Cómo el trabajador Católico me mostró lo que significa ser Católico

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Nos sentamos al lado del otro en un fardo de heno, las rodillas debajo de una mesa improvisada de picnic y estómagos llenos de pan casero. Samanta vivía en una tienda por el río. A veces podía distinguir la punta de la misma cuando manejaba por el bosque en nuestro SUV camino a casa de hacer las diligencias con mis niños. Había escuchado que ella y su novio eran buscadores de pleitos, una reputación sin duda alimentada por sus respectivas adicciones, ninguna de las cuales le hacia ningún favor a sus habilidades interpersonales.

Pero ahí en la mesa, no vi ningún signo de todo eso. Solamente vi a una mujer que arrullaba al bebé en mis brazos. Hablamos un poco, o por lo menos lo intentamos, hasta que su curiosidad no la pudo contener más: ¨¿Por qué estás aquí?,¨ ella preguntó. No pudo contener el escepticismo de su voz, y no la culpé. Yo estaba casada y claramente de clase media, a pesar de mis mejores intentos de restarle importancia. ¿Por qué motivo estaba yo pasando el rato en Day House, un lugar frecuentado mayoritariamente por personas sin hogar?. Me reí bajito y me sincere:: “Porque nosotros necesitamos amigos”.

Tres años antes, mi esposo y yo regresamos a los Estados Unidos después de dos años prestando servicio como Misioneros Evangélicos Protestantes en Indonesia. Cuando regresamos a casa, fue como padres primerizos de un hijo recién adoptado. Entre el choque cultural inverso y la enmarañada adaptación a las complicaciones del trauma de la temprana niñez de nuestro hijo, nuestra fe de toda la vida repentinamente no fue suficiente. Oramos fervientemente por la curación de nuestro pequeño hijo, que su cerebro pudiera ser recableado para que mandara señales de seguridad en lugar de miedo, pero nunca nada cambió. Y cuando empezamos a quebrarnos bajo el peso de nuestras propias insuficiencias, como cuando nuestros mejores esfuerzos de crianza fallaron día a día, hasta que escasamente nos parecíamos a las personas saludables, competentes por lo que una vez fuimos conocidos por ser. Nunca me imaginé que podría haber tal oscuridad dentro de mí. Pero entonces nunca la había necesitado.

Cada oración que quedó sin respuesta me dejó débilmente manteniendo a distancia la mentira de que habíamos sido olvidados por Dios.

Nos desentrañábamos. Parecía que a donde miráramos veíamos sufrimiento, y nuestra fe profundamente arraigada no podía ayudarnos. Cuando hablamos con aquellos alrededor nuestro o escuchamos las enseñanzas de los pastores dentro de nuestro círculo a menudo nos dicen que sigamos orando por la sanación, a pesar de que cada oración que quedó sin respuesta me dejara débilmente manteniendo a distancia la mentira de que habíamos sido olvidados por Dios. En el mejor de los casos encontramos simpatía y aliento, pero era una gota de agua en un pozo seco, sin fondo; un fue nunca suficiente. A pesar de nuestras mejores intenciones como pueblo de la sal de la tierra, nos sentimos rotos, incomprendidos y terriblemente solos.

Arriesgarnos

Mi esposo estaba bastante bien versado en la historia de la Iglesia y comenzó a referirse a las enseñanzas Católicas de vez en cuando, especialmente en lo que se refería al sufrimiento redentor y las implicaciones de la encarnación de Jesús por la humanidad. Me sorprendió descubrir una rica teología del sufrimiento que nunca antes había oído y que no podía parar de pensar acerca de cómo la Pasión de Cristo unida a Cristo con otros seres humanos de una manera que yo nunca había contemplado profundamente. Comenzamos a leer las obras de Jean Vanier y Dorothy Day, devorando su comprensión de la experiencia humana. Compramos una copia del Catecismo de la Iglesia Católica en Amazon. Nos inscribimos en el Rito de Iniciación Cristiana para Adultos (R.I.C.A). No nos podría lastimar, pensamos. Vamos a ver que pasa.

Estábamos particularmente intrigados por el movimiento de Trabajadores Católicos. En la década de 1930, los cofundadores Dorothy Day y Peter Maurin habían sido pioneros en la idea de crear una comunidad que abriera sus puertas y sus brazos a aquellos marginados por la sociedad tratándolos con la dignidad ya investidas en ellos como imágenes de Dios. Peter Maurin famosamente imaginó una sociedad “donde es más fácil que las personas sean buenas.” Ahora hay cuentos de comunidades de Trabajadores Católicos alrededor del mundo, y de vez en cuando nos daba vuelta la idea de visitar una.

El día llegó más rápido de lo esperado. A mitad del Rito de Iniciación Cristiana para Adultos (R.I.C.A), mi esposo estaba navegando por la página del Trabajador Católico y descubrió un nuevo anuncio. Había una casa nueva de hospitalidad justo en nuestra pequeña ciudad de Denton, Texas. Sentimos una sacudida de esperanza. Fuimos a Day House en la semana.

El Day House del Trabajador Católico de Denton — un juego de palabras para simultáneamente honrar a la fundadora del movimiento y comunicar el horario de apertura de la casa — fue una propiedad en renta deteriorada en un calle concurrida cerca del centro de la ciudad. Nadie pasaba la noche adentro, incluyendo a los tres hombres solteros que la dirigían, pero las puertas estaban abiertas desde el amanecer hasta el anochecer para aquellos que necesitaban un lugar para bañarse, cocinar, dormir la siesta y socializar. Habían tiempos programados para clases de yoga, oraciones nocturnas, la lectio divina y cenas comunitarias, a la que todos estaban invitados pero ninguno era forzado. La mayoría de aquellos que frecuentaban la casa eran personas sin hogar, aunque algunos tenían apartamentos. Habían algunos estudiantes universitarios con ojos ansiosos, y luego hubo una familia de cuatro interracial. Una colección de gentuza de seres humanos si es alguna vez hubo una.

Los principios fundacionales de la Day House eran simplemente aquellos de la enseñanza social Católica: Cada ser humano está hecho a imagen de Dios; por lo tanto cada ser humano tiene la dignidad inherente y el mismo valor. El concepto no era nuevo — cada Cristiano, si se le pregunta, con suerte asentiría a algo similar. Lo que era nuevo era el actuar sobre ello. Es fácil aplicar este dogma cuando defendemos la dignidad de un inocente, de un nonato. No siempre fácil aplicarlo cuando el niño ha crecido, tiene 40 años y posee demasiadas adicciones y muy poca ropa.

No hubo premios o elogios recibidos aquí por la piedad, solamente la creencia sinceramente sostenida de que el rostro de Cristo brilla a través de las personas para las que la sociedad no tiene espacio.

Manteniendo cerca sus principios de no violencia y pobreza, los hombres y mujeres más jóvenes que nosotros mismos estaban diariamente demostrándonos lo que significaba vivir las obras de la misericordia. Lo suyo era el reino de Dios: un mundo desordenado, imperfecto, patas arriba donde el poderoso se humillaba él mismo para convertirse en servidores de los pobres. De hecho, tan profundo era su convicción que a menudo era difícil discernir entre los privilegiados y los empobrecidos. Incluso la palabra ¨persona sin hogar” fallaba al distinguirlos porque habían algunos que vivían en sus furgonetas voluntariamente. No hubo premios o elogios recibidos aquí por la piedad, solamente la creencia sinceramente sostenida de que el rostro de Cristo brilla a través de las personas para las que la sociedad no tiene espacio.

Una vez, me quedé con Andrés, uno de los tres fundadores de la casa (él más tarde se convirtió en el padrino de mi hijo menor), discutiendo una situación trágica a la que había respondido la noche anterior. Una de nuestras amigas de la Day House había sido violada, y Andrés se había quedado al hospital con ella durante gran parte de la noche. Hubo habladurías entre la gente de que ella estaba mintiendo, y yo le había preguntado a él si él pensaba que la historia era cierta. Ahí en el fregadero, él continuó lavando los platos, pero pausó pensativamente. “Yo no sé si su historia es cierta,” dijo él. “Pero yo sé que ella esta sufriendo, y ella necesita misericordia.” Sus palabras no era sólo ciertas para la mujer que puede o no haber sido violada, o para Samanta, que vivía en una tienda por el río. Sus palabras eran ciertas para mí.

En sus brazos

Mi esposo y yo casi literalmente caímos en los brazos de esta comunidad después de conocerlos ese invierno, tan cansadas estaban nuestras almas. Ellos reconocieron el dolor en nuestros ojos, algunos porque brillaron en los suyos también y otros porque ellos estaban acostumbrados a mirar en ella, y nos dieron la bienvenida. Ellos tenían poco y nosotros mucho, y sin embargo ellos nos alimentaron. Jóvenes y viejos, educados y mentalmente discapacitados, sanos y adictos, ellos envuelven los brazos fuertes y débiles que nos rodean y nos sostienen. No había espacio libre en su mesa, pero ellos nos trajeron pacas de heno de todas maneras.

No era perfecto: las personas son las personas, las adicciones son las adicciones, el pecado es el pecado. Pero era un lugar seguro para el amor y la bondad, y yo fui tanto testigo como receptor de aquellas cosas de recipientes aparentemente improbables.

Jóvenes y viejos, educados y mentalmente discapacitado, sanos y adictos, ellos envuelven los brazos fuertes y débiles que nos rodean y nos sostienen.

Cuando Samanta preguntó que estaba haciendo ahí, no la culpé ni un segundo. Si yo hubiera sido ella, me estaría preguntando lo mismo también. Pero la respuesta que le di era tan cierta como cierta puede ser: Necesitábamos amigos entre los pobres, los sin techo, los desposeídos, aquellos luchando con la adicción. Los necesitábamos para recordarnos que todos nosotros nos pertenecemos los unos a los otros, debido a nuestro Dios que eligió ser humano. Los necesitábamos para recordarnos que nuestro sufrimiento podría ser lo que nos une y que admitiendo nuestra pobreza podría ser la cosa más liberadora en el mundo. Los necesitábamos para recordarnos que nuestro quebrantamiento no nos descuenta de la comunidad ni dela alegría. Los necesitábamos para mostrarnos lo que significa ser Católico. (Sí, incluso los ateos entre ellos.)

Llegó la primavera y me encontró corriendo por mi vecindario, escuchando las Estaciones del Viacrucis resonar a través de mis auriculares. Era la Cuaresma, y yo sólo tenía dos semanas más para decidir si quería ser confirmada en la Vigilia de Pascua. ¿Estaba yo lista para apretar el gatillo ya?. Seríamos los únicos Católicos en ambos lados de la familia. Todos nuestros amigos de toda la vida eran Protestantes. ¿Estaba lista?. Siempre podría esperar al próximo año. Reflexioné sobre ello mientras corría.

Ser testigo del sufrimiento de mi hijo y asumir el mío propio casi me había roto. En la oscuridad de ese momento, el enfoque aparentemente singular sobre la Resurrección en mi previa formación en la fe no era suficiente. El Catolicismo me había ofrecido una comunión profunda con un Dios crucificado, un Dios que se volvió hombre para sufrir con nosotros, un Cristo que pasaría a la Resurrección pero que primero podía sentarse conmigo en mi dolor y entender. Debido a nuestro Señor encarnado en comunión conmigo, yo, también, podía estar en comunión con otros seres humanos muy diferentes a mí. Y no solamente eso, sino que yo podía recibir el toque de Cristo a través de sus manos; yo podía ver mi sufrimiento en el de ellos y ambos podíamos sanarnos sólo un poco más. Debido a que Cristo se volvió humano, todos los humanos me pertenecen y yo a ellos.

¿Podía yo seguir siendo Protestante y llevar este nuevo fuego dentro de mí?. Por supuesto. ¿Lo quería?. Yo no. Todo lo que amé era Católico, en el pleno sentido de la palabra. Mi esposo y yo entramos esa pequeña capilla el Sábado Santo, nos inclinamos de rodilla, consumimos el pan y el vino, el cuerpo y la sangre, el amos de Dios por las personas rotas. Personas como yo.

Autor: Shannon Evans
Este artículo fue publicado, bajo el título “Cómo el Trabajador Católico me mostró lo que significa ser Católico,” en la edición del 17 de Abril, 2017.

                     

* Artículo reproducido con el debido permiso de America the Jesuit Review. America the Jesuit Review no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy.

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