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En fecha: 15/11/2019 0:28:41 2019 / +0000 GMT
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Autor: P Damian Naninni

Lectio Divina. Vigilia Pascual y Domingo de Pascua




VIGILIA PASCUAL – CICLO "C"

Evangelio: Lc 24,1-12

            El capítulo anterior terminaba diciendo que las mujeres habían ido hasta la tumba y habían visto cómo era colocado el cuerpo de Jesús en el sepulcro; y que luego regresaron a preparar los aromas y la mirra; y que el sábado descansaron según el precepto (cf. Lc 23,55-56). Es interesante notar que el tema de la observancia de la ley ya había aparecido con frecuencia en el relato del nacimiento de Jesús (cf. 1,6.8-9; 2,21-25.37.39.41-42) denotando que del principio al fin de la vida de Jesús no hubo ruptura con la ley de Israel[1].

            Este capítulo 24 comienza indicando que nos encontramos ya en la madrugada del primer día de la semana. Es entonces cuando las mujeres, que siguen sin ser identificadas (lo serán en 24,10), se llegan hasta el sepulcro para tratar el cadáver de Jesús con los ungüentos que habían preparado. Aquí el evangelista repite el verbo encontrar en una especie de juego paradójico: encuentran la piedra removida y no encuentran el cuerpo del Señor Jesús.

            Esta situación del “sepulcro vacío” sume a las mujeres en un estado de perplejidad y desconcierto, de no saber cómo actuar (sentido del verbo apore,w –aporeō). En esta situación se les aparecen entonces dos hombres vestidos de un blanco resplandeciente, o sea ángeles (cf. Lc 24,23). Esta aparición angélica añade a la perplejidad de las mujeres un temor tal (e;mfobwj) que las hace mirar al suelo. Esta situación es iluminada por las palabras de los ángeles: "¿Por qué buscan al que está vivo entre los muertos? No está aquí, ha resucitado".Vale decir que el des-encuentro que las llevó a una situación de confusión se debe a que buscaron mal. En efecto, las mujeres buscaban un cuerpo muerto y los ángeles les anuncian que no deben buscar entre los muertos a Jesús porque está vivo, porque ha resucitado. Se trata, sin lugar a dudas, del kerigma pascual: ¡el Señor ha resucitado! (praeconium paschale). Y la respuesta al kerigma es la fe. Como bien dice R. Brown[2]: "Que Jesús no está allí, las mujeres pueden verlo con sus propios ojos; que eso sea así porque Dios ha resucitado a Jesús, deben creerlo con fe".

            Para ayudar a las mujeres a creer, los ángeles las invitan a hacer memoria de las palabras de Jesús que habían anunciado estos sucesos: "Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día". La expresión "es necesario" (dei/) frecuente en Lucas indica que todo esto sucede según el plan de Dios. Y se cierra el diálogo diciendo que las mujeres recordaron las palabras de Jesús.

Luego hay un cambio de escenario pues las mujeres vuelven a donde estaban los "once" y el resto; y les anuncian todo lo que les sucedió.

            Recién ahora son presentadas estas mujeres –al menos tres de ellas - primeras testigos de Cristo Resucitado: María Magdalena, Juana y María, la madre de Santiago.

            Los apóstoles no creen (apistéō) las palabras de las mujeres, las juzgan como delirantes, vacías. No obstante Pedro corre al sepulcro y encuentra sólo las vendas, volviendo lleno de admiración, de sorpresa…y nada más.

Parar J. Fitzmyer[3], "la finalidad del relato, cuyo centro es el praeconium paschale, consiste en presentar a Jesús como vencedor de la muerte. Por medio de su sufrimiento, de su «pasión», se ha convertido en Cristo resucitado, en «el Señor» (cf. Hch 2,36); ha pasado de su condición de maestro terrenal, de realizador de prodigios y curaciones, a su nueva condición de Hijo glorificado, que va a derramar de parte del Padre la promesa del Espíritu Santo (Hch 1,4; 2,33) sobre todos los que lo reconozcan al partir el pan. La muerte no ha podido —ni podrá— retenerlo en su poder. En este episodio somos testigos de lo difícil que fue, hasta para los más estrechos seguidores de Jesús, comprender su victoria sobre la muerte".

MEDITACIÓN PARA LA VIGILIA PASCUAL

En esta noche somos invitados a contemplar la obra de Dios, íntegra, total, a favor nuestro. Es una noche para hacer memoria y agradecer

Podemos comenzar asumiendo la tradición judía con su poema de las cuatro noches. Según el Tárgum Neófiti sobre Ex 12,42 "la noche de pascua hace memoria de la noche de la creación y de la Aquedá ("atadura") de Isaac (en referencia al sacrificio de Isaac de Gn 22); anuncia la liberación última, cuando el primer liberador (Moisés) y el último (el Mesías) avanzarán a la cabeza del pueblo de Dios, con la Palabra de Dios"[4]. Las tres primeras noches (creación, sacrificio de Isaac y éxodo) coinciden entonces con las tres primeras lecturas ofrecidas en la liturgia de la Palabra de la vigilia pascual. La cuarta noche es la de la resurrección de Jesucristo, que estamos celebrando.

En primer lugar, la creación del mundo, obra del amor de Dios por nosotros. El mundo fue creado por y para nosotros, para que vivamos en él y lo disfrutemos. El hombre, cada uno de nosotros, es el fin de la creación del mundo. "Todo es de ustedes", dirá San Pablo.

Recordemos, al respecto, lo que nos decía el Papa Francisco en su mensaje de cuaresma para este año: “Este misterio de salvación, que ya obra en nosotros durante la vida terrena, es un proceso dinámico que incluye también a la historia y a toda la creación. San Pablo llega a decir: «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19) […] Por esto, la creación —dice san Pablo— desea ardientemente que se manifiesten los hijos de Dios, es decir, que cuantos gozan de la gracia del misterio pascual de Jesús disfruten plenamente de sus frutos, destinados a alcanzar su maduración completa en la redención del mismo cuerpo humano[…] Por esto, la creación tiene la irrefrenable necesidad de que se manifiesten los hijos de Dios, aquellos que se han convertido en una “nueva creación”: «Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2 Co 5,17). En efecto, manifestándose, también la creación puede “celebrar la Pascua”: abrirse a los cielos nuevos y a la tierra nueva (cf. Ap 21,1).”

Unido a la creación sigue luego el don de la vida. La vida que tenemos y que vivimos es también un don fundamental de Dios, un regalo de su amor. Vivimos porque nos ha pensado, querido, amado eternamente.

La segunda noche es el sacrificio de Isaac. Una tradición rabínica sostenía que Isaac murió y que Dios lo devolvió a la vida. Esto parece reflejarse en Heb 11,17. En la misma línea podemos considerar a Rm 4,17 y su aplicación cristológica en 4,24; línea continuada por la tradición cristiana que ha visto en el sacrificio de Isaac una figura de la pasión de Cristo. Por otra parte, los rabinos vincularon Gn 22 e Is 53 con el cordero pascual lo cual podría entonces reflejarse en la expresión “cordero de Dios” en Juan. En síntesis, Dios pide a Abraham una fe y entrega total, que incluye al propio hijo Isaac, pero finalmente Dios provee el cordero para el sacrificio y la promesa, encarnada en el hijo Isaac, continúa por la gracia de Dios.

En tercer lugar, la noche del Éxodo, la Pascua judía. En Ex 14 la experiencia de fe del pueblo se confunde con la experiencia del poder creador de Dios que es capaz de salvarlo de la muerte y, al mismo tiempo, es una liberación del miedo a la muerte. Israel ya no teme más al Faraón y a su ejército, teme a Dios. Israel ha pasado de la noche a la luz matinal, de una orilla a la otra, de Egipto al desierto, de la esclavitud a la libertad, de la servidumbre al servicio, del pánico al temor de Dios, de la incredulidad a la fe. Este texto fue escrito para que el lector realice también esta experiencia de la victoria sobre el miedo que es la raíz de la esclavitud. La libertad comienza donde no existe más el temor, y este se disipa cuando reina la confianza y el abandono en Dios.

Para los cristinos la cuarta noche ya ha tenido lugar: Dios ha resucitado a su Hijo de la muerte. Es lo que celebramos la noche de hoy, la mayor acción de Dios en la historia a favor de los hombres. En Cristo Resucitado el amor de Dios ha vencido a la muerte y se nos han abierto las puertas de la vida eterna. Somos hijos en el Hijo y herederos de la vida eterna.

            ¿Qué ha sucedido en esta noche santa? El Hijo de Dios asumió la muerte hasta las últimas consecuencias. Para la Biblia la muerte supone la pérdida o disolución de los vínculos, en particular del vínculo fundante de la vida que es el vínculo con Dios. La muerte es por definición tinieblas, separación de Dios y de los demás. Por ello la muerte es consecuencia del pecado, el cual no es otra cosa que la ruptura de este vínculo.

En la resurrección de Jesús, Dios se manifestó claramente como el Padre que rescata al Hijo de la muerte y lo recompensa con la vida eterna. Además, con la glorificación, la humanidad de Jesús adquiere un nuevo vínculo con el Padre que tiene una dependencia absoluta con Él al punto que en su ser corporal vive ahora sólo por el Padre “que lo ha engendrado hoy”.

Y para nosotros ha sido regenerado el vínculo con Dios, mejor aún, ha sido transformado y elevado ya que estamos llamados a participar del mismo vínculo filial de Jesús con el Padre; vínculo eterno. Y desde aquí también nace el vínculo fraterno, de hermanos que formamos la nueva familia de Dios.

Si el pecado y la muerte son la ruptura del vínculo con Dios y con los demás, la resurrección es la recuperación de estos vínculos. Si volvemos a la amistad con Dios, si nos reconciliamos con aquellos con quienes estamos enemistados o enfrentados; si nos amigamos con nosotros mismos, con nuestras miserias y debilidades, habremos resucitado un poco, Dios ha pasado por nosotros y nos dado la gracia de pasar de la muerte a la vida; del pecado a la comunión con Dios, del odio y la enemistad al amor; del rechazo a nosotros mismos a la aceptación gozosa de lo que somos: amados infinitamente por Dios.

La tierra y nuestro corazón se llenó de tristeza y de oscuridad: “el que amas ha muerto”. Hoy se disipan las tinieblas y surge brillante la luz: “el que amas está vivo y vive para siempre”. Y nos ama y nos promete y nos regala la vida eterna, ya comenzada hoy en la medida que recuperamos los vínculos. Más vida tenemos cuanto más vinculados estamos: con Dios, con los demás, con nosotros mismos. Hermanos, Cristo ha resucitado y nuestra vida nueva, como resucitados ya ha comenzado…

En palabras del Papa Francisco: “A veces, la oscuridad de la noche parece que penetra en el alma; a veces pensamos: “ya no hay nada más que hacer”, y el corazón no encuentra más la fuerza de amar…Pero precisamente en aquella oscuridad Cristo enciende el fuego del amor de Dios: un resplandor rompe la oscuridad y anuncia un nuevo inicio, algo comienza en la oscuridad más profunda. Nosotros sabemos que la noche es más noche y tiene más oscuridad antes que comience la jornada. Pero, justamente, en aquella oscuridad está Cristo que vence y que enciende el fuego del amor. La piedra del dolor ha sido volcada dejando espacio a la esperanza. ¡He aquí el gran misterio de la Pascua! En esta santa noche la Iglesia nos entrega la luz del Resucitado, para que en nosotros no exista el lamento de quien dice “ya…”, sino la esperanza de quien se abre a un presente lleno de futuro: Cristo ha vencido la muerte y nosotros con Él. Nuestra vida no termina delante de la piedra de un Sepulcro, nuestra vida va más allá, con la esperanza al Cristo que ha resucitado, precisamente, de aquel Sepulcro. Como cristianos estamos llamados a ser centinelas de la mañana que sepan advertir los signos del Resucitado, como han hecho las mujeres y los discípulos que fueron al sepulcro en el alba del primer día de la semana” (Catequesis del 1° de abril de 2015).

Todo esto la liturgia quiere que lo "experimentemos" y por ello recurre a los signos y símbolos, que son tan "decidores" para el hombre de hoy. En especial el símbolo de la Luz que vence a las tinieblas y el del Agua que comunica, con el Espíritu, la Vida Nueva.

Al respecto decía el Papa Benedicto XVI en su homilía de la noche de Pascua de 2007: “En la oscuridad impenetrable de la muerte Él entró como luz; la noche se hizo luminosa como el día, y las tinieblas se volvieron luz. Por esto la Iglesia puede considerar justamente la palabra de agradecimiento y confianza como palabra del Resucitado dirigida al Padre: “Sí, he hecho el viaje hasta lo más profundo de la tierra, hasta el abismo de la muerte y he llevado la luz; y ahora he resucitado y estoy agarrado para siempre de tus manos”. Pero estas palabras del Resucitado al Padre se han convertido también en las palabras que el Señor nos dirige: “He resucitado y ahora estoy siempre contigo”, dice a cada uno de nosotros. Mi mano te sostiene. Dondequiera que tú caigas, caerás en mis manos. Estoy presente incluso a las puertas de la muerte. Donde nadie ya no puede acompañarte y donde tú no puedes llevar nada, allí te espero yo y para ti transformo las tinieblas en luz.”

En fin, tenemos que dejar que el Padre lleve a cabo en nosotros, por medio de Jesucristo, la obra de resucitarnos; de iluminarnos y darnos nueva vida. Y esta obra de resurrección en nosotros se discierne, se reconoce por los frutos que vemos que brotan en nuestro corazón y en nuestro modo de vincularnos. Y de esto modo nos transformamos también nosotros, al igual que los apóstoles, en testigos de Cristo Resucitado. Se trata, en esta gran noche de gozo, de “resucitar con el corazón” como bien se describe en esta poesía:

Resucitar con el corazón

es descubrir que en la tumba no acaba nuestra suerte.

Es dejar que la confianza, un plus de vida nos inyecte.

Es hallar al que esperamos y moríamos por verle.

 

Resucitar con el corazón

es sentir las manos llenas de un gozo que no miente.

Es dejar fluir la vida como un agua de vertiente.

Es repartir los cinco panes entre un millar de gente.

 

Resucitar con el corazón

es saberse regalado cuando nadie así lo entiende.

Es verse perdonado cuando no se lo merece.

Es enterarse que una herencia nos han dado, sin saber ni cómo viene.

 

Resucitar con el corazón

es despertar como niño, lo viejo que se duerme.

Es pintar un arco iris, en cada gota, mientras llueve.

Es saber que en el amor queda vencida toda muerte.

 

Resucitar con el corazón

es encontrar en el bosque, ese claro, donde el cielo puede verse.

Es dar con la vida, que en un pequeño seno, empieza ya a moverse.

Es empaparse de un amor, que por los poros se nos mete.

 

Resucitar con el corazón

es ocuparse de vivir, pues ni el nacer ni el morir nos pertenece.

Es saber que ante la eternidad por venir, nuestro elegir se compromete.

Es tener la libertad del que ama, que amar, tan solo él quiere.

 

Resucitar con el corazón

es cruzar con Cristo la puerta estrecha de su Cruz en viernes,

sabiendo que pasado el sábado, la Vida Nueva del Domingo viene.

[1] Cf. R. Brown, Un Cristo Resucitado en tiempo pascual (San Pablo; Buenos Aires 1991) 61-62.

[2] Un Cristo Resucitado en tiempo pascual (San Pablo; Buenos Aires 1991) 63.

[3] El evangelio según Lucas IV (Cristiandad; Madrid 2005) 554.

[4] AA.VV. La pascua y el paso del mar. En las interpretaciones judías, cristianas y musulmanas (Ex 12-14) (Verbo Divino; Estella 1998) 21.

Domingo de Pascua de Resurrección

Evangelio: Jn 20, 1-9

Este primer relato de la resurrección que trae el cuarto evangelio es una clara invitación a la fe. El texto únicamente nos presenta un sepulcro vacío y la fe del discípulo que Jesús amaba. Pero esta sobriedad no deja de presentar elementos muy significativos para sugerir al lector que lo relatado es un acontecimiento que ha tenido lugar en el primer día de la semana y del cual han participado tres discípulos muy significativos para Jesús y para la primitiva comunidad cristiana. María Magdalena y el discípulo que Jesús amaba estuvieron al pie de la cruz (cfr. Jn 19, 25-26). Pedro recibe de Jesús resucitado la misión de apacentar el rebaño (cfr. Jn 21, 15-17). El discípulo al que Jesús amaba es mencionado por última vez en el diálogo entre Jesús y Pedro (cfr. Jn 20, 21). Este discípulo es el paradigma del discípulo: el que permanece fiel hasta que el Señor vuelva y es el que da testimonio de todo lo acontecido acerca de la Palabra de la vida (cfr. Jn 21, 23-24; 1Jn 1, 1).

            El evangelio de hoy nos presenta claramente la distinción entre el ver y el creer.

María Magdalena, la enamorada que va primero, muy de madrugada, al sepulcro, y vio que la piedra había sido sacada y que el sepulcro está vacío. Se utiliza aquí el verbo griego blepein que tiene el sentido material del ver. En su desconcierto interpreta este hecho como un robo y tal es su “anuncio”: “se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2).

El discípulo amado es el primero en llegar al sepulcro, se asomó y vio las vendas de lino en el suelo. Aquí también se utiliza el verbo griego blepein con su sentido de visión material.

Pedro llega después y ve las vendas de lino, al igual que el discípulo amado, pero descubre también que el sudario está enrollado aparte. Esto indica que se trató de una acción deliberada por parte de alguien, lo que llama la atención de Pedro pues cuando se roba un cadáver no se deja este indicio. Y Justamente este "signo" le permite “ver” a Pedro que allí sucedió algo extraño. Se utiliza aquí el verbo griego theōrein que tiene el sentido de visión material pero más abarcativa, con la posibilidad de ir más allá de lo que se está viendo.

            Al final entra el discípulo amado, quien vio y creyó. Aquí se utiliza el verbo eiden que implica un ver la realidad como signo de algo más profundo, trascendente. Por eso va seguido del acto de fe, del creer expresado con el verbo pisteuein, que por estar en aoristo algunos piensan que indica un acto inicial de fe y proponen traducir: “comenzó a creer”. En efecto, “el discípulo, en este primer momento de su camino de fe pascual, es consciente de que se encuentra aquí ante un misterio de la acción de Dios; pero no comprende ni sabe todavía que el Señor ha resucitado […] No estaban preparados todavía para la revelación plena del misterio pascual; no tenían aun la capacidad de comprender con el medio extraordinario de las Escrituras los signos de la presencia del Señor”[1].

El final del relato confirma esta idea: “Porque todavía no habían entendido lo que dice la Escritura, que Jesús debía resucitar de entre los muertos” (20,9).

            Para el Card. Martini[2] este relato quiere presentarnos a la Iglesia que va en búsqueda de los signos del Resucitado para creer en Él. En efecto: "la fe, tal como Juan nos la describe, no logra su objetivo sino por medio de testimonio o de signos; por eso, ella realiza, en su estructura esencial, dos condiciones: capacidad de interpretar correctamente los signos como tales, y capacidad de ir más allá de los signos"[3]. Pues bien, en este relato vemos cómo la búsqueda de los signos para creer en el Resucitado es diversa por los temperamentos o mentalidades: pues un lado está el afecto de María, por otro la intuición del discípulo amado y, por otro, la maciza lentitud de Pedro. Pero todos, si están verdaderamente en la Iglesia, tienen en común el anhelo de la presencia de Jesús; y todos se ayudan recíprocamente para buscar juntos los signos de esta presencia y comunicárselos. H. U. von Balthasar[4], siguiendo a algunos padres de la Iglesia, presenta a Pedro como representante del "ministerio eclesial" y al discípulo amado del "amor eclesial". El amor eclesial corre más rápido y llega primero, pero deja que sea el ministerio eclesial quien dictamine sobre la situación.

            En síntesis, el lector de este primer relato de la resurrección está invitado a hacer un recorrido a través de las distintas formas del verbo “ver” hasta llegar a asumir la mirada propia del discípulo amado para llegar a ver y creer en Jesús resucitado[5].

"Conclusión: la fe en Jn es simultáneamente reconocimiento de la manifestación revelante de Dios, y recepción de su palabra y de los bienes que aporta; pero centrada en una relación personal del hombre a Cristo, revelación y don supremo, en quien todo está contenido. La fe en Jn tiene grados; es un proceso de descubrimiento gradual. Pero en su plenitud es fundamentalmente un enderezarse de toda la persona a Jesús, reconociendo lo que Él es, y recibirlo en una comunión personal. Más que una afirmación de proposiciones enunciables es un encuentro existencial. Un acto tal llega hasta lo más profundo del propio ser, que toma así una dimensión nueva en un nuevo nudo de relaciones hondamente transformantes. Sólo un don de Dios puede producir semejante encuentro renovador."[6]

Meditación pascual:

Con una mirada atenta descubrimos que en el mundo bien y mal; gracia y pecado; alegría y tristeza; egoísmo y amor; consolación y desolación; vida y muerte están en lucha permanente. Justamente la cuaresma fue una constante invitación a tomar conciencia de esta lucha y a tomar partido en ella; a comprometerse en el combate por el bien, la gracia, la vida en Dios. Pero lo más importante en esta lucha o combate por el bien, la verdad, la justicia, la gracia y la vida en Dios es que ya hubo un vencedor: ¡Jesucristo Resucitado!

La esencia de lo que creemos los cristianos puede proclamarse diciendo que Cristo murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación. Es el misterio Pascual, donde Cristo surge victorioso sobre el mal, el pecado y la muerte.

El viernes santo resonaba con fuerza en nuestros corazones la expresión "Cristo murió por nuestros pecados", donde la fe nos llevaba a reconocer que Jesús sufre y muere por nosotros, y que este “por” abarca los dos sentidos: por causa de nuestros pecados y en favor nuestro, en lugar nuestro.

            Si nos quedásemos sólo en esto, como les pasó a los discípulos de Emaús, lo mejor será que "apaguemos" y nos volvamos a nuestro pueblo. Porque de quedarnos sólo con la muerte de Cristo en la cruz, tendríamos que aceptar el triunfo del mal, la victoria del pecado, el reinado de la muerte. San Pablo es todavía más categórico: "Y si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes" (1Cor 15,14). O sea que todo se vacía de sentido, la predicación apostólica y la respuesta de los hombres que es la fe.

"Pero Dios lo resucitó de entre los muertos" rezan las primeras confesiones de fe de los apóstoles que nos trae el libro de los Hechos, tal como escuchamos en la primera lectura de hoy (He 10,40). Es la esencia misma de nuestra fe cristiana, como ya lo afirmaba san Agustín: "la fe de los cristianos es la resurrección de Cristo".

Dios lo hizo vencer a la muerte, derrotar al mal y terminar con el pecado y su condena. La resurrección es entonces la victoria de Jesús, su triunfo final…y también el nuestro.

En efecto, “Él resucitó y con él resucita nuestra esperanza y creatividad para enfrentar los problemas presentes, porque sabemos que no vamos solos. Celebrar la Pascua, es volver a creer que Dios irrumpe y no deja de irrumpir en nuestras historias desafiando nuestros «conformantes» y paralizadores determinismos. Celebrar la Pascua es dejar que Jesús venza esa pusilánime actitud que tantas veces nos rodea e intenta sepultar todo tipo de esperanza […] El Señor está vivo y quiere que lo busquemos entre los vivos. Después de haberlo encontrado, invita a cada uno a llevar el anuncio de Pascua, a suscitar y resucitar la esperanza en los corazones abrumados por la tristeza, en quienes no consiguen encontrar la luz de la vida. Hay tanta necesidad de ella hoy. Olvidándonos de nosotros mismos, como siervos alegres de la esperanza, estamos llamados a anunciar al Resucitado con la vida y mediante el amor; si no es así seremos un organismo internacional con un gran número de seguidores y buenas normas, pero incapaz de apagar la sed de esperanza que tiene el mundo” (Papa Francisco, homilía de la vigilia pascual 2018 y 2016).

            Este es el misterio que hay que creer, que hay que contemplar. Necesitamos una fe enamorada, como la de María Magdalena – la que estaba al alba junto a la tumba – para descubrir esta nueva Presencia del Señor Resucitado en medio nuestro, en nuestra vida. No podemos ya buscar a Jesús entre los muertos pues está vivo, ha resucitado. Quienes nos hemos encontramos con Él en alguna vuelta de la vida tenemos la certeza de que está vivo, que camina junto a nosotros y que de diversas maneras busca comunicarse con nosotros. Es algo muy extraño lo que nos pasa con la fe en Cristo Resucitado. Mirada desde afuera parece una locura. Vivida desde adentro es algo maravilloso, es una certeza que no podemos explicar del todo, pero que llena de alegría el corazón, de luz la inteligencia y de fuerza la voluntad.

Terminemos con las hermosas palabras del Papa Francisco en su reciente exhortación apostólica postsinodal Cristus Vivit:

  1. Vive Cristo, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida. Entonces, las primeras palabras que quiero di­rigir a cada uno de los jóvenes cristianos son: ¡Él vive y te quiere vivo!

  1. Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamán­dote y esperándote para volver a empezar. Cuando te sientas avejentado por la tristeza, los rencores, los miedos, las dudas o los fracasos, Él estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza.

  1. “Él vive! Hay que volver a re­cordarlo con frecuencia, porque corremos el riesgo de tomar a Jesucristo sólo como un buen ejemplo del pasado, como un recuerdo, como alguien que nos salvó hace dos mil años. Eso no nos serviría de nada, nos dejaría iguales, eso no nos liberaría. El que nos llena con su gracia, el que nos libera, el que nos transforma, el que nos sana y nos consuela es alguien que vive. Es Cristo resucitado, lleno de vi­talidad sobrenatural, vestido de infinita luz. Por eso decía san Pablo: «Si Cristo no resucitó vana es la fe de ustedes » (1 Co 15,17).

  1. Si Él vive, entonces sí podrá estar presente en tu vida, en cada momento, para llenarlo de luz. Así no habrá nunca más soledad ni abandono. Aun­que todos se vayan Él estará, tal como lo prometió: « Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo » (Mt 28,20). Él lo llena todo con su presencia invisible, y donde vayas te estará esperando. Porque Él no sólo vino, sino que viene y seguirá viniendo cada día para invitarte a caminar hacia un horizonte siempre nuevo.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Y comenzó la fiesta…

Primer día del tiempo nuevo

Aún a oscuras y por el sendero,

Se abrió de la nada el vacío del alma

Y allí morabas.

Corrimos con la fuerza del asombro,

A contarle a otros lo que pasaba.

Llenos de preguntas sin respuestas…

Si a la vista están las vendas, si el sudario quedó aparte

Entramos a la tumba que antes,

Fue a velar tu descanso.

Y la Fe que tomó parte

Nos despertó junto al sepulcro vacío

Y gritó la Vida a la muerte:

¡Estás vencida al fin!

Cristo, Señor: ¡estás vivo!

De entre los muertos, resucitaste.

Celebra tu gloria y se goza tu Iglesia: la esposa.

Ya viene el novio a las bodas, enciendan las lámparas,

El Padre festeja que el Hijo regresa,

¡Descienda el Espíritu, comienza la Fiesta! Amén.

 

 


Post date: 2019-04-20 18:16:57
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