¿Qué dirían Thomas Merton y Daniel Berrigan sobre la opción Benedictina?

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Cuando el Teólogo William Stringfellow se mudó a la Isla Block, Rhode Island, en 1967 con su pareja de mucho tiempo, el poeta Anthony Towne, ellos llamaron a su nuevo hogar “Eschaton,” o el Último Día, “porque Eschaton significa el final del mundo coincidiendo con el principio del mundo como el Reino de Dios.” La casa de hecho tiene en realidad una cualidad de otro mundo, situada en lo alto de un acantilado en una isla escasamente poblada. Durante el invierno, los alrededores azotados por el viento y las paredes de piedra bajas son una reminiscencia de las Islas Aran, donde generaciones de Monjes Irlandeses en oración soportaron duras condiciones en lo que seguramente les parecían el fin del mundo.

De hecho, Stringfellow biógrafo de Bill Wylie-Kellerman ha asociado la mudanza a Eschaton con los anhelos monásticos mismos de Stringfellow. “Para ‘salir de América,’ en el ferry, y luego entrar en su casa de la Isla,” Wylie-Kellerman escribió, “era arrojar las ansiedades de la existencia manejadas por el tiempo, para entrar un ritmo de libertad de oración”. Esa fuga mundi, una “huida del mundo,” ha sido parte de la tradición Cristiana desde que los Padres del Desierto imitaron el ejemplo bíblico de Jesús en los primeros siglos del Cristianismo, y que persiste hoy en día. El testigo Thomas Merton, en La Montaña de los Siete Pisos, que relata el momento en que él entró la Abadía de Getsemaní: “Así el Hermano Matthew cerró la puerta detrás de mí, y yo estaba encerrado en las cuatro paredes de mi nueva libertad.”

La popularidad y el activismo social de Merton, irónicamente, lo llevaría fuera de los muros de Getsemaní muchas veces a lo largo de los años, y él organizó un retiro en la Abadía en el año 1964 para un grupo de activistas de derechos civiles y en contra de la guerra, incluyendo a Daniel Berrigan, S.J. Seis años más tarde, Berrigan conduciría al F.B.I. en una persecución de cuatro meses después de estar escondido bajo tierra para retrasar su encarcelamiento por la acción de los Nueve de Catonsville, cuando él y otros ocho quemaron tarjetas de reclutamiento con napalm en protesta por la Guerra de Vietnam. Berrigan fue finalmente capturado en la Isla Block (Stringfellow y Towne le habían estando dando refugio a él en Eschaton) por agentes de l F.B.I. que se hacían pasar por observadores de aves; la foto de dos agentes severos llevándose esposado a un sonriente Berrigan es ahora un símbolo icónico de los movimientos anti guerra.

Berrigan regresaría a Eschaton regularmente a lo largo de los años, y eventualmente pintaba un poema en la pared de atrás de la cabaña donde se quedaba: “¿Dónde esta casa / se atreve a / pararse / al final de la Tierra / y el Mar / se convierte en sueño / amenazante pesado / y nuestro espíritu falla y corre / —hacia la tierra hacia el mar pregúntate— / Te rogamos / proteger/ de las Leyes/ clavadas / alcanzadas / de la segunda muerte / del diente envidioso / de la gran sentencia de condenación / todos / los que viven aquí.”

Los tres hombres — Stringfellow, Merton y Berrigan — fueron unos de los más duros críticos de nuestra nación en la década de 1960, no sólo debido a las Guerras Estadounidenses sino por su obsesión con los ídolos: dinero, poder, sexo, autonomía personal y más. Stringfellow fue el menos conocido de los tres, pero tal vez, el más agudo juez, profundamente crítico de una cultura que él vio como decadente, obsoleta, “una nación caída,” un “principado demoníaco,” una superficialmente Cristiana y a su vez infinitamente trivializante de la Biblia.

La vocación de un Monje es hacia Dios, no un retiro estratégico de algo más

Sus testimonios y escritos vinieron a mi mente varias veces durante las últimas semanas cuando diversos expertos Cristianos estadounidenses de todo el espectro teológico han debatido la necesidad de una nueva Opción Benedictina, un retiro (en parte o en su totalidad) a partir de la cultura dominante a entornos más monásticos donde una Cristiandad auténtica, ortodoxa puede ser preservada de la corrupción y el secularismo hostil de la cultura estadounidense contemporánea. ¿Qué habría, me pregunto, agregado estos tres Jeremías al debate?

Para Merton y Berrigan, yo pienso que la respuesta es bastante directa: sin importar que uno pueda necesitar irse lejos y descansar por un tiempo, para ellos la vocación de la mayoría de los Cristianos es participar en la obra salvadora de Dios, no sólo en la oración sino en otras maneras de acción directa y vida “en el mundo.” Después de todo, sin importar lo que algunos de sus fanáticos despistados pudieran pensar, una vocación de un monje es hacia Dios, no un retiro estratégico de algo más. Pero es el ácido Stringfellow cuya respuesta es la más sorprendente, porque este ardiente crítico de tanto la cultura de los Estados Unidos como de la corriente principal del Cristianismo, autor de la narración titulada Una Ética para los Cristianos y otros Extranjeros en una Tierra extraña, no lo hizo caminar con impulsos escapistas entre sus compañeros. En 1967, el mismo año que él se mudó a Eschaton, él escribió lo siguiente:

Si ellos cumplen la Biblia más altamente, ellos apreciarían que la Palabra de Dios soportaría desmitificación, que la Palabra no puede ser amenazada por nada que sea dado a la humanidad para que descubra y conozca a través de cualquier ciencia o disciplina del mundo …. Más que esto, si los fundamentalistas en realidad tomaran las Biblia seriamente, ellos inevitablemente amarían al mundo más fácilmente, en lugar de temerle al mundo, porque la Palabra de Dios es libre y activa en este mundo y los Cristianos pueden solamente entender la Palabra desde su participación en este mundo, como la Biblia tan redundantemente testifica.

En cuanto al fuga mundi. Stringfellow, igual que sus compañeros críticos, podría haber desconfiado profundamente de muchas partes del mundo cultural en el cual él vivió, pero que no le impidió amarlo.

 

Autor: James T. Keane

* Artículo reproducido con el debido permiso de America The Jesuit Review. America The Jesuit Review no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy.

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