Miércoles de Ceniza

INTRODUCCIÓN A LOS DOMINGOS DE CUARESMA – CICLO “C”.

            La cuaresma es un camino hacia la Pascua y es bueno en este itinerario litúrgico-existencial conocer de antemano los pasos que domingo a domingo los cristianos tenemos que dar. La cuaresma es ante todo la proclamación del itinerario de nuestra salvación que culmina en la Pascua, la cual da sentido a toda la historia y la recapitula. En el ciclo C encontramos una gran catequesis de reconciliación cuyo culmen será la celebración de la pascua[1].

Junto a esta orientación fundamental hacia el Misterio Pascual de Jesús que nos brinda la liturgia, debemos tener en cuenta el mensaje del Papa Francisco para la cuaresma de este año. Aquí afirma que “este misterio de salvación, que ya obra en nosotros durante la vida terrena, es un proceso dinámico que incluye también a la historia y a toda la creación. San Pablo llega a decir: «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19).”

Luego nos da tres jalones o escalones de este proceso o camino cuaresma que tenemos que revivir en nosotros.

En primer lugar, recordar “la redención de la creación”, es decir que ya hemos sido redimidos por Cristo y que esta redención abarca también a la creación: “Si el hombre vive como hijo de Dios, si vive como persona redimida, que se deja llevar por el Espíritu Santo (cf. Rm 8,14), y sabe reconocer y poner en práctica la ley de Dios, comenzando por la que está inscrita en su corazón y en la naturaleza, beneficia también a la creación, cooperando en su redención”.

    En segundo lugar, tener en cuenta “la fuerza destructiva del pecado” que siempre nos afecta y, a través nuestro, afecta también a la creación. “Efectivamente, cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas —y también hacia nosotros mismos—, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca. Entonces, domina la intemperancia y eso lleva a un estilo de vida que viola los límites que nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar, y se siguen los deseos incontrolados que en el libro de la Sabiduría se atribuyen a los impíos, o sea a quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones, ni una esperanza para el futuro (cf. 2,1-11). Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse”.

  En tercer lugar, nunca podemos dejar de considerar “la fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón” que es esencial en el camino cuaresmal. “Por esto, la creación tiene la irrefrenable necesidad de que se manifiesten los hijos de Dios, aquellos que se han convertido en una “nueva creación”: «Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2 Co 5,17). En efecto, manifestándose, también la creación puede “celebrar la Pascua”: abrirse a los cielos nuevos y a la tierra nueva (cf. Ap 21,1). Y el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual”.

      Sobre la liturgia de la Palabra de esta cuaresma tomamos la síntesis del P. Mario Haller: “Los domingos primero y segundo presentan las tentaciones y la transfiguración del Señor. Los otros domingos desarrollan el tema de la paciencia y del perdón de Dios: el Señor es paciente y sabe esperar (tercer domingo), aguarda nuestro retorno con los mismos anhelos y actitudes que el padre del hijo pródigo (cuarto domingo) y nos acoge si nos convertimos; basta con que ese arrepentimiento sea sincero y no queramos pecar más (quinto domingo: la mujer adúltera). Todos estos domingos están orientados, por tanto, en la misma dirección: la conversión, la paciencia divina y el perdón, concedido a quienes, sintiéndose culpables, se esfuerzan por cambiar de vida y experimentar la misericordia divina.

He aquí un cuadro sintético presentado por Jesús Castellano[2];

  AT Apóstol Evangelio
Domingo 1 Dt. 26,4-10

Confesión de fe de Israel

Rom. 10,8-13

Confesión de fe del cristiano

Lc. 4,1-13

Tentación en el desierto

Domingo 2 Gn. 15,5-12.17-18

Alianza con Abrahán

Fil. 3,17-4,1

Transformará nuestro cuerpo

Lc. 9,28b-36

Transfiguración de Jesús mientras oraba

Domingo 3 Ex. 3, 1-8ª.13-15

“Yo soy”. Presencia y liberación

1Cor. 10,1-6.10-12

El camino de Israel

Lc. 13,1-9

Llamada a la conversión

Domingo 4 Jos. 5,9ª.10-12

La Pascua en la tierra prometida

2Cor. 5,17-21

Reconciliados con Dios en Cristo

Lc. 15,1-3.11-32

El hijo pródigo

Domingo 5 Is. 43,16-21

Mirad que realizo algo nuevo

Fil. 3,8-14

Corro hacia la meta que es Cristo

Jn. 8,1-11

La mujer adúltera

 

Lectura vertical:

Antiguo Test. (AT): episodios progresivos de la historia de la salvación vividos en la fe.

Apóstol (Ap.): catequesis progresiva en relación con el Evangelio y el AT.

Evangelio (Ev.): Cristo llama a la conversión y perdona

 

Lectura horizontal:

Domingo 1: la fe inicial de Israel (AT) – la fe en Cristo (Ap.) –Jesús tentado y vencedor (Ev.)

Domingo 2: la fe de Abrahán y la Alianza (AT) – llamados a la Transfiguración de nuestros cuerpos (Ap.) – Cristo transfigurado revelador del Padre, fundamento de nuestra fe (Ev.)

Domingo 3: un Dios que se revela como liberador (AT) – también los cristianos aprenden del camino de los Padres por el desierto (Ap.) – llamados a la conversión (Ev.)

Domingo 4: la Pascua en la tierra prometida, se renueva la Alianza (AT) – llamados en Cristo a ser reconciliados (Ap.) – Dios Padre espera la conversión del hijo pródigo (Ev.)

Domingo 5: Dios hace nueva las cosas, en el futuro del hombre (AT) – llamados a la resurrección (Ap.) – el perdón de la adúltera (Ev.)

La recepción de este anuncio profético de la infinita misericordia de Dios para con nosotros tiene que vivirse, en primer lugar, en nuestra relación con el Padre como experiencia de reconciliación y perdón. Luego en la relación con los demás, ya que la cuaresma nos invita también a recuperar la condición de hermanos. Pero también debemos ampliar nuestra conversión cuaresmal a nuestra relación con toda la creación, ya que como reza el lema propuesto por Francisco para esta cuaresma: «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19).

En fin, acojamos el llamado del Papa Francisco quien nos recuerda que: “la “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc 1,12-13; Is 51,3). Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que «será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación”.

MIÉRCOLES DE CENIZA: COMIENZA EL CAMINO HACIA LA PASCUA

1a. lectura (Jl 2,12-18):

            El profeta Joel, con ocasión de una terrible plaga de langostas, invita al Israel del postexilio a pensar en el día del Señor que está cerca. Y como consecuencia de esto, hace un fuerte llamado a la conversión, que es el texto que leemos hoy. Es de señalar la repetición del verbo “volver” que traduce el hebreo shûb, y que se utiliza para expresar la conversión o “vuelta a Dios”. Es de señalar, también, el carácter interior de esta conversión: “vuelvan a mí de todo corazón…desgarren su corazón, no sus vestiduras…”. La invitación a volver está motivada en la bondad de Dios y en su predisposición al perdón.

Si bien el acento está puesto en lo interior, se expresa necesariamente en lo exterior y lo comunitario: trompetas, ayuno, reuniones y actividades de los distintos grupos y estados.

2a. lectura (2Cor 5,20-6,2):

            San Pablo, presentándose como profeta-embajador de Cristo, nos exhorta también vivamente a la reconciliación con Dios. Para San Pablo la reconciliación es una iniciativa gratuita de Dios que requiere la libre respuesta de los hombres. La obra de Dios fue identificar a Cristo con el pecado en favor nuestro, para justificarnos. La respuesta del hombre es creer-confiar-aceptar este perdón gratuito que viene de Dios en Cristo.

La reconciliación requiere también, para llegar a todos los hombres, la mediación de la Iglesia y de sus ministros o servidores. Debemos notar que S. Pablo llega a esta exhortación como conclusión de una larga reflexión sobre el ministerio apostólico que comenzó en 2Cor 3. Allí, mediante una referencia al texto de Jer 31,31-33, ubica el tema en el contexto de la Nueva Alianza entre Dios y su pueblo dentro del cual Pablo coloca su propia mediación ministerial. A su vez esto le sirve de punto de apoyo para comparar la Alianza del Sinaí escrita en tablas de piedra(cf. Ex 34,1.4) con una Nueva Alianza en nuevas tablas que son los corazones de carne (cf. Ez 11,19; 36,26). Es decir, Pablo reclama unos textos proféticos que anunciaban al futuro una nueva relación entre Dios y su pueblo (nuevo corazón y nuevo espíritu) como superación de la alianza sinaítica (Ex 34). Esta Nueva Alianza (cf. Jer 31-32; Ez 36-37) requiere un nuevo ministerio que también viene de Dios, pues es El quien capacita, y que es fundamentalmente un ministerio de reconciliación.

En resumen, para San Pablo el tema de la reconciliación señala la intervención gratuita de Dios que reconcilia consigo a los hombres por medio de Cristo. Así, el sujeto de la reconciliación es Dios y los destinatarios son todos los hombres. El mediador de la reconciliación es Cristo y el ámbito de la misma es la Iglesia.

 

Evangelio (Mt 6,1-6.16-18):

            La lectura litúrgica de este texto nos lleva a fijar la atención en la invitación a la limosna, a la oración y al ayuno. Con buen criterio se ha elegido este texto por su exhortación a la práctica de estas tres obras de piedad que justamente conocemos como prácticas cuaresmales.

Ahora bien, el análisis de la estructura literaria del texto (que no expondremos aquí) nos invita a sacar otras consecuencias para la interpretación del mismo. Ante todo, teniendo Mt 6,1 (“Tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos: de lo contrario, no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo”) la función de título en relación a 6,2-18 este primer versículo nos da la impostación general de lo sigue. Es decir, Jesús nos advierte de un serio peligro: que al cumplir la voluntad de Dios (= obrar la justicia) realizando los actos de piedad busquemos ser vistos y reconocidos por los hombres. A su vez, la repetición del esquema en las tres estrofas nos muestra que se está ejemplificando un principio general y, por tanto, el acento va puesto en esto y no en los casos particulares. Es decir, la advertencia va más allá de la limosna, la oración y el ayuno; pues abarca todo el obrar del cristiano.

            En breve, pensamos que el mensaje fundamental de Mt 6,1-6.16-18 dentro del contexto del sermón del monte es simple y profundo a la vez. Nos invita a obrar la justicia, esto es, cumplir la Voluntad de Dios de un modo perfecto (5,48) y superior al de los escribas y fariseos (5,20). Y esta justicia perfecta y superior se refiere no sólo a las acciones sino también a la intención. Así, nuestro texto descalifica un modo de obrar propio de los hipócritas que se buscan a sí mismos, que buscan y reciben la gloria o reconocimiento de parte de los hombres, cerrándose así a una verdadera relación con Dios y a recibir la recompensa del Reino de parte del Padre. Como contrapartidanuestro texto propone un modo de obrar propio de los discípulos o hijos quienes buscan sólo agradar al Padre y esperan de El recibir parte en el Reino. Esta es la única intención válida para Jesús.

ALGUNAS REFLEXIONES:

            Podemos decir que en este día se nos entrega una especie de “hoja de ruta” para todo nuestro camino cuaresmal con los temas esenciales de la misma.

Þ Ante todo, resuena en este día el llamado de Dios a la conversión. Dios mismo, por medio del profeta Joel y del apóstol san Pablo, nos invita a volvernos a Él, a dejarnos reconciliar con Él. Así nos lo dice el ministro en nombre de Dios al imponernos la ceniza: “Conviértete y cree en el evangelio”. Esta frase está tomada de Mc 1,15 que la presenta como el primer anuncio de Jesús. Allí se utiliza la palabra metánoia que significa conversión, cambio de mente y actitud. La predicación penitencial de Jesús encuentra su motivación en la llegada del Reino, signo del amor del Padre por los hombres. La bondad de Dios que busca y espera a los pecadores para darles la salvación es el centro de la predicación sobre la conversión que nos trae el evangelio.

            Importa no perder de vista esta novedad de la conversión que se vive en la nueva Alianza. Nos lo explica magistralmente R. Cantalamessa[3]: “Convertirse no significa volver atrás, a la antigua alianza y al cumplimiento de la ley, sino dar un salto hacia delante, entrar en la nueva alianza, agarrar este reino que ha aparecido, entrar en él. Y entrar en él mediante la fe. ‘Convertíos y creed’ no significan dos cosas distintas y sucesivas sino la misma acción: convertíos, es decir, creed; convertíos creyendo. Conversión y salvación se han cambiado de sitio. Ya no es: pecado-salvación-conversión (convertíos y estaréis salvados; convertíos y la salvación vendrá a vosotros) sino más bien: pecado-salvación-conversión (convertíos porque estáis salvados, porque la salvación ha venido a vosotros). Primero está la obra de Dios y después la respuesta del hombre, no viceversa”.

La conversión es un Sí a la persona de Jesús, a su obra, a su mensaje, a su amor. Se trata de convertirse a y de creer en el amor de Cristo. La conversión es aceptar la misericordia de Dios en nuestras vidas, dejarse transformar por ella y transmitirla a los demás.

Þ Ahora bien, sólo acepta el llamado a la conversión, sólo abre su corazón a la misericordia de Dios, aquel que tiene conciencia de ser pecador y necesitado de la Gracia de Dios. Es imprescindible para avanzar por el camino cuaresmal tomar conciencia de nuestra fragilidad, de nuestros límites. En una sola palabra: hace falta la humildad. Sólo el humilde, el que se humilla ante el Señor, recibe su gracia y su perdón. Este es el sentido profundo del rito de imposición de las cenizas que hoy realizamos: “el gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. Se debe ayudar a los fieles, que acuden en gran número a recibir la ceniza, a que capten el significado interior que tiene este gesto, que abre a la conversión y al esfuerzo de la renovación pascual” (Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia. Principios y orientaciones: 124 – 125).

Þ En tercer lugar, debemos recordar que “la Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna.

Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón.

Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia.

Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad” (Francisco, mensaje de Cuaresma 2019).

Þ Por último, el ejercicio de las obras de misericordia, signo y fruto claro del paso de Dios por nuestro corazón. De aquí la fuerte invitación cuaresmal: “Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales” (Mensaje cuaresma 2019).

A modo de conclusión:

            Tomando el tema de la miradadel ser visto – de la que nos habla el evangelio de hoy, podemos proponer esta ‘visión’ sintética en cuatro miradas:

1.     Una mirada a Dios mediante la oración. Orar es elevar los ojos del corazón para encontrarse con “el mirar de Dios que es amor” (San Juan de la Cruz). Experimentar la mirada del Padre en lo secreto y a Él orientar todo nuestro ser buscando agradarle en todo.

2.     Una mirada a nosotros mismos a la luz que brota del mirar de Dios. Esto permitirá que veamos, reconozcamos, confesemos y lloremos auténticamente nuestros pecados. Experimentaremos la compunción, signo de la verdadera conversión del corazón, y experimentemos los efectos sanadores de la misericordia de Dios.

3.     Una mirada al prójimo, al que veremos ahora como hermano necesitado de mi comprensión, de mi perdón, de mi fe, de mi cariño, de mis bienes. Así venceremos la globalización de la indiferencia que nos invade por todas partes practicando las obras de misericordia corporales y espirituales.

4.     Una mirada sobre la creación, a la que veremos como “la casa común”, misteriosamente asociada al pecado y a la redención del hombre; es decir, la afectamos con el poder destructor de nuestros pecados y la beneficiamos cuando vivimos como hijos de Dios.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Cenizas

Un montoncito de polvo,

Quedó de gastar la vida.

No quería que me vieras rezar

Por Él, para Él… pero Él me descubría.

Era gris como las cenizas

Se volaban con un soplido los días.

No quería que me vieras ayunar

Por Él, para Él… pero Él me descubría.

 

Apenas quedó sobre la tierra

Un garabato en un libro hecho plegaria.

No quería que me vieras amar

Por Él, para Él… pero Él me descubría.

Se enterró lo que era todo: VANIDAD

Y se quedó Él, edificando su templo.

No quería yo más que verlo habitar allí

Por mí, para mí… y en mí lo descubría. Amén.

[1] G. Zevini – P. G. Cabra (eds.), Lectio Divina para cada día del año. Vol 3 (Verbo Divino; Estella 2001) 7.
[2] El año litúrgico, memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia, Barcelona, CPL, 1996, 141-142.
[3] La vida en Cristo, PPC, Madrid 1998, 64.
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