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En fecha: 15/07/2018 19:16:21 2018 / +0000 GMT
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Autor: P Damian Naninni

Lectio Divina. Solemnidad del nacimiento de San Juan Bautista




SOLEMNIDAD DEL NACIMIENTO DE SAN JUAN BAUTISTA

"La Iglesia celebra el nacimiento de Juan como algo sagrado, y es el único de los santos cuyo nacimiento se festeja; celebramos el nacimiento de Juan y el de Cristo. Ello no deja de tener su significado, y, si nuestra explicaciones no alcanzaran a estar a la altura de este misterio tan elevado, no hemos de perdonar esfuerzo para profundizarlo y sacar provecho de él" (San Agustín, Sermón 293,1-3; cfr. Oficio de Lectura de la Solemnidad).

Nada mejor que esta frase de San Agustín para introducirnos en la liturgia de la Palabra de esta solemnidad a la cual le otorga la Iglesia mucha importancia, al punto de tener misa propia de primeras vísperas. Por tanto vale el "esfuerzo para profundizarla y sacar provecho"[1].

PRIMERA LECTURA (Is 49,1-6):

En el contexto de la liturgia de este día pienso que hay que resaltar en este texto lo que dice el Señor y lo que dice el profeta. En primer lugar está la llamada o vocación del profeta por parte de Dios, que asume toda su existencia (desde el seno de su madre) y que implica una difícil misión de cara al pueblo: su palabra es como una espada afilada y una flecha punzante.

Sigue lo que dice el profeta, mezcla de desilusión y desaliento: "En vano me fatigué, para nada, inútilmente, he gastado mi vida".

Aquí vale recordar la situación histórica de este profeta, el llamado segundo-Isaías, quien es sin duda el profeta del amanecer, del despertar (51,17; 52,1)[2]. A él le ha tocado en suerte anunciar un mensaje de consolación porque Yavé considera que el pueblo ya ha cumplido con el castigo por su pecado y por ello ha decidido devolver a los desterrados a la tierra de Judá (Is 40,1-2). Así como antes Nabuconodosor fue el instrumento de castigo para Jerusalén del que se valió Yavé (Jer 25,9; 27,6), ahora se presenta a Ciro como el ungido y el instrumento en manos de Yavé para liberar a su pueblo (41,2; 44,28; 45,1-4; 48,12-15). Es muy posible que este anuncio de ser liberados por un pagano como Ciro haya generado resistencia entre los exiliados. En el fondo esta resistencia supone querer poner límites al obrar de Dios; o en otros términos, rechazar todo aquello que no entra en sus esquemas mentales. Una respuesta a esta resistencia serían los oráculos de Is 45,9-13 y 55,8-9.

Esta sensación de fracaso del profeta es iluminada por la palabra de Dios, quien no sólo lo confirma en la misión ya concedida ("hacer que Jacob vuelva a él y se le reúna Israel"), sino también le amplia el horizonte de la misma extendiéndola a todas las naciones ("te destino a ser luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra").

SEGUNDA LECTURA (He 13,22-26):

En esta homilía en la sinagoga de Pisidia, Pablo presenta a Jesús como el Salvador prometido de la descendencia de David. Y "como preparación a su venida, Juan Bautista había predicado un bautismo de penitencia a todo el pueblo de Israel…Sepan que después de mí viene Aquel a quien yo no soy digno de desatar las sandalias". Lucas retoma aquí lo ya expuesto en su evangelio acerca de la predicación de Juan Bautista y su carácter de precursor de Jesús (Lc 3, 3.16).

Tanto en el evangelio como en esta referencia que encontramos en los Hechos, la figura de Juan Bautista es para Lucas el signo de la continuidad entre la antigua y la nueva Alianza. En efecto, tanto por el contenido de su prédica, la promesa del Salvador, como por los destinatarios de la misma, "todo el pueblo de Israel", Juan Bautista pertenece a la primera etapa de la historia de la Salvación. Pero dado su carácter de anunciador inmediato del Mesías le toca hacer la transición hacia la nueva etapa del cumplimiento que tiene lugar en Cristo[3].

Al respecto dice Roloff: "La figura de Juan es para Lucas una prueba de que la actuación de Dios, a pesar de la novedad que encierra la aparición de Jesús, está en continuidad con su actuación previa a favor de Israel"[4].

 EVANGELIO (Lc 1, 57-66.80):

Importa recordar que el evangelio de Lucas comienza narrando la concepción de Juan el Bautista y, para ello, presenta primero a sus padres: “un sacerdote llamado Zacarías, de la clase sacerdotal de Abías. Su mujer, llamada Isabel, era descendiente de Aarón. Ambos eran justos a los ojos de Dios y seguían en forma irreprochable todos los mandamientos y preceptos del Señor. Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril; y los dos eran de edad avanzada” (Lc 1,5-7). Queda claro que Dios ha intervenido especialmente en este nacimiento y que el mismo es el cumplimiento de lo anunciado por el ángel: "Pero el Ángel le dijo: "No temas, Zacarías; tu súplica ha sido escuchada. Isabel, tu esposa, te dará un hijo al que llamarás Juan. El será para ti un motivo de gozo y de alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento" (Lc 1,13-14). Con todo esto se quiere señalar que este nacimiento forma parte del plan de Dios sobre el mundo.

Isabel, anciana y estéril, da a luz un hijo y este hecho es celebrado como una obra "de la gran misericordia de Dios" en un clima de alegría y gozo[5].

Luego se desarrolla la sorpresa en relación al nombre del niño que fue dado por el Ángel: Juan. En aquellos tiempos la imposición del nombre era un derecho del padre, por ello la intervención de Zacarías termina toda discusión al respecto. El nombre de Juan tiene su valor simbólico pues significa: Dios es clemente o Dios muestra su gracia. Este nombre, puesto por inspiración divina, indica que su misión será anunciar un tiempo de gracia de parte de Dios: el tiempo de la venida del Mesías.

El texto termina señalando que esta misión se manifestará a su debido tiempo, pues se respeta el proceso natural del crecimiento humano de Juan Bautista. Mientras tanto, Juan Bautista se retira al desierto para prepararse a su misión, pues los grandes profetas y líderes se han preparado en la soledad donde resuena más y mejor la Palabra del Señor.

En el contexto del evangelio lo importante es que "en torno a Juan y luego con Jesús, la salvación vuelve a hacerse actual y la palabra de Dios se hace oír de nuevo. Sin embargo, este cumplimiento no tiene lugar inmediatamente; hay que contar con el tiempo. Los meses de gestación de Isabel son señal de esto. La Biblia cuenta por tanto con una maduración natural del milagro"[6].

 ALGUNAS REFLEXIONES:

Puede que tenga razón H. U. von Balthasar cuando dice que no hay figura más solitaria en la Biblia que Juan el Bautista ya que no pertenece del todo ni al Antiguo ni al Nuevo Testamento[7]. Pero es que esta ha sido justamente su misión: ser un profeta de transición. Recibió el encargo de preparar el camino del Señor que viene y, por tanto, llegado el gran momento, fue necesario que el disminuyese para que Cristo creciera (cf. Jn 3,30). Con suprema humildad dejó que el verdadero Salvador de los hombres ocupase su lugar. Y se alegró de ello como el amigo del novio se alegraba al oír la voz del novio (cf. Jn 3,29). Y más aún, según A. von Speyr[8] "en su figura captamos la esencia de toda misión y testimonio. Por eso ocupa una posición tan importante en el prólogo y emerge con su misión antes incluso de que la Palabra aparezca en la carne".

Y esto tiene actualidad pues la vida del cristiano está también siempre en transición hacia la plena realización. Y por ello las profecías del Antiguo Testamento son actuales para nosotros hoy. Para fundamentar esta idea dice J. Asurmendi[9]: "Si bien es verdad que por su bautismo el cristiano participa de esta nueva vida, está todavía lejos de vivirla en plenitud. Desde este punto de vista el cristiano es todavía, en buena parte, un hombre del Antiguo Testamento. Es decir, un hombre de esperanza, un hombre que debe recorrer todavía, en las circunstancias que le son propias y en una comunidad distinta de la del tiempo antiguo, el camino del Antiguo Testamento. Sabemos, sin embargo, y estamos seguros de que nuestra esperanza tiene un fundamento real, de que se va a realizar, porque ya se ha cumplido en Cristo. Aquí radica nuestra certeza. Todo es posible para nosotros porque se ha cumplido en Él y por Él".

Por este motivo es bueno que cada año celebremos el nacimiento de Juan el Bautista. Nos ayuda a reconocer que no hemos llegado a la plenitud, que en parte seguimos anclados en el Antiguo Testamento; pero con la certeza que lo nuevo ya ha comenzado para nosotros. Por ello se festeja en un clima de gran alegría, sobre la que insisten tanto las oraciones como el prefacio de la misa de esta solemnidad. Así, también en nosotros como Iglesia, Juan el Bautista ejerce su misión profética ayudándonos a pasar de lo antiguo a lo nuevo y enseñándonos, en síntesis, que Dios sorprende, pero no improvisa.

Y más actual aún es la misión de Juan Bautista por cuanto nosotros hoy estamos viviendo una etapa de transición en el mundo. No sólo una época de cambios sino un cambio de época (NMA nº 24). Hay un modo de sentir, de vivir y de expresarse que está desapareciendo; y está dejando lugar un modo nuevo que está surgiendo.

Esta nueva situación requiere, sin lugar a dudas, profetas de transición que preparen el camino del Señor en esta cultura que está en plena gestación y, ante la cual, todavía no terminamos de ver qué dará a luz. Por eso la actitud básica que necesitamos es el discernimiento entre lo esencial de mi fe que no pasa y lo accidental que pasa.

En esta encrucijada histórica es evidente que lo nuestro será sembrar más que cosechar. No podemos negar que hasta no hace mucho nos hemos dedicado más bien a cosechar lo que nuestros antepasados en la fe y en el ministerio sembraron. Y que fue mucho. Pero ahora los frutos no son tan abundantes, por lo que hace falta volver a sembrar. Y cuesta porque no es tan sencillo y gratificante como cosechar (Sal 126,5: "Los que siembran entre lágrimas, cosechan entre cantares"). Hay que ponerse en estado de misión, de siembra, en un campo a la vez ya sembrado y todavía sin sembrar, lo que requiere, a su vez, continuidad y novedad, ser apóstoles de la transición, como lo fue Juan Bautista.

Un ejemplo claro de esto es la propuesta para la pastoral juvenil que hizo el Papa Francisco en diálogo con los jesuitas durante su viaje apostólico a Colombia: “Ponerlos en movimiento, en acción. Hoy la pastoral juvenil de pequeños grupos y de pura reflexión, no funciona más. La pastoral de jóvenes quietos no anda. Al joven lo tienes que poner en movimiento: sea o no sea practicante, hay que meterlo en movimiento. Si es creyente, te resultará más fácil conducirlo. Si no es creyente, hay que dejar que la vida misma sea la que lo vaya interpelando, pero estando en movimiento y acompañado; sin imponerle cosas, pero acompañándolo... en voluntariados, en trabajos con ancianos, en trabajos de alfabetización… en todos los modos que son afines a los jóvenes. Si nosotros ponemos al joven en movimiento, lo ponemos en una dinámica en la que el Señor le empieza a hablar y comienza a moverle el corazón. No seremos nosotros los que le vamos a mover el corazón con nuestras argumentaciones, a lo más lo ayudaremos, con la mente, cuando el corazón se mueve.”

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Un abrazo de Misericordia

Un abrazo de Misericordia quiero Señor

Como recibió aquella anciana: Isabel…

Deseo engendrar un niño:

Una simiente tuya que se aloje en mi vientre

Le daremos un nombre,

Como pediste en el paraíso

Para todos los vivientes.

Y será todo amor a ti, mi Dios

Tendrá tu voz y sus labios se abrirán para servir

Saldrá de este capullo,

Se dormirá con mi arrullo

Y lo acunaré entre mis brazos como Tú a mí.

Será mi orgullo por su santidad

Y por prepárate el camino.

Con su dedicación, su austeridad, su testimonio

Y también con su martirio.

Desde ahora te entrego mi corazón

Mi cuerpo para esta pasión

Porque nada es mío

Todo es obra y propiedad tuya, mi Dios Creador.

Por oír tus pasos bajar de la montaña

Y tu Presencia no se nos haga extraña

Te anunció mi profeta: mi primogénito

El que hizo del desierto su morada.

Escucha Señor el clamor de su sangre

Se alce su dignidad como el incienso en tu alabanza

Seas tú Señor quien eleve hoy a los profetas

Quien los acredite en tu Palabra. Amén.

[1] En G. Zevini – P. G. Cabra (editores) Lectio divina para cada día del año. Vol. 16. Propio de los santos – I, 367, dice que "la liturgia, inspirándose en el estrecho paralelismo establecido por Lucas en el evangelio de la infancia entre Jesús y Juan el Bautista, celebra dos nacimientos, el del Mesías en el solsticio de invierno y el de su precursor en el solsticio de verano".

[2] En general hay aceptación en datar la acción de este profeta al final del exilio, cerca del año 540 a.C. cuando el imperio Babilónico comienza a colapsar habiendo surgido los persas capitaneados por Ciro.

[3] Sin embargo hay que tener en cuenta que mientras para Marcos el tiempo del evangelio comenzaba con la predicación de Juan Bautista (Mc 1,1-8), Lucas sitúa a Juan todavía en el tiempo de la promesa ya que el tiempo del cumplimiento, del hoy salvífico, comienza en Lc 4,21.

[4] J. Roloff, Los Hechos de los Apóstoles (Cristiandad; Madrid 1984) 274.

[5] "En Lucas, el gozo es una característica de la fe que constata cómo avanza la historia de la salvación", F. Bovon, El Evangelio según San Lucas vol. I (Sígueme; Salamanca 1995) 148.

[6] F. Bovon, El Evangelio según San Lucas vol. I (Sígueme; Salamanca 1995) 152.

[7] "Tu hai parole di vita eterna". Meditazioni sulla Escritura (Jaca Book; Milano 1992) 27.

[8] Il Verbo si fa carne, 64; cit. en G. Zevini – P. G. Cabra (editores) Lectio divina para cada día del año. Vol 16. Propio de los santos – I", 373.

[9] El profetismo (DDB; Bilbao 1987) 115-116.

 

 


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