Lectio Divina. Solemnidad de Pentecostés

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SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS CICLO “B”

 

En esta solemnidad de Pentecostés se aplica también el principio de la lectura litúrgica de los textos bíblicos, por cuanto la referencia más explícita a la fiesta litúrgica la encontramos en la primera lectura, a la cual le prestaremos una mayor atención.

Primera lectura (He 2,1-11):

“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar” (He 2,1).

La narración comienza con una referencia al día de Pentecostés. Se trata del quincuagésimo día después de Pascua. Un primer dato importante a retener es que la fiesta de Pentecostés, tanto para la tradición judía como cristiana, está íntimamente unida a la Pascua, es su culminación o coronación.

El Antiguo Testamento habla de la fiesta de las Semanas o Savuot (cf. Ex 23,16; Lv 23,15-22; Dt 16,9-12), siete semanas o cincuenta días después de la Pascua, y en la cual se celebraba la última cosecha del año, la siega del trigo; mientras que en la Pascua se celebraba la primera cosecha del año. Esta fiesta formaba parte de las tres fiestas de peregrinación a Jerusalén junto con la Pascua y las Tiendas (sukkot). Más tarde la liturgia judía unió esta fiesta de Pentecostés o Savuot al recuerdo del don de la Torá o Ley en el Sinaí, llamándola justamente fiesta del “don de la Torá”, y durante la misma se leía el relato de la promulgación del decálogo (Ex 19-20)[1].

Algunos Padres de la Iglesia han sacado como consecuencia de esta relación entre la Pentecostés judía y la cristiana que el Espíritu Santo pasa a ser ahora la Nueva Ley para los cristianos al darles el conocimiento interior de la voluntad de Dios y la capacidad para cumplirla. El mismo Sto. Tomás de Aquino es de esta opinión: “Lo principal en la Ley del Nuevo Testamento y en lo que está toda su virtud es la gracia del Espíritu Santo, que se da por la fe en Cristo” (ST I-II, q. 106, a. 1).

El texto dice que estaban todos reunidos en un mismo lugar. ¿Quiénes son estos “todos” y dónde estaban? La respuesta la tenemos en He 1,13-14: “Cuando llegaron a la ciudad, subieron a la sala donde solían reunirse. Eran Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago, hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas, hijo de Santiago. 14 Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.”

El “lugar” donde estaban reunidos es el Cenáculo, la “sala grande en el piso superior” (cf. Mc 14, 15); allí Jesús había celebrado con sus discípulos la última Cena y se les había aparecido después de su resurrección. Allí se encuentran los once Apóstoles y demás discípulos, incluida Maríala Madre de Jesús, que conformaban la primera comunidad cristiana. Ahora bien, el texto, más que insistir en el lugar físico, quiere poner de relieve la actitud interior de los discípulos: íntimamente unidos y en oración.

En este texto, para indicar al Espíritu Santo, se utilizan dos grandes imágenes: la de la tempestad y la del fuego. Claramente, san Lucas tiene en su mente la teofanía del Sinaí, narrada en los libros del Éxodo (Ex 19, 16-19) y el Deuteronomio (Dt 4, 10-12. 36).

La palabra hebrea para designar al Espíritu (ruah) significa justamente “viento impetuoso”. La metáfora del viento impetuoso de Pentecostés hace pensar en la necesidad de respirar aire limpio, el aire espiritual, el aire saludable del espíritu, que es el amor. Lo que el aire es para la vida biológica, lo es el Espíritu Santo para la vida espiritual.

La otra imagen del Espíritu Santo que encontramos es el fuego. Ya en el Antiguo Testamento, en la experiencia fundamental del pueblo en eldesierto, el fuego representa a la santidad divina en su doble aspecto, atractivo y temeroso. En el monte Horeb, Moisés es atraído por el espectáculo de la zarza ardiente que no es «devorada» por el fuego; pero la voz divina le notifica que no puede aproximarse si Dios no lo llama y si él no se purifica (Ex 3,2). En el Sinaí humea la montaña bajo el fuego que la rodea (Ex 19,18) sin que por ello quede destruida; mientras que el pueblo tiembla de pavor y no debe acercarse, Moisés se ve, en cambio, llamado a subir cerca de Dios, que se revela.

El fuego del cielo que descendió sobre los discípulos reunidos el día de Pentecostés no es el del juicio, es el de las teofanías, que realiza el bautismo de fuego y del espíritu (He 1,15): el fuego simboliza ahora el Espíritu y, si bien no se dice que este Espíritu es la caridad misma, el relato dePentecostés muestra que tiene como misión la de transformar a los que han de propagar a través de todas las naciones el mismo lenguaje, el del Espíritu.

Por eso, entre todas las solemnidades Pentecostés destaca por su importancia, pues en ella se realiza lo que Jesús mismo anunció como finalidad de toda su misión en la tierra. En efecto, mientras subía a Jerusalén, declaró a los discípulos: “He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!” (Lc 12, 49). Estas palabras se cumplieron de la forma más evidente cincuenta días después de la resurrección, en Pentecostés: “Se les aparecieron unas lenguas como de fuego (…) y quedaron todos llenos del Espíritu Santo” (He 2, 3-4). Cristo trajo a la tierra el fuego verdadero, el Espíritu Santo. Este “fuego” puro, esencial y personal, el fuego del amor, vino sobre los Apóstoles, reunidos en oración con María en el Cenáculo, para hacer de la Iglesia la prolongación de la obra renovadora de Cristo.

 Lo que sigue del relato de los Hechos, en particular el fenómeno de la comprensión a pesar de la diversidad de lenguas, tiene como trasfondo del mismo la narración de la torre de Babel (Gn 11). En el acontecimiento de Babel, la soberbia de los hombres, su amor propio, su búsqueda de fama y gloria llevó a la división de las lenguas con la consiguiente confusión e incomunicación entre hombres y pueblos. Como contrapartida, el acontecimiento de Pentecostés demuestra cómo por obra del Espíritu Santo es posible mantener la unidad respetando la diversidad. En efecto, al decir: “todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios” (He 2,11) se hace referencia a esa unión superior, en Dios, que es fruto del Espíritu y permite entenderse y comunicarse más allá de las legítimas diferencias.

En el marco de todo el libro de los Hechos hay que recordar que, si bien el primer gran evento que abre la misión pública de la Iglesia es Pentecostés (2,1-4), la experiencia del Espíritu no se limita a esta primera manifestación, sino que se renueva continuamente en la vida de los discípulos: en el momento de las primeras dificultades (4,31), en ocasión de la conversión de los primeros paganos (10,44-47), en la vivencia de algunos grupos que se integraban plenamente a la Iglesia (19,8). Para Lucas la historia de la Iglesia está marcada por esta renovada y continúa manifestación del Espíritu.Es gracias a su energía que la comunidad de los creyentes lleva adelante eficazmente la obra de Jesús en la historia.

En conclusión, vemos que en el libro de los Hechos la manifestación del Espíritu aparece, de modo especial, ligada a la experiencia misionera dela Iglesia. La misma experiencia de Pentecostés está orientada hacia la Palabra y hacia la capacidad de hablar las lenguas de todos los pueblos (2,11).

Segunda Lectura: 1Cor 12, 3b-7.12-13

San Pablo comienza esta sección con una clara afirmación: toda confesión de fe en el Señor Jesús es fruto de la acción del Espíritu. Mediante esta afirmación demuestra que la acción del Espíritu Santo causa la unidad en la fe de los creyentes. En lo que sigue busca -manteniendo esta unidad en el origen – tener en cuenta la diversidad a nivel de los carismas. Para confirmar esta coexistencia de la unidad con la diversidad cita dos ejemplos: los múltiples servicios o ministerios en relación al único Señor (v. 5) y las actividades diversas con un único Dios, “que realiza todo en todos” (v. 6). Así, en primer lugar, precisa que son los dones visibles o manifiestos los que se dan a cada cristiano en particular (hay dones interiores del Espíritu como la fe y la caridad que se dan a todos). Luego dice que su finalidad es la utilidad común, por lo que los mismos carismas tienden entonces a la unidad: “A cada uno le es dada la manifestación (phanerosis) del Espíritu para la utilidad común (pros to sympheron)” (12,7).

Para ejemplificar esta enseñanza acerca de la unidad y la diversidad recurre a la comparación del cuerpo y sus miembros. Esta referencia a la imagen del cuerpo para explicar la unidad y la diversidad entre los miembros de una sociedad estaba difundida ampliamente en el helenismo y, por ello, se piensa que de allí la tomó San Pablo para aplicarla a la Iglesia. Esta comparación es válida en lo referente al funcionamiento de la Iglesia en cuanto cuerpo social, visible. Pero en lo que sigue Pablo deja en claro que la razón de la unidad en la Iglesia se debe a Cristo y al Espíritu Santo. En efecto, al final del versículo 12 dice: “así sucede con Cristo”, a quien aplica entonces la comparación del cuerpo. Como dice L. Rivas[2]: “En este punto se pone de relieve una sorprendente enseñanza de san Pablo: los cristianos no forman una unidad solamente porque están unidos entre ellos formando una sociedad, una comunidad a la que se le da el nombre de Iglesia (ekklesía). Los cristianos constituyen un cuerpo porque están unidos a una persona viviente, que es el Cristo glorificado”. Luego en 12,13 explicita que todos los cristianos han sido bautizados (literalmente “sumergidos”) en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo. Deja en claro que el bautismo tiene una característica connotación eclesial: es el sacramento que nos une en un solo cuerpo. No se trata de una experiencia exclusivamente individual del cristiano, ya que por el bautismo se establece una vinculación especial entre todos los cristianos que forman un solo cuerpo.

En síntesis, la unidad, respetando la diversidad de carismas y servicios, se mantiene en la Iglesia gracias a una doble referencia teológica: suorigen en el mismo Espíritu Santo y su finalidad u orientación al bien común del único cuerpo de Cristo.

Evangelio: Jn 20,19-23

En su primera aparición Jesús Resucitado saluda a los discípulos diciéndoles: “¡Paz a ustedes!”. Más que de un augurio o deseo, se trata aquí de ladonación efectiva de la paz, de una presencia real de la paz como don escatológico tal como lo había indicado Jesús en su discurso de despedida: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo” (Jn 14,27). Esta paz, según el trasfondo del Antiguo Testamento, incluye todos los bienes necesarios para la vida presente y la plenitud de bienes en la vida futura. Pero lo que en el Antiguo Testamento era promesa, por la muerte y resurrección de Cristo se vuelve realidad. Justamente en el AT se considera que la presencia de Dios en medio de su pueblo es el bien supremo de la paz (cf. Lev 26,12; Ez 37,26). Entonces para el evangelista Juan la presencia de Jesús resucitado en medio de los suyos es la fuente y la realidad de la paz que está presente ya. Y esta paz no está ligada a su presencia corporal sino a su realidad de resucitado, victorioso de la muerte, y por eso les da, junto con su paz, el Espíritu Santo y el poder de perdonar los pecados (20,22-23).[3]

 F. Moloney sostiene que como en la expresión eirênê hymin (“paz a ustedes”) falta el verbo, la misma debe traducirse como “paz con ustedes” en sentido de que Jesús declara que la paz ya está presente entre los discípulos.[4] Y esto se debe justamente a que Jesús resucitado está presente en medio de ellos.

En fin, ahora Jesús resucitado, con la plenitud de vida que ha recibido del Padre, puede dar a los suyos la paz que proviene del Padre y que permite vivir en comunión con Dios y con los hermanos

Luego Jesús les muestra sus heridas para probarles que es el Crucificado que ha Resucitado; que es él mismo pero en un estado diferente.

A continuación pronuncia las palabras de envío y realiza el gesto de soplar sobre ellos. Algunos estudiosos ven en este gesto de Jesús una referencia al gesto primordial de Dios en la creación del hombre (cf. Gen 2,7)[5]. Entonces el soplo de Jesús es el signo de la nueva creación: Jesús glorificado comunica el Espíritu que hace renacer al hombre (Cf. Jn 3, 3-8), dándole a compartir la comunión divina. Además, según X. León Dufour[6], aquí está el cumplimiento de lo anunciado por Juan Bautista de que Jesús “tenía que bautizar en el Espíritu Santo” (Jn 1,32-33); y también de la alianza definitiva anunciada por los profetas y caracterizada por la efusión del Espíritu (cfr. Jer 31,33; Ez 36,26s).

El Hijo que “tiene la vida en sí mismo” dispone de ella a favor de los suyos (Cf. Jn 5, 21.26); su soplo es el de la vida eterna.

Con esta donación del Espíritu Santo a los Apóstoles se les comunica también el poder perdonar o retener los pecados y, de este modo, son ellos ahora transmisores de la vida nueva.

Algunas reflexiones:

Seguramente alguna vez hemos tenido la experiencia de comprobar que nuestras metas e ideales de vida cristiana eran demasiado elevados e inalcanzables para nosotros; y los hemos abandonado a pesar de haber luchado por ellos. O también el haber sentido que las exigencias del evangelio superan en mucho nuestras fuerzas, que no podemos amar siempre y a todos como me pide Jesús; o perdonar setenta veces siete al que nos ofende. Y cuántas veces ante las amenazas de la sociedad o del ambiente nos dominó el temor y hemos terminado por encerrarnos, por replegarnos con amargura sobre nosotros, dando la espalda a todo y a todos.

            Pues bien, este es el resultado irremediable de intentar llevar vida cristiana sin el Espíritu Santo; que es lo mismo que tener un auto sin combustible; o un reloj sin pilas: no puede funcionar. Sabemos de la especial y mayor sensibilidad del Oriente cristiano a la Persona y la Acción del Espíritu Santo. Por ello es bueno escuchar el testimonio de uno de ellos, que expresa con claridad esta experiencia: “El evento pascual, cumplido de una vez para siempre, ¿cómo se hace nuestro hoy? Por obra de Aquel que desde el principio y en la plenitud de los tiempos es su artífice: el Espíritu Santo. Él es la novedad en persona que obra en el mundo. Él es la presencia del Dios-con-nosotros, unido a nuestro espíritu (Rom 8,16). Sin Él, Dios es lejano, Cristo permanece en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia una simple organización, la autoridad es dominio, la misión una propaganda, el culto una evocación, el actuar del cristiano una moral de esclavos. Pero en Él, el cosmos se alivia y gime en el parto del Reino, el hombre lucha contra la carne, Jesucristo, el Señor resucitado está presente, el Evangelio es potencia de vida, la Iglesia es signo de comunión trinitaria, la autoridad es servicio liberador, la misión es un Pentecostés, la liturgia es memorial y anticipación; el obrar humano es deificado”. Discurso de Ignatios Hazim, metropolita de Laodicea, en la IV Asamblea Mundial de Iglesias, Upsala 1968).

A veces hace falta pasar por la experiencia del fracaso y de la frustración a la que nos lleva el querer vivir el Evangelio y la misión de la Iglesia por nuestras propias fuerzas y contando sólo con nuestros recursos y nuestro solo ingenio. Tenemos que llegar a sentir en profundidad que solos no podemos; y entonces nuestro corazón se abre a la acción fecunda del Espíritu Santo. Como dice R. Cantalamessa: “La primera condición para recibir el Espíritu Santo no son los méritos ni las virtudes, sino el deseo, la necesidad vital, la sed. El problema práctico, acerca del Espíritu Santo, está precisamente aquí: ¿tenemos nosotros sed del Espíritu Santo, o tenemos por el contrario, miedo de él? Nosotros intuimos que si viene el Espíritu Santo, no puede dejarlo todo como lo encuentra en nuestra existencia”.

Por eso es necesario que expresemos nuestra necesidad imperiosa del Espíritu Santo:

Ø  Necesitamos un nuevo Pentecostés; necesitamos de la fuerza y del calor del Espíritu Santo para sentirnos y vivir con gozo la libertad de ser hijos amados de Dios.

Ø  Necesitamos de la Presencia y de la Acción del Espíritu Santo en nuestras comunidades para que reine la concordia y el amor; para que podamos respetarnos con nuestras legítimas diferencias y mantenernos unidos en la confesión de la misma fe.

Ø  Necesitamos como Iglesia abrirnos cada día a la efusión del Espíritu para salir de nuestro encierro, para vencer todos los miedos e ir al encuentro de todos los hombres que habitan nuestro mundo y tienen, aunque no lo sepan decir, sed de Dios.

Esta experiencia del Espíritu tiene que ser iluminada y orientada por la fe, y también por la fe pensada, que es la teología. Por eso recurrimos a un gran teólogo, Y. Congar[7], quien nos presenta las tres ideas teológicas como fundamentales del misterio de Pentecostés.

ü  En primer lugar su relación con la Pascua de Jesús: “Jesucristo es quien nos ha ganado el don del Espíritu Santo, por su muerte y resurrección. Pentecostés es el fruto de la Pascua”.

ü  En segundo lugar que en Pentecostés la Iglesia recibe su ley y su alma. El Espíritu Santo es la nueva Ley entendida como principio interior de las acciones. En este sentido es el alma de la Iglesia en donde obra distribuyendo los diversos carismas y servicios y manteniendo su unidad al orientarlos a la búsqueda del bien común. El Espíritu Santo es el principio de comunión en la diversidad; principio de unidad que viene del interior.

ü  En tercer lugar, en Pentecostés la Iglesia emprende su marcha misional. Es, en cierto modo, el nacimiento de la Iglesia, que nace y es en su esencia misionera. El Espíritu prepara a los apóstoles para la misión mediante dos dones: son santificados (“quedaron llenos del Espíritu Santo”) yreciben la capacidad de comunicarse con todos los hombres, sin distinción de lenguas o razas (“comenzaron a hablar en distintas lenguas”). De este modo pueden restablecer la unidad que se había roto en Babel, como bien nota R. Cantalamessa[8]: “Se comprende así en qué consiste la radical transformación que se realiza en Pentecostés, con la venida del Espíritu Santo. En el corazón de los apóstoles Dios ha tomado el lugar del yo, ha destruido la vanagloria de sus obras y de sus proyectos y los empuja a gloriarse sólo en él, no en uno mismo. Así lo ha interpretado San Agustín cuando dice que Babel es la ciudad construida sobre el amor propio, mientras Jerusalén, esto es, la Iglesia, o la ciudad de Dios, es la ciudad construida sobre el amor de Dios […] El paso de Babel a Pentecostés, acontecido históricamente de una vez para siempre y narrado en He 2, debe realizarse espiritualmente, cada día, en nuestra vida. Hay que pasar continuamente de Babel a Pentecostés, del mismo modo que es necesario pasar continuamente del hombre viejo al hombre nuevo”.

            Concluyamos con una actualización de las lecturas del mismo Papa Francisco:

“En este día, contemplamos y revivimos en la liturgia la efusión del Espíritu Santo que Cristo resucitado derramó sobre la Iglesia, un acontecimiento de gracia que ha desbordado el cenáculo de Jerusalén para difundirse por todo el mundo. Los teólogos antiguos decían: el alma es una especie de barca de vela; el Espíritu Santo es el viento que sopla la vela para hacerla avanzar; la fuerza y el ímpetu del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, sin su gracia, no iríamos adelante. El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo. El Espíritu Santo es el alma de la misión. Lo que sucedió en Jerusalén hace casi dos mil años no es un hecho lejano, es algo que llega hasta nosotros, que cada uno de nosotros podemos experimentar. El Pentecostés del cenáculo de Jerusalén es el inicio, un inicio que se prolonga. El Espíritu Santo es el don por excelencia de Cristo resucitado a sus Apóstoles, pero Él quiere que llegue a todos. Jesús, como hemos escuchado en el Evangelio, dice: «Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros» (Jn 14,16). Es el Espíritu Paráclito, el «Consolador», que da el valor para recorrer los caminos del mundo llevando el Evangelio. El Espíritu Santo nos muestra el horizonte y nos impulsa a las periferias existenciales para anunciar la vida de Jesucristo”.

Para la oración (resonancias del Evangelio en una orante):

¡¡Oh Espíritu Santo!!

Oh Espíritu Santo, conexión Divina entre el Hijo y su Padre

Ven desde el trono del Rey Eterno…

Trae contigo los dones sagrados

¡Sin ti seremos huérfanos!

Llévanos contigo al Principio, al pensamiento Único

Del Padre perfecto, Magnífico

Tú que lo tienes todo, y todo has oído,

Y anúncianos lo que ha sucedido

¡Renueva nuestra fe, Aliento de Cristo!

Hemos buscado la Puerta sin cansarnos

La hemos encontrado andando el Camino

¡Al fin! Era la Vida que nos recibía.

Y se nos mostraba Vencedor de la muerte,

Destructor de la mentira.

Testigos y testimonio, somos, fuimos…

¡Solo podemos serlo contigo!

Ven desde el trono del Rey Eterno

Ven Espíritu Santo, Paráclito

Del Padre perfecto, Magnífico

¡Renueva nuestra fe, Aliento de Cristo! Amén.

[1] Cf. A.-C. Avril-D. La Maisonneuve, Las fiestas judías (Verbo Divino; Estella 1996) 37-46.

[2] San Pablo y la Iglesia. Ensayo sobre “las eclesiologías” Paulinas (Claretiana; Buenos Aires 2008) 91.

[3] Cf. X. León-Dufour, “Paz” en X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Barcelona, 1978; 659.

[4] Cf. F. Moloney, El evangelio de Juan, Estella, Verbo Divino 2005; 516.

[5] Cf. L. H. Rivas, El evangelio de Juan. Introducción. Teología. Comentario (Buenos Aires 2005) 530.

[6] Cf. Lectura del evangelio de Juan. Jn 18-21. Vol IV, Salamanca, Sígueme 1998; 193.

[7] Y. –M. Congar, Pentecostés (Estela; Barcelona 1966).

[8] El misterio de Pentecostés (Edicep; Valencia 1998) 27-28.

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