Una fe sapiencial y profética

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Todas las culturas han conocido manifestaciones proféticas y sapienciales o de cultivo de la sabiduría. Culturalmente son los mayores los que mantienen las tradiciones, la memoria, las formas religiosas, de socialización, economía y de comunión con la naturaleza. Y el mundo bíblico también ha conocido a hombres y mujeres que, movidos por el Espíritu de Dios, han sido constituidos profetas y profetisas que han hablado de parte de Dios. Y el mismo cristianismo sostiene que en el bautismo el neocristiano adquiere la función profética de Jesucristo. En esta reflexión, quisiera volver sobre estos dos conceptos: sapiencialidad y profetismo y sobre la necesidad de recuperar continuamente la sabiduría popular, las experiencias personales, las formas de situación histórica, la visión del mundo y el discernimiento del paso de Dios sobre la historia del ser humano y de los pueblos. No hay profetismo sin sabiduría, y no hay sabiduría sin práctica profética.

¿Qué significa ser sabio? ¿Qué es cultivar la sabiduría? La sabiduría, “antes de asumir la forma concreta de los diversos géneros literarios con los que la presentan las Sagradas Escrituras es consecuencia de una actitud humana de percepción de los valores y desvalores de la vida, actitud conectada a la capacidad espiritual que tienen las mujeres y los hombres, israelitas o no[1]. Es llamativo el concepto de percepción. En griego se dice aiesthesis que significa estética, y más específicamente “teoría de la percepción de los sentidos”, “sensibilidad”. En otras palabras, para experimentar la sabiduría el ser humano debe tener un gusto especial, una capacidad determinada de poder saborear la vida y unir a ella lo espiritual. Aquí no hablo directamente de espiritualidad cristiana, mariana, bíblica. No, la espiritualidad la comprendo de manera más holística. Es dejar que el espíritu, el alma, la inteligencia, los sentimientos se puedan ir desplegando históricamente en diversas formas. Es tener la capacidad de, como dice el cantante chileno Eduardo Peralta ser una flecha dirigida al corazón del cielo. Es la posibilidad de trascender, de dejar huella. El hombre y la mujer sabios son sede de cultura, son referentes históricos, son expresión de una tradición guardad por siglos. Y por ello se debe valorar la sabiduría, y por ello se debe respetar a los viejos.

Y, la sabiduría el estar emparentada con el desarrollo espiritual, adquiere una relación íntima con la Divinidad. Es más, “esta capacidad espiritual, raíz de toda sabiduría, pone de manifiesto la presencia de la divinidad en los seres humanos ya desde el comienzo de la Creación. Gracias a ella, el hombre puede encontrarle un sentido a la vida, por más difícil, complicada o confusa que se presente. Lo que pretenden el sabio y la sabiduría es dar respuesta a los grandes desafíos que presenta la historia y a sus ambigüedades[2]. Encontrarle un sentido a la vida y a la historia a pesar de las ambigüedades. Es por ello que la sabiduría es profética, porque es capaz de mirar la vida desde los ojos de Dios. Es una tarea de discernimiento de los signos de los tiempos (Cf. Gaudium et Spes 4,11,44), de contemplar y comprender la acción de Dios en los acontecimientos históricos. Por ello es que autores como Carlos María Galli sostienen que ”interpretar el Soplo de Dios en esta hora es un ejercicio de la profecía, o sea, del conocimiento de la fe que discierne lo que Dios gesta en la historia. Estamos llamados a discernir los signos de nuestro tiempo desde el Evangelio”[3].

Este ejercicio de profecía supone la presencia del Espíritu que alienta las expresiones de la sabiduría. Y el Espíritu está soplando con fuerza desde el Sur. Las nuevas reflexiones de pensamiento, dentro de las que se incluye la teología, están afirmando que los países de la periferia del mundo (América Latina, Asia, África y Oceanía) están renovando la fe. Hay una sabiduría, una epistemología, una profecía desde el Sur que se realiza en clave experiencial. En nuestras comunidades andinas, sureñas, africanas, asiáticas, oceánicas tiene, muchas veces un valor mayor las vivencias de Dios que la reflexión teórica. Hay lo que se denomina una primacía de la praxis, de la práctica, de lo operativo por sobre el discurso. Y también esta praxis es sabia porque es reconocimiento de la acción y del Soplo, incluso del rugir volcánico del Espíritu que permite renovar las estructuras y que apuestan por el bienestar, la fraternidad, la solidaridad y la búsqueda de la justicia. Hay que poner en práctica la construcción de espacios en donde los climas organizacionales lleven el sello del Espíritu de Jesús, Señor y dador de vida, que está soplando desde abajo y desde adentro.

A propósito de esto, Diego Irarrázaval sostiene que “a lo largo y ancho del continente (sudamericano) abunda la sabiduría sobre energías presentes en el acontecer cotidiano, que hoy es reforzado por el pensar medioambientalista, por aportes feministas, y por lo intercultural e interreligioso. Dicha sabiduría es polifónica, con ricas creencias y ritualidades que empoderan al pueblo secularmente marginado. La lectura crítica de esas energías requiere de líneas orientadoras, que provienen del Evangelio. La Buena Nueva alienta los itinerarios espirituales de la humanidad”[4]. Por ello es que hemos de reconocer que nuestras comunidades precisan de itinerarios polifónicos, llenos de color y nunca encorsetados, simbólicos, corporales, anímicos y espirituales, por medio de los cuales se pueda hacer experiencia profética y sapiencial. Es todo el Pueblo de Dios animado por el Espíritu el que puede anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios y del cumplimiento del tiempo (Cf. Mc 1,14-15). Hemos de renovar continuamente el don profético adquirido en el bautismo que permite el ejercicio del sensus fidei, es decir, del asentimiento comunitario a la fe y a las costumbres de la Iglesia (Cf. Lumen Gentium 12).

La profecía y la sabiduría al asumir el sensus fidei permite reconocer que ella está eclesialmente situada, es decir, es solidaria con la comunidad creyente. El profeta y el sabio animado por el Espíritu no son sujetos aislados, sino que están vinculados a una historia, a otros, a Dios, a un destino y a una esperanza. Por ello la profecía se vive temporalmente en el hoy, el medio de las contradicciones de la cultura y de la historia. Y por ello es que hablamos de una fe profética y sapiencial, en tanto que la fe constituye una forma de estar en el mundo, junto con ser la respuesta histórica del ser humano al Dios que se autocomunica con la creatura en el espacio y en el tiempo (Cf. Dei Verbum 5). Hemos de constituirnos día a día en una comunidad profética, carismática y sapiencial, en una Iglesia que de sentido a las grandes cuestiones del ser humano y de nuestra cultura. Hemos de saber acompañar los procesos de crecimiento de cada uno de los que acuden a nuestras pastorales, siempre rescatando sus sabidurías y trabajando sobre ellas, nunca al margen. Es una invitación a considerar que la experiencia religiosa previa tiene una importancia fundamental en el ejercicio profético.

Resumiendo. La experiencia profética y sapiencial se comprende como un ejercicio de discernimiento y de anuncio actual. Como dice el pensador judío André Neher, la profecía “no está necesariamente ligada al porvenir; tiene su valor propio, instantáneo. Su decir no es un predecir; se da inmediatamente en el instante de la palabra”[5]. Tenemos esa mala comprensión de que el profeta es un adivino que proyecta su palabra para un plazo indefinido. No. El profeta actualiza en el hoy de su historia, de su comunidad y de su cultura la palabra de Dios. Por ello su sabiduría se comprende como esa capacidad espiritual de reconocer a Dios en los signos de la época. La sapiencialidad hemos de valorarla y asumirla como espacio de crecimiento y como luz que permite superar las contradicciones de la historia. La invitación es a crear comunidades sabias y proféticas que, desde el Espíritu de Jesús, permitan construir el otro mundo posible, la sociedad justa, fraterna y solidaria.

[1] Equipo Bíblico Claretiano, Derramará como lluvia su sabiduría. Libros sapienciales (Editorial Claretiana, Argentina 2001), 7. El destacado es propio.
[2] Equipo Bíblico Claretiano, Derramará como lluvia su sabiduría, 7-8.
[3] Carlos María Galli, “El amor y la alegría en Evangelii Gaudium”, en Sociedad Argentina de Teología, XXXIII Semana Argentina de Teología: La caridad y la alegría paradigmas del Evangelio (Ágape, Buenos Aires 2015), 65-103, 67.
[4] Diego Irarrázaval, “Comprensión vivencial del Espíritu en Sudamérica”, en Concilium 342 (2011), 625-635, 629.
[5] André Neher, La esencia del profetismo (Sígueme, Salamanca 1975) 9
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Juan Pablo Espinosa Arce
Juan Pablo Espinosa Arce. Chileno. Licenciado en Educación y Profesor de Religión y Filosofía por la Universidad Católica del Maule. Licenciado (Magíster) en Teología Fundamental por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Ayudante de Cátedra «Teología Latinoamericana» de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Tutor Académico en Teología de la Congregación de la Santa Cruz en Santiago de Chile. Docente de Ética y Filosofía en el Instituto Profesional Santo Tomás de Rancagua, Chile. Ha desarrollado trabajos investigativos en el área de la Teología Fundamental, de la Teología Política y Latinoamericana y de Educación Religiosa. jpespinosa@uc.cl