Este artículo fue exportado desde Teología Hoy [ http://www.teologiahoy.com ]
En fecha: 15/08/2018 12:28:08 2018 / +0000 GMT
]
Autor: P Damian Naninni

Lectio Divina. Solemnidad de la Santísima Trinidad




Primera lectura (Dt 4,32-34.39-40):

Este texto es el epílogo del capítulo cuarto del libro del Deuteronomio y presenta, bajo la forma de una exhortación, los elementos jurídicos de un tratado de alianza para convencer a Israel acerca de la observancia de los dos primeros mandamientos: Yavé, el Dios de Israel, es el único Dios; y la fabricación de imágenes es una idolatría y está prohibida. Estas exigencias son presentadas como condiciones para entrar en la tierra y poder habitar en ella por siempre.

Puntualmente en esta sección final del capítulo se busca convencer a Israel para que sea fiel a su Dios y, para ello, hace memoria de la presencia cercana de Dios a su pueblo. Recordando las experiencias únicas y extraordinarias del Éxodo y del Horeb quiere demostrar que el Dios de Israel es único y cercano; y que ningún otro pueblo ha tenido una experiencia de la cercanía de Dios como Israel. Estos dones o gracias recibidos dan razón de la exigencia al pueblo de una fidelidad absoluta. Por tanto, se parte de la experiencia (oir, ver, saber) para arribar a la exigencia ética (guardar los mandamientos).

Como bien nota A. Nocent[1]: "hay ciertos hechos concretos que revelan el amor. En el Señor esto se cumple en todo cuanto ha hecho por su pueblo […] la historia es una continua revelación de Dios. De esta revelación a través de los gestos de Dios, hay unas conclusiones concretas que sacar: la observancia de sus mandamientos".

 Segunda lectura (Rom 8,14-17):

Es importante primero considerar la función de este capítulo 8 dentro de la carta a los Romanos. En efecto, explicadas en el capítulo 7 las implicaciones negativas de la esperanza cristiana como son la liberación del pecado y de la muerte, san Pablo desarrolla ahora los grandes temas anunciados en 5,1-11: vivimos una vida nueva, la vida del Espíritu, que llegará a su dinamismo final porque está garantizado por el Espíritu, el Hijo y el Padre.

En los versículos que leemos hoy se afirma que un aspecto esencial de la vida en el Espíritu es la adopción filial (8,14). Esto significa, en concreto, que el cristiano no está ya bajo la esclavitud de la ley en una relación de temor con Dios sino, al contrario, está situado ahora en una nueva relación con Dios, en una religión fundada en el amor del Padre manifestado en Cristo que nos ha hecho sus hijos adoptivos. Y esto se manifiesta en la oración, donde el Espíritu Santo mueve a nuestro propio espíritu a llamar a Dios Abbá, es decir, Padre. Sobre estos hermosos versículos decía el Papa Benedicto XVI: "El cristianismo no es una religión del miedo, sino de la confianza y del amor al Padre que nos ama. Estas dos afirmaciones densas nos hablan del envío y de la recepción del Espíritu Santo, el don del Resucitado, que nos hace hijos en Cristo, el Hijo unigénito, y nos coloca en una relación filial con Dios, relación de profunda confianza, como la de los niños; una relación filial similar a la de Jesús, aunque diferente en el origen y diferente en el espesor: Jesús es el Hijo eterno de Dios que se hizo carne, y en él nos convertimos en hijos, con el tiempo, a través de la fe y los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación; gracias a estos dos sacramentos somos inmersos en el misterio pascual de Cristo" (Catequesis del 23 de mayo de 2012).

Además, este espíritu filial, fruto del Espíritu en nosotros, nos lleva a ser coherederos de Cristo (8,15-17) y, por eso, podemos esperar compartir la resurrección y la gloria con Él, por Él y en Él.

Evangelio (Mt 28,16-20):

Esta escena, de solemnidad evidente, es la conclusión y culminación de todo el evangelio de Mateo. En ella confluyen los hilos teológicos que lo recorren y es la clave para entender toda la obra. La escena consta de un marco narrativo (vv. 16-18a) y del mensaje del Resucitado (vv. 18b-20). Este mensaje tiene tres elementos: en el medio, formulado en imperativo, está el mandato misionero (19-20a); mientras que el primero (v.19) y el tercero (v. 20a), en indicativo ambos, formulan respectivamente su fundamento (el poder del Resucitado) y su garantía (la promesa de presencia continua del Señor con los suyos). Como bien nota E. Bianchi[2] “en este pasaje se han integrado tan admirablemente la manifestación de Jesús resucitado y la misión de la Iglesia, que resulta claro que el acontecimiento de salvación cumplido en Jesucristo se prolonga en la fe y en la vida de la comunidad cristiana”.

Este final ha sido muy elaborado por Mateo y hay que comprenderlo, ante todo, poniéndolo en relación con el conjunto del evangelio.

Desde el comienzo el narrador ubica a los discípulos en Galilea (v.16), lugar dónde les había convocado el Señor (26,32; 28,7.10). Esta región fronteriza de Israel tiene un significado importante porque en Galilea había comenzado (4,12ss) y se había desarrollado el ministerio de Jesús; y allí también tendrán los discípulos que retomar la misión. La cita de Isaías en Mt 4, 15 la llama “Galilea de las naciones o de los paganos” (Galilai,a tw/n evqnw/n) por ser la región más llena de presencia pagana en Israel; por eso, a nivel histórico salvífico, llega a ser un símbolo de la universalidad del mensaje evangélico. Y es justamente aquí, en Galilea, donde los discípulos reciben el mandato de anunciar el evangelio no solo a Israel sino a todas las naciones.

En un monte de Galilea, difícil de identificar, los discípulos se encuentran con el Señor resucitado. Dice el texto que lo adoraron, pero a la vez,titubearon, dudaron (v.17). Se utiliza el mismo verbo dista,zw con el cual Jesús reprocha a Pedro su falta de fe en 14,31: “Y al instante Jesús, extendiendo la mano, lo sostuvo y le dijo : Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”- Es una actitud contradictoria que caracteriza a los discípulos en el evangelio de Mateo, a quienes varias Jesús los llama “hombres de poca fe” (ovligo,pistoj en Mt 6,30; 8,26; 16,8; 17,20). Tienen fe, pero todavía les falta creer más y mejor.

A continuación Jesús se presenta como el Señor glorioso y exaltado por Dios, que recibe del Padre todo poder (evxousi,a) en el cielo y en la tierra; por tanto recibe ahora el señorío divino sobre todo la creación. Lo que el tentador le ofreció a Jesús llevándolo a un monte alto - todos los reinos del mundo y la gloria de ellos - a cambio de adorarlo (cf. Mt 4,8-10); ahora lo recibe del Padre por su obediencia filial, y es Jesús resucitado quien recibe la adoración de los hombres, que ante Él doblan sus rodillas (cf. Flp 2,9-11)

Sigue el mandato misionero. Esta misión se expresa con un verbo principal en imperativo (hagan discípulos / matheteusate) y dos participios (bautizando...enseñando). Como nota P. Bonnard[3] “es probable que los dos verbos en participio de presente (bautizando y enseñando) designen las dos acciones o medios con que los discípulos harán, a su vez, discípulos”. Por tanto, los discípulos tienen que repetir la acción de Jesús: formar discípulos, pero discípulos de Jesús, no propios. Y tendrán que transmitirles las enseñanzas de Jesús que es el único maestro (cf. Mt 23,8-10); más aún, tendrán que "sumergirlos" (bautizarlos) en el misterio de Dios Trinidad. Se trata, por tanto, de llevar a otros al seguimiento de Jesús y hacerlos partícipes de la vida Trinitaria.

El horizonte de la misión es universal, pues la expresión “a todas las naciones” (pa,nta ta. e;qnh) se refiere a todos los pueblos, sin excepción alguna. De este modo Mateo asume el tema de la misión pagana presente en Marcos (5,18-20; 13,10; 15,39) y la subraya, en especial en esta su conclusión programática donde invita a hacer que todos los paganos sean discípulos.

Por último, la Promesa de su Presencia. No promete seguridades ni grandes hazañas, sólo su Presencia, siempre y hasta el fin del mundo. En Jesucristo se realiza la presencia permanente de Dios con su pueblo (“yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”, 28,20). Es decir, es elEmmanuel, “Dios con nosotros” (1,23). En la solemne inclusión de 1,23 y 28,20 se desarrolla todo el evangelio de Mateo.

 Meditación:

Sabemos lo importante que es conocer el nombre propio de las personas para poder llamarlas y crear un vínculo con ellas. Por eso, para empezar a conocernos nos damos nuestro nombre, nos presentamos. Y este puede ser el comienzo de una hermosa amistad. Ahora bien, ¿cuál es el nombre más propio de Dios para poder invocarlo, empezar a conocerlo y relacionarnos con Él?  Esta misma pregunta se la hicieron los cristianos en el siglo II y surgió como respuesta el de “Trinidad”. Este es el nombre más propio del Dios de los cristianos, aunque como tal, no aparece nunca en la Biblia; y por eso se vieron en la necesidad de crearlo para poder expresar sintéticamente lo que la fe cristiana tiene de nuevo y original con respecto a Dios. Así, con el nombre de Santísima Trinidad, los cristianos expresamos y confesamos nuestra fe en un Único y sólo Dios que en su intimidad es comunión de Tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Pero apenas empezamos a hablar de la unidad de naturaleza y la distinción de la personas en Dios -Trinidad, este misterio central de nuestra fe se vuelve lejano y casi hasta abstracto, irreal. Sin embargo, Dios en su misterio de vida Trinitaria es al mismo tiempo lo más trascendente como lo más cercano a nosotros. Al respecto leemos en el Catecismo: "El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de nuestra fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la jerarquía de verdades de la fe. Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos" (CEC nº 234).

Por tanto, desde una mirada creyente la Trinidad forma parte de nuestra vida. En efecto, la palabra bautizar significa literalmente “sumergir”; por tanto en nuestro bautismo fuimos “sumergidos” en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Bien podemos decir que “Dios es familia”, y que formamos parte de esta familia, es nuestra familia divina. Al respecto decía el Papa Francisco: “Dios es una “familia” de tres Personas que se aman tanto que forman una sola cosa. Esta “familia divina” no está cerrada en sí misma, sino que está abierta, se comunica en la creación y en la historia y ha entrado en el mundo de los hombres para llamar a todos a formar parte. El horizonte trinitario de comunión nos rodea a todos y nos estimula a vivir en el amor y en el compartir fraterna, seguros de que allí donde hay amor, está Dios”.

La aceptación por la fe de este misterio Trinitario implica aceptar la comunicación de este Amor Trinitario, de recibirlo en nuestra propia alma, pues creemos que al ser bautizados la Trinidad ha venido a habitar en nosotros, tal como Jesús lo anunció: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (Jn 14,23). Esta verdad de nuestra fe algunos santos la han experimentado de modo muy fuerte, como la joven Isabel de la Trinidad, quien rezaba diciendo: «Dios mío, Trinidad que adoro… Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, tu morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora».

Todos estamos invitados a experimentar la Trinidad que habita en nosotros; pues si dejamos que nuestra fe crezca y madure, nos vincularemos con cada Persona de la Trinidad de modo distinto. En nuestra relación con el Padre, nuestro creador, encontraremos al origen de la vida, la fuente primordial, y experimentaremos la paz que brota en nuestra alma al abandonarnos en sus firmes y suaves manos. En nuestra relación con el Hijo, con Jesús nuestro salvador, experimentaremos al hermano y amigo que nos comprende, ante quien podemos abrir de par en par nuestro corazón, incluso en sus zonas más oscuras, pues siempre nos mirará con misericordia y nos ofrecerá el perdón de Dios. Al Espíritu Santo, nuestro santificador, no podemos ponerle un rostro, pero sentiremos la fuerza del amor que engendra vida, que hace cálida nuestra relación con el Hijo y que viene en ayuda de nuestra fragilidad y nos mueve a clamar a Dios llamándolo Abba, Padre (Gal 4,6). Y también nos da la fuerza para confesar nuestra fe con valentía, para amar siempre y a todos los hombres; y ser testigos del amor de Dios delante de todos.

Por último, creemos que el hombre es imagen y semejanza de Dios. Sí, somos imagen de Dios Trinidad, de Dios que en su intimidad es comunión de personas. Y en la Trinidad cada persona se define por relación a las demás, su ser personal está en la donación de sí misma. Es claro que alcanzaremos nuestra mayor realización como personas en la medida que vivamos la comunión y la entrega sincera de nosotros mismos a los demás por amor.

En síntesis, la solemnidad de hoy nos habla del misterio infinitamente trascendente de Dios en su intimidad; pero al mismo tiempo del misterio de Vida y Amor del que participamos y en el cual estamos involucrados. Como nota N. Baisi[4]: “Si estuviésemos creados a imagen y semejanza de un ‘dios' único y unipersonal nuestra perfección sería ser autónomos, no darnos con nadie, no depender de nadie, no dar ni recibir nada, ser y estar solos”. Pero no es así pues Jesús nos ha revelado que “Dios es un misterio de engendrar y ser engendrado, un decir la Palabra y escucharla. Dios es la comunión de Padre e Hijo, de dar y recibir, de decir y escuchar. Nosotros que somos imagen de Dios nos realizamos, hacemos lo que somos, vivimos como hombres de verdad, cuando somos capaces de recibir y de dar, de vivir en mutua interdependencia, de escucharnos y hablar, de comunicarnos en la verdad con otros, de amarnos de verdad”.

En breve, la Santísima Trinidad, Misterio de Dios Amor es al mismo tiempo misterio de comunión y misión.

En fin: "Allí donde la Iglesia se muestre como una asociación casual, el don de la fe se volverá cuestionable. Pero el que esté convencido de que la Iglesia no es una asociación, sino el don del amor que nos está ya esperando aun antes de que comencemos a respirar, no conocerá un quehacer más agradable que el de preparar a los hombres para el don del amor, pues es el único que justifica el don de la vida. De ahí que debamos una vez más aprender ante todo a entender la existencia cristiana desde Dios, como fe en su amor y como fe en que es Padre, Hijo y Espíritu Santo: solamente así tiene algún sentido decir que Dios es amor. Si Dios es amor, entonces hay en él un yo y un tú, entonces tiene que formar una unión, tiene que ser trino y uno. Roguémosle que nos abra los ojos, que volvamos a entender desde él el ser del cristianismo y que así nos entendamos a nosotros mismos y renovemos la humanidad"[5].

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Vayan…

Hagan discípulos con la Palabra, conmuevan los corazones con vuestros gestos

Un camino de cruz les he trazado, es Novedad y Misterio

Crean! La fuerza viene de lo alto, del Espíritu Santo

Dios venido de mi aliento.

Así tendrán un Auxilio, eleven a Él su pensamiento

Cada hombre y cada mujer es un hijo amado del Padre del cielo

Y Él me envió a acompañarlos, a darles mi callado

Y el rebaño que es solo mío, no vuestro.

Se los he confiado porque los he elegido

Recorran el mundo entero, con un tesoro en el corazón y en los labios

En vasijas de barro yo oculto lo eterno.

Mi poder se hace vigor y crece en el silencio

Guardado de todo mal, preservado de lo siniestro

Recorre un camino seguro y perfecto.

No teman, no estarán solos cuando la fe se ponga en juego

Solo pidan al Padre lo que él nunca niega

Solo Él es el Padre Bueno.

El mundo tendrá su fin cuando terminen los tiempos

Y vendré. Por fin me verán de nuevo

Mi corazón abrazará a cada uno, vivan en la esperanza

Y en la misión de Amor, para ser de la Trinidad: ALABANZA. Amén

[1] El año Litúrgico. Celebrar a Jesucristo V (Sal Terrae; Santander 1982) 67.

[2] Escuchad al Hijo amado, en él se cumple la Escritura (Sígueme; Salamanca 2011) 191.

[3] Evangelio según San Mateo (Cristiandad; Madrid 1976) 624.

[4] Trinidad para todos (Agape; Buenos Aires, 2013) 27-29.

[5] J. Ratzinger, El Dios de los cristianos. Meditaciones (Sígueme; Salamanca 2005) 36-37.-

 

 


Post date: 2018-05-25 03:29:33
Post date GMT: 2018-05-25 03:29:33
Post modified date: 2018-05-25 03:29:33
Post modified date GMT: 2018-05-25 03:29:33

Formato del artículo: MS Word. http://www.teologiahoy.com