Meditación para la Vigilia Pascual

En esta noche somos invitados a contemplar la obra de Dios, íntegra, total, a favor nuestro. Es una noche para hacer memoria y agradecer

Podemos comenzar asumiendo la tradición judía con su poema de las cuatro noches. Según el Tárgum Neófiti sobre Ex 12,42 “la noche de pascua hace memoria de la noche de la creación y de la Aquedá (“atadura”) de Isaac (en referencia al sacrificio de Isaac de Gn 22); anuncia la liberación última, cuando el primer liberador (Moisés) y el último (el Mesías) avanzarán a la cabeza del pueblo de Dios, con la Palabra de Dios”[1].

En primer lugar la creación del mundo, obra del amor de Dios por nosotros. El mundo fue creado por y para nosotros, para que vivamos en él y lo disfrutemos. El hombre, cada uno de nosotros, es el fin de la creación del mundo. “Todo es de ustedes”, dirá San Pablo.

Unido a la creación sigue luego el don de la vida. La vida que tenemos y que vivimos es también un don fundamental de Dios, un regalo de su amor. Vivimos porque nos ha pensado, querido, amado eternamente.

La segunda noche es el sacrificio de Isaac. Una tradición rabínica sostenía que Isaac murió y que Dios lo devolvió a la vida. Esto parece reflejarse en Heb 11,17. En la misma línea podemos considerar a Rm 4,17 y su aplicación cristológica en 4,24; línea continuada por la tradición cristiana que ha visto en el sacrificio de Isaac una figura de la pasión de Cristo[2]. Por otra parte, los rabinos vincularon Gn 22 e Is 53 con el cordero pascual lo cual podría entonces reflejarse en la expresión “cordero de Dios” en Juan. En síntesis, Dios pide a Abraham una fe y entrega total, que incluye al propio hijo Isaac, pero finalmente Dios provee el cordero para el sacrificio y la promesa, encarnada en el hijo Isaac, continúa por la gracia de Dios.

En tercer lugar la noche del Éxodo, la Pascua judía. En Ex 14 la experiencia de fe del pueblo se confunde con la experiencia del poder creador de Dios que es capaz de salvarlo de la muerte y, al mismo tiempo, es una liberación del miedo a la muerte. Israel ya no teme más al Faraón y a su ejército, teme a Dios. Israel ha pasado de la noche a la luz matinal, de una orilla a la otra, de Egipto al desierto, de la esclavitud a la libertad, de la servidumbre al servicio, del pánico al temor de Dios, de la incredulidad a la fe. Este texto fue escrito para que el lector realice también esta experiencia de la victoria sobre el miedo que es la raíz de la esclavitud. La libertad comienza donde no existe más el temor, y este se disipa cuando reina la confianza y el abandono en Dios.

Para los cristianos la cuarta noche ya ha tenido lugar: Dios ha resucitado a su Hijo de la muerte. Es lo que celebramos la noche de hoy, la mayor acción de Dios en la historia a favor de los hombres. En Cristo Resucitado el amor de Dios ha vencido a la muerte y se nos han abierto las puertas de la vida eterna. Somos hijos en el Hijo y herederos de la vida eterna.

¿Qué ha sucedido en esta noche santa? El Hijo de Dios había asumió la muerte hasta las últimas consecuencias. Para la Biblia la muerte supone la pérdida o disolución de los vínculos, en particular del vínculo fundante de la vida que es el vínculo con Dios. La muerte es por definición tinieblas, separación de Dios y de los demás. Por ello la muerte es consecuencia del pecado, el cual no es otra cosa que la ruptura de este vínculo.

En la resurrección de Jesús, Dios se manifestó claramente como el Padre que rescata al Hijo de la muerte y lo recompensa con la vida eterna. Además, con la glorificación, la humanidad de Jesús adquiere un nuevo vínculo con el Padre que tiene una dependencia absoluta con Él al punto que en su ser corporal vive ahora sólo por el Padre “que lo ha engendrado hoy”.

Y para nosotros ha sido regenerado el vínculo con Dios, mejor aún, ha sido transformado y elevado ya que estamos llamados a participar del mismo vínculo filial de Jesús con el Padre; vínculo eterno. Y desde aquí también nace el vínculo fraterno, de hermanos que formamos la nueva familia de Dios.

Si el pecado y la muerte son la ruptura del vínculo con Dios y con los demás, la resurrección es la recuperación de estos vínculos. Si volvemos a la amistad con Dios, si nos reconciliamos con aquellos con quienes estamos enemistados o enfrentados; si nos amigamos con nosotros mismos, con nuestras miserias y debilidades, habremos resucitado, Dios ha pasado por nosotros y nos dado la gracia de pasar de la muerte a la vida; del pecado a la comunión con Dios, del odio y la enemistad al amor; del rechazo a nosotros mismos a la aceptación gozosa de lo que somos: amados infinitamente por Dios.

La tierra y nuestro corazón se llenó de tristeza y de oscuridad: “el que amas ha muerto”. Hoy se disipan las tinieblas y surge brillante la luz: “el que amas está vivo y vive para siempre”. Y nos ama y nos promete y nos regala la vida eterna, ya comenzada hoy en la medida que recuperamos los vínculos. Más vida tenemos cuanto más vinculados estamos: con Dios, con los demás, con nosotros mismos. Hermanos, Cristo ha resucitado y nuestra vida nueva, como resucitados ya ha comenzado…

En palabras del Papa Francisco: “A veces, la oscuridad de la noche parece que penetra en el alma; a veces pensamos: “ya no hay nada más que hacer”, y el corazón no encuentra más la fuerza de amar…Pero precisamente en aquella oscuridad Cristo enciende el fuego del amor de Dios: un resplandor rompe la oscuridad y anuncia un nuevo inicio, algo comienza en la oscuridad más profunda. Nosotros sabemos que la noche es más noche y tiene más oscuridad antes que comience la jornada. Pero, justamente, en aquella oscuridad está Cristo que vence y que enciende el fuego del amor. La piedra del dolor ha sido volcada dejando espacio a la esperanza. ¡He aquí el gran misterio de la Pascua! En esta santa noche la Iglesia nos entrega la luz del Resucitado, para que en nosotros no exista el lamento de quien dice “ya…”, sino la esperanza de quien se abre a un presente lleno de futuro: Cristo ha vencido la muerte y nosotros con Él. Nuestra vida no termina delante de la piedra de un Sepulcro, nuestra vida va más allá, con la esperanza al Cristo que ha resucitado, precisamente, de aquel Sepulcro. Como cristianos estamos llamados a ser centinelas de la mañana que sepan advertir los signos del Resucitado, como han hecho las mujeres y los discípulos que fueron al sepulcro en el alba del primer día de la semana” (Catequesis del 1° de abril de 2015).

Todo esto la liturgia quiere que lo “experimentemos” y por ello recurre a los signos y símbolos, que son tan “decidores” para el hombre de hoy. En especial el símbolo de la Luz que vence a las tinieblas y el del Agua que comunica, con el Espíritu, la Vida Nueva.

Sobre el tema de la Luz Pascual el Papa Benedicto XVI decía en su homilía durante la vigilia pascual el 8 de abril de 2007: “Desde los tiempos más antiguos la liturgia del día de Pascua empieza con las palabras: Resurrexi et adhuc tecum sum – he resucitado y siempre estoy contigo; tú has puesto sobre mí tu mano. La liturgia ve en ello las primeras palabras del Hijo dirigidas al Padre después de su resurrección, después de volver de la noche de la muerte al mundo de los vivientes. La mano del Padre lo ha sostenido también en esta noche, y así Él ha podido levantarse, resucitar. Esas palabras están tomadas del Salmo 138, en el cual tienen inicialmente un sentido diferente. Este Salmo es un canto de asombro por la omnipotencia y la omnipresencia de Dios; un canto de confianza en aquel Dios que nunca nos deja caer de sus manos. Y sus manos son manos buenas. El suplicante imagina un viaje a través del universo, ¿qué le sucederá? “Si escalo el cielo, allá estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. Si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha. Si digo: «Que al menos la tiniebla me encubra…», ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día” (Sal 138 [139],8-12).

En el día de Pascua la Iglesia nos anuncia: Jesucristo ha realizado por nosotros este viaje a través del universo. En la Carta a los Efesios leemos que Él había bajado a lo profundo de la tierra y que Aquél que bajó es el mismo que subió por encima de los cielos para llenar el universo (cf. 4, 9s). Así se ha hecho realidad la visión del Salmo. En la oscuridad impenetrable de la muerte Él entró como luz; la noche se hizo luminosa como el día, y las tinieblas se volvieron luz. Por esto la Iglesia puede considerar justamente la palabra de agradecimiento y confianza como palabra del Resucitado dirigida al Padre: “Sí, he hecho el viaje hasta lo más profundo de la tierra, hasta el abismo de la muerte y he llevado la luz; y ahora he resucitado y estoy agarrado para siempre de tus manos”. Pero estas palabras del Resucitado al Padre se han convertido también en las palabras que el Señor nos dirige: “He resucitado y ahora estoy siempre contigo”, dice a cada uno de nosotros. Mi mano te sostiene. Dondequiera que tú caigas, caerás en mis manos. Estoy presente incluso a las puertas de la muerte. Donde nadie ya no puede acompañarte y donde tú no puedes llevar nada, allí te espero yo y para ti transformo las tinieblas en luz”.

El evangelio que leemos esta noche (Mc 16,1-8) nos narra la experiencia que tuvieron tres mujeres cuando fueron el domingo temprano al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús. Al llegar encontraron la piedra de entrada corrida y el sepulcro vacío. Estos signos, para llegar a la fe, necesitaron del anuncio explícito que les llegó por un misterioso joven, vestido con una túnica blanca, que estaba allí sentado: “buscan a Jesús de Nazaret, el crucificado; ha resucitado no está aquí” (16,6). El mensajero otorga a Jesús un nuevo título: “crucificado”. Este nuevo título indica que a Jesús resucitado a partir de ahora lo reconocerán como el crucificado. El que ha muerto en la cruz ahora vive para siempre. Y luego añade una nueva llamada a los discípulos que les debe llegar por boca de las mujeres: “Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que irá antes que ustedes a Galilea; allí lo verán, cómo se lo había dicho” (16,7). Se refiere a lo anunciado en 14,28: “Después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea”. Es de notar que tanto en 14,28 como en 16,7 se utiliza el verbo proágō, ir por delante, adelantarse, que aparece también en 10,32: “Iban de camino subiendo a Jerusalén, y Jesús marchaba delante de ellos”. Se hace referencia entonces a Jesús, ahora Resucitado, que va delante para que lo sigan hasta Galilea. Se trata de una nueva con-vocación hecha a la comunidad de los discípulos a quienes toca ahora revivir como protagonistas la experiencia de Galilea, es decir, estar con Jesús y misionar junto con Él. Ir a Galilea significaría entonces volver a empezar, reconstruir la comunidad de vida de los discípulos con Jesús, ahora Resucitado, a quien verán. Y siendo Galilea el territorio de Israel más abierto a los paganos podemos suponer que el reunir a sus discípulos/apóstoles allí tendría como finalidad la evangelización de los gentiles. A nivel narrativo esta orden de volver a Galilea para ver a Jesús sería una invitación hecha al lector para que vuelva leer todo el evangelio desde la nueva luz que brota de la Resurrección de Jesús. Al mismo tiempo, dado que Galilea era el lugar donde los discípulos vivían y trabajaban, se pide al catecúmeno que ejercite su fe para descubrir a Jesús presente en su experiencia cotidiana.

Ahora bien, el evangelio termina diciendo que las mujeres, después de haber recibido el kerigma, “no dijeron nada a nadie porque tenían miedo” (16,8). La aproximación narrativa sugiere que este final sin resolver es una invitación hecha al lector para que complete el relato. Los apóstoles huyeron y la mujeres no hablan por miedo, toca al lector la misión de proclamar que ha resucitado[3].

 En fin, tenemos que dejar que el Padre lleve a cabo en nosotros, por medio de Jesucristo, la obra de resucitarnos; de iluminarnos y darnos nueva. Y esta obra de resurrección en nosotros se discierne, se reconoce por los frutos que vemos que brotan en nuestro corazón y en nuestro modo de vincularnos. Y de esto modo nos transformamos también nosotros, al igual que los apóstoles, en testigos de Cristo Resucitado. Se trata, en esta gran noche de gozo, de “resucitar con el corazón” como bien se describe en esta poesía:

Resucitar con el corazón
es descubrir que en la tumba no acaba nuestra suerte.
Es dejar que la confianza, un plus de vida nos inyecte.
Es hallar al que esperamos y moríamos por verle.

 Resucitar con el corazón
es sentir las manos llenas de un gozo que no miente.
Es dejar fluir la vida como un agua de vertiente.
Es repartir los cinco panes entre un millar de gente.

Resucitar con el corazón
es saberse regalado cuando nadie así lo entiende.
Es verse perdonado cuando no se lo merece.
Es enterarse que una herencia nos han dado, sin saber ni cómo viene.

Resucitar con el corazón
es despertar como niño, lo viejo que se duerme.
Es pintar un arco iris, en cada gota, mientras llueve.
Es saber que en el amor queda vencida toda muerte.

Resucitar con el corazón
es encontrar en el bosque, ese claro, donde el cielo puede verse.
Es dar con la vida, que en un pequeño seno, empieza ya a moverse.
Es empaparse de un amor, que por los poros se nos mete.

Resucitar con el corazón
es ocuparse de vivir, pues ni el nacer ni el morir nos pertenece.
Es saber que ante la eternidad por venir, nuestro elegir se compromete.
Es tener la libertad del que ama, que amar, tan solo él quiere.

Resucitar con el corazón
es cruzar con Cristo la puerta estrecha de su Cruz en viernes,
sabiendo que pasado el sábado, la Vida Nueva del Domingo viene.

Javier Albisu sj

[1] AA.VV. La pascua y el paso del mar. En las interpretaciones judías, cristianas y musulmanas (Ex 12-14) (Verbo Divino; Estella 1998) 21.

[2] Los paralelismos son elocuentes: Isaac llevando la leña y Jesús la cruz; los tres días de camino; las referencias a hijo único, amado; la inocencia de Isaac, etc. (puede verse la Homilía de Orígenes sobre el Génesis en el oficio de lectura del martes de la V semana del tiempo ordinario). A partir de Orígenes y Clemente esta exégesis alegórica de Gn 22 ha dominado hasta la Reforma, que por motivos teológicos volvió la atención hacia Abraham como modelo de justificación por la sola fe en la línea de Rm 4.

[3] D. Rhoads – J. Dewey – D. Michie, Marcos como relato, 197.

Descargar como:  PDF |   Microsoft Word |   Texto Plano   –     Imprimir Artículo