Predicamos a un Cristo Crucificado y Resucitado. Meditaciones de Semana Santa

La Semana Santa constituye el corazón del año litúrgico cristiano, es más, en ella tiene razón de ser nuestra propia fe. El acontecimiento histórico de la pasión, muerte y resurrección de Jesús representa un hecho totalmente novedoso tanto en la forma de entender a Dios como en la manera de comprender quién es el hombre y cuál es su vocación definitiva. Lo que haré será presentar brevemente algunas meditaciones en torno al Domingo de Ramos y a los días del Triduo Pascual (Jueves, Viernes y Sábado Santos).

  1. Domingo de Ramos: Entre gritos y palmas 

“Llevaron el burrito a Jesús, le echaron encima sus mantos y Jesús se montó. Muchos alfombraban el camino con sus mantos, otros con ramos cortados en el campo. Los que iban delante y detrás gritaban: ¡Hosana! Bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino de nuestro Padre David que llega” (Mc 11,7-10)[1]. Una de las constantes de la última Semana de Jesús es que hubieron muchos gritos: en la entrada mesiánica, en la expulsión de los mercaderes (Sinópticos), la noche del arresto y la mañana del juicio y de la muerte. El anuncio de la resurrección creo que se expresó también en un grito, mezcla de alegría, temor y desconcierto.

¿Tiene derecho el Pueblo de Dios a gritar? ¿Es una actitud contraria a la fe o es quizás propia de nuestro ser profetas, función obtenida en el bautismo? Los adherentes al profeta de Nazaret expresaron su alegría (y su indignación contra el poder del Imperio) y su esperanza en el “Reino que llega” con sus gritos y las ramas de palma. El día de triunfo del domingo, para nuestra liturgia, tiene un añadido: “Domingo de Ramos en la pasión del Señor”. ¿Qué es pasión? Es padecer, sufrir, comprometerse hasta las últimas consecuencias. Si bien es pasión en el sentido de morir, creo que también es la pasión de Jesús por su pueblo. En otro texto se nos cuenta que Jesús llora por Jerusalén. Jesús es un apasionado, un profeta que grita el Reino. Apasionado por Dios por también por su pueblo.

El Hosana es un grito de júbilo, pero a la vez es una expresión de lo escatológico, de lo que viene y que es esperado. El Reino viene a sub-vertir la muerte de la Cruz y a transformar el sin sentido en Resurrección y “vida en abundancia” (Jn 10,10). Así, este Domingo de Ramos cuando en nuestras comunidades alabemos al Mesías que llega recordemos los gritos de alegría y de esperanza del pueblo.

  1. Jueves Santo: Amor hasta el extremo

“Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que llegaba la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1). Así comienza el Evangelio de la Misa Vespertina de la Cena del Señor, el relato del lavado de los pies. En la noche psicológicamente más tormentosa de la humanidad de Jesús, él mantiene su amor (su pasión) hasta el extremo. El paso al Padre (paso es Pascua) conlleva una kénosis (en la Encarnación Jesús se abajó, se humilló dirá Filipenses 2,6-11) la cual esta noche se palpa en su hincarse y lavar los pies de los suyos, tarea que sólo la realizaban los esclavos (Filipenses volverá a repetir esto de Cristo esclavo/siervo).

El Jueves Santo es el día de las ‘implicancias eclesiales’. ¿Qué es esto de implicancias/implicarse? El diccionario nos dice que “implicar” es comprometerse, ‘acarrear a otros’, ‘responsabilizarse’. Con el gesto del lavado de los pies Jesús está queriendo implicar a su comunidad en el trabajo de los servidores. Así, si la Iglesia de Jesús no se hace ‘esclava’ o ‘servidora’ es que no aprendió nada de la noche del Jueves. Es más, Jesús al momento de lavar los pies al escurridizo Pedro le recuerda ‘si no te lavas los pies no tienes parte conmigo’. Tener parte con Jesús no es otra cosa que responsabilizarse del otro, de compadecerse = compartir el dolor, la pasión. La Iglesia así debe ser una apasionada por Jesús y por su Pueblo.  

  1. Viernes Santo:

 “… no tenía ni presencia ni belleza que atrajera nuestras miradas ni aspecto que nos cautivase. Despreciado y evitado de la gente, un hombre habituado a sufrir” (Is 53,2-3). La conmovedora y cruda primera lectura de la liturgia de la Pasión del Señor de este Viernes, nos coloca en sintonía de lo que viviremos esta tarde. La teología nacida en el continente latinoamericano tuvo la sensibilidad de comprender que hay masas sufrientes que hoy están crucificados. Mujeres violentadas, los no nacidos, adultos mayores con pensiones de miseria, educación fundada en el lucro, intolerancia religiosa/sexual/cultural, pobres en nuestras calles, son esos rostros que ‘no tienen aspecto’, que ‘no nos cautivan’, esos que están ‘habituados a sufrir’.

El drama de la Cruz de Jesús sigue actualizándose a diario a nuestros países y comunidades. Siguen enfrentándose el dios de los fariseos con el Dios de Jesús y de los pobres, de los apasionados por el pueblo. El Viernes Santo es el día del silencio, del callar ante la ignominia del sufrimiento humano. Es hacernos conscientes de que la Cruz aún está presente y que el deber de la Iglesia, si es realmente apasionada por el Reino, es bajar a los pobres de sus cruces. Es simplemente vivir el principio misericordia que se desprende el Evangelio.

  1. Sábado Santo: Día de la misión que comienza en los márgenes

“Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de ellos a Galilea. Allí lo verán, como les había dicho” (Mc 16,7). La noche de la Resurrección, “la madre de todas las Vigilias” como la llamó San Agustín, seremos confirmados en la misión que se dirige a los márgenes. El ángel/Dios mismo según la tradición bíblica, envía a las mujeres ¡sujeto socialmente marginado!, a anunciar a la Iglesia la gran noticia de la Resurrección. Y paradójicamente el envío tiene un lugar concreto: Galilea, los márgenes, la provincial considerada impura, pero el lugar del nacimiento de la proclamación del Reino. El ángel no las envía a Jerusalén o al Templo, ni a la sinagoga, las envía a Galilea.

Con la Resurrección los cristianos recibimos el encargo de ser portadores de vida nueva y transformante. Con la vida que brotó vencedora del sepulcro las esperanzas defraudadas en el escándalo de la cruz renacen. Sobre el sepulcro de Jesús no cayó la corrupción. Él es el eterno viviente y contagia a los suyos en esa vida que no conoce ocaso.

La Semana Santa ha llegado nuevamente con su magia, su tradición y sus contrastes. Es el centro fundante de nuestra fe, entre gritos, desesperanzas y alegrías de resurrección. La Semana Santa nos debe afectar, urgir y provocar a ser testigos de este Cristo Crucificado y Resucitado. ¡Feliz Pascua de Resurrección! 

[1] Seguimos la traducción de “La biblia de nuestro pueblo” de Luis Alonso Schökel.

Descargar como:  PDF |   Microsoft Word |   Texto Plano   –     Imprimir Artículo

Compartir
Artículo anteriorComprendiendo a Guta Oriental en Siria
Artículo siguienteLectio Divina. Domingo de Ramos
Juan Pablo Espinosa Arce
Juan Pablo Espinosa Arce. Chileno. Licenciado en Educación y Profesor de Religión y Filosofía por la Universidad Católica del Maule. Licenciado (Magíster) en Teología Fundamental por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ayudante de Cátedra «Teología Latinoamericana» de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Tutor Académico en Teología de la Congregación de la Santa Cruz en Santiago de Chile. Docente de Ética y Filosofía en el Instituto Profesional Santo Tomás de Rancagua, Chile. Ha desarrollado trabajos investigativos en el área de la Teología Fundamental, de la Teología Política y Latinoamericana y de Educación Religiosa. jpespinosa@uc.cl