Testigo de una vida que el mundo no conoce

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Estamos de fiesta en nuestra Iglesia por la beatificación de Mons. Oscar Arnulfo Romero, un hombre bueno que ya es figura pública mundial. Y por lo tanto su vida está expuesta a diversas interpretaciones, riesgo que corre toda persona al salir del ámbito privado al público pues su vida queda a merced de la hermenéutica de quienes nos hacemos voceros de su historia de vida.

Esto lo demuestran las variadas interpretaciones sobre su vida, su legado, su muerte que a través de diversos medios se han difundido de manera especial en estos días. Algunas tienen un sesgo político y responden a ideologías claramente definidas que ven en este momento histórico una oportunidad para hacer propaganda partidaria.

Es evidente que este es un momento muy propicio para hablar de Mons. Romero y demostrar públicamente la amistad con él y la comunión con su pensamiento. Y el hacer amigos estableciendo vínculos de amor, de solidaridad con los que todavía peregrinamos en este mundo, es uno de los frutos de los bienaventurados como Mons. Romero que vive en Dios. Una amistad que va más allá de divisiones ideológicas y credos religiosos, donde el Espíritu Santo es el que crea esos lazos invisibles que hace posible la fraternidad y el milagro de la unidad en la diversidad. Un verdadero Pentecostés en especial para nuestra querida y sufrida Iglesia Latinoamericana.

En la homilía del 13 de mayo de 1979 dirigida a un grupo de jóvenes que iban a ser confirmados dice:

«(…) Diez días después que Cristo subió a los cielos, sobre Jerusalén se vio llover el Espíritu Santo que venía a fecundar al mundo con la presencia mística de aquel Cristo que es agua que fertiliza a los corazones. Y desde aquel pentecostés que inició la vida de la Iglesia, continuación de la vida de Cristo en el mundo, continúa la Iglesia dando el Espíritu de Cristo a quienes creen en Él. Y todo aquel que cree en Cristo, y como ustedes queridos jóvenes se acercan a recibir el Espíritu de Cristo, son tierra fecunda».

Estamos viendo “llover el Espíritu Santo” en nuestras tierras fecundas para mostrar al mundo que es posible vivir en fraternidad. Experiencia que sin duda se vivió ayer en El Salvador donde Mons. Romero, obispo, pastor y mártir reunió junto a sí a sus hermanos y hermanas, en una fiesta de resurrección donde triunfó la vida sobre la muerte. Quizás muchos de los allí presentes o ausentes, fueron enemigos durante la guerra y saben lo que significó desobedecer a la ley de Dios que manda “no matar” y que Mons. Romero en su última homilía en la Catedral hizo referencia. Una vez mas quedó de manifiesto que la desobediencia a una ley divina trae frutos de muerte, de destrucción y de odios ya anunciados proféticamente por su pastor. Y también se demostró que aquellos que abrieron su corazón a la “lluvia del Espíritu”, recibieron el perdón que restaura y reconcilia desde dentro sanando y estrechando nuevos lazos que crean fraternidad.

Culmino citando nuevamente la homilía a los jóvenes confirmandos, sus palabras tan actuales nos invitan a acrecentar nuestra fe en este momento histórico:

«El sacramento que ustedes van a recibir ahora, es el sacramento de los mártires. Mártir quiere decir testigo, testigo de una vida que el mundo no conoce. Testigo de una vida que el mundo no conoce y que por eso la persigue y la calumnia. El confirmado tiene que ser un joven, una mujer valiente para dar su cara por Cristo como los mártires. No tuviéramos las gloriosas páginas del martirio en la Iglesia de Cristo, si no hubiera sido por este don del Espíritu Santo que ustedes van a recibir.

¿Quién le pudo dar fortaleza a los jóvenes, a las virgencitas de aquel tiempo, para morir entre las fieras o bajo la cuchilla de los verdugos sino la fuerza del Espíritu Santo que les hacía confirmados en esa fe, morir antes que traicionar su cristianismo?¡Cuánto necesitamos esta valentía en esta hora de cobardes, de traidores, de vendedores de su fe! Jóvenes, en ustedes la Iglesia se renueva, en ustedes el Espíritu de Dios es como agua fecunda para la humanidad de esta Arquidiócesis que vive en esta noche un Pentecostés no sólo en su Catedral, sino en todo el ámbito de sus fronteras gracias a que ha habido mártires que han sido nobles, profesionales de su confirmación, de su bautismo, de su eucaristía, de su fe en Cristo».

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María del Pilar Silveira
Doctora en Teología por la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Maestría en Ciencias Religiosas por la Pontificia Universidad Gregoriana y Licenciatura en Teología por la Pontificia Facultad de Teología del Uruguay “Mons. Mariano Soler”. Es profesora en la Facultad de Teología de la Universidad Católica Andrés Bello e integra el equipo de la Cátedra Libre “Mons. Romero” en la Universidad Central de Venezuela.