San Ignacio de Loyola, los Jesuitas y el Papa

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La biografía de Ignacio de Loyola de Pierre Emonet y la visión general de la relaciones Jesuitas-Papales de John W. O’Malley son excelentes ejemplos de cómo ricamente informativos bien elaborados breves volúmenes pueden ser.

El texto de Emonet pretende revelar el Ignacio cuyo sesgo, agenda e ideología ha sido a menudo distorsionada y mal interpretada. En 19 mini capítulos, Emonet graba con destreza el carácter complejo confuso mientras captura la médula de la transformación de Ignacio de mentalidad mundana buscadora de gloria a descubridor ascético de una espiritualidad innovadora y fundador de posiblemente la orden religiosa más influyente dentro de la Cristianismo.

Ignacio, quien nació Íñigo López de Loyola, creció como beneficiario de las redes feudales de patrocinio y complaciente de la más grande tradición militar y aspiraciones cortesanas. Ese camino a la fama y riqueza terminó abruptamente el Lunes de Pentecostés, el 20 de Mayo, 1521, cuando, defendiendo la Fortaleza en Pamplona, fue golpeado por una bala de cañón francés, que lo dejó permanentemente fuera de combate – por lo menos en el frente militar. Bien conocida es la historia de la lectura forzada de Iñigo de dos clásicos espirituales, que le llevó su imaginación hacia el mundo de lo sagrado. Durante un tiempo, hazañas piadosas y santas competían con sus caballerías tradicionales. Gradualmente ellas se convirtieron para Iñigo en su primera experiencia del discernimiento del espíritu; más tarde, en Manresa la última sirvió como catalizador de los Ejercicios Espirituales, el documento que se convirtió en la fuente de animación de la Compañía de Jesús.

La búsqueda de la voluntad de Dios, facilitada por las visiones místicas, llevó a Ignacio a la Tierra Santa para meditar sobre Cristo en su pasos. Gradualmente vino la idea del hombre para los demás como la mejor manera de servirlo. En España y en Francia para los estudios esenciales para la realización de su nueva visión, Ignacio, a través de la evangelización, atrajo a una comunidad de compañeros de ideas afines. En Agosto de 1534 tomaron los votos de pobreza y castidad, con la intención de convertir a los Musulmanes en Tierra Santa.

Cuando las guerras en la región acabaron con ese objetivo, Ignacio y los demás se dirigieron a Roma para determinar la voluntad de Dios. Meses de deliberación producen la decisión de formar una orden religiosa, una muy poco tradicional sin monasterio central, ningún hábito distintivo, sin coro mandatorio para la recitación del ministerio y ninguna penitencia comunal – todo esto para preservar lo que era esencial para los miembros del ministerio: la movilidad y la disponibilidad.

Asegurar la sanción Papal fue difícil. La persistencia de Ignacio y la presión de amigos poderosos finalmente hicieron que el Papa Pablo III diera una aprobación oficial a finales de Septiembre, 1540. Sus últimos 18 años los pasó en Roma comunicándose con los Jesuitas en misiones en cuatro continentes, desde Europa a Asia a Las Américas, mientras él trabajaba redefiniendo las Constituciones de la Compañía de Jesús. Murió en 1556 con éstas todavía sin terminar, como corresponde a un texto destinado a ser un documento vivo, siendo ajustado de acuerdo a la cambiante experiencia del grupo. La orden que había comenzado como un puñado compañeros de viaje en Paris había crecido mundialmente a ser un cuerpo con más de 1.000 miembros y con más de 100 Universidades e Instituciones.

La relación entre los Jesuitas y los Papas ha tenido consecuencias trascendentales para la Iglesia a través de los siglos.

En un volumen de apenas más de 100 páginas, John W. O’Malley, Decano de los Estudios Históricos Jesuitas, nos ha proporcionado un tratamiento de despliegue de fuerza de la relación entre los Jesuitas y los Papas, que la tenido consecuencias trascendentales para la Iglesia a través de los siglos.

Dada la extraordinaria composición internacional de su grupo fundador, la Orden Jesuita desarrolló un concepto cosmopolita sin precedentes de misión. El viajar, no la estabilidad, se convirtieron en la forma de vida de los Jesuitas listos para servir a Cristo “en diez mil lugares.” Con el mismo mundo como su campo de apostolado, los Jesuitas veían la autoridad mejor situada para escoger sus misiones. Así nació un voto distinto para esta nueva orden: uno de obediencia al Papa. Este voto especial resultó ser significativo principalmente por su valor simbólico, un valor que fue magnificado en 1550, cuando la Compañía amplió su propósito central mediante la adición de “la defensa” [de la Iglesia] a “la propagación de la fe,” en una época en que el Pontífice estaba grandemente identificado con la Iglesia.

La Compañía, en su fundación, tuvo un Papa que lo apoyaba, Pablo III. No tanto su sucesor, Pablo IV. La antipatía de Pablo a los Españoles, incluyendo mucho a Ignacio, lo condujo a su fallido esfuerzo para controlar la elección del sucesor de Ignacio y limitar el mandato del Superior General de de por vida a tres años. Gregorio XIII, por el contrario, se convirtió en un patrón extraordinario para las piezas centrales de la Compañía en educación en Roma: La Universidades Romanas, Alemanas e Inglesas.

Una nueva crisis surgió en 1586 cuando un grupo disidente de Jesuitas Españoles con origen Judío y Moro sucesivamente persuadieron a los Papas Sixto V y Clemente VIII para intervenir en el funcionamiento de la Compañía para realizar cambios radicales. Ese esfuerzo eventualmente se volvió contra los disidentes. El Decreto 52 de la Quinta Congregación General prohibió la admisiones futuras en la Compañía de ¨aquellos que son de razas Hebreas y Sarracenas,” una norma que mancharía a la Compañía hasta su remoción en 1946 a raíz del Holocausto.

A través de la mayor parte del siglo XVII, asuntos controversiales hizo a veces que Papas interfirieran en el gobierno de la Compañía sin causar daños permanentes. La controversia de los ritos Chinos inició una campaña anti Jesuita que alcanzó su mayor fuerza bajo el liderazgo tortuoso del Primer Ministro Portugués, el Marqués de Pombal, quien sistemáticamente demonizaba a los Jesuitas en su país para racionalizar su expulsión en 1759. El éxito de Pombal energizó a los enemigos de la Compañía en Francia para conseguir su destierro de allí. Con retraso el Papa Clemente XIII trató de contrarrestar las supresiones, pero sus esfuerzos fueron como un árbol en un bosque desierto. España cayó en la línea de supresión en 1767, con la expulsión de todos los Jesuitas de su vasto Imperio.

Finalmente llego la demanda por parte de los gobiernos Borbónicos de que el Papa hiciera la supresión universal de la Compañía. Clemente se rehusó, sólo para morir de una ataque al corazón a los pocos días, en Febrero de 1769. En el Cónclave que lo siguió, los agentes Borbónicos presionaron descaradamente a los supuestamente aislados Cardenales. Después de 185 sesiones de votación los Borbones finalmente obtuvieron a su hombre, el obediente Giovanni Vincenzo Ganganelli. El Papa cada vez más paranoico lo retrasó por más de tres años pero finalmente fue presionado para firma la carta de supresión. Los Jesuitas, quienes en 1750 contaban con una membresía de 22.500, con más de 700 Instituciones Educativas, habían desaparecido canónicamente.

Pero no de hecho. Los Jesuitas sobrevivieron en Prusia y Rusia, gracias a los gobernantes que valoraban sus escuelas, y al sucesor de Clemente XIV, Pío VI, quien en 1775 señalizó a los Jesuitas en Rusia que su supervivencia no le disgustaba. Un noviciado fundado por Catalina la Grande aseguró el futuro de este remanente de la Compañía. A continuación en 1801 llegó el reconocimiento oficial Papal de la Compañía con la carta de Pío VII, “Catholicae Fidei.” Y una restauración total llegó en 1814 con la derrota de Napoleón.

La Compañía restaurada disfrutó de una relación más estrecha con el Papado en los siguientes dos siglos que la que nunca había conocido antes de la Supresión. Los Jesuitas se identificaron con el Papado a un grado mucho mayor; Pío VII llegó a ser considerado como el segundo fundador de la Compañía. La incorporación de tantos Jesuitas en la curia Papal ampliada y centralizada fortaleció los lazos. A medida que el Papa se volvió en el epítome de estabilidad y del viejo orden, los Jesuitas tomaron posiciones firmes con el Papa.

Para el momento en que Gregorio XVI sucedió a León XII en 1829, el Superior General Jesuita, Jan Roothaan, se reunía semanalmente con el Pontífice. Jesuitas individuales estaban involucrados de manera significativa en la promulgación del dogma de la Inmaculada Concepción y en los decretos del Concilio Vaticano I. La revista de opinión La Civiltà Cattolica (La Civilización Católica) (1850) se convirtió en un órgano semi-oficial de la Santa Sede. En el siglo XX el Instituto Bíblico Pontificio y la Radio Vaticana fueron ambos otorgados a los Jesuitas para su gestión. Simbólico de esta colaboración sin precedentes fue la ubicación de la nueva Curia Jesuita en la década de 1930, prácticamente mejilla con codo con la Plaza San Pedro.

Los Jesuitas jugaron un papel clave en el desarrollo de los documentos centrales que el Concilio Vaticano II produjo.

Los Jesuitas jugaron un papel clave en le desarrollo de los documentos centrales que el Concilio vaticano II produjo. La 31va. Congregación General (1965-66) deliberó sobre las implicaciones del Concilio en la vida y el trabajo de la Compañía y escogió un nuevo Superior General, , Pedro Arrupe. Elementos reaccionarios dentro de la Iglesia no tomaron felices la dirección de justicia social que la Congregación había establecido para la Compañía. Algunos en el Vaticano olían Marxismo.

En 1981 Pedro Arrupe sufrió un grave perjudicial derrame cerebral. El Padre Arrupe designó un ”Vicario General”  para gobernar a la Compañía hasta que una Congregación general pudiera ser convocada para elegir a un sucesor oficial. Por primera vez en la restaurada Compañía, el Papa intervino. No habría una Congregación general. Él esta designando a su propio delegado, un Jesuita, para proporcionar liderazgo interino a la Compañía. Algunos vieron esto como el comienzo de otra supresión. Muchos más lo vieron como una usurpación Papal y el final de la autonomía limitada tradicional de la Compañía. Se demostró no ser nada de eso. En 1983 el Papa, sintiéndose mucho mejor con respecto a la Compañía, no solamente permitió que la 33va. Congregación general se reuniera sino que hizo una aparición personal.

Las relaciones reanudaron su carácter cordial en las siguientes tres décadas. Entonces la gran maravilla Papa del año 2013: la elección de Jorge Mario Bergoglio como Francisco I. Por primera vez en la larga historia de la Iglesia, un Jesuita se había convertido en Papa. Incluso con un Jesuita en la silla de San Pedro, los Jesuitas y el Papa permanecen siendo en una muy distintiva dualidad.

CORRECCIÓN, Abril 18. Después de que él sufriera un derrame cerebral, el Padre Pedro Arrupe designó a uno de sus Vicarios generales como líder interino de la Compañía; la versión original de esta historia indicó que el personal de la Curia Jesuita designó a un líder después de invocar las Constituciones de la Compañía.

Este artículo también apareció impreso, bajo el título de “San Ignacio, los Jesuitas y el Papa: una estrecha y compleja historia,” en la edición del 1ro, de Mayo, 2017.

Autor: Robert Emmett Curran                                   

* Artículo reproducido con el debido permiso de América The Jesuit Review. América The Jesuit Review no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy.

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