Santuario mariano: Hogar de María

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La experiencia espiritual que viven los peregrinos en lo santuarios marianos dejan una profunda huella en la vida de las personas que año tras año peregrinan en las fiestas patronales a visitar a la madre en su hogar. El hecho de salir de la rutina cotidiana para ir al encuentro de la madre junto con una multitud, es un acto de fe que se comparte en familia y con otras personas creándose un espacio fraterno de encuentro y alegría.

El Documento de Aparecida describe detalladamente este hecho diciendo que “la decisión de partir hacia el santuario ya es una confesión de fe, el caminar es un verdadero canto de esperanza, y la llegada es un encuentro de amor. La mirada del peregrino se deposita sobre una imagen que simboliza la ternura y la cercanía de Dios. El amor se detiene, contempla el misterio, lo disfruta en silencio. También se conmueve, derramando toda la carga de su dolor y de sus sueños. La súplica sincera, que fluye confiadamente, es la mejor expresión de un corazón que ha renunciado a la autosuficiencia, reconociendo que solo nada puede. Un breve instante condensa una viva experiencia espiritual” (DA 259). Es por ese motivo que el lugar donde se guarda la imagen de la Virgen tiene para la Iglesia y las personas devotas un significado especial por ser “la casa de María,” su “hogar,” un espacio para expresar la fe mariana, un lugar de referencia, pues allí la madre recibe a todos, en especial a los pobres, sus predilectos (Cfr. SILVEIRA, 2013, p. 272).

De la misma manera que un hijo/a se ocupa de que su mamá tenga una casa, sus devotos se ocupan de la casa de la “Virgencita.” Esta actitud la tienen los devotos, tanto por el santuario como en el hogar de la familia, donde la Virgen tiene “su altar” en un espacio de la casa. El teólogo González Dorado dice que “la madre es la que tiene casa, que es la casa y el hogar de los hijos, una casa bien localizada y conocida a la cual los hijos van en cualquier momento. En el caso de María su casa será el modesto oratorio, la iglesia o el santuario” (GONZÁLEZ DORADO, 1988, p.84).

¿Por qué uso el término “hogar de María”?, porque su presencia crea un clima de familia, de hermanos, hermanas, de hijos e hijas que se sienten muy a gusto junto a su madre. Es un espacio acogedor, que invita al silencio y a la contemplación, a la visita sin límites de tiempo, edad, situación económica, salud… Acuden a su encuentro ricos y pobres materiales, familias, ancianos, jóvenes, niños, indígenas, extranjeros…

El testimonio de una participante en una fiesta patronal lo confirma: “Hay gente que dice que Venezuela está desunida, yo creo que no, yo creo que en esto, no estamos desunidos, estamos unidos porque usted ve a toda la gente que está ahí… yo creo que estamos unidos, aquí habemos [sic] blancos, negros de todos los colores, pero estamos ahí, porque estamos con nuestra Madre, pues. La fe une mucho más que cualquier otra forma, yo creo que eso se ve, se percibe y uno se empuja y nadie dice nada porque andamos todos en lo mismo, es como una alegría, pues” (Cfr. SILVEIRA, 2013, p. 273).

Las palabras de Guadalupe a Juan Diego pidiendo un “lugar donde manifestar todo mi amor…” siguen inspirando a cada lugar donde se venera su imagen, porque “así lo ha querido la Virgen.” En una cultura matricentrada latinoamericana, los hijos e hijas que se han ido a otras ciudades, regresan a visitar a su mamá. De la misma manera sus devotos van a visitarla y a celebrar con ella su fiesta, “cumpliendo con la Madre,” como se cumple con la “viejita, que es sagrada.”

Así lo expresa una mujer: “venimos para visitar a la Chinita, aunque sea una vez al año” (Cfr. SILVEIRA, 2013, p. 274). Esto muestra una de las características del pueblo venezolano y latinoamericano, que es la capacidad de acoger en su casa, de recibir a las visitas con mucha calidez y apertura compartiendo lo mejor que poseen. “Porque soy devota de la Chinita, aquí le debemos mucho a la Chinita, la salud de mis hijos, es como venirla a acompañar en el día de su cumpleaños, estar con ella, devolverle lo que ella nos ha dado durante todo ese año, entonces hay que acompañarla” (Cfr. SILVEIRA, 2013, p. 274).

Y acudir cada año es una tradición que se transmite en familia: “yo estoy aquí porque soy creyente desde chiquitica, me han inculcado eso desde pequeña, bueno y quiero que mis hijos también vengan siempre, también” (Cfr. SILVEIRA, 2013, p. 274).

Cada santuario tiene sus características particulares, que recuerdan que “siempre y en todo lugar, los santuarios cristianos han sido, o han querido ser, signos de Dios, de su irrupción en la historia. Cada uno de ellos es un memorial del misterio de la encarnación y de la redención” (DPL 263). Por esta razón son un punto de referencia que define la identidad cultural de cada pueblo.

Se acerca la fiesta patronal de la Divina Pastora en Barquisimeto, Venezuela que se celebra el 14 de enero. El pueblo venezolano está viviendo momentos de mucho dolor, escasez, penurias de todo tipo. La cultura de muerte que reina al tener un alto índice de asesinatos cada semana acrecentado por la insatisfacción de las necesidades básicas, es un clamor que sin lugar a dudas llevarán los hijos e hijas a la madre. La experiencia de sentirse unidos más allá de cualquier diferencia es una oportunidad para buscar caminos de reconciliación y de salida democrática en este momento de oscuridad.

“En los santuarios muchos peregrinos toman decisiones que marcan sus vidas. Esas paredes contienen muchas historias de conversión, de perdón y de dones recibidos, que millones podrían contar” (Cfr. DA 260). Cada fiesta patronal puede ser el momento en el que cada persona tome decisiones junto a la madre experimentando que es posible ser un sujeto activo en la construcción del tejido social que se ha deteriorado. El amor a la Virgen que tiene el pueblo latinoamericano “ha sido capaz de fundir las historias latinoamericanas diversas en una historia compartida” (DA 43). Por eso Ella sigue regalando su amor y encontrando su hogar en el corazón de sus hijos. Un amor capaz de vencer el miedo y crear lazos de hermanad para la construcción de una sociedad más, justa, fraterna y solidaria.

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María del Pilar Silveira
Doctora en Teología por la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Maestría en Ciencias Religiosas por la Pontificia Universidad Gregoriana y Licenciatura en Teología por la Pontificia Facultad de Teología del Uruguay “Mons. Mariano Soler”. Es profesora en la Facultad de Teología de la Universidad Católica Andrés Bello e integra el equipo de la Cátedra Libre “Mons. Romero” en la Universidad Central de Venezuela.