Navidad con espíritu

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Llevados bajo el ritmo de las rutinas y costumbres propias de esta época del año cabe preguntarse, más que por el espíritu de la Navidad, por el significado que estas festividades tienen para vivir una Navidad con espíritu.

Para algunos, la Navidad es una época para realizar deseos y “decretar” aspiraciones o sueños. Más allá de ello la celebración del nacimiento de Jesús permite a creyentes y no creyentes un espacio para el encuentro, la fiesta o el descanso. En un tiempo marcado por el desencuentro y la confrontación, es propicio abrir espacios para pensar y reflexionar sobre una dimensión vital de su significado.

Vista esta celebración desde una perspectiva no creyente podría entenderse como la simple conmemoración del natalicio de un personaje importante de la historia universal. Lamentablemente, así también lo piensan muchos cristianos, por lo que el misterio salvífico de la encarnación queda reducido a la celebración de un acontecimiento privado y particular de un personaje histórico al que un número considerable de personas profesan seguir y creer.

La encarnación, Dios hecho hombre, es uno de los núcleos centrales del cristianismo. Así celebramos que Dios se ha hecho humano y ha asumido nuestra carne. Más aún, en y desde ella se nos ha revelado plenamente. Desafortunadamente esta verdad de fe queda sólo como una consideración teológica cuyo significado y alcance es relegado al estudio de los especialistas que difícilmente logran tener tiempo y acceso para pensar y considerar sus implicaciones.

Hoy, cuando nuestra humanidad se desdibuja y se pierde en la confrontación, en la desesperanza y el temor, este misterio de fe, más que nunca, nos invita a repensar lo humano. Esa realidad que Dios ha amado desde un principio, la ha querido, la ha hecho suya y en la que se nos ha entregado. Pensar lo humano es de vital importancia en un tiempo en el que lo inhumano parece prevalecer bajo el rostro de situaciones que nos deshumanizan cada vez más. Es vital discernir lo económico y lo político en nuestra situación actual; pero es igualmente digno y necesario repensar y ponderar nuestra forma de ser humanos.

La Navidad es la fiesta de nuestra humanidad. Es celebrar aquello que estamos invitados a ser. Se refiere a una humanidad tan absolutamente humana que se abre, más allá de sus límites, a la acogida del prójimo y de lo divino. Ser humano se realiza en el ejercicio diario de humanizarnos y humanizar a otros. No se trata de una simple práctica de piedad o recomendación ética. Es la tarea vital de realizar plenamente nuestra propia existencia.

No se puede ser cristiano negando nuestra realidad humana, o la de otros, ni desvalorizándola. El cristianismo no desconfía de lo humano. Al contrario, se opone a todo lo que es inhumano, como la división y el odio. Más allá de los deseos, la Navidad es el momento para celebrar, valorar, recordar y rescatar nuestra humanidad.

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Félix Palazzi
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas) y en el Boston College (Boston, MA)