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Fecha impresión: 14/08/2018 19:32:27 2018 / +0000 GMT

Autor: America the Jesuit Review

5 años de la elección del Papa Francisco




El 13 de Marzo, 2013, humo blanco de repente comenzó a salir de la chimenea de la Capilla Sixtina en Ciudad del Vaticano, indicando que un nuevo Papa había sido elegido — y más rápidamente que lo que la mayoría de las personas esperaban.


Unos minutos más tarde, estaba en un estudio de televisión en Nueva York, y me tocó a mí (como lo hizo a innumerables otros comentaristas) explicarle al menos a una parte de la audiencia televisiva de habla Inglesa quien probablemente saldría al balcón de la Basílica de San Pedro como el nuevo Papa, el sucesor del Papa Benedicto XVI.


Y, francamente, no tenía ni idea. ¿Scola? ¿Ravasi? ¿Otro Cardenal Italiano cuya biografía se esperaría que conociera bien pero que probablemente no?


En verdad, pocos comentaristas tenía alguna idea de qué esperar; y aquellos que afirmaron tener una comprensión de lo que vendría, deberían admitir que los eventos unas pocas semanas antes habían ampliamente demostrado los peligros del pronóstico, cuando un evento que nadie predijo se produjo: la renuncia del Papa Benedicto XVI el 28 de Febrero, 2013.


No desde el Papa Celestino V quien voluntariamente renunció a los pocos meses de su Pontificado en 1214 había la Iglesia visto algo sino la muerte traer el fin de la tenencia del Papa. (Eso supone, por supuesto, que contamos con que Dios haya descubierto lo que sucedió en 1415, cuando por un tiempo tres hombres afirmaron ser Papa). Ahora teníamos un Papa en aparentemente buena salud renunciando a su posición “por el bien de la Iglesia.”


Por otro lado, pensé en ese momento, y todavía lo hago, que la renuncia del Papa Benedicto fue uno de los ejemplos de humildad más poderosos en toda la historia de la Iglesia. Imagínense, voluntariamente renunciar a ese tipo de poder. Todavía me aturde.


Debido a que Benedicto XVI fue ampliamente visto como un Papa en continuidad, al menos en eclesiología, con su predecesor Juan Pablo II (más tarde declarado Santo) y debido a que la gran mayoría de los Cardenales Electores (aquellos Cardenales que son elegibles para votar en una elección Papal) fueron designados por Benedicto XVI o su predecesor, se supuso que la mayoría de ellos eran “Cardenales de Juan Pablo II.”


Muchos de nosotros pensamos que esto significaría que ellos elegirían a un candidato que más o menos continuaría con el legado de Juan Pablo II y Benedicto XVI, como un rigor doctrinal y quizás un abanderado del ala más “conservadora” del Colegio Cardenalicio. (Nota bene: términos como liberal y conservador significan algo bastante diferente en contextos eclesiásticos que en el discurso político Estadounidense. Uno podría argumentar, por ejemplo, que el Papa Benedicto XVI fue mucho más “conservador” que la mayoría de los Republicanos Estadounidenses sobre moralidad sexual, pero mucho más “liberal” que la mayoría de los Demócratas en asuntos como el cambio climático y la política económica).


Entonces, ¿quién sería? ¿Un funcionario de la Curia Romana? ¿Un protegido de Benedicto XVI mismo, como el Cardenal Marc Ouellet de Quebec o Christoph Schönborn de Munich? ¿O incluso un Estadounidense como Seán O'Malley de Boston o Timothy Dolan de Nueva York?


Un nombre mencionado ocho años antes en el cónclave que eligió a Joseph Ratzinger al Papado todavía aparecía aquí y allá, pero su estrella parecía haberse atenuado: Jorge Mario Bergoglio, S.J., el Cardenal Arzobispo de Buenos Aires, Argentina.


En primer lugar, Bergoglio era un Jesuita, y ningún miembro de la Compañía de Jesús jamás había sido elegido Papa. Además, Bergoglio parecía algo cifrado para los otros Cardenales, y para la mayoría de los Vaticanistas que daban probabilidades sobre los favoritos Papales también. Conocido como un tradicionalista entre muchos de sus hermanos Jesuitas, él, sin embargo, había sido un defensor de la algo atrevida “teología popular” en Argentina, y también había realizado movimientos poco ortodoxos en torno al diálogo interreligioso y las tradiciones de la Iglesia que a veces desconcertaban a los de afuera. Entre sus propios hermanos Latinoamericanos en el episcopado, él era conocido como un firme defensor de los pobres y oprimidos. Demasiado impredecible, muchos comentaristas pensaron… y además nadie pensó que alguien en el Colegio de Cardenales iba a votar por un Jesuita para convertirse en Papa.


Entre no pocos Jesuitas en todo el mundo hubo también algunos resentimientos acerca de Bergoglio. Su período como Superior Regional (“el Provincial” en la jerga Jesuita) había sido, según casi todos los Jesuitas con los que hablé, altamente divisivo. En cuentas posteriores, incluida una entrevista con America poco después de su elección como Papa, él tristemente miraría hacia atrás a ese momento, cuando como hombre más joven (él tenia 36 años cuando fue nombrado Provincial) tomó decisiones de manera “autoritaria”. De hecho, a raíz de su tiempo como Provincial, los Jesuitas se vieron obligados a nombrar un sucesor de otro país — un paso altamente inusual que subrayó la división experimentada en la provincia durante los años de Bergoglio. Lo que muchos de nosotros no tuvimos en cuenta fue que estas eran las acciones de un hombre mucho más joven, y que Bergoglio había cambiado.


Fue que con todo eso en mi mente que vi el humo blanco derramándose ese día. El Cardenal Scola, pensé, o Schönborn; o quizás el Cardenal Ravasi. Los Cardenales Electores irían a lo seguro, escogiendo a alguien conocido, alguien local. Con la esperanza en contra de la esperanza, también dije una oración por algunos Cardenales que yo realmente conocía: Dolan, O'Malley.


Mis anfitriones en ABC News rápidamente me sentaron con un micrófono para narrar los eventos mientras el nuevo nombre del Papa era anunciado. Pronto la pesada cortina se retiró del balcón de la Basílica de San Pedro, y las famosas palabras fueron entonadas:


Annuntio vobis gaudium magnum; habemus Papam!


La multitud rugió de alegría. Estaba realmente emocionado, con un nudo en la garganta.


Eminentissimum ac reverendissimum Dominum, Dominum Georgium Marium Sanctae Romanae Ecclesiae…


La multitud murmuró. ¿Jorge Mario? ¿Quién era él? Repasé la lista bastante corta de nombres que recordaba del Colegio Cardenalicio, ¿Jorge Mario quién?.


Debo admitir que violé una regla cardinal de la radiodifusión cuando escuché lo que vendría después — porque jadeé en un micrófono en vivo cuando escuché:


Cardinalem Bergoglio. Qui sibi nomen imposuit Franciscum.”


¡Bergoglio! ¡Ese Jesuita!


Fueron tres golpes a la vez, porque fueron tres primeros a la vez. Entonces, la lista de primeros vino en cascada a mi mente, y era difícil de incluirlas a todas: El primer Papa Jesuita. El primer Papa del Sur Global. El primer Papa en tomar el Santo y distinguido nombre de Francisco.


¡Y francamente, un Jesuita sobre quien no había oído nada bueno!. Mi teléfono celular inmediatamente empezó a zumbar con mensajes, “¡Un Papa Jesuita!” “¿No es Jesuita?” Y de un Jesuita que lo conocía, “¡Cuidado! Estarás en sotana en un año!” (En otras palabras, su nuevo Papa es autoritario y tradicionalista.)


Entonces pensé “Espera un momento. ¿Está tomando el nombre de San Francisco de Asís? (¿O quizás Francisco Javier?) ¡Él no puede ser tan malo!”


Parecía como si el nuevo Papa supiera tan bien como nosotros la conmoción que fue su elección. (Quizás él también sintió esa conmoción.). Sus primeras palabras traducidas aquí al Inglés, fueron una admisión encantadora de su estatus de “forastero” y un reconocimiento de su famoso predecesor:


Hermanos y hermanas, ¡buenas tardes! Ustedes saben que era deber del cónclave de darle a Roma un Obispo. ¡Y parece que mis hermanos Cardenales han ido a los confines de la Tierra para conseguir uno! Pero aquí estamos. Les agradezco su bienvenida. La comunidad diocesana de Roma ahora tiene su Obispo. ¡Gracias! Y antes que nada, me gustaría ofrecer una oración por nuestro Obispo Emérito, Benedicto XVI. Recemos juntos por él, que el Señor lo bendiga y que Nuestra Señora lo guarde.


Después de unas pocas palabras más de bienvenida, el Papa Francisco dio la primera indicación de que sería una clase diferente de Papa de lo que todos estábamos acostumbrados:


Y ahora me gustaría dales la bendición, pero primero les pido un favor a ustedes. Antes de que el Obispo bendiga a su pueblo, les pido que recen al Señor para que Él me bendiga: la oración del pueblo pidiéndole que bendiga a su Obispo. Hagamos, en silencio, esta oración: su oración sobre mí. Ahora les daré la bendición a ustedes y al mundo entero, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.


Luego hizo lago que, admito, me hizo llorar: se inclinó silenciosamente ante la gran multitud. De nuevo, pensé, ¿Qué tan malo puede ser él si está haciendo esto?”


Esa noche nuestra comunidad Jesuita en la Ciudad de Nueva York estaba alborotada. Teníamos una reunión comunitaria previamente pautada, por lo que todos nosotros estábamos en casa. No es sorprendente, que hayamos roto la agenda normal y simplemente habláramos de nuestros sentimientos. ¿Quién era él? ¿Lo conocíamos? ¿Qué pensábamos? ¿Qué significaba tener un Papa Jesuita? Esa última pregunta fue la misma que un periodista me hizo más temprano ese día. Y mi respuesta fue la misma: ¿Quién sabe? ¡Nunca ha habido uno!”


Cinco años desde entonces, lo sabemos. Tenemos un Papa de sorpresas, y un Papa de sorprendente misericordia. Un Papa que dice con total honestidad a los periodistas, “¿Quién soy yo para juzgar?” Un Papa que habla por los marginados, insistiendo que una Iglesia global considere a todo el mundo. Un Papa que evita muchas de las trampas del Papado para una vida de relativa austeridad. Un Papa que tiene poca paciencia por el acrecentamiento y las pompas de los siglos pasados, que escandalizan a los Católicos a veces con su franco rechazo de falsas piedades o reglas arbitrarias. Un Papa sorprendente en muchos aspectos, uno que alienta a las personas jóvenes a “hacer un desastre, a hacer una escena,” uno que no tiene miedo a llamar a los Fariseos y los hipócritas de nuestros días en su predicación y enseñanza. Un Papa completamente Jesuita: uno sin miedo al discernimiento, que anima a las personas a usar sus conciencias, a probar algo nuevo.


Diariamente, yo rezo por mi hermano jesuita, este ex Superior Provincial, y ahora mi jefe terrenal, no sólo por su buena salud y presencia continua entre nosotros, sino por la Iglesia que él pastorea, y por la Iglesia que él llama a la nueva vida en nuevas maneras con nuevas formas de pensar y ser.


¡Feliz aniversario y que cumpla muchos más, Papa Francisco!



* Artículo reproducido con el debido permiso de America the Jesuit Review. America the Jesuit Review no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy.

Autor: James Martin
Fecha del artículo: 2018-05-21 01:57:27
Fecha del artículo GMT: 2018-05-21 01:57:27

Fecha modificación: 2018-05-14 02:04:32
Fecha modificación GMT: 2018-05-14 02:04:32

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