Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo

La festividad de Cristo Rey fue instituida por el Papa Pío XI en su encíclica Quas Primas promulgada el 11 de diciembre de 1925, estableciendo para su celebración el último domingo de octubre ante de la festividad de todos los santos, posteriormente el 14 de febrero de 1969 San Pablo VI en  su carta apostólica “Mysterii Paschalis”aprobó  el nuevo calendario romano general y trasladó esta fiesta para el último domingo del año litúrgico con el nombre de Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo,  para darle un sentido más escatológico a la perspectiva de su segunda venida al final de los tiempos y que se tendrá en cuenta durante el tiempo de Adviento.

El motivo por el que el Papa Pío XI establece esta festividad a la realeza de Cristo  lo refiere en su encíclica antes mencionada: “al llamado  laicismocon sus errores y abominables intentos”, las cuales son: la negación por parte del hombre y de la sociedad al imperio de Cristo sobre las gentes,  la negación a la Iglesia fundada por el mismo Redentor del mundo de enseñar y guiar a todos los pueblos el camino a la  felicidad eterna que es Cristo Jesús, el querer someter a la Iglesia al poder civil por parte de los gobernantes y de sustituir la religión católica a una religión  con sentimientos solamente humanos, es decir, el alejarse y negar a Jesucristo  cayendo en un ateísmo y secularización con las consecuencias lamentables que sufre el ser humano y la sociedad.

Antes estas circunstancias Pío XI nos enseña que Cristo es verdaderamente Rey y en las Sagradas Escrituras nos hablan de su realeza  entre ellas cuando el arcángel Gabriel  anuncia a la Santísima Virgen que iba a ser la Madre del Redentor y le refiere: “le dará el Señor Dios el trono de David, su padre y reinara en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin” (Lc 1,32-33); el mismo Jesucristo en varias oportunidades habló acerca de su realeza como por ejemplo en el anuncio  del juicio final: “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria rodeado de todos sus ángeles, se sentará en el trono de gloria, que es suyo” (Mt 25,31), al responder a Poncio Pilatos cuando éste le preguntó si era rey: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18, 36) y más adelante le confirma  al gobernador romano: “Tú lo has dicho: yo soy Rey”(Jn 18,37); y en su aparición en Galilea antes de ascender al cielo diciéndoles a sus discípulos: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” ( Mt 28,18).

También  Pío XI nos enseña el fundamento de la  realeza de Jesucristo el cual se se funda en la unión hipostática, es decir, cuando Cristo sin dejar su divinidad asume nuestra condición humana menos en el pecado para anunciar el Evangelio, y también cuando llevó a cabo la obra de la redención del mundo con su pasión y muerte salvando al hombre de la esclavitud del pecado, y por esta grandes obras para la salvación de la humanidad Nuestro Señor tiene verdadera  potestad  en el cielo y en la tierra.

Por tales motivos Jesucristo es  verdadero Rey, pero su reino es espiritual el de los valores del Evangelio, el cual el hombre debe vivir en todo momento mediante una auténtica conversión a Dios y al mismo tiempo siguiendo a Cristo, negándose a sí mismo y cargando la cruz (cf. Mt 16, 24), y por eso Jesús anuncia la verdad porque nos    conduce por el verdadero camino para llegar a su reino  de amor, y como  bien le dijo a Pilatos: “Tú lo has dicho: yo soy Rey. Yo doy testimonio de la verdad y para esto he nacido y he venido al mundo, y todo el que está al lado de la verdad escucha mi voz” (Jn 18, 37).  También Nuestro Señor es  Rey en lo temporal ya que el Padre el confió el poder sobre las cosas creadas  extendiendo  su reino  a todos los hombres de la tierra sin excepción; y es  Rey de todas las personas  y de los pueblos porque la salvación y la felicidad está en seguir con convicción los designios y mandatos de Cristo y reconociéndolo como Rey y Señor  de manera pública como privada.

El reconocer a Jesucristo como Rey  implica vivir el Evangelio en cada instante  de nuestra vida terrenal, porque al dejar que  reine  verdaderamente en nuestros corazones nuestra existencia tendrá sentido y  al mismo tiempo el Señor  nos conducirá a una vida más digna, humana y donde prevalezca en las familias y en la  sociedad la justicia, la paz, el progreso y los valores cristianos, por eso el aceptar su majestad es cumplir  su voluntad y mandatos las cuales nos guían  a la verdadera felicidad y a la salvación.

Que la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo nos haga tomar conciencia de aceptar en nuestros corazones su realeza para ser personas dignas  en todo momento, de vivir nuestra condición de bautizados en el mundo, de colaborar para la extensión de su reino en la tierra, de salir al encuentro con el prójimo y así en la hora de nuestra muerte gozar de la presencia de Cristo junto con el Padre y el Espíritu Santo en su reino celestial por toda la eternidad.

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Pedro Reinado Bravo
Columnista de temas religiosos en medios católicos venezolanos.