Mirando a la Gracia


La vida familiar en la Biblia es difícil y llena de gracia. Los hermanos de José planearon matarlo y luego decidieron, en su lugar, venderlo como esclavo, pero su reunión años más tarde se encuentra entre las escenas más conmovedoras en la Biblia. De la misma manera, David tuvo una relación tensa con sus hermanos, pero fue una visita a ellos que lo inspiró a luchar a Goliat. Incluso Jesús tuvo una relación complicada con su familia. Después de que se mudó a Cafarnaúm, sus visitas a Nazaret no fueron bien. Marcos nos dice que la familia de Jesús una vez vino a arrastrarlo porque pensaban que se había vuelto loco. No obstante, los Católicos hoy honran a sus padres, abuelos y parientes Jacobo (JAMES) entre los más grandes Santos.

“Vino a lo que era suyo, pero su propio pueblo no lo aceptó” (Jn 1:11). Es fácil perder la gracia que viene de la familia. El viejo adagio “La familiaridad engendra el desprecio” no es aplicable a nadie más que a las personas con quien vivimos. Años de proximidad a ellos nos pueden arrullar en olvidarnos que en cada persona Dios todavía está trabajando. Es fácil pasar por alto los cambios, y no apreciar todo lo que ellos significan.

Nunca debemos olvidar que Dios obra a través de las cosas creadas para comunicar el amor divino. Este fue sin duda el caso de Abraham y Sara, quienes vieron a su hijo Isaac como la culminación de su propia fe en la promesa de Dios. El nacimiento de Isaac demostró que Dios estaba vivo y trabajando en el mundo.

El autor de la segunda lectura de esta semana vio una realidad aún más profunda en el nacimiento de Isaac. A través de él, toda la humanidad aprendió que Dios cumplirá cada promesa. Por lo tanto, la vida eterna que Dios prometió al Hijo y sus discípulos será tan inevitable como el nacimiento de Isaac.

Muchos de nosotros podríamos tener dificultades para encontrar dicha gracia entre nuestras propias familias. Si es así, estamos en buena compañía; María y José tuvieron el mismo problema. Los comentaristas patrísticos y medievales encontraron extraño que la profecía de Simeón sobre Jesús dejara a María y José “asombrados sobre lo que se decía de Él.” Los padres del niño ya habían escuchado de Gabriel, Isabel, los pastores y toda la hueste celestial que Jesús era una fuente excepcional de la gracia divina. A pesar de esto, el recordatorio de Simeón los tomó por sorpresa. Igualmente, a menudo olvidamos que nuestros seres queridos pueden desempeñar un papel extraordinario en nuestra propia vida.

La fiesta de hoy nos recuerda buscar el amor de Dios de nuevo a través de nuestros seres queridos. Puede ser difícil de detectar. Una larga familiaridad nos embota nuestra atención. La humildad o la vergüenza puede hacer que quienes están más cerca de nosotros oculten evidencia de Dios obrando en sus vidas. Podemos ver a Dios en los demás sólo cuando nosotros, como Abraham y Sara, primero reconocemos a Dios obrando en nuestras propias vidas. Podemos dejar la gracia en otros transformarnos solamente cuando nosotros, como el autor de la Carta a los Hebreos, apreciamos su lucha para confiar en la Palabra de Dios. La confianza que otros tenían en las promesas de Dios llevó a los padres de Jesús a través de su asombro hacia una fe más profunda. De la misma manera hoy, el trabajo de la gracia en nuestras familias puede fortalecer nuestra propia confianza en el amor de Dios por nosotros.

Este artículo apareció impreso con el título “Catching Sight of Grace,” en la edición del 25 de Diciembre, 2017.

Michael R. Simone, SJ, enseña Escritura en la Escuela de Teología y Ministerio del Boston College

* Artículo reproducido con el debido permiso de America the Jesuit Review. America the Jesuit Review no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy.

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