Meditación para el Viernes Santo

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El Viernes Santo se nos invita semana a mirar el crucifijo, besar las llagas de Jesús, besarlas en el crucifijo. Él ha tomado sobre sí el sufrimiento humano, se lo ha apropiado.

Nosotros esperamos que Dios en su omnipotencia derrote la injusticia, el mal, el pecado y el sufrimiento con una triunfante victoria divina, sin pasar por la cruz. Dios nos muestra en cambio una humilde victoria que humanamente parece un fracaso. Y podemos decir: ¡Dios vence precisamente en la derrota!’ El Hijo de Dios, de hecho, aparece en la cruz como un hombre derrotado: padece, es traicionado, es insultado y finalmente muere. Jesús permite que el mal se encarnice con él y lo toma sobre sí mismo para vencerlo. Su pasión no es un accidente; su muerte -esa muerte- estaba “escrita”. Verdaderamente no tenemos mucha explicación. Es un misterio desconcertante, el misterio de la gran humildad de Dios: “Dios amó tanto al mundo que le entregó a su Hijo unigénito” (Jn 3, 16).

Este día pensemos mucho en el dolor de Jesús y digámonos a nosotros mismos: ‘Y esto es por mí, aunque yo hubiera sido la única persona en el mundo, él lo habría hecho, lo ha hecho por mí’. Besemos al crucificado y digamos: ‘Por mí, gracias Jesús, por mí’.

El Viernes Santo haremos memoria de la pasión y de la muerte del Señor; adoraremos a Cristo Crucificado, participaremos en sus sufrimientos con la penitencia y el ayuno. Volviendo “la mirada a aquel que traspasaron” (cfr. Jn 19,37), podremos beber de su corazón partido que mana sangre y agua como de una fuente; de ese corazón del que brota el amor de Dios por cada hombre recibimos su Espíritu. Acompañemos por tanto también en el Viernes Santo a Jesús que sube al Calvario, dejémonos guiar por Él hasta la cruz, recibamos la ofrenda de su cuerpo inmaculado.

Veamos cómo el relato de la Pasión según san Juan nos ofrece algunos puntos de vista particulares del misterio:

(1) La Pasión y muerte de Jesús es un don de amor que salva

Según Juan, la Cruz es revelación del amor de Dios en el mundo: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (3,16). Sólo Jesús puede llevar esta Cruz. Pero su victoria que salva al mundo se manifestará en increíbles expresiones de amor que iluminan la oscuridad de los corazones, rescatan de las esclavitudes internas y llevan al creyente a obrar según la fuerza de este mismo amor.

La dinámica del relato muestra en todos sus detalles cómo la Pasión de Jesús es un don de amor y no la consecuencia de su debilidad. Es la muerte del Buen Pastor que “da su vida por las ovejas… para que tengan vida y la tengan en abundancia” (10,11.10).

En Cristo, las dos dimensiones de la cruz – la vertical (el amor de Dios hasta la aceptación de la prueba suprema de la muerte) y la horizontal (mantener la solidaridad con los hombres, a pesar de todo) – forman una unidad, y son las dos dimensiones del amor.

(2) La Pasión y muerte de Jesús es entrega voluntaria de la vida y no simple debilidad

Sin esconder el aspecto doloroso, para Juan, el gran valor de la Pasión de Jesús reside en el hecho de que es fruto de un don, de una libertad total, del haberlo vivido con plena conciencia y conocimiento: “Doy mi vida para recobrarla de nuevo… yo la doy voluntariamente” (10,17-10).

(3) La Pasión y muerte de Jesús es la proclamación de su realeza

En Juan el proceso romano se desarrolla mucho más. El relato está cuidadosamente estructurado en siete escenas dispuestas de manera simétrica. El tema principal es la realeza de Jesús. El título de Basileus (rey) se repite nueve veces. Esta realeza se manifiesta continuamente: en el interrogatorio, cuando a Pilato le pregunta, Jesús declara ser verdaderamente rey; en las palabras que Pilato dirige a la multitud: “¿Quieren que suelte al rey de los judíos?” (18,39); en la diversión de los soldados que visten a Jesús como un rey (Juan no dice que le hayan quitado después la púrpura); en la presentación final, cuando Pilato, sentándose en el tribunal, mostró a Jesús y proclamó: “He aquí a vuestro rey” (19,14). Por otra parte, todos los acontecimientos se ordenan a fin de verificar la profecía de Jesús acerca del género de muerte que le habría de tocar: la elevación sobre la tierra (8,32-33; 18,32). Se manifiesta así la gloria del Hijo de Dios (A. Vanhoye).

(3) La Pasión y muerte de Jesús es una “revelación”

La muerte de Jesús es la “hora de la Gloria” en la cual Dios se manifiesta completamente al mundo. Todo el camino histórico de la revelación llega a su cumplimiento: “Todo está cumplido” (19,30).

De esta manera, en Jesús crucificado se revela el rostro de Dios y el rostro del hombre, al tiempo que recibimos todo lo que necesitamos para vivir en plenitud accediendo a la vida eterna que es propia de Dios.

Al servicio de esta comprensión aparecen algunos detalles propios de este evangelio, que vale la pena observar:

  • No aparecen las tinieblas que tan dramáticamente describen los otros evangelistas. Más bien sucede lo contrario: la última hora mencionada en el relato es precisamente la de la mayor irradiación de luz al mediodía (ver 19,14).
  • El relato comienza en un huerto, lugar donde Jesús formaba a sus discípulos cuando estaba en Jerusalén (19,1-2), y termina en un jardín, donde salen a la luz los discípulos ocultos (19,38-39). El tema de la “vida”, con conexión con el “amor”, está acentuado.
  • Entre la muerte y la sepultura de Jesús, se abre una nueva escena que da espacio a la contemplación, por parte del discípulo amado, de los tres signos reveladores del sentido de la muerte de Jesús (19,31-37).

Además, la cadena de citas bíblicas finales nos envía en esta dirección. La última, por ejemplo, el misterioso pasaje de Zacarías 12,10 (“Mirarán al que traspasaron”, citada en Jn 19,37), es clave para comprender el significado último de la Pasión. Zacarías hablaba proféticamente de un misterioso dolor de Dios, quien se sentía herido por la muerte de un Rey-Pastor. Esta muerte es como un desgarramiento en el corazón de Dios, y de este desgarramiento brota la posibilidad de una reconciliación entre Dios y su pueblo.

De esta forma concreta Juan quiere decirnos que la muerte de Cristo es revelación del amor de Dios en el mundo. Y esta muerte-amor fundamenta la posibilidad de una vida nueva.

(4) La Pasión y muerte de Jesús es exaltación: la Cruz se convierte en Gloria

Con su habitual compenetración de planos, san Juan sabe ver contemplativamente la unidad del misterio: el Jesús terreno es al mismo tiempo el Cristo glorioso. El crucificado traspasado por la lanza es al mismo tiempo el Cristo Exaltado y Glorioso.

Juan se caracteriza principalmente por la insistencia sobre el aspecto glorioso de la misma Pasión. Para Juan, la luz de la Resurrección transfigura ya la historia de la Pasión. A través de los sufrimientos y las humillaciones, Juan ve continuamente manifestarse la gloria de Jesús. Su pasión es una pasión glorificadora. Jesús lo declara desde el comienzo, cuando Judas sale del cenáculo: “Ahora el Hijo del Hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en El” (Jn 13,31). Poco después, la oración sacerdotal anticipa la interpretación de la Pasión, situándola bajo esta luz: “Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo…”. Juan subraya que el suplicio de Jesús fue una elevación sobre la cruz, no una lapidación que aplasta al hombre. Descubre en esto una intención divina, un signo revelador. En la narración, Juan muestra en todo momento cómo los esfuerzos mismos de los enemigos de Jesús contribuyen, a su pesar, a revelar cada vez más nítidamente la gloria de Jesús. El relato de Juan está todo impregnado de serenidad sublime. No habla de tinieblas, ni de cataclismos, no hace mención de ningún escarnio, no usa la palabra “ladrones” (dice solamente “otros dos” y nota la inscripción de la cruz, que quieren que se corrija, pero no lo logran. Lo que está escrito, escrito está). Juan muestra que Jesús conduce los acontecimientos: define la situación de su madre y del discípulo; con pleno conocimiento de causa (“sabiendo…”), verifica el cumplimiento de las Escrituras, declara que todo está consumado e, inclinando la cabeza, “entrega” el espíritu”. Después de la cual, un signo divino manifiesta la fecundidad de la cruz. Así Jesús es glorificado por el Padre y atrae a todos los hombres a creer en Él (A. Vanhoye).

Jesús no muere entre lamentos, sino con un grito triunfal (“¡Todo está cumplido!”, 19,30). El evangelista presenta la muerte a la luz de la resurrección y así el día de la muerte, que no pierde el rigor de su luto, se vuelve luminoso porque sobre la Cruz se proyecta la gloria de la Pascua.

Esto hay que observarlo de manera particular en el último instante de la Pasión. El evangelista presenta el último suspiro de Jesús como una donación del Espíritu que invade al mundo (ver 19,30; de hecho, según el texto griego, más que un “expirar” de Jesús, se habla de una “entrega del Espíritu”).

Enseguida el cuerpo herido de Jesús muerto y resucitado se convierte en Templo de la Nueva Alianza, de Él brota el río de la vida que es el Espíritu Santo. Así lo anunció el mismo Jesús en 7,37-39: “De su seno correrán ríos de agua viva”. Jesús da su propia vida para que vivamos de ella.

La Pasión según san Juan nos enseña entonces que si la muerte de Jesús no es sólo el morir de un hombre, sino la revelación del amor de Dios en el mundo, ésta es ofrenda de vida para el hombre, es un soplo del Espíritu. Lo que Jesús hará en la noche del Domingo de Pascua, en el encuentro con los discípulos, cuando reencienda en ellos la alegría comunicándoles el Espíritu, no será otra cosa que el fruto de esta muerte.

Bajo el soplo de este Espíritu la Victoria de la Pasión se inserta en nosotros. Bien decía H. Newman: “Velar con el Crucificado es hacer memoria con ternura y lágrimas de su sufrimiento por nosotros, es perderse en contemplación, atraídos por la grandeza del acontecimiento, es renovar en nuestro ser la pasión y la agonía de Jesús”.

En fin, un antiguo texto aplicaba esta frase de un Salmo a lo que el Señor hace por nosotros y es una palabra dirigida personalmente a cada uno de nosotros en este día:

“Donde nadie ya no puede acompañarte y donde tú no puedes llevar nada, 
allí te espero yo y para ti transformo las tinieblas en luz”.

 

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