Lo que la defectuosa Piedad de Miguel Ángel, nos enseña sobre María

La Hermana Wendy Beckett, crítica de arte amateur, quien murió la semana pasada, declaró que su obra favorita de los muchos tesoros del Vaticano y que no cambiaría por el resto es La Piedad de Miguel Ángel. Una de las obras maestras más conocidas y queridas del mundo. Parte de su magia es la profundidad de su misterio.

Los escultores del Renacimiento eran maestros en hacer que el mármol se viera tan suave como para doblarlo como tela. Miguel Ángel estaba entre los mejores. La pieza es una unidad sólida y masiva. Sin embargo, el movimiento recorre todas sus superficies.

La obra maestra viene con un defecto importante, que Miguel Ángel, tal vez con ironía, insistió en que era una manifestación de la gracia. Jesús refleja su edad. Parece ser un hombre muerto a sus 30 años. Pero no necesitas mirar tan de cerca a la Madonna para ver a una madre adolescente. Cuando sus críticos llamaron la atención sobre la discrepancia de edad, Miguel Ángel bromeó: “La castidad disfruta de la eterna juventud”.

La plenitud de la Gracia de María, de la que habló el Arcángel Gabriel, se manifiesta en la fuerza de su sufrimiento.

Hay otra falla significativa. Si la figura muerta de Jesús se mantuviera erguida, él mediría unos seis pies de altura. Si su Madre María, que lo sostiene en su regazo, se levantara, ella mediría más del doble de esa altura. La mayoría de los espectadores nunca se dan cuenta de esto. Miguel Ángel sabía que la figura de un hombre adulto en el regazo de una mujer se vería desgarbada, desproporcionada. Y lo que él quería sobre todo en esta pieza, era mostrar proporción, armonía y terminación entre el hombre y la mujer.

Así que su María es masiva y a diferencia de tantas representaciones de mujeres, exuda fuerza. Sin esfuerzo aparente, ella sostiene a su hijo muerto en sus brazos. Sus hombros no están doblados; no parecen tensarse. Incluso su rostro está quieto, silencioso y sólido. Si, tan a menudo, el triste destino de las mujeres es soportar lo que los hombres han forjado, ella hace esto como ninguna otra. La plenitud de su Gracia, de la que habló el Arcángel Gabriel, se manifiesta en la fuerza de su sufrimiento.

El cuerpo torturado de Jesús está en agudo contraste. Es mucho más fluido. La Hermana Beckett lo comparó con un río que fluye. Es una corriente de Gracia, que desciende de la montaña que es la mujer.

Si, tan a menudo, el triste destino de las mujeres es soportar lo que los hombres han forjado, María hace esto como ninguna otra.

La Hermana Beckett también pensó que la Piedad era una imagen absolutamente única de la unidad del hombre y la mujer. Mucho parece revertirse, todo lo contrario de nuestros estereotipos sexuales, pero juntos, la madre afligida y – sin embargo, en este momento – el Hijo muerto son uno.

La madre de Miguel Ángel murió muy joven. Aquí, madre e hijo se devuelven el uno al otro, nunca más para separarse. La madre, que acunaba en sus brazos al niño vivo en Belén, ahora tiene en esos mismos brazos al Hijo muerto que ha dado su vida por ella y por el mundo.

¿Qué podría ser más desgarrador? Hasta que recordemos que el Hijo que ella sostiene está, en este momento, aún por nacer al borde de la eternidad. En tres días saldrá del vientre de la creación misma como el Hijo de Dios vivo y glorificado.

Aquí el Calvario se hace eco de la Navidad, al igual que la Navidad prefigura al Calvario, si leemos el relato completo de las narraciones de la infancia y no sólo las partes que nos encantan en la Nochebuena. María tuvo un hijo que vino entre nosotros para amarnos, para enseñarnos, para sanarnos, para sufrir y para morir por nosotros. Como una roca, ella lo sostiene ahora al final de su vida. Ella está dividida como la roca que Moisés golpeó en el desierto. El corazón de esta roca se ha roto y de ella cae un torrente de Gracia y Misericordia.

Autor: Terrance Klein
* Artículo reproducido con el debido permiso de America the Jesuit Review. America the Jesuit Review no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy.
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