Mártires colombianos: testigos hasta el punto de muerte

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El decreto del Papa Francisco para beatificar a dos mártires Colombianos de dos épocas turbulentas en la historia del país Sudamericano subraya su llamado a un testigo valiente en medio de la violencia y la persecución.

“¿Qué necesita la Iglesia hoy?” el Papa preguntó a principios de este año en un servicio de oración en la tarde en honor a los Cristianos asesinados bajo el Nazismo, Comunismo, las Dictaduras y el terrorismo.

¨Mártires y testigos, esos santos cotidianos, esos santos de una vida ordinaria vivida con coherencia. Pero también necesita a aquellos que tienen el coraje de aceptar la gracia de ser testigos al final, hasta el punto de morir,” dijo él.

Las vidas del Obispo Jesús Emilio Jaramillo Monsalve de Arauca, que fue asesinado por las guerrillas Marxistas Colombianas en 1.989, y del Padre Pedro María Ramírez, que fue asesinado el comienzo de la Guerra Civil Colombiana en 1.948, parecen encajar en la descripción del Papa.

Sus beatificaciones, que tendrá lugar durante la visita del Papa a Colombia entre el 6 y 10 de Septiembre, llega en un momento cuando la nación se centra en la reconciliación tras décadas de conflicto que vio la muerte de más de 200.000 personas.

Jaramillo estaba entre los cientos de miles de vidas inocentes atrapadas en el fuego cruzado de la Guerra Civil Colombiana de 52 años entre las fuerzas del gobierno y los grupos guerrilleros.

Nacido en Santo Domingo, Colombia, en 1916, entró en los Misioneros Javerianos y fue ordenado el 1ro de Septiembre de 1.940. En el año 1.984 San Juan Pablo II lo nombró como el primer Obispo de la Diócesis de Arauca.

Fue allí que él habló no sólo contra las atrocidades cometidas por el Ejército de Liberación Nacional – conocido por el siglas ELN – sino que también denunció el clima de temor entre las personas a las que servía.

“Tenemos miedo de los grupos armados. Todos tenemos miedo, guardamos silencio debido al miedo. Y lo peor de todo, mis hermanos y hermanas, matamos por temor,” él dijo en una homilía grabada sin fecha. “La gran enfermedad de Colombia se llama miedo. El miedo nos mata a todos.”

Fueron sus palabras de estímulo contra la violencia lo que llevó al ELN a ordenar su secuestro el 2 de Octubre de 1.989, mientras visitaba las parroquias locales. Según su biografía, uno de sus sacerdotes parroquiales, el Padre José Muñoz Pareja, se rehusó a dejarlo solo.

Sin embargo, después de orar juntos y absolverse mutuamente sus pecados, Jaramillo le dijo a Muñoz que lo dejara en obediencia. Mientras el sacerdote se alejaba, el escuchó al Obispo decirle a sus captores, ¨Hablaré con quien quiera que ustedes quieran que hable, pero no le hagan nada a mi hijo.”

A pesar de las seguridades de los captores de que no le harían daño al Obispo, Muñoz encontró su cuerpo al día siguiente, acostado sobre su espalda en forma de cruz. Jaramillo recibió dos disparos en la cabeza con un rifle de asalto.

Por su valor y testimonio, los fieles de Arauca honraron al Obispo con un título grabado en su lápida que lee “profeta y mártir de la paz.”

Cuarenta años antes del martirio de Jaramillo, un sacerdote local en Armero – ubicado aproximadamente a unas 200 millas al sur de Medellín – rápidamente escribió su última voluntad y testamento.

“Quiero morir por Cristo y la fe,” escribió, antes de que una multitud enojada lo sacara afuera, lo linchara y masacrara su cuerpo con machetes.

El martirio del Padre Pedro María Ramírez llegó durante otro período difícil en la historia de Colombia, cuando se agudizaban las tensiones entre los liberales y los conservadores tras la muerte del candidato presidencial liberal Jorge Eliecer Gaitán.

La muerte de Gaitán provocó una guerra civil de 10 años en Colombia conocida como “La Violencia”. También dio origen a los grupos guerrilleros izquierdistas que lucharon contra el gobierno en el siglo XX.

Miembros violentos del Partido Liberal en Armero se rebelaron contra el asesinato de Gaitán y acusaron a la Iglesia Católica de conspirar con el Partido Conservador debido al aparente apoyo y continuos llamados a la no violencia.

El 19 de Abril de 1.984, una multitud enojada intentó arrestar a Ramírez y destruyeron la propiedad de la Iglesia así como también un convento cercano. Él logró escapar con la ayuda de una monja, la Hermana Miguelina.

Sin embargo, a pesar de los llamamientos de los feligreses y miembros de la familia para que se fuera de la ciudad, Ramírez se rehusó y, al siguiente día, continuó su trabajo celebrando Misa, escuchando la confesión de un paciente enfermo en el hospital y visitando a los prisioneros.

A su regreso, dio la última hostia consagrada en el tabernáculo a las monjas, quedándose con una para sí. Después permaneció en el convento para escribir su última voluntad y testamento mientras se oía el sonido de la multitud acercándose.

Después de agradecer a su Obispo por permitirle convertirse en un “sacerdote de Dios” Ramírez escribió palabras de aliento a su familia y a su rebaño.

“A mi familia, les digo que yo seré el primero en el ejemplo que deben seguir: morir por Cristo. A todos, con especial afecto, los cuidaré desde el cielo,” él escribió.

El Obispo Fabio Duque de Garzón, la diócesis donde Ramírez sirvió, dijo que, después de su muerte violenta, la turba lo decapitó, y ¨jugó con su cuerpo y su cabeza¨ antes de que sus restos fueran rescatados de una profanación más profunda.

“Los que rescataron su cuerpo fueron las prostitutas, quienes custodiaron ferozmente el cementerio de manera que (la multitud) no continuara maltratándolo,” Duque dijo en una entrevista concedida el 8 de Julio al periódico Colombiano El Tiempo.

Incluso después de su muerte el 10 de Abril de 1.948, Ramírez continuó siendo calumniado y acusado de llamar a la violencia contra los miembros del Partido Liberal.

El 8 de Junio, Gloria Gaitán, hija de Jorge Eliecer Gaitán, escribió una carta al Arzobispo Ettore Balestrero, Nuncio Apostólico, preguntándole al Papa que reconsiderara su decisión.

Gloria Gaitán le reclamó a muchos sacerdotes durante ese tiempo, incluyendo a Ramírez el uso del púlpito para “denigrar y calumniar difamando ” a la candidatura de su padre, llevándolo a su muerte.

“(Ramírez) fue desafortunadamente linchado por haber negado el mensaje de Cristo,” ella escribió.

Sin embargo, Vicente Silva Vargas, un periodista y autor de una biografía próxima a salir del Padre Ramírez, dijo que, incluso después de su muerte, el sacerdote fue culpado de varios sucesos en una campaña de desprestigio para justificar su asesinato.

Más notablemente, una frase erróneamente atribuida a él que se creyó ser una maldición que causó la explosión de un volcán cercano en 1.985 que cobró las vidas de más de 25.000 personas.

Silva le dijo a El Tiempo que la frase, “En Armero, ninguna piedra quedará sin voltearse,” fue dicha por el Arzobispo de Ibagué, Colombia, una diócesis vecina; el Arzobispo compartió el nombre del sacerdote asesinado: Pedro María.

Duque dijo que, contrariamente a las falsas acusaciones, Ramírez permaneció un ejemplo de santidad y virtud heroica hasta su último aliento.

“La expresión más clara de su santidad es que, al momento de su muerte, el perdonó a aquellos que lo mataron,” dijo él.

Autor: Junno Arocho Esteves
* Artículo reproducido con el debido permiso de National Catholic Reporter. National Catholic Reporter no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy.

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