Lectio Divina: Tercer Domingo de Cuaresma

TERCER DOMINGO DE CUARESMA
ACEPTAR LA OBRA DE LA SABIDURÍA DE DIOS EN NOSOTROS

Primera Lectura (Ex 20,1-17):

La primera lectura nos trae el conocido decálogo en la versión del libro del Éxodo. Para interpretarlo correctamente es importante ubicarlo en su contexto, que es un relato teofánico que se abre en dos (Ex 19,16-19 + 20,18-21) para recibir en medio de él las palabras del decálogo (Ex 20, 2-17). Como consecuencia de esta inserción en el marco de la teofanía, el decálogo adquiere el estatuto de ley divina: es la primera y fundamental expresión de la voluntad de Dios. La teofanía y la ley están colocadas, a su vez, en el marco de la alianza (Ex 19,3-8 y 24,4-8). De este modo el decálogo se convierte en el documento de la alianza. En la estructura final de la sección, la ley se define en función de la alianza con Dios, es el compromiso formal del pueblo ante Dios. Por tanto, la vida en Alianza con Dios incluye necesariamente la Ley, los mandamientos como expresión de la Voluntad de Dios.

Las leyes en Israel tienen el mismo valor y dimensión salvífica que las intervenciones históricas de Dios. La Ley es en primer lugar un don de Dios a su pueblo. De hecho es el éxodo, acto salvífico por excelencia, el que precede, fundamenta y da sentido al decálogo y a todas las demás leyes. El motivo principal por el cual el pueblo debe observar las leyes del Señor es porque Yavé lo ha liberado de Egipto (Ex 20,2). Por ello, la ética nace del don de la liberación y no al revés. Israel tiene que guardar la ley, no sólo para salvarse, sino principalmente porque ha sido salvado.

La meta de la ley es la preservación del don de la libertad otorgado al pueblo con el éxodo. El cumplimiento de la ley salvaguarda la vida libre en la tierra prometida. Obedeciendo a esta ley, los judíos creyentes encuentran en ella sus delicias y la bendición, y participan de la sabiduría creadora universal de Dios. Esta sabiduría divina revelada al pueblo judío es superior a la de las naciones (Dt 4,6.8), en particular a la de los griegos (Ba 4,1-4). Por el contrario, la trasgresión de la ley compromete no sólo la libertad del pueblo sino también la posesión de la tierra.

Segunda Lectura (1Cor 1,22-25):

Para entender las afirmaciones que hace aquí San Pablo tenemos que recordar que son un desarrollo de lo dicho en 1Cor 1,18 a manera de tesis fundamental: “El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan -para nosotros- es fuerza de Dios.”

La ‘palabra o mensaje de la cruz’ (expresión única en el NT) es el anuncio de la muerte de Cristo en la cruz, que forma parte esencial del kerigma y que tiene una dimensión apocalíptica, es decir, reveladora, pues muestra y define de qué lado se sitúan los hombres. Así, la verdadera división entre los hombres se produce, no por la relación con los apóstoles como sucedía entre los corintios, sino con el mensaje de la cruz: los que se pierden y los que se salvan. Y detrás de esto está el mismo Dios quien ha querido revelarse en el misterio de la cruz como lo prueba la cita de Is 29,14 en 1Cor 1,19 cuya función es poner en escena al actor principal: Dios.

En 1Cor 1,21 Pablo explica por qué la predicación de la cruz debe ahora ser el contenido esencial del evangelio: Dios ha elegido como camino de salvación la “necedad de la predicación” en sustitución de la fracasada sabiduría de los hombres que no sirvió para que lo reconozcan. La constatación del fracaso de la sabiduría humana para llegar a un reconocimiento del verdadero Dios está presente también en Rom 1,19-20 justificando el castigo de Dios; mientras que aquí da razón del nuevo camino de salvación que Dios propone.

Sigue como desarrollo de la argumentación el texto que leemos hoy y que es netamente dialéctico o antitético. Mientras los judíos piden milagros y los griegos van en busca la sabiduría; San Pablo proclama que su predicación se centra en Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos. Ni los milagros ni la sabiduría, ni el poder ni la razón por sí mismos pueden ahora llevarnos al Dios verdadero: sólo queda Cristo crucificado, fuerza y sabiduría de Dios. Prolonga luego este lenguaje paradojal jugando con los apelativos loco-sabio y los sustantivos locura-sabiduría considerados según dos planos o niveles de significación presentados también como contrastantes: humano-Divino.

Vale decir que hay una nueva lógica que va más allá de las manifestaciones de poder o de las especulaciones del pensamiento humano. Es la paradoja cristiana expuesta tan dramáticamente por S. Pablo quien en su vida recorrió ambos caminos, el de la sabiduría humana y el de la Ley, sin poder alcanzar plenamente a Dios, hasta que fue alcanzado por Cristo, sabiduría de Dios.

Evangelio (Jn 2,13-25):

Partamos de un dato interesante que surge de una visión panorámica de los cuatro evangelios: “El incidente de la expulsión de los mercaderes del Templo, que en los sinópticos se encuentra al comenzar la última semana, ha sido puesto por Juan en el principio de su evangelio, como acto inaugural de la actividad de Jesús en Jerusalén”[1]. Esto nos señala la especial importancia de este relato en el evangelio de Juan.

El relato se ubica en las cercanías de la fiesta de Pascua y en la ciudad de Jerusalén. Esta era la fiesta más importante para los judíos y todos los mayores de 12 años estaban obligados a peregrinar a la ciudad santa para celebrar allí la Pascua, por lo que Jerusalén estaría colmada de gente.

Los peregrinos, llegados de todas las regiones de Israel, tenían necesidad de cambiar su dinero impuro, por tener grabada la efigie del emperador, por monedas aptas para hacer sus ofrendas en el Templo. Además, tenían necesidad de comprar los animales para ofrecer en sacrificio, pues no podían traerlo desde sus lugares de procedencia. Estas necesidades llevaron a que se montara un verdadero mercado al ingreso del templo, que revela el carácter profano y comercial que había adquirido esta fiesta religiosa.

Jesús, entonces, “hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio» (2,15-16).

Nos ayuda a reconocer el sentido de este gesto de Jesús una idea presente en el judaísmo de entonces para quienes la purificación del Templo era una de las funciones del Mesías. Por tanto, el de Jesús es un gesto mesiánico, un signo de su llegada. Como bien nota G. Zevini[2]: “Si el relato del milagro-signo de Caná (2,1-11) instaura la nueva alianza con la celebración de las bodas mesiánicas entre Jesús y la comunidad de los creyentes, el signo del templo (2,13-22) da paso a la actividad mesiánica de Jesús”.

Notemos que al definir el Templo, la “casa o morada de Dios”, como la “casa de su Padre” Jesús se está manifestando indirectamente como el Hijo de Dios. Además, la expulsión de las ovejas y los bueyes indican que se suprimen de ahora en más los sacrificios de animales, que serán sustituidos por el único sacrificio verdaderamente eficaz, el del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

El evangelista comenta que los discípulos se acordaron del Salmo 69,10: “El celo por tu Casa me consumirá”, buscando legitimar desde las Escrituras el gesto de Jesús.

Sigue un diálogo con los judíos quienes le reclaman a Jesús un signo probatorio de su autoridad mesiánica y que justifique la acción de purificación del templo que ha realizado. Jesús no responde directamente al pedido del signo haciendo un milagro en ese momento; sino haciendo un anuncio que les resultó misterioso a todos los presentes, incluidos los discípulos: “«Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar».” Tiene que intervenir el evangelista para aclararnos que Jesús se refería al templo de su cuerpo; y que recién después de la resurrección de Jesús los discípulos comprendieron el sentido de esta expresión. Así, el gesto es iluminado por las palabras proféticas de Jesús que anuncian un nuevo Templo, el de su Cuerpo, que dará lugar a un nuevo culto, un culto auténtico, “en espíritu y en verdad”. Todo esto a partir de la Resurrección de Jesucristo, de su Pascua.

En conclusión, y teniendo en cuenta el gesto y las palabras de Jesús, queda claro que el gran signo es la Resurrección de Cristo, expresada a través del símbolo del templo destruido y reconstruido en tres días. De este modo se anuncia el nuevo Templo que será de otro orden, se trata del Templo definitivo, del cuerpo de Cristo Resucitado, lugar donde Dios habita y dónde los hombres podrán encontrarse con Él.

MEDITATIO:

Recordemos que a partir de este domingo los evangelios se toman de San Juan, no ya de Marcos, y presentan el misterio pascual con distintas imágenes: el templo destruido y reconstruido (3ro.); la serpiente en alto que atrae a todos (4to.) y el grano de trigo que muere y da fruto (5to.). El hilo temático es el misterio de la cruz de Cristo, con su apertura pascual. Más difícil resulta relacionar las tres lecturas de hoy, como lo reconoce A. Nocent: “No es fácil encontrar una cierta unidad entre las tres lecturas de este 3er. domingo. No hay, pues, por qué intentar forzar las relaciones”[3]. J. Aldazábal[4], por su parte, piensa que “las lecturas nos ofrecen una doble línea de reflexión: la Alianza que Dios ha sellado reiteradamente con la humanidad, y la marcha de Cristo Jesús hacia su muerte y su glorificación”.

Pienso que tal vez algo común a las lecturas de este domingo sería el expresar aspectos de la paradoja cristiana, o de su contraparte que es la Sabiduría Divina. En la primera lectura entre ley y libertad; en S. Pablo entre sabiduría y locura humana y divina; en el evangelio entre destruir y reconstruir.

Quedémonos con los dos pasos o momentos en relación al templo: destruir y reconstruir. En el evangelio estos mismos pasos son referidos a Jesús, con lo cual se nos va preparando al misterio Pascual con sus dos momentos: muerte y resurrección. Jesús entrega, pone en manos del Padre toda su vida, para recobrarla resucitada: “Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre” (Jn 10,17-18).

Es muy importante la relación entre la muerte y resurrección de Jesús y la destrucción y reconstrucción del templo como bien señala J. Ratzinger[5]: “El rechazo a Jesús, su crucifixión, significa al mismo tiempo el fin de este templo. La época del templo ha pasado. Llega un culto nuevo en un templo no construido por hombres. Este templo es su Cuerpo, el Resucitado que congrega a los pueblos y los une en el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. Él mismo es el nuevo templo de la humanidad. La crucifixión de Jesús es al mismo tiempo la destrucción del antiguo templo. Con su resurrección comienza un modo nuevo de venerar a Dios, no ya en un monte o en otro, sino «en espíritu y en verdad» (Jn 4,23)”.

Y del misterio pascual de Jesús pasamos a nuestra propia vida con la misma paradoja: hay que morir para vivir, hay que ser destruidos para ser reconstruidos. Es una paradoja que sólo puede aceptarse desde la Fe en la Resurrección. Antes no se comprende, como no lo comprendieron tampoco los discípulos sino hasta que Jesús resucitó. Según A. Nocent[6] este es justamente el motivo por el cual se ha elegido este evangelio hoy: porque hace referencia explícita a la resurrección.

En nosotros, este proceso de destrucción y reconstrucción tiene diversas aplicaciones:

En primer lugar se trata de destruir-morir al pecado, al hombre viejo, para reconstruir-resucitar a la gracia, al hombre nuevo en Cristo.

En segundo lugar, dado que el templo simboliza el lugar de encuentro con Dios y nuestra relación con Él, esto implica que hay una manera de relacionarnos con Dios que debe morir, ser destruida, para que nazca una nueva relación con Dios, en Cristo y por Cristo, posible en todo momento y lugar. De ahora en más el nuevo culto agradable al Padre (cf. Rom 12,1-2) se celebra en el Nuevo Templo del Cuerpo glorioso de Cristo del que formamos parte por el Bautismo. Al respecto dice Y. Congar[7]: “La encarnación del Verbo de Dios en el seno de la Virgen María inaugura una etapa absolutamente nueva en la historia de la presencia de Dios: etapa nueva y también definitiva, pues ¿qué mayor don podrá ser dado al mundo? No hay ya sino un templo en el que podamos adorar, rezar y ofrecer y en el que encontremos verdaderamente a Dios: el cuerpo de Cristo. En él el sacrificio deviene enteramente espiritual al mismo tiempo que real: no sólo en el sentido de que no es otra cosa que el mismo hombre adhiriéndose filialmente a la voluntad de Dios, sino también en el sentido de que procede en nosotros del Espíritu de Dios que nos ha sido dado”.

También dentro de este proceso pascual se nos invita a dejar que nuestra falsa imagen de Dios sea destruida para que Dios pueda reconstruir en nosotros su verdadera imagen. Y de ese modo se construye una verdadera relación con Dios: filial, amorosa, libre, comprometida.

En este sentido debemos reconocer que siempre será una tentación del hombre religioso construirse un “dios” a medida, objeto de manipulación inconsciente: esto es un ídolo y no el Dios verdadero. Con este “dios” se comercia, tal como denuncia Jesús en el evangelio de hoy. Al respecto sostiene A. Louf [8] que “para la mayor parte de la gente esta ilusión constituye una etapa normal” que Dios permite en el camino de su búsqueda, “hasta que interviene en nuestra vida irrumpiendo en ella para destronar de un solo golpe todos los ídolos y hacerlos pedazos. Es lo mejor que nos puede ocurrir”. Es el comienzo de un arduo camino que lleva a un conocimiento nuevo de Dios, fruto de esta conversión.

Ahora bien, aceptar la destrucción no es nada fácil. Requiere una fe muy confiada en Dios y en su poder para reconstruir algo nuevo sobre lo destruido. Se trata, en lo concreto, de aceptar la intervención del Señor en nuestra vida, de dejar obrar a la Sabiduría divina en nosotros. Es un momento muy crítico en la vida del creyente, pero al mismo tiempo es un paso necesario en una verdadera y profunda conversión cuaresmal. Nos lo explica muy bien el mismo A. Louf[9]:

“Dios nos toca de muchas maneras para llevarnos a este estado de conversión. Nosotros sólo podemos prepararnos para que Dios nos toque. Tendrán que ocurrir muchas cosas fuera de nuestra voluntad o de nuestra generosidad natural. Esta vuelta total no implica tan sólo que seamos heridos interiormente, sino también que se cuarteen nuestros cimientos. Habrá rotura y pedazos. Algo en nosotros tiene que venirse abajo… Este hundimiento no es más que un comienzo, aunque lleno ya de esperanza. No hay que tratar de volver a edificar lo que la gracia ha destruido. Hay en ello algo que tenemos que aprender, pues es grande la tentación de construir un andamio ante la fachada que se bambolea y volver al trabajo. Tenemos que aprender a permanecer junto a los escombros, sin amarguras, sin dirigirnos reproches y sin acusar tampoco a Dios. Tendremos que apoyarnos en estos muros en ruina, llenos de esperanza y de abandono, con la confianza de un niño que sueña con que su padre lo arreglará todo, porque sabe que todo puede reedificarse de otra manera, mucho mejor que antes.”

En conclusión, somos invitados a aceptar, ya entrada la cuaresma, la pedagogía del Padre, la obra de su Sabiduría Divina con nosotros, manifestada en el misterio pascual con su carácter esencialmente paradójico. Así, este tercer domingo asume y vuelve a proponer el mensaje de los domingos anteriores: la cuaresma nos exige renuncia, lucha contra la tentación, conversión, entrega de sí mismo, muerte y transfiguración. Sí, pero desde una nueva perspectiva pues nos comunica la certeza cada vez mayor en la medida que nos acercamos a la Pascua, de que venceremos en la lucha, recibiremos más de lo que dimos, resucitaremos. Con Cristo, por Cristo y en Cristo. Supuesto esto, lo propio de este tercer domingo estaría en la necesidad de aceptar la aparente pérdida de la libertad por cumplir los mandamientos; el parecer locos y necios ante el mundo y ante nosotros mismos por seguir la

Sabiduría de Dios; aceptar que sea destruido nuestro imperfecto modo de vincularnos con Dios en el templo antiguo para entrar en el nuevo templo de Dios, el cuerpo de Cristo y encontrarnos allí con el infinito amor del Padre que nos hace hijos, libres y obedientes.

Para la oración (resonancia del Evangelio en una orante):

En el interior del hombre

Señor, tu que lo sabes todo
Y puedes ver en lo profundo de nuestro corazón
Las marcas de las heridas, del dolor del pecado
De la vergüenza y el temor, de nuestra baja autoestima.

Concédenos la Gracia de confiar en tus ojos misericordiosos,
En el deseo tuyo y el deseo de ti, confundidos en uno solo.

Limpia estos templos de tanta duda y desidia
Caer de rodillas frente a tu Presencia Eucarística
Reconocerte es reconocernos, inclinarnos ante lo Infinito
Saberte vivo porque el Amor nunca será destruido.

Danos volver entonces a vivir el sacrificio contigo
Salud y vida nueva para nosotros, amados hijos

Aquellas Columnas recordaron tus palabras
Y la plasmaron para nosotros con la sangre del martirio
Entendieron a su tiempo cuál era el Camino
Y creyeron en tu Nombre sin necesidad de los signos.

Hoy unidos como Iglesia te pedimos
Morir y resucitar, transformarnos sin parar en tus testigos…
Abandonados en tus promesas de felicidad eterna
Para la Gloria tuya y del Padre, unidos en el Santo Espíritu.
Amén

 

[1] L. H. Rivas, El Evangelio de Juan. Introducción. Teología. Comentario (San Benito; Buenos Aires 2006) 154.

[2] Evangelio según san Juan (Sígueme; Salamanca 1995) 101.

[3] A. Nocent, El Año Litúrgico. Celebrar a Jesucristo. III Cuaresma (Santander 1980)143.

[4] Enséñame tus caminos 9. Domingos ciclo B (Ágape; Buenos Aires 2005) 127.

[5] Jesús de Nazaret. Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección (Planeta; Bs. As. 2011) 33-34.

[6] El Año Litúrgico. Celebrar a Jesucristo. III Cuaresma (Santander 1980)145.

[7] El misterio del Templo (Barcelona 1964) 264-265; citado en G. Zevini – P. G. Cabra, Lectio Divina para cada día del año 3 (Verbo Divino; Estella 2001) 192.

[8] A Merced de su Gracia (Madrid 1996) 34-35.

[9] A Merced de su Gracia (Narcea; Madrid 1996) 20-21.

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