Acompañar. Una reinterpretación de Amoris Laetitia

Por qué una reinterpretación

La reinterpretación de un texto grande como Amoris Laetitia, el resultado de dos sínodos, se cruza más aspectos. Las claves interpretativas pueden ser muchas y eso es lo que, aunque no parezca, ayuda a la construcción de un marco unitario y lo más universal posible con respecto al documento. El Papa escribe en completa armonía con su “manifiesto”, la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, que no sólo está citado, pero llevado a su plenitud. El papel nació como una colección de contribuciones de los Padres sinodales que, en conjunto, se han formado «un precioso poliedro» (AL 4). La estructura de la exhortación es por verdad poliédrica e implica una “reinvención” de la Iglesia, pero sin algunas pistas exclusivas o establecidas previamente. Por otra parte, Francisco es realmente “más y más allá”, para usar las palabras de Andrea Grillo, y esto le permite distanciarse del «deseo desenfrenado de cambiar todo», sino también por la actitud que pretende encontrar soluciones «aplicando normativas generales o derivando conclusiones excesivas de algunas reflexiones teológicas» (cfr. AL 2). El mejor enfoque hermenéutico, sobre la base de estas premisas, debe encontrar su fundamento en el texto de la exhortación: los tres verbos que la estructuran (acompañar, discernir, integrar) son por lo tanto una lectura compartida, sobre todo eclesiológica, y por lo tanto de la mens que guía las acciones de Francisco.

Acompañar para descubrir el “Dios con nosotros”

La exhortación no tiene un sistema doctrinal o dirigido a una adaptación degradante de la doctrina. El corazón del mensaje es la alegría del amor. Este tema no aparece simplemente eclipsado sino que se expone claramente, sin rodeos: «En cualquier circunstancia […] debe resonar la invitación a recorrer la via caritatis» (AL 306). Incluso en una perspectiva editorial, el capítulo sobre el amor (el cuarto) está en un lugar central. Se introduce por una admisión sincera: «Todo lo dicho no basta para manifestar el evangelio del matrimonio y de la familia si no nos detenemos especialmente a hablar de amor» (AL 89). El resultado es que «si se tiene en cuenta la innumerable diversidad de situaciones concretas», no debía esperarse del Sínodo o de esta exhortación «una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos» (AL 300). Amoris Laetitia rompe y supera la legislación general y propone un trabajo pastoral ya expresado: «[…] sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día», ya que todos pueden recibir el «consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona» (EG 44). Acompañar significa hacer de este el Emmanuel, el Dios que se convierte en vecino y socio de cada uno. En los términos del Papa, el acompañamiento no es una práctica para sentirse bien que se lleva a cabo en virtud de una filantropía sin el mensaje de Jesús, sino que tiene como objetivo la formación de las conciencias (cf. AL 36, AL 303).

Jesús es el modelo del acompañamiento que propone la exhortación. El usaba un lenguaje amigable y tenía una actitud renovadora: «El que ama es capaz de decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan» (AL 100). El Papa, por lo tanto, menciona algunas palabras dirigidas por el Maestro a la gente: «¡Ánimo hijo!» (Mt 9,2). «¡Qué grande es tu fe!» (Mt 15,28). «¡Levántate!» (Mc 5,41). «Vete en paz» (Lc 7,50). «No tengáis miedo» (Mt 14,27). La conclusión de este camino es la certeza que el amor puede «ir más allá de la justicia y desbordarse gratis» (AL 102).

Acompañar significa encarnarse

En el número 118 del documento, Francisco menciona a Martin Luther King: «[…] cuando llegas al punto en que miras el rostro de cada hombre y ves muy dentro de él lo que la religión llama la “imagen de Dios”, comienzas a amarlo “a pesar de”. No importa lo que haga, ves la imagen de Dios allí». Con valor, Francisco hace una revolución de los esquemas tradicionales, tanto que aquellos parecen obsoletos. Esta decisión actualiza el discurso conciliar del Vaticano II y inserta su dinámica en la vida de la Iglesia. Bergoglio es el organizador de un estilo que no permite generalizaciones pero se abarca la condición humana y sólo entonces la eleva a una nueva relación con Dios. Por lo tanto, debe decir: «Comprendo a quienes prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna. Pero creo sinceramente que Jesucristo quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu derrama en medio de la fragilidad […]» (AL 308).

La encarnación es la piedra angular de la fe cristiana. El Papa ha admitido en su correspondencia con Eugenio Scalfari: «[…] Que el Hijo de Dios ha venido en nuestra carne y ha compartido alegrías y tristezas, victorias y derrotas de nuestra existencia, hasta el grito de la cruz, viviendo todo en el amor y la fidelidad en el Abbà, significa el increíble amor que Dios tiene para cada hombre, el valor incalculable que le riconoce». Del mismo modo, la Iglesia tiene que anunciar a todos la misericordia divina y hacer frente a cualquiera situación dando la acogida y acompañando con paciencia y sensibilidad (cfr. Relatio Synodi 2014, 42). La exhortación post-sinodal toma en este punto la “ley de gradualidad” que Juan Pablo II propuso en Familiaris consortio, consciente de que el ser humano «es un ser histórico, que se construye día a día […]; él conoce, ama y realiza el bien moral según diversas etapas de crecimiento» (FC 34). De este modo Amoris Laetitia se pone en continuidad con el Magisterio y explica, en línea con las palabras de Jesús, que «la ley es también don de Dios que indica el camino» (AL 295). En la entrevista con Antonio Spadaro, el Papa reconoció la necesidad de evitar decisiones «de abrupto y personalistas» (cfr. J. M. Bergoglio, La mia porta è sempre aperta, 35), a diferencia de cuando era provincial de los jesuitas. Encarnado significa, de hecho, «hacerse cargo de la realidad, de la historia, de la promesa» de Dios (cfr. J. M. Bergoglio, Nel cuore dell’uomo, 7). El documento especifica la forma: «Respecto a un enfoque pastoral dirigido a las personas […] compete a la Iglesia revelarles la divina pedagogía de la gracia en sus vidas y ayudarles a alcanzar la plenitud del designio que Dios tiene para ellos […]» (AL 297; RS 25).

Acompañar significa crecer

Todo el documento pastoral està atravesado por una lengua de misericordia. Walter Kasper habló de la importancia «de ponerse en la situación, en el mundo de los sentimientos, pensamientos y vida de otro, y de empatizarse con ellos, para entender su forma de pensar y de actuar» (W. Kasper, Misericordia. Concetto fondamentale del vangelo – Chiave della vita cristiana, 32). En un discurso a los obispos de Asia, el Papa hizo hincapié en el deber de paso empatía, un reto que no se limita a «escuchar las palabras que otros hablan», pero que capta «la comunicación no verbal de sus experiencias, de sus esperanzas, de sus aspiraciones, de sus dificultades y de lo que realmente le importa» (Francisco, Discurso a los obispos de Asia, 17 de agosto de 2014). La misericordia no es, de hecho, solo una “cobertura”, sino un proceso que, una vez disparado, cambia y renueva todo el hombre invitándole a la difusión de obras de amor (cf. Misericordiae Vultus, 9). Eso soltanto representa un «dinamismo contracultural […] capaz de hacerle frente a cualquier cosa que pueda amenazarlo» (AL 111). Como se señala, la merced debe ser entendida en términos dinámicos y por lo tanto en relación con el crecimiento que se inspira en los corazones de todos los hombres. «Esto abre la puerta a una pastoral positiva, acogedora, que posibilita una profundización gradual de las exigencias del Evangelio» (AL 38). Por otra parte, «las exigencias y llamadas del Espíritu Santo resuenan también en los acontecimientos mismos de la historia, a través de los cuales «la Iglesia puede ser guiada a una comprensión más profunda […]»” (AL 31; cf. FC 4).

La comprensión del mensaje del Evangelio està destinada para crecer y hacer su camino a través de la sabiduría del Espíritu de Dios, el único capaz de conducir al hombre a toda la verdad (cfr. Jn 16, 13). Siempre en conversación con Spadaro, Francisco admitió que el entendimiento del hombre cambia con el tiempo y de la mano con su conciencia (cfr. J. M. Bergoglio, La mia porta è sempre aperta, 119). Esta es la confianza que està en la base del pensamiento de Bergoglio, la misma que le permite llegar a la conclusión de la exhortación con una invitación a caminar en busca de «la plenitud de amor y de comunión que se nos ha prometido.» (AL 325).

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