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En fecha: 19/10/2018 10:04:11 2018 / +0000 GMT
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Autor: P Damian Naninni

Solemnidad del Cuerpo y Sangre del Señor




SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DEL SEÑOR CICLO "B"

Primera lectura (Ex 24,3-8):

Este texto forma parte de la sección mayor de Ex 19,1-24,11 que incluye tres temas entrelazados: la Alianza, la Teofaníay la Ley. La teofanía y la ley están colocadas en el marco de la alianza (Ex 19,3-8 y 24,4-8). De este modo la teofanía pasa a ser un elemento constitutivo de la alianza; y el decálogo se convierte en el documento de la alianza. En la estructura final de la sección la ley se define en función de la alianza con Dios, es el compromiso formal del pueblo ante Dios.

Después de la proclamación del decálogo (20,1-17) y del código de la alianza (20,22-23,19) siguen los diversos ritos de Ex 24,1-11 que sellan la nueva relación entre Dios y su pueblo. Justamente hoy leemos el ritual de la alianza (24,3-8) que mediante la aspersión de la sangre consagra a Israel como nación santa, ya que la sangre era considerada la sede de la vida y por medio de ella el pueblo adquiriría la fuerza vital que elimina el pecado y el mal. El carácter bilateral o de pacto de esta alianza (berît) se pone de manifiesto con el reparto de la sangre en dos partes iguales: una mitad es vertida sobre el altar dedicado a Dios, mientras la otra mitad es rociada sobre los israelitas reunidos. El aspecto propio de imposición de obligaciones al pueblo queda patente en la fórmula de compromiso al final del relato.

Segunda Lectura: Heb 9,11-15

En la sección que abarca Heb 8,1-9,28 el autor va a desarrollar la novedad de la ofrenda sacerdotal de Cristo con la cual se sella la nueva alianza entre Dios y los hombres. Para ello primero demuestra la insuficiencia del sacerdocio antiguo y la ineficacia de sus ritos para establecer una auténtica comunión de vida entre Dios y los hombres. A diferencia del culto antiguo que era ritual, externo y convencional, la ofrenda sacerdotal de Cristo es real, personal y existencial por lo que puede fundamentar una comunión auténtica con Dios y con los hombres. La ofrenda sacerdotal de Cristo es eficaz pues penetra definitivamente en la Morada de Dios para alcanzar la auténtica redención fruto del derramamiento de su propia sangre. La sangre de Cristo, por obra del Espíritu, puede realmente purificar interiormente a los hombres redimiéndolos de sus pecados y haciéndolos aptos para que rindan un culto agradable a Dios. Mediante su muerte sacrificial Cristo cumple la misión de mediador de la Nueva y definitiva alianza entre Dios y los hombres[1].

Evangelio: Mc 14,12-16.22-26

El texto comienza dándonos dos indicaciones temporales, a saber, que nos encontramos en el primer día de la fiesta de los panes ázimos o sin levadura; y que en ese día se sacrificaba el cordero pascual.

Ya en el Antiguo Testamento la fiesta de los panes ázimos aparece unida a la fiesta de Pascua (cf. Ex 12,15-20), aunque inicialmente debió ser una fiesta agrícola en coincidencia con el comienzo de la cosecha de la cebada; donde mientras se preparaba la nueva cebada, se comía el pan sin levadura.

Justamente, el primer día de los ázimos se sacrificaban los corderos pascuales que se comerían en la celebración pascual del día siguiente, que comenzaba después del atardecer. En efecto, “los corderos pascuales se sacrificaban en el templo después del mediodía del 14 de Nisan. Al caer de la tarde los peregrinos tomaban la cena pascual dentro de los límites de la ciudad. Generosamente, los habitantes de Jerusalén ponían a disposición locales para las cenas comunitarias. Así también los discípulos de Jesús solicitaban dónde poder preparar la cena pascual.”[2]

Sigue luego el relato de la preparación de la Pascua por parte de sus discípulos, donde todo sucede tal como Jesús lo predice, y que es paralelo al relato del ingreso en Jerusalén que el mismo Marcos narra en 11,1-6. Dejando de lado los detalles menores, “este pasaje tiene tres funciones teológicas importantes: indicar que en la muerte de Jesús se cumple la verdadera pascua; mostrar que todo eso no es simplemente algo que se padece, sino que ha sido dispuesto y querido positivamente por el Maestro, como previsto no sólo confusamente, sino con precisión. Así, su muerte, lejos de ser un error de cálculo, aparece como el fruto final de toda su lucha de solidaridad con los hermanos, en la fidelidad a ese Dios que le será fiel”[3].

El texto, salteando el relato de la traición de Judas (14,17-21), nos introduce ya directamente en la institución de la Eucaristía durante la última cena. Ante este relato importa distinguir entre la última cena que tuvo Jesús con sus discípulos antes de su pasión; y la cena del Señor que es la reconstrucción de esa comida por parte de la comunidad cristiana después de la muerte y resurrección de Jesús. Los textos del Nuevo Testamento nos cuentan la última cena pero teniendo a la vista la cena del Señor tal como la celebraban las primeras comunidades.

Los tres evangelios sinópticos coinciden en presentar la última cena de Jesús como una comida pascual que tuvo lugar en la noche del 14 al 15 de Nisán (Mt 26,17; Mc 14,12; Lc 22,7)[4].

Jesús y sus discípulos, al reunirse para la última cena, participan de una comida ritual judía de carácter familiar, social y religioso[5]. En esta cena se conmemoraba la liberación de la esclavitud de Egipto, obra de Dios, la Pascua de Israel; y comían recostados sobre almohadones como los señores (signo de liberación) y no en el suelo como los esclavos. Durante la misma Jesús, ocupando el lugar del padre de familia, preside la cena de Pascua y obra algo nuevo dentro de la celebración tradicional. Justamente por eso los textos evangélicos nos relatan exclusivamente los gestos y palabras de Jesús – fórmulas explicativas sobre el pan y sobre el vino – que hacen la diferencia o novedad, omitiendo el resto de los detalles propios de la cena ritual conocidos ya por los judíos.

Dado que en la cena pascual no se comía pan durante el primer plato, la fórmula explicativa del pan ("Tomen, esto es mi Cuerpo") fue pronunciada por Jesús con ocasión de la oración que se recitaba antes de comenzar el plato principal. La fórmula explicativa sobre el vino ("Esta es mi Sangre, de la Alianza, que se derrama por muchos") debió ser pronunciada con ocasión de la acción de gracias que seguía a la comida (según Mc 14,22.26 tuvo lugar después de la fracción del pan y antes de cantar los salmos propios del Hallel pascual). Por tanto, Jesús se sirvió de las oraciones antes y después del plato principal para pronunciar sus palabras explicativas sobre el pan y sobre el vino.

Los relatos de la cena coinciden en describir esta acción de Jesús con cinco verbos: tomó el pan, pronunció la bendición o dio gracias, lo partió, se lo dio y dijo. Los cuatro primeros verbos, en la literatura rabínica, son términos técnicos de la oración de bendición de la mesa antes de la comida. Pero la novedad está en lo que Jesús dice: el pan bendecido y partido es ahora su propio cuerpo (“Esto es mi cuerpo”), recordando que el término "cuerpo" no se refiere a una parte de la persona, sino a todo el hombre. Al respecto dice J. Gnilka que “Jesús refiere el pan inmediatamente a sí mismo o a su cuerpo. Puesto que soma es un circunloquio que designa a la persona, el término podría traducirse también: esto soy yo mismo. Los comensales adquieren en la comida una nueva comunión con él. Desde la perspectiva de la palabra sobre la copa se pone claramente de manifiesto que se trata de una comunión con aquel que va a la muerte”[6].

De la misma opinión es R. Schnackenburg[7] quien afirma: "Efectivamente, con esas palabras hace saber a los comensales que han participado en algo completamente nuevo e inaudito. Este es el motivo por el que la expresión nunca podrá separarse de la acción. Las palabras aclaran la significación del gesto. No debemos olvidar que, para un palestino, el término "cuerpo" (v.22) no se refiere a una parte de la persona, sino a todo el hombre. Por lo tanto "cuerpo" quiere significar la presencia de la persona de Cristo bajo el signo del pan partido y repartido. Una presencia salvífica que se experimenta durante la comida. Pero el gesto de Jesús precisa también el significado de su muerte inminente”.

Por tanto, cuando Jesús habla de su cuerpo entregado le está dando a estas palabras un sentido cultual y sacrificial. Vale citar a J. Jeremías: “Con otras palabras: Jesús habla de sí mismo como víctima”[8]. Por tanto, Jesús presenta su propia muerte como sacrificio pascual con valor de muerte substitutiva, redentora. La nueva donación de gracia, que nos viene de la muerte de Jesús, tiene por objeto la comunión con Dios que se funda en el perdón (cf. Jer 31,34b) y se realiza plenamente en el reinado de Dios.

Pero la dimensión sacrificial de la Eucaristía aparece con mayor claridad por su relación con el vino/sangre. Después de haberles dado la copa de vino a sus discípulos, Jesús les dice: "Esta es mi sangre de la alianza, que se derrama por muchos" (Mc 14,24). Estas palabras designan indudablemente un rito de alianza con sus elementos esenciales: el sacrificio, la comida de la carne de la víctima y el derramamiento de su sangre. Esta frase nos recuerdan las palabras que pronunció Moisés en el Sinaí en el momento de rociar a la multitud con la sangre de los animales sacrificados, sellando así la alianza entre Dios e Israel (cf. Ex 24,8). Los discípulos, en la cena, comen y beben de este sacrificio de comunión en presencia de Jesús, como antes lo habían hecho los israelitas y el mismo Moisés en presencia de Dios (cf. Ex 24,5.11). Ahora es el sacrificio de Jesucristo, su sangre, la que establece la Alianza por la que se forma el nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia.

Que aparezca el término alianza es decisivo porque la institución de la Eucaristía ilumina el evento del calvario revelando su sentido profundo y la palabra alianza define el sentido de la Eucaristía[9]. Podemos decir que en la última cena Jesús, aprovechando el último momento en el que puede libremente hablar con sus discípulos, realiza los gestos eucarísticos y con sus palabras revela que la pasión será la donación redentora de su propia vida. Y mediante ella funda una nueva alianza con Dios y los hombres.

Al final Jesús dice unas palabras anunciando que el cumplimiento definitivo de esta alianza será en el futuro Reino de Dios (14,25: “Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día aquel en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”). Con esto se pone de relieve la dimensión escatológica de la Eucaristía por cuando la muerte del Señor está orientada a la venida definitiva del Reino de Dios a los hombres.

Algunas reflexiones:

 Dentro de los diversos aspectos del misterio eucarístico, las lecturas de este ciclo B se concentran en su dimensión de sacramento de la Nueva Alianza, resaltando la función redentora de la sangre de Cristo.

Para comprender bien la novedad de Cristo es necesario recordar la centralidad del tema de la Alianza para el Antiguo Testamento. Esta vivencia de la relación con Dios bajo la categoría de una alianza o pacto es una originalidad propia de Israel. Nos lo explica bien un hijo de este pueblo, A. Neher[10]: “La dimensión íntima del tiempo bíblico es la alianza. Todo lleva hacia ella y todo deriva de ella. La concepción de una alianza entre Dios y los hombres, y no una mera relación entre ellos, es la contribución más original del pensamiento hebreo a la historia religiosa de la humanidad. Con ella se transforma por completo la sensación humana de lo divino, ya que surge en el hombre una opción que ninguna otra revelación divina ha podido proponer; no se trata de religión, ni de veneración, ni de culto, sino de amor. Que la vocación del hombre consista en amar a Dios, ése es el secreto que manifiesta la alianza a todos los que se adherían a ella”.

La primera lectura nos recuerda el momento en que Moisés sella esta alianza por medio de la aspersión de la sangre, signo de la comunión de vida y de destino entre Dios y su pueblo.

 Ahora bien, la segunda lectura nos muestra que, más allá de sus valores, esta sangre de animales resultaba ser ineficaz para quitar los pecados del corazón del hombre. De hecho Israel rompió esta alianza con sus reiterados pecados, por lo que el profeta Jeremías (cf. Jer 31,31-34) anuncia como única salida el establecimiento de una nueva alianza con características diferentes: será interior, personal y fundada sobre el perdón de los pecados.

Esta nueva Alianza ha sido establecida mediante la muerte redentora de Cristo. Donde la sangre de los ritos antiguos se mostraba eficaz, la sangre de Cristo ha logrado realmente purificar a los hombres de sus pecados alcanzando de Dios el perdón total. Además, la sangre de Cristo, que simboliza su muerte y su resurrección, ha logrado establecer una verdadera comunión de vida entre Dios y los hombres, una nueva alianza. En efecto, esta nueva Alianza es el fruto de la nueva y definitiva Pascua, la Pascua de Jesús, la cual es celebrada en cada Eucaristía.

La Eucaristía es, por tanto, el sacramento de la Nueva Alianza por cuanto hace presente, actual y operante esta mediación obrada por Cristo. Este es su sentido original, como explica A. Vanhoye[11]: "Por medio de la institución (de la Eucaristía) Jesús se ofreció a sí mismo y fijó de esa manera el sentido de su pasión y de su resurrección. El sentido normal de la muerte es el de una ruptura irremediable entre las personas, más aun si se trata de la muerte de un condenado. Sin embargo, en la Última Cena, Jesús dio a su muerte de condenado un sentido completamente opuesto, el de un acto generoso de comunión, fundación de una alianza definitiva. Las palabras de la institución: "Bebed todos, que esta es mi sangre, la sangre de la alianza" efectúan y revelan esta transformación del sentido de la muerte. Establecen la pasión de Cristo en su orientación maravillosa de sacrificio de alianza entre Dios y los hombres. El gesto sacramental expresa de una manera especial la eficacia comunitaria del sacrificio de Jesús. Por medio de su sacrificio Jesús se convierte en comida y bebida para nosotros. Su sacrificio, por tanto, no sólo lo hace agradable a Dios, sino también sirve de beneficio y provecho para nosotros, ya que nos pone en estrecha comunión con Él y por medio de Él, con Dios".

Al mismo tiempo no podemos olvidar nuestra estrecha vinculación con el sacrificio de Cristo, del cual, como Iglesia, tomamos parte y por eso tenemos que participar de modo pleno, activo y consciente en cada misa ofreciendo allí nuestra propia vida. Al respecto dijo el Papa Francisco: “cada celebración de la eucaristía es un rayo de ese sol sin ocaso que es Jesús resucitado. Participar en la misa, en particular el domingo, significa entrar en la victoria del Resucitado, ser iluminados por su luz, calentados por su calor… Su sangre nos libera de la muerte y del miedo a la muerte. Nos libera no solo del dominio de la muerte física, sino de la muerte espiritual que es el mal, el pecado, que nos toma cada vez que caemos víctimas del pecado nuestro o de los demás. Y entonces nuestra vida se contamina, pierde belleza, pierde significado, se marchita. Cristo, en cambio, nos devuelve la vida; Cristo es la plenitud de la vida, y cuando afrontó la muerte la derrota para siempre: «Resucitando destruyó la muerte y nos dio vida nueva». La Pascua de Cristo es la victoria definitiva sobre la muerte, porque Él trasformó su muerte en un supremo acto de amor. ¡Murió por amor! Y en la eucaristía, Él quiere comunicarnos su amor pascual, victorioso. Si lo recibimos con fe, también nosotros podemos amar verdaderamente a Dios y al prójimo, podemos amar como Él nos ha amado, dando la vida” (Audiencia del miércoles 22 de noviembre de 2017).

En síntesis, las lecturas de este domingo nos invitan a meditar sobre un aspecto algo olvidado del misterio Eucarístico, como es su dimensión de sacramento de la Nueva Alianza y el valor redentor de la sangre de Cristo.

PARA LA ORACIÓN (RESONANCIAS DEL EVANGELIO EN UNA ORANTE):

Generoso hasta el infinito

Señor, Alimento mío,

Vacío me encuentro y a la espera...

Cada palabra tuya es una caricia de Amor

Sonido creador de toda forma y color

Pureza del Artista: Belleza.

Espigas doradas del trigo, se entregan al viento

Adornan tu camino y te acompañan

Se aprestan a ser alimento

Silbando su alabanza

Los pasos del Mensajero

Se reconocen a lo lejos. También suenan

El roce de sus mantos, los reproches sangrientos...

El silencio será de muerte cuando calle el Verbo.

Nunca se apague tu Voz, Señor

A mi oído llegue el delicado rumor

De tu Espíritu: salud de los enfermos

Despierta mi verdadero apetito

Aplaca mis deseos.

Es tu Cuerpo y tu Sangre

No es historia, es realidad ahora

Tu Resurrección, la vida que se derramó

Cuando me viste morir en tu Pasión

Por mi pecado y mi traición.

Hoy me acerco agradecido

Amigo entrañablemente mío

Generoso hasta el infinito, Inmenso

Pequeño en un trozo de pan y Bendito:

Dios me asimila y me transforma

En su Hijo Jesucristo. Amén.

[1] En todo esto hemos seguido de cerca a A. Vanhoye, La Cristología sacerdotal de la carta a los Hebreos (CEA; Buenos Aires 1997) 111-123.

[2] F. Lentzen-Deis, Comentario al evangelio de Marcos (Verbo Divino, Estella 1998) 414.

[3] T. Beck – U. Benedetti – G. Brambillasca – F. Clerici – S. Fausti, Una comunidad lee el evangelio de san Marcos (San Pablo; Bogotá 2006) 586.

 [4] Lucas lo destaca todavía más al añadir la frase: "He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión" (22,14).

[5] Nos dice J. Jeremías que por falta de espacio dado el aluvión de peregrinos, desde el s. I a.C. sólo la inmolación del cordero se efectuaba en la explanada del Templo mientras que la comida pascual se celebraba en las casas de familia, en La Última cena. Palabras de Jesús (Cristiandad; Madrid 1980) 43.

[6] Cf. J. Gnilka, Evangelio según san Marcos II (Sígueme; Salamanca 2001).

[7] El evangelio según san Marcos (Herder; Barcelona 1980) 257.

[8] J. Jeremías, La Última cena, 244.

[9] Cf. A. Vanhoye, La nuova alleanza nel nuovo testamento (PIB; Roma 1995) 42.

[10] La esencia del profetismo, 103

[11] La Cristología sacerdotal de la carta a los Hebreos (CEA; Buenos Aires 1997) 170-171.

 

 


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