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En fecha: 18/07/2018 8:58:49 2018 / +0000 GMT
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Autor: P Damian Naninni

Lectio Divina. Tercer Domingo de Pascua




TERCER DOMINGO DE PASCUA CICLO "B"

Primera lectura (He 3,13-15.17-19):

El texto de hoy forma parte del segundo discurso de Pedro en el templo de Jerusalén (He 3,11-26) que tiene lugar a continuación de la curación del paralítico (He 3,1-10).

Es importante tener en cuenta que el auditorio de Pedro son "los israelitas" que se han congregado en el pórtico de Salomón ante la noticia del milagro: "Al ver esto, Pedro dijo al pueblo: "Israelitas, ¿de qué se asombran? ¿Por qué nos miran así, como si fuera por nuestro poder o por nuestra santidad, que hemos hecho caminar a este hombre?" (He 3,12).

La intención de Pedro con su discurso es unir el milagro de la curación del paralítico con la resurrección de Jesús, por ello en los vv. 13-15 desarrolla un "kerigma cristológico". Según J. Fitzmyer[1] “los elementos kerigmáticos del discurso pueden verse en los siguientes detalles: la era del cumplimiento ha amanecido (3, 18); se recuerdan el ministerio y la muerte de Jesús (3, 13.15), coronados por su resurrección (3, 15), él es el «Mesías» designado por Dios (3, 20); se hace una llamada al arrepentimiento (3, 19 25-26)”. Además, en este discurso se contrapone la triple acción negativa de los judíos con respecto a Jesús (lo entregaron, renegaron de él y lo mataron) con la acción de Dios, el Dios único de Abraham, Isaac y Moisés, quien "lo resucitó de entre los muertos". De este modo la resurrección es el claro signo de que Jesús contaba con el favor de Dios, el Dios de los padres, pues era su enviado, el "santo y justo"; y así también queda de manifiesto el error de los judíos que lo rechazaron prefiriendo a un homicida. Es decir, Dios ha glorificado a Aquel que los judíos humillaron, ha aceptado a aquel que los judíos rechazaron.

Luego del kerigma, y a partir del mismo, se da razón del hecho milagroso: es fruto de la potencia de Jesús Resucitado, de la fe en él (v. 16 omitido en la lectura litúrgica). Los exegetas discuten si se trata de la fe del paralítico o de los Apóstoles. J. Roloff[2] da como razón en favor de que se trata de la fe de los Apóstoles que no se presente la fe del paralítico como condición previa para el milagro. Por tanto, el poder de sanar viene de Jesús por mediación de la fe de los Apóstoles que son sus testigos. De este modo el milagro hay que entenderlo como un signo o testimonio más a favor de la resurrección de Jesús por cuanto no han sido los Apóstoles los autores del prodigio, sino Jesús mismo vivo y glorificado.

En los vv. 17-18 tenemos un cambio importante de tono con una profunda afirmación teológica. Los judíos, el pueblo y sus jefes, obraron por ignorancia y Dios se valió de esto mismo para cumplir lo que había ya anunciado por medio de los profetas: que su Cristo debía padecer. Más allá del error cometido por los judíos al rechazar a Jesús, todavía hay oportunidad de salvarse por lo que Pedro exhorta vivamente al arrepentimiento (metanoeô) y a la conversión (epistrefô) para que los pecados sean cancelados, borrados. De este modo la curación milagrosa pasa a ser también signo del perdón de los pecados, que es lo que obtenemos por la fe en Cristo Resucitado.

Segunda lectura (1Jn 2,1-5a):

La voluntad de Dios, y del autor de la carta, con respecto a los cristianos que han renacido por el Bautismo es que no pequen. Pero en caso que se diera esta posibilidad se invita a confiar en la "defensa" nuestra que ejerce Jesús ante el Padre.

Es propio de esta primera carta de Juan el relacionar directamente la purificación o santificación del cristiano con muerte redentora de Jesús por cuanto se lo presenta como víctima propiciatoria por los pecados de los cristianos y de todo el mundo.

Importa recordar que dentro del mobiliario del “Santo de los Santos” del Templo de Jerusalén estaba el propiciatorio que era una plancha de oro puesta como una cubierta sobre el arca de la alianza, en la que se apoyaban dos querubines que la cubrían con sus alas, encerrando así un espacio vacío que servía de trono a la majestad divina (cf. Ex 25,17-22, Lv 16,15). El término hebreo kapporet, propiciatorio, es de la misma raíz que kippur, expiación, y del verbo kipper, expiar. Por tanto este lugar de la presencia de Dios se designa como lugar de la expiación y, al mismo tiempo, se describe como el lugar del perdón. Hay aquí un juego de significaciones complejas: si el sumo sacerdote hace la expiación para cubrir los pecados, es Dios quien de hecho los cubre perdonándoles. Visto esto, el sentido de la frase es que Jesucristo realizó con su muerte la expiación-propiciación de todos los pecados, que se significaba en la liturgia de las expiaciones. Dios se mostró en él propicio a los hombres, es decir, los perdonó. La imagen tomada del culto del AT permite ver esta semejanza, pero no debemos dejar de lado lo desemejante: Cristo es a la vez la víctima cuya sangre se ofrece, el lugar santo de la presencia de Dios entre su pueblo, y el lugar exclusivo del perdón divino.

El conocimiento de Dios en Juan tiene un carácter de comunión progresiva con lo conocido. Por tanto conocer a Dios es equivalente a "estar en él" o "permanecer en él". Por tanto, el cumplir los mandamientos es la señal de estar en Dios y con Dios, de conocerlo de verdad. Quien no observa los mandamientos no está en Dios y con Dios; está en la mentira, en el engaño. Puesto que el cumplimiento de los mandamientos es la expresión de la vida nueva que surge de la comunión con el Padre y el Hijo, para Juan este es uno de los criterios claves para discernir la comunión del creyente con Dios (cf. 1Jn 3,24; 5,2).

En 1Jn 2,5 se habla de guardar u observar la Palabra, por lo que "los mandamientos" deben entenderse en sentido amplio como la voluntad de Dios manifestada en Cristo. Y esta es condición para llegar a la plenitud del amor de Dios (ágape). Como bien explica J. Casabó[3]: "La ágape interiorizada llega a su perfección en el hombre, en la medida en que éste guarda la palabra de Dios; es decir, cree lo que Dios ha revelado y lo expresa en su actuar. La ágape llega a su término culminante, no porque en sí misma mejore su calidad de alguna forma, sino en cuanto que informa todo el obrar humano de docilidad a la voluntad de Dios".

En fin, esta segunda lectura, como dice L. Monloubou "considera la prolongación ética de la fe pascual", pues "creer en Jesús resucitado es cambiar toda la propia vida"[4].

Evangelio (Lc 24,35-48):

Los exegetas suelen dividir este texto en dos secciones: el reconocimiento (Lc 24,36-43) y la instrucción o enseñanza de Jesús (Lc 24,44-49). Nos parece válida esta distinción.

El relato de reconocimiento comienza con la aparición de Jesús quien saluda ofreciendo la paz, lo que es común con otros relatos de apariciones del resucitado.

La primera reacción de los discípulos ante Jesús resucitado es de "temor y temblor" (“atónitos y llenos de temor”) pues creen ver un espíritu. Jesús interpreta esta reacción como “turbación y duda” y las despeja mostrándoles sus manos y sus pies e invitándoles a ver y tocar señalando que "un espíritu no tiene carne ni huesos". Según X. León-Dufour[5] mediante esta última expresión "Lc indica su verdadera intención: la aparición no es una ilusión, Jesús no es un «espíritu» ni un «fantasma»". Al igual que para nosotros hoy, en la antigüedad bíblica se consideraba a los espíritus como espectros que podían aparecerse en forma humana pero que no tenían "carne ni huesos".

La reacción de los discípulos es ahora la incredulidad, pero no como rechazo a creer sino como dificultad para aceptar algo demasiado hermosos y sorprendente que les causada extrema alegría y asombro. Algo así como cuando decimos que es demasiado lindo para ser cierto. Ante esto Jesús realiza la acción de comer un trozo de pescado delante de ellos. Siguiendo con X. León-Dufour[6] vemos que aquí "la intención es manifestar que el Resucitado es realmente un ser corpóreo. Al tomar alimento Jesús se comporta como la muchacha resucitada de la muerte: ¿no había dicho a sus padres que le diesen de comer (Lc 8,55)?".

A las pruebas de la veracidad de su resurrección como el hecho de verlo y escucharlo se añaden ahora la de tocarlo y la de verlo comer. Es una manifestación de la benevolencia de Jesús que no se cansa de ofrecer signos para su reconocimiento. Jesús hace todas estas cosas para despejar las dudas de sus discípulos y mostrar que el Crucificado es ahora el Resucitado.

En síntesis: "El relato repite muchos temas del pasaje anterior: la aparición repentina de Jesús, la incapacidad de los discípulos para reconocerle, el reproche del Nazareno, el estupor y la alegría ante el reconocimiento final. Si allí comieron pan, aquí se habla de pescado, lo que recuerda la comida de los 5.000, aunque el tema de la eucaristía también aparece en el trasfondo. Junto a las similitudes el texto introduce un tema nuevo: la corporalidad de Cristo resucitado"[7]. Es decir, "Lucas, en este pasaje, ha intentado explicar mediante hechos lo que hace Pablo con conceptos en 1Cor 15,35-39 y 41-44"[8].

La segunda subsección es la instrucción de Jesús: habiendo convencido a sus discípulos de que realmente es el crucificado que ha resucitado puede entonces ahora darles su enseñanza final que se refiere al sentido de las Escrituras; a la misión de los discípulos y al envío de la promesa del Padre (en el v. 49 que no se lee este domingo).

Como hizo antes con los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,26-27), Jesús les enseña que todo lo sucedido ya había sido predicho por él durante su vida pública y que todo sucedió conforme a las Escrituras, esto es, al designio de Dios. Luego les abrió la inteligencia para que comprendan las Escrituras, en particular la necesidad de la pasión y la resurrección del Mesías.

Como bien señala R. Brown[9]: "en la visión lucana la interpretación de las Escrituras es un elemento esencial para comprender la Pasión y la resurrección. En esto Lucas no está lejos de la tradición informada por Pablo en 1Cor 15,3-5 que describe la muerte, sepultura y resurrección como acontecidas según las Escrituras". Por tanto, sólo Jesús resucitado puede darnos la clave correcta para la interpretación de las Escrituras. Antes de Él las mentes permanecían cerradas, siendo esto una disculpa para la incomprensión de los discípulos, su abandono de Jesús durante la pasión y su posterior incredulidad. Pero luego de este “don de la apertura mental”, tienen la misión de ser testigos de que el Crucificado ha verdaderamente Resucitado según el plan previsto por Dios y atestiguado en las Escrituras.

Al mismo tiempo Lucas nos dice que son los discípulos los que tienen la inteligencia, la comprensión auténtica, verdadera de la Escritura. Por tanto, es necesario escuchar ahora a los discípulos de Jesús, a la Iglesia. Esto lo encontramos primeramente en el libro de los Hechos de los apóstoles donde vemos cómo Pedro y Pablo interpretan la Escritura en sus discursos. Incluso la comunidad cristiana nace en torno a esta enseñanza apostólica (He 2,42).

Algunas reflexiones:

Estamos en el tiempo pascual, tiempo de búsqueda de la presencia de Jesús resucitado en nuestra vida, hoy. Y el evangelio nos enseña el “modo” cómo se hace presente y nos señala también los “lugares” donde nosotros podemos encontrarnos con Él hoy.

En todos los relatos de aparición Jesús se introduce en la vida de los discípulos de un modo sencillo y discreto, y muchas veces no lo reconocen de entrada. Con esto se nos quiere decir, en primer lugar, que Jesús está presente en nuestra vida aunque no lo reconozcamos de entrada y, en segundo lugar, que llegar a una verdadera fe pascual supone un proceso de purificación de la mirada por la fe. Por esto, es preciso arriesgarnos a iniciar el camino con la certeza de que el Señor encontrará los modos de ayudarnos a reconocer su Presencia, al igual que hizo con los apóstoles.

En particular en este domingo se nos invita a encontrar su Presencia, su Palabra, en el tesoro de las Escrituras, íntimamente unida a la Tradición Apostólica que nos la explica para que la comprendamos correctamente, integralmente.

Es claro en el evangelio de Lucas que es necesario el recurso a las Escrituras para aceptar la cruz como parte del plan del Padre y para comprender todo lo que ha sucedido, incluida la resurrección del Señor Jesús. Y al mismo tiempo es necesario que el Señor Resucitado “nos abra la inteligencia” para que podamos comprender las Escrituras. Se da aquí un verdadero círculo hermenéutico por cuanto las Escrituras, la Palabra de Dios, nos permiten comprender el sentido de la vida y de la muerte, de Jesús y de nosotros; y dando la vuelta, la muerte y resurrección de Jesús son el cumplimiento pleno de las Escrituras que nos permite su perfecta comprensión. En otras palabras, en las Escrituras, en la Biblia, el Señor nos sigue hablando y con su Palabra nos ilumina para que superemos los momentos oscuros de nuestra vida, los momentos de cruz. Y también nos ilumina para descubrir la Presencia de Jesús resucitado en nuestra vida, abriéndonos a la Esperanza, mostrándonos nuevas puertas y nuevos caminos para salir de las situaciones oscuras y cerradas, situaciones de muerte. En síntesis “la Biblia tiene que estar al servicio de la vida, creada por Dios, para que nos ayude a descubrir a Dios presente en la vida. La Biblia ilumina nuestra vida, y nuestra vida ilumina la Biblia; por eso, sólo tiene sentido este libro, si lo colocamos dentro del libro de la vida”[10].

Sobre la “lectura de nuestra vida a luz de la Palabra de Dios” nos dice el Papa Francisco en su reciente exhortación apostólica Gaudete et Exsultate:

“La memoria de las acciones de Dios está en la base de la experiencia de la alianza entre Dios y su pueblo. Si Dios ha querido entrar en la historia, la oración está tejida de recuerdos. No solo del recuerdo de la Palabra revelada, sino también de la propia vida, de la vida de los demás, de lo que el Señor ha hecho en su Iglesia. Es la memoria agradecida de la que también habla san Ignacio de Loyola en su «Contemplación para alcanzar amor»,116 cuando nos pide que traigamos a la memoria todos los beneficios que hemos recibido del Señor. Mira tu historia cuando ores y en ella encontrarás tanta misericordia. Al mismo tiempo esto alimentará tu consciencia de que el Señor te tiene en su memoria y nunca te olvida. Por consiguiente, tiene sentido pedirle que ilumine aun los pequeños detalles de tu existencia, que a él no se le escapan” (n° 153).

“La lectura orante de la Palabra de Dios, más dulce que la miel (cf. Sal 119,103) y «espada de doble filo» (Hb 4,12), nos permite detenernos a escuchar al Maestro para que sea lámpara para nuestros pasos, luz en nuestro camino (cf. Sal 119,105). Como bien nos recordaron los Obispos de India: «La devoción a la Palabra de Dios no es solo una de muchas devociones, hermosa pero algo opcional. Pertenece al corazón y a la identidad misma de la vida cristiana. La Palabra tiene en sí el poder para transformar las vidas» (n° 156).

Por último, en el Evangelio el Señor Jesús sigue llamándonos y enviándonos al mundo como testigos de la nueva vida que quiere ofrecer a todos los hombres. Como dice el Papa Francisco: “siempre guiado por la Palabra de Dios, cada cristiano puede transformarse en testigo de Jesús resucitado. Y su testimonio es mucho más creíble cuando más transparenta un modo de vivir evangélico, gozoso, valiente, humilde, pacífico, misericordioso. En cambio, si el cristiano se deja llevar por las comodidades, las vanidades, el egoísmo, si se convierte en sordo y ciego ante la petición de «resurrección» de tantos hermanos, ¿cómo podrá comunicar a Jesús vivo, como podrá comunicar la potencia liberadora de Jesús vivo y su ternura infinita?” (Regina Coeli, 19 de abril de 2015).

Para la oración (resonancias del evangelio en una orante):

Presencia Verdadera

Cuando me cerco a tu casa cada día

Y partes el pan para mí,

Casi no caigo en la cuenta del tiempo

La mente aturdida de tanto ajetreo

No descansa, no se centra

Y sin embargo estás allí

Vivo y resucitado

En tu Sangre y en tu Cuerpo.

Parece tu Voz susurrarme al oído

Preguntar porque me turbo

Si me encuentro confundido.

-Soy yo, -  me dices, - estoy a tu lado,

Y esperé entre tus diálogos

Saber que me recuerdas

No como un fantasma del pasado

Sino como Presencia verdadera-

Y me repites aquello de la Ley y los profetas

Y te digo sí, y elevo el corazón

Para entrar en el Misterio de tu Amor.

Y abres mi inteligencia

Para recibir sin condiciones, ni reproches

Tu Voluntad, tu Sentir,

Lo que quedó escrito en Libro

Repetido en las mañanas y las noches.

Mesías de la obediencia hasta morir

Clavado tu sufrimiento en una Cruz

Se instaló la eternidad en la tierra

Y lo pasajero ya no existe.

Has abierto la puerta clausurada

Se quebró el cerrojo del pecado

Ahora la libertad es amarte

Y amar a los hermanos cercanos.

Perdonados y a perdonar

Nos envías sin cansarte,

La Misión es anunciar.

En cada Pascua ofrecida,

Se ilumina la Buena Nueva

Y nos convocas, con tu poder

Tu llamado es la esperanza

Y tu Espíritu, la FUERZA. Amén.

[1] Los Hechos de los Apóstoles I (Sígueme; Salamanca 2003) 382-383.

[2] Hechos de los Apóstoles (Cristiandad; Madrid 1984) 112. Por su parte J. Fitzmyer dice que no es posible optar con certeza por una u otra postura, cf. Los Hechos de los Apóstoles I (Sígueme; Salamanca 2003) 383.

[3] J. Casabó, La teología moral en San Juan (FAX; Madrid 1970) 454.

[4] Leer y predicar el Evangelio de Lucas (Sal Terrae; Santander 1980) 323.

[5] Resurrección de Jesús y Mensaje Pascual (Sígueme; Salamanca 1973) 233.

[6] Resurrección de Jesús y Mensaje Pascual (Sígueme; Salamanca 1973) 234.

[7] Isabel Gómez Acebo, Lucas (Verbo Divino; Estella 2008) 661.

[8] Isabel Gómez Acebo, Lucas (Verbo Divino; Estella 2008) 663.

[9] Un Cristo Resucitado en Tiempo Pascual (San Pablo; Buenos Aires 1995) 81.

[10] D. Alberca G., La lectio divina. Lectura creyente y orante de la Palabra de Dios. Un abordaje latinoamericano (San Pablo; Lima 2001) 18-19.

 

 


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