XXXV aniversario del martirio de Mons. Romero

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Estamos celebrando el último aniversario del martirio de Mons. Romero, antes de su beatificación anunciada por el Papa Francisco y prometida para el 23 de mayo del 2015. Han pasado 35 años del hecho cruento de su muerte y en la memoria de los salvadoreños y salvadoreñas sigue vivo el recuerdo del obispo que con sus palabras proféticas invitaba a la no violencia en un momento donde aumentaban muy rápidamente las situaciones de violencia y muerte fomentadas por una brutal represión.

Su intercesión como mediador que buscaba soluciones pacíficas y no violentas, fue aparentemente “derrotada” con su muerte. Los fieles que escuchaban atentos su homilía dominical ya sea asistiendo a la Misa en la Catedral de San Salvador o a través de la emisora radial en la que denunciaba con nombre y apellido a las víctimas y a los responsables de muertes y violaciones de derechos humanos, quedaron dolidos y desesperanzados, como ovejas sin pastor. Quizás esperaban frutos inmediatos de paz, de conversión, de cambios concretos en los responsables de tales calamidades.

“Yo quisiera hacer un llamamiento de manera muy especial a los hombres del ejército y en concreto a los hombres de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles: hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice ‘No matar’. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Una orden inmoral nadie tiene que cumplirla”.

Su martirio interrumpió su mediación y dejó al pueblo que confiaba en su ayuda, bajo el poder de aquellos que libremente prefirieron ser oídos sordos a su voz convencidos que el camino de la muerte era el más efectivo y rápido para terminar con las reivindicaciones de justicia y de paz. Ese hecho marcó un antes y un después ya que los grandes combates militares de confrontación se iniciaron en menos de diez meses después de su muerte y en el año 1980 hubo 12.000 muertes violentas.

La guerra civil duró 12 años, en los que quizás muchos se preguntaban por el sentido de su martirio al continuar la violencia y la muerte entre hermanos. Y la respuesta en medio de ese tiempo de oscuridad, para muchos quizás fue el silencio, la oración desde el corazón que clamaba justicia al Salvador del Mundo… Silencio interrumpido por el ruido de las balas y de las bombas que volvían a recordar que seguía el combate, la lucha armada, que acallaba la razón y las preguntas sobre el sentido de la misma. Una vez más se comprobó que el odio ciega la razón y la polarización de ideas divide familias, separa vecinos, exilia amigos y parientes, deja miles de enlutadas familias en lo que podemos llamar la noche oscura de El Salvador. Noche que tuvo su amanecer de paz y de reconciliación que se fue tejiendo poco a poco hasta que el 20 de enero de 1992 se firmaron los Acuerdos de Paz en el castillo de Chapultepec.

Mons. Romero se entregó a Jesús, el Salvador, en él puso su esperanza: “He estado amenazado de muerte frecuentemente. He de decirles que como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección: si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Lo digo con gran humildad. Como pastor, estoy obligado, por mandato divino, a dar la vida por aquellos a quienes amo, que son todos los salvadoreños, incluso por aquellos que vayan a asesinarme. Si llegaran a cumplirse las amenazas, desde ahora ofrezco a Dios mi sangre por la redención de El Salvador. El martirio es una gracia de Dios que no creo merecer… Puede decir usted, si llegan a matarme, que perdono y bendigo a aquellos que lo hagan”. (Marzo de 1980).

Hoy, XXXV años después de su martirio, la Iglesia a quien amó y de quien sufrió su incomprensión, reconoce que es un bienaventurado que vive contemplando el Rostro del Señor y sigue intercediendo por los que todavía peregrinamos en esta tierra. Y el pueblo salvadoreño contento celebra el triunfo de su Guía Espiritual de la Nación.

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María del Pilar Silveira
Doctora en Teología por la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Maestría en Ciencias Religiosas por la Pontificia Universidad Gregoriana y Licenciatura en Teología por la Pontificia Facultad de Teología del Uruguay “Mons. Mariano Soler”. Es profesora en la Facultad de Teología de la Universidad Católica Andrés Bello e integra el equipo de la Cátedra Libre “Mons. Romero” en la Universidad Central de Venezuela.