturas dominicales (Encuentro; Madrid 1994) 159.
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