Misericordia: un amor visceral

77

Cuando anunció el Año de la Misericordia, el Papa Francisco escribió en el Misericordiae Vultus, “Queremos vivir este Año Jubilar a la luz de las palabras del Señor: Misericordioso como el Padre”. En su Evangelio, el de Lucas, Jesús hizo una petición similar: “Se misericordioso como tu Padre es misericordioso”. (Lucas 6:36). A lo largo del resto de su Evangelio, Lucas desarrolló este concepto y retó a todos los aspirantes a discípulos a ponerlo en práctica.

Ese mismo motivo de misericordia es reflejado en cada uno de los textos sagrados de hoy.

En el texto del Éxodo somos supuestamente llevados a aquel tiempo cuando Israel viajó al desierto en busca de la tierra prometida por Dios. No se puede negar que el pecado de adorar al becerro de oro fue uno grave.

Pero, tan grave como fue, la misericordia de Dios por los Israelitas fue mucho más grande. Dios los perdonó y se reconcilió con ellos porque está en la propia naturaleza de Dios el hacerlo.

Como Francisco escribe en Misericordiae Vultus, “La misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual el revela su amor como el de un padre o una madre, movido a las mismas profundidades de amor por sus hijos. Apenas es una exageración decir que se trata de un ¨amor visceral¨. Brota de las profundidades naturalmente, lleno de ternura y compasión, indulgencia y misericordia”.

Esta misma misericordia y amor visceral se extiende a cada uno de nosotros pecadores, ofreciéndonos esperanza porque la gracia de Dios y la misericordia es mucho más grande que cualquier pecado, incluso el más grave de los pecados.

Pablo entendió que el también había sido un receptor del amor visceral y la misericordia de Dios. En la segunda lectura del día de hoy, tenemos el privilegio de leer sobre el hombro de Timothy como Pablo le relata a su joven protegido la historia de su conversión. Al principio un perseguidor de los seguidores de Jesús, Pablo insistió que su metanoia, o cambio radical de parecer, corazón y estilo de vida, fue debido a la gracia y misericordia de Dios. La historia de Pablo nos invita a reflexionar sobre la nuestra de manera de discernir la mano y el corazón de Dios y estar agradecidos por la misericordia de Dios.

El singularmente Evangelio de hoy de Lucas – con su narrativa de las tres entidades perdidas, un oveja, una moneda y un hijo – construye un clímax emocional y dramático. Con cada experiencia de perdido y encontrado, esta parábola construye, dibujándonos hasta que somos llevados a darnos cuenta que somos el hijo pródigo, y que el amoroso y misericordioso Padre espera con ansias nuestro regreso.

Nosotros todos perdemos cosas, y conocemos la sensación de alegría y alivio que llega cuando las encontramos. Sin embargo, una cosa es perder una moneda o incluso una oveja, y otra muy diferente perder un hijo o una hija, o incluso dos hijos, como sugiere la parábola. No sólo el hijo más joven abandonó a su padre, sino que el hijo más viejo estuvo a punto de irse también. No se nos dice el resto de la historia. Sin embargo, nos podemos encontrar a nosotros mismos esperando que el hijo mayor siguiera el ejemplo del más joven, regresando a su padre y reconciliándose.

Intercaladas a lo largo de la parábola están las referencias de regocijo y del hecho de que todos en el cielo celebran cuando los pecadores que se encuentran perdidos son hallados, cuando aquellos que estaban muertos en el pecado, a través de la amorosa misericordia de Dios, vuelven a la vida de nuevo.

Inicialmente, las reacciones del pastor y de la mujer que perdió una moneda pueden parecer exageradas . El Jesuita Fr. Brendan Byrne nos quiere hacer entender que las reacciones exageradas del pastor, la mujer y el padre que perdona tienen la intención de asegurarnos a los pecadores que Dios está ¨locamente enamorado de cada ser humano individual y se regocija exuberantemente sobre encontrar uno que ha estado perdido¨ (La Hospitalidad de Dios, Liturgical Press, 2000).

El hermano mayor en la parábola, en su resistencia a la alegría de su padre y en su resentimiento con respecto a la restitución de su hermano pródigo, puede haber evocado una cierta simpatía de parte de los Fariseos y Escribas que estaban en la multitud. Su argumento, después de todo, era razonable, ¿Por qué un hijo errante que exigió su derecho de nacimiento y luego lo despilfarró en una vida de disipación debería ser bienvenido en casa y celebrado de nuevo una vez más como un hijo amado?.

¿Por qué? Porque nuestro Dios, que está loco de amor por nosotros, es extravagantemente misericordioso – porque nuestro Dios es irracionalmente indulgente. ¿Puedes aceptar a este Dios? ¿O rehusaras tal amor y te encontrarás a ti mismo en el exterior mirando mientras los pecadores perdonados se deleitan en la misericordia de Dios?

Autor: Patricia Datchuck Sánchez
* Artículo reproducido con el debido permiso de National Catholic Reporter. National Catholic Reporter no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy.

Descargar como:  PDF |   Microsoft Word |   Texto Plano   –     Imprimir Artículo