Ver a nuestras madres como personas

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Ha habido momentos en que realmente vislumbré a mi madre y la entendí como una persona completamente separada de mí. Verla aceptar un premio cuando era una adolescente frente a una sala llena de personas bien vestidas sentadas frente a ensaladas de lechugas iceberg del hotel. Al verla bailar, sus labios ligeramente fruncidos, su falda siempre larga, siempre cortando el aire. El momento anual cuando ella cargaba las revistas, el vodka y la Coca-Cola dietética en la parte trasera de su Jeep Cherokee y se alejaba manejando para pasar un fin de semana sola en una cabaña.

Estoy impresionada con el poder y, tal vez, con la escasez de estos momentos. Hay tan pocos de ellos. Incluso ahora, después de 37 años conociéndola, es como si no pudiera verla por completo. Estoy demasiado cerca. Es como si estuviera en un museo vagando y parada demasiado cerca de una pintura abstracta de gran formato de la que estoy locamente enamorada. Si sólo pudiera dar un paso atrás y absorberlo, en su totalidad. Estoy atascada estudiando una pulgada por vez.

Si tan solo pudiera ver a mi madre tal como es, en lugar de cómo una predicción psíquica de lo que me pudiera convertir. O un hechizo generacional que romper. O un santo al que adorar. O una herida que sanar. Es todo muy confuso, tan turbio. Soy lo suficientemente mayor para comprender que es mucho más sobre mí que sobre ella.

Me hace preguntarme: ¿Puede un niño — una hija, especialmente — alguna vez reconocer la verdadera vida interior de una madre?

Es una pregunta importante para mí mientras trato de hacer crecer una relación adulta — a veces vertiginosamente, a veces torpemente — con mi propia madre. Y es una pregunta importante para mí mientras contemplo mi destino como madre de dos hijas. Algún día, ¿tendrán esta misma lucha? ¿Estarán ellas interesadas en quien soy yo? ¿Sabrán como alejarse y verme? ¿Eso importa?

Ni siquiera yo misma me veo con precisión. Estaré sentada en la oscuridad, amamantando a mi más pequeña, y de repente me daré cuenta que yo soy su madre. Que he sido madre por casi cuatro años. Que soy la madre de alguien, me lo diré en mi cabeza. Suena absurdo, incluso mientras he estado cubierta de leche y heces y vómito todos estos años. Incluso mientras he estado arrastrando a estas niñas por todo el país, incluso mientras he aprendido que gritos son sólo las últimas breves rebeliones contra el muy necesitado sueño y cuáles son inconsolables sin mi toque.

Tengo mucha inteligencia sutil sobre como mantener vivos a los pequeños humanos que nunca antes había tenido. Mi cuerpo se ha transformado — dos veces por el embarazo, pero también después; Me han crecido unos bíceps impresionantes después de cargar bebés de 25 libras subiendo y bajando las escaleras. De alguna manera, todavía estoy tratando de ponerme al día con la idea de que soy una madre, de que me he ganado esos galones sagrados.

Así que no puedo verme como una madre y no puedo ver mi propia madre como algo más.

Es particularmente extraño que no pueda poseer la cosa de la madre cuando mi experiencia de vida ahora mismo está tan definida por ella. Cuando estoy con mis hijas, y estoy con ellas bastante, me siento como yo misma , pero un poco callada. No puedo escuchar muchos de mis propios deseos o necesidades porque sus deseos y necesidades gritan demasiado fuerte. Lo cual está bien. Ellas todavía son muy jóvenes, Yo sé que es temporal. Esta es la razón por la que cada vez que tengo la oportunidad tomo largas duchas o cuando me estoy volviendo loca. Dejo que el agua caliente caiga sobre mis hombros y trato de escucharme a mi misma pensar y sentir de nuevo. ¿Qué deseas?, me pregunto. A veces no tengo las respuestas, pero la oscuridad y el agua y la puerta cerrada son suficientes para restablecer algo dentro de mi que me permite sonreír genuinamente cuando Maya, mi hija de 3 años, entra al baño mientras me estoy secando el cuerpo y me mira fijamente como estudiándome y luego pregunta si ella puede ponerme loción conmigo.

El otro día me preguntó, de la nada, “¿Por qué tienes que trabajar?” Y yo le dije, “Porque todo en esta casa cuesta dinero. Y porque a mi me gusta trabajar.” Yo sabía que el dinero era un concepto demasiado abstracto para ella, todavía, y que lo que ella realmente estaba preguntando, “¿Por qué hay algo siempre que te aleja de mí?”

Lo cuál es una forma de “¿Quién eres realmente cuando no estás conmigo?” O tal vez incluso, “¿Por qué existe un tú que no es mi madre?”

En ese momento, me sentí un poco irritada. Ella está pegajosa en estos días. Le cuesta trabajo despedirse y se entristece. Quisiera sólo poder irme sin prepararme por tener que decepcionarla. Yo quiero convertirme en mi propia no madre sin sentir como que la estoy lastimando.

Pensándolo más tarde, enfatizando con la pregunta. No sólo se trata de querer a tu madre. Es un desafío conceptual. Quizás ella sólo está comenzando a pararse tontamente ante la pintura que soy.

Autor: Courtney E. Martin.
* Artículo reproducido con el debido permiso de O’Being by Krista Tippett. O’Being by Krista Tippett no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy.

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