Meditación para el Jueves Santo

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“En la tarde del Jueves Santo comienza efectivamente el Triduo Pascual, con la memoria de la Última Cena, en la que Jesús instituyó el Memorial de su Pascua, dando cumplimiento al rito pascual judío. Según la tradición, toda familia judía, reunida a la mesa en la fiesta de Pascua, come el cordero asado, haciendo memoria de la liberación de los Israelitas de la esclavitud de Egipto; así en el cenáculo, consciente de su muerte inminente, Jesús, verdadero Cordero pascual, se ofrece a si mismo por nuestra salvación (cfr 1Cor 5,7). Pronunciando la bendición sobre el pan y el vino, Él anticipa el sacrificio de la cruz y manifiesta la intención de perpetuar su presencia en medio de los discípulos: bajo las especies del pan y del vino, Él se hace presente de modo real con su cuerpo entregado y con su sangre derramada. Durante la Última Cena, los Apóstoles son constituidos ministros de este Sacramento de salvación; a ellos Jesús les lava los pies (cfr Jn 13,1-25), invitándoles a amarse unos a otros como Él les amó, dando la vida por ellos. Repitiendo este gesto en la Liturgia, también nosotros somos llamados a dar testimonio con los hechos de nuestro Redentor” (Benedicto XVI, Catequesis del 20/04/11).

Resaltemos un elemento común a las tres lecturas de hoy: se trata de la cena o comida pascual en un clima familiar y de despedida. En la primera lectura (Ex 12,3-4) se manda conseguir un animal por familia; y si la familia es demasiado reducida debe unirse con la del vecino. Y se come de pie, prontos a salir, ya que es la última cena de los israelitas en Egipto. La epístola y el evangelio nos narran parte de la última cena de Jesús con sus discípulos, cena pascual también[1]. Sobre este carácter familiar de la fiesta escribía Joseph Ratzinger[2]: “La pascua de Israel era y es una fiesta de familia. No era celebrada en el templo, sino en el hogar. El hogar aparece ya en la historia fundacional, relatada en el libro del Éxodo (12,1-14), como el espacio de la salvación y del refugio en medio de aquella noche oscura, por la que deambula el ángel de la muerte. La noche de Egipto era, por el contrario, la imagen de los poderes de la muerte, de la destrucción, de lo caótico, que irrumpen siempre de nuevo y amenazan destruir la buena creación y transformar el mundo en un desierto inhabitable. La casa y la familia protegen contra esa situación. Dicho de otra manera, siempre de nuevo el mundo debe ser protegido contra el caos y siempre de nuevo la creación debe ser fundada y protegida […] También Jesús celebró la pascua siguiendo esas prescripciones: en casa con su familia, es decir, con los apóstoles, que se habían transformado en su nueva familia […] La Iglesia es la nueva familia y la ciudad nueva, que es para nosotros lo que era Jerusalén: ese hogar vivo que conjura los poderes del caos y da un espacio de paz que sostiene la creación y nos sostiene. La Iglesia es la ciudad nueva como familia de Jesús”.

El Directorio Homilético n° 40 actualiza este tema de las lecturas afirmando que “Nosotros somos tantas familias que hemos venido al mismo lugar y nos hemos procurado un cordero”.

Este largo preámbulo nos invita a celebrar este jueves santo (y por qué no toda la semana santa) en un clima familiar, sabiendo que desde aquí hay que recomenzar cada año.

También el clima de esta Misa, como el de la última cena, es un clima de despedida. Jesús percibe la cercanía de su pasión y su muerte; y por ello quiere celebrar esta comida pascual con sus discípulos. Justamente el evangelio de hoy desde el comienzo nos pone en este clima: “sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13,1).

Como nota J. Ratzinger, hay dos palabras fundamentales en este texto: el “paso” y el “amor“. Es la hora del paso de Jesús de este mundo al Padre, o sea de su muerte. Y es también la hora del amor de Jesús hasta el extremo. Y “los dos términos se explican recíprocamente, son inseparables. El amor mismo es el proceso del paso, de la transformación, del salir de los límites de la condición humana destinada a la muerte, en la cual todos estamos separados unos de otros, en una alteridad que no podemos sobrepasar”[3]. Que la Pascua sea “paso” nos recuerda que somos huéspedes en este mundo, que estamos de “paso” por esta vida, que lo definitivo y pleno no está aquí. Esto es vital porque “quien se zambulle en el mundo, aquel que ve en la tierra el único cielo, hace de la tierra un infierno, porque la fuerza a ser lo que no puede ser, porque quiere poseer en ella la realidad definitiva, y de esta suerte exige algo que le enfrenta consigo mismo, con la verdad y con los demás. No, nos hacemos libres, libres de la codicia de poseer, justamente cuando tomamos conciencia de nuestro ser nómades; es entonces cuando nos hacemos libres los unos para los otros, y es entonces cuando se nos confía la responsabilidad de transformar la tierra hasta que podamos un día depositarla en las manos de Dios”[4].

 Por su parte, el amor es justamente lo definitivo en esta vida, lo que no pasa, lo que no se pierde, lo que da sentido eterno a la vida y nos hace trascender sus límites. El amor extremo de Jesús lo llevó a entregarse, a darse totalmente y no quedarse encerrado en su pequeño grupo. En efecto, Jesús después de la comida en familia se levantó y salió fuera hacia Getsemaní. Para J. Ratzinger “esto significa que, pues las murallas de la Iglesia son la fe y el amor de Jesucristo, la Iglesia no es plaza fortificada, sino ciudad abierta; y, en consecuencia creer significa salir también con Jesucristo, no temer el caos, porque Jesús es más fuerte que la muerte, porque él penetró en ese caos, y nosotros, al afrontarlo, le seguimos a él. Creer significa salir fuera de los muros y, en medio de este mundo caótico, crear espacios de fe y de amor, fundados en la fuerza de Jesucristo”[5].

En este clima Jesús anticipa sacramentalmente la entrega de su vida y nos revela el sentido de la misma. En efecto, al instituir la Eucaristía nos revela que entrega su cuerpo y derrama su sangre, o sea toda su vida, por los hombres, para restablecer la Alianza de los hombres con el Padre.

Además en este clima de despedida Jesús prepara, en cierto modo, su sucesión, “el después”, dejando su testamento a los apóstoles, a la Iglesia que está naciendo allí.

¿Qué nos deja, qué nos transmite, qué nos entrega el Señor en este jueves santo?

            Ante todo su Presencia Real y Sacramental en la Eucaristía.

Jesús pide en la última cena a sus apóstoles que hagan memoria de su entrega. Sabemos que para la Biblia “hacer memoria” es hacer presente el acontecimiento, la realidad del pasado es traída al presente mediante la “memoria litúrgica”. Pero en este caso se trata de “memoria mía”, de Él, de Jesús. En efecto, el mandato “hagan esto en memoria mía (evmh.n avna,mnhsin)” nos remite al mandato de repetir la pascua de Ex 12,26, pero con la notable diferencia de que lo que se recuerda es la persona y no sólo la obra salvífica. Es decir, se supone que el Señor Jesús es el anfitrión de la cena y está realmente presente en la celebración de su obra redentora. Esta presencia de Jesús sólo es posible en virtud de la resurrección, que para San Pablo aparece intrínsecamente vinculada a la Eucaristía (segunda lectura).

La Eucaristía hace la Iglesia, y la familia es la iglesia doméstica; por tanto, la Eucaristía hace y sostiene los vínculos familiares y comunitarios.

Nos deja también el sacramento-mandamiento de la Caridad con su expresión visible que es el servicio.

Jesús pide que imitemos su actitud de servicio, de entrega a los demás. Justamente el evangelio de hoy nos presenta a Jesús lavando los pies de sus discípulos, lo cual era un servicio propio de los esclavos. “Con un acto simbólico, Jesús aclara el conjunto de su servicio salvífico. Se despoja de su esplendor divino, se arrodilla, por decirlo así, ante nosotros, lava y enjuga nuestros pies sucios para hacernos dignos de participar en el banquete nupcial de Dios”[6].

Con este gesto simbólico del lavado de los pies Jesús instituye y ejemplifica el mandamiento nuevo del amor. En efecto, este servicio humilde de Jesús es expresión de su amor, como nos lo dijo el Papa Francisco en su homilía del jueves santo de 2017: “Dios ama así: hasta el extremo. Y da la vida por cada uno de nosotros, y se enorgullece de ello y lo quiere así porque Él tiene amor: “Amar hasta el extremo”. No es fácil, porque todos nosotros somos pecadores, todos tenemos límites, defectos, tantas cosas. Todos sabemos amar, pero no somos como Dios que ama sin mirar las consecuencias, hasta el extremo. Y nos da el ejemplo: para enseñarlo, Él que era “el jefe”, que era Dios, lava los pies a sus discípulos. Lavar los pies era una costumbre de entonces, antes de los almuerzos y de las cenas, porque no había asfalto y la gente andaba entre el polvo. Por lo tanto, uno de los gestos para recibir a una persona en casa, y también a la hora de comer, era lavarle los pies. Era tarea de los esclavos, de los que estaban esclavizados, pero Jesús invierte esa regla y lo hace Él. Simón no quería, pero Jesús le explicó que tenía que ser así, que Él había venido al mundo para servir, para servirnos, para hacerse esclavo por nosotros, para dar su vida por nosotros, para amar hasta el extremo…. Porque esto es amor, es como lavar los pies”.

Por tanto, el sacramento-mandamiento del amor es amar con el amor de Jesús y, por ello, amar como Jesús, esto es, dando la vida por los demás, sirviendo a los demás. Así ama Jesús, vaciándose de sí mismo, olvidándose de sí mismo, para ponerse al servicio de los demás. Servicio que es un lavado, una purificación de los hombres que les comunica nueva vida, que les devuelve la dignidad de hijos de Dios. Con verdad se ha visto en este lavado-purificación que obra Jesús en sus apóstoles una referencia al sacramento del Bautismo.

Este gesto de Jesús es modélico para toda la Iglesia, tal como lo describe el Papa Francisco: “Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos. Pero luego dice a los discípulos: «Seréis felices si hacéis esto» (Jn 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz” (EG n° 24).

Decía san Ambrosio: “¡Qué grande es este misterio! Como un siervo lavas los pies a tus siervos y como Dios mandas rocío del cielo. También yo quiero lavar los pies a mis hermanos, quiero cumplir el mandato del Señor: Él me mandó no avergonzarme ni desdeñar el cumplir lo que él mismo hizo antes que yo. Me aprovecho del misterio de la humildad: mientras lavo a los otros, purifico mis manchas” (El Espíritu Santo I, 12-15).

Nos deja también el Sacramento del Orden Sagrado.

La Iglesia celebra la Eucaristía a lo largo de los siglos precisamente en continuidad con la acción de los apóstoles, obedientes al mandato del Señor. La institución de la Eucaristía reclama la institución del Orden sacerdotal mediante el cual la misión confiada por Cristo a sus apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos.

También el sacramento-ejemplo del amor-servicio hace a la esencia del ministerio de los apóstoles como sacramento al servicio de la comunidad. Al respecto nos dice el Papa Francisco: “No hay que olvidar que cuando hablamos de la potestad sacerdotal «nos encontramos en el ámbito de la función, no de la dignidad ni de la santidad». El sacerdocio ministerial es uno de los medios que Jesús utiliza al servicio de su pueblo, pero la gran dignidad viene del Bautismo, que es accesible a todos. La configuración del sacerdote con Cristo Cabeza –es decir, como fuente capital de la gracia– no implica una exaltación que lo coloque por encima del resto. En la Iglesia las funciones «no dan lugar a la superioridad de los unos sobre los otros». De hecho, una mujer, María, es más importante que los obispos. Aun cuando la función del sacerdocio ministerial se considere «jerárquica», hay que tener bien presente que «está ordenada totalmente a la santidad de los miembros del Cuerpo místico de Cristo». Su clave y su eje no son el poder entendido como dominio, sino la potestad de administrar el sacramento de la Eucaristía; de aquí deriva su autoridad, que es siempre un servicio al pueblo” (EG n° 104).

Estas tres realidades ha dejado Jesús a la Iglesia; más aún, la Iglesia misma ha nacido allí, del misterio pascual anticipado el jueves santo y consumado el viernes santo. Así nos lo enseña el Catecismo: “la Iglesia ha nacido principalmente del don total de Cristo por nuestra salvación, anticipado en la institución de la Eucaristía y realizado en la Cruz” (nº 766). Y aquí está también la fuente de la unidad de la Iglesia: “La Iglesia nace con la Eucaristía. Todos nosotros comemos del mismo pan, recibimos el mismo cuerpo del Señor y eso significa: Él nos abre a cada uno más allá de sí mismo. Él nos hace uno entre todos nosotros. La Eucaristía es el misterio de la íntima cercanía y comunión de cada uno con el Señor. Y, al mismo tiempo, es la unión visible entre todos. La Eucaristía es sacramento de la unidad. Llega hasta el misterio trinitario, y crea así a la vez la unidad visible. Digámoslo de nuevo: ella es el encuentro personalísimo con el Señor y, sin embargo, nunca es un mero acto de devoción individual. La celebramos necesariamente juntos. En cada comunidad está el Señor en su totalidad. Pero es el mismo en todas las comunidades”[7].

Podemos decir que hoy al celebrar esta Eucaristía como Iglesia, celebramos lo que somos, nuestro origen y nuestra identidad. Hoy al celebrar y recibir con fe la eucaristía, entramos en comunión con Jesús y entre nosotros, nos hacemos Iglesia de Jesús.

Al calor de la Eucaristía debemos realizar nuestra identidad eclesial como casa y escuela de comunión, como familia de Dios. En ella debemos permanecer como en nuestra propia casa, nuestro hogar, lugar donde encontramos la firmeza de nuestra fe. Y aquí debemos, en primer lugar, poner en práctica el mandamiento del amor en el servicio a los demás.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

El jueves del Rey Eterno

Jesús, Señor y Dios mío
Necesitados de tu Amor, más que de aíre
Henos aquí en el mundo, nos consume la sed
Tan profunda y punzante.

Luces majestuoso por encima de nuestras traiciones
Inspiraciones perversas, bañadas en inocente sangre.
Y tú a cambio, junto a la pureza del agua
Lavas la inmundicia de todos, sin reprocharnos nada.

Te mezclas con la ignorancia,
Te inclinas a servirla y entregarte
Hasta la misma muerte, sin medida,
A la tortura y la barbarie.

Compartimos tu suerte.
Y aun así, tu realeza: pura pasión.
Conocida por ti nuestra miseria
Vuelves junto al traidor, comes en la misma mesa.

Y mandas hacer lo mismo que enseñas
Con tu vida misma: escrito el Verbo
Nada impedirá el pago
La salvación cobra, el más alto precio.

Gloria al Padre Inmenso, Creador de cielo y tierra
Gloria al Hijo de sus entrañas, Perfecto
Y al Espíritu de Amor
Por todos los tiempos. Amén.

[1] Nos dice J. Jeremías que por falta de espacio dado el aluvión de peregrinos, desde el s. I a.C. sólo la inmolación del cordero se efectuaba en la explanada del Templo mientras que la comida pascual se celebraba en las casas de familia, en La Última cena. Palabras de Jesús (Cristiandad; Madrid 1980) 43.

[2] Miremos al Traspasado (Fundación San Juan; Rafaela 2007) 131-133.

[3] J. Ratzinger, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, 70-71.

[4] J. Ratzinger, El camino pascual (BAC; Madrid 1990) 111-112.

[5] El camino pascual (BAC; Madrid 1990) 112.

[6] J. Ratzinger, Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, 73.

[7] Homilía de Benedicto XVI en la Misa “en la Cena del Señor”, del 21 de Abril de 2011.

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