De Medellín a Puebla

Eloy Mealla
Septiembre 2019

En 2019 se cumplen cuarenta años de la Conferencia de Puebla, para comprender mejor su significado y alentar su relectura es indispensable ver su eslabonamiento con el Concilio Vaticano II y con la Conferencia de Medellín. Ese será el orden de nuestra exposición.

El Concilio Vaticano Il (1962-1965)

La convocatoria del Concilio fue, para la gran mayoría del clero y los fieles, una gran sorpresa y mucho más todavía sus consecuencias. Era bastante común pensar que ya no era propiamente necesaria una asamblea de ese tipo. Por otro lado, algunos sostenían que, teológicamente, una vez definida la infalibilidad (Vaticano I), los concilios estaban de más, y el Papa podría conducir la Iglesia mediante encíclicas y decretos.

Pero un concilio –y especialmente el Vaticano II– es mucho más que un conjunto de documentos, es una experiencia espiritual y un acontecimiento privilegiado de comunión eclesial. El Vaticano II produjo una renovación y movilización enormemente espectacular en la vida cristiana. No se abordó un problema o cuestión en particular, su temática fundamental fue el ser y hacer de la Iglesia. Entre todos los documentos del Concilio destacan con mucho la Constitución Dogmática sobre la Iglesia y la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Contemporáneo.

La gran directiva inicial propuesta por Juan XXIII fue el “aggiornamento” y el método usado consistió en una “vuelta a las fuentes” y el discernimiento de los “signos de los tiempos” manifestados en los gozos, angustias y esperanzas de la humanidad actual. Los obispos y teólogos de centroeuropa (Alemania, Francia, Holanda, Bélgica) fueron los que más aportaron y orientaron el curso de Concilio más que los de las Iglesias mediterráneas (España, Italia), de Latinoamérica –con países todavía de masiva cristiandad– o del tercer mundo.

Los efectos inmediatos y más vistosos del Vaticano II (los cambios litúrgicos, el estilo de actuación del clero y de las religiosas, cierta inconoclastia, pluralismo, ecumenismo…) no deben hacer perder de vista sus grandes lineamientos profundos. Probablemente el aporte más novedoso del Concilio es su talante pastoral más que declaraciones estrictamente dogmáticas.

A modo de supersíntesis mencionamos algunos aspectos fundamentales. A la pregunta: ¿Iglesia qué dices de ti misma?, el Concilio se propuso una revisión general y sistemática de su naturaleza esencial más allá de los tiempos y circunstancias. La amplitud y enfoque de la cuestión es inédito en la vida y reflexión de la Historia de la Iglesia. Lo más cercano a esto fue el Concilio de Trento, que fue también una verdadera reforma general de la Iglesia. La explicación clásica es que varían las formas no así la sustancia de las cosas de la fe. De este modo, la Iglesia hurgando en sus propias raíces se vuelve a definir como Pueblo de Dios.

Una gran cuestión pendiente era la relación armoniosa con el mundo moderno. El Concilio comienza a dilucidar el problema en términos nuevos. Por ejemplo, se habla de lo que la Iglesia da al mundo y también lo que ella recibe de él. Hay una mutua influencia. En la historia y la cultura humana se pueden percibir las “semillas de Verbo” (expresión tomada de la antigua patrística). Por lo tanto, de la defensa intransigente (ante el ataque virulento del liberalismo, socialismo y positivismo) se pasa al diálogo con el mundo. Pablo VI precisamente dedicará su primera encíclica al diálogo hacia adentro y fuera de la Iglesia (Ecclesiam Suam, 1964).

Otra aportación importantísima que promueve el Concilio es la valoración de la actividad humana y su legítima “autonomía”. De este modo, la secularización (del latín seculo = siglo, mundo o tiempo) es entendida positivamente como el reconocimiento del valor propio de las realidades temporales. Es tomar en serio al mundo y hacerse cargo responsablemente de su desarrollo y promoción. Es el reconocimiento de la bondad original de la creación, de la materia y de las cosas humanas, diferente del secularismo que es la autonomía absoluta sin ninguna referencia a lo trascendente y al orden moral.

De lo anterior se deriva fácilmente la revalorización de la dignidad y misión del laicado, teniendo el trabajo, la familia y la vida social su consistencia propia y en los cuales se puede alcanzar la santidad. También los laicos tienen su responsabilidad, a su manera, en el apostolado directo y explicito. O sea, toda la Iglesia, en cuanto Pueblo de Dios, está llamada toda ella a la santidad, la cual no es monopolio de los religiosos, y a la misión en el mundo.

Los laicos, “alma del mundo”, a su modo participan de la función sacerdotal (aunque esencialmente diferente del sacerdocio ministerial), profética (testimonio de vida) y real (ordenamiento de las realidades seculares o temporales hacia Dios) de Cristo. La Iglesia es también definida como el sacramento o instrumento de Cristo para la salvación del mundo.

Si Juan XXIII, el papa bueno, fue visionario y de una carismática y contagiosa simpatía, a Paulo VI (1963-1978) le correspondió la difícil tarea de continuar, concluir y aplicar las disposiciones conciliares.

El post-concilio (1965-1975)

Entre los máximos logros vivenciales que alcanzó el Vaticano II fue que la Iglesia palpara mejor su catolicidad, o sea, su verdadera dimensión universal. La cristiandad europea había marcado hasta entonces los perfiles globales de la fe. En Europa desde el siglo V fue donde el cristianismo echó sus raíces profundas cualitativa y cuantitativamente.

Por primera vez un Concilio es propiamente ecuménico, o sea, estuvo más expresamente manifestada la diversidad de los pueblos, tradiciones y culturas en que vive la única Iglesia. La mayor libertad de expresión admitida por el Concilio permite advertir esas diferencias y otras dentro de un mismo país o región. Se comienza a hablar de pluralismo y la alarma cunde cuando algunos la proyectan sobre la mismísima doctrina de la fe.

Conectando con lo anterior, Paulo VI inicia la internacionalización de la curia romana y del colegio de cardenales. Tiene gestos ecuménicos de gran resonancia (encuentro con el Patriarca ortodoxo Atenágoras y el Arzobispo anglicano). Inicia los viajes pastorales fuera de Italia (Tierra Santa y Bombay en 1964; O.N.U. en 1965, Medellín, 1968). Asimismo, se intenta el diálogo y se busca destrabar el bloqueo de las relaciones con la URSS y el Este Europeo.

Desde otro punto de vista, la colegialidad de los obispos vivida en el Concilio se prolonga con la constitución de las Conferencias Episcopales en cada país y se retoma la antiquísima tradición de reunir periódicamente el Sínodo de los Obispos para ayudar más directamente al Papa en el manejo de la Iglesia Universal.

También Paulo VI hace importantísimas contribuciones a la Doctrina Social de la Iglesia. En la Populorum Progressio (1967) destaca la dimensión mundial que ha adquirido la cuestión social. Es grave la diferenciación creciente entre pueblos pobres y ricos. Sin desarrollo no habrá justicia ni paz. Se impone un desarrollo integral y una economía al servicio del hombre.

Otro notable documento en materia social fue la Octogésima Adveniens (1971, 80′ aniversario de la Rerum Novarum). Es un documento verdaderamente original. Incorpora temas y enfoques nuevos: diversidad de situaciones sociales, económicas y políticas; pluralismo en cuanto a las respuestas de los cristianos; reduccionismos en que caen las ideologías capitalista y marxista; no basta la economía y la técnica, necesidad de la participación e importancia de la política; pluralismo también en las opciones políticas de los cristianos.

Retomando la situación general de la Iglesia de aquellos años, podemos decir que la repercusión de las ideas y espíritu del Concilio fue enormemente espectacular no exento de graves tensiones. En general prevalece una actitud optimista y un tanto ingenua en cuanto a la facilidad y automaticidad de las orientaciones propuestas por el Concilio. Lo cierto es unos se apuraban demasiado (progresistas), otros intentaban frenar o volver ilusoriamente atrás (conservadores). Se desata una polémica estéril entre preconciliares y post-conciliares.

Con cierta rapidez, sobre todo en la Iglesia europea y norteamericana (esta última de gran crecimiento en el siglo veinte y muy romana hasta entonces) se propaga la desacralización, la hipercrítica y la contestación. Un caso ejemplar, entre muchos, de esta situación fue la resistencia a la enseñanza de la Humanae Vitae (1968) sobre el control de la natalidad, no tanto en las iglesias del tercer mundo y en las corrientes de izquierda que veían en el control demográfico un neomalthusianismo y otro modo de dominar a los pueblos pobres.

El clima de hipercrítica y de confusión no era privativo de la Iglesia, más bien era el efecto en ella de un movimiento general de las ideas y costumbres, especialmente en las sociedades ricas del llamado primer mundo occidental. Se habla de una “revolución cultural” (Paris 1968; hippies; The Beatles….). Desde el punto de vista religioso se percibe una acelerada descristianización, y disminución de las prácticas y costumbres (menos bautismos, catecismo y casamientos, defecciones y crisis de identidad en el sacerdocio y la vida religiosa, falta de vocaciones,…). La sociedad, en su conjunto, también experimenta resquebrajamientos (divorcio, aborto, violencia, terrorismo,…).

Los creyentes quedan como en minoría en países y zonas tradicionalmente cristianas, desaparece la acción de los cristianos en la vida pública. Algunas corrientes teológicas y espirituales alientan un cristianismo implícito fundido con las aspiraciones y deseos de los hombres. Hay que entender a la Iglesia como “pequeño resto” y ya no como la Iglesia de masas. Se privilegia el compromiso sociopolítico y la promoción humana.

Tal es, en grandes líneas, el panorama de la Iglesia a diez años del Concilio. En este contexto, Pablo VI de forma clarividente subraya en la Evangelii Nuntiandi (1975) que “la evangelización constituye la misión de la Iglesia” (EN 14). Es hora de pasar de un revisionismo exagerado y paralizante y relanzarse al cometido esencial de su misión: la salvación en Jesucristo (EN 27) que afecta a toda la vida (EN 29) y en conexión necesaria con la promoción humana (EN 31).

Paulo VI se debatió, por momentos muy dramáticamente, entre quienes seguían en una actitud de confrontación y condena del mundo moderno, y quienes forzaban una adaptación que llevaba a licuar toda identidad cristiana. El cambio de perspectiva es caer en la cuenta de que la cultura actual ya no está tanto en contra de la fe sino que vive crecientemente al margen de la fe. Es la humanidad en sí misma la que está en crisis y desorientada. Hay que pasar de los cuestionamientos narcisistas intraeclesiales a la evangelización del mundo contemporáneo.

Con estas preocupaciones el Papa elabora en 1975, la exhortación postsinodal Evangelli Nuntiandi (EN). Es un año que marca un punto de inf1exión fundamental en la trayectoria de la Iglesia de nuestro tiempo. El Papa busca romper el círculo vicioso de un cristianismo que pierde identidad y se autodestruye. La verdadera renovación incluye la evangelización, empezando por la misma Iglesia (EN 15); supone el testimonio de vida (EN 21) y requiere el anuncio explícito (EN 22); adhesión a la comunidad y a los sacramentos (EN 23), en conexión necesaria con la promoción humana (EN 31) y la liberación (EN 30ss), excluyendo la violencia (EN 37).

Un aspecto clave y novedoso de este documento es señalar la necesidad de la “evangelización de la cultura”. Sin olvidar la dimensión personal del mensaje cristiano, éste tiene que tomar como horizonte a los pueblos en su conjunto y sus culturas. Esto imprime un giro y un sello muy importante a toda la pastoral. Otro modo habitual de Paulo VI de indicar estas orientaciones se resume en la consigna de “construir la civilización del amor”.

Finalmente otro aporte esencial de la EN es la revalorización de la “religiosidad popular”. Una dimensión muchas veces despreciada por las teologías y sectores más elitistas. La religiosidad o piedad popular es el reconocimiento del valor profundo de la fe de los sencillos (EN 48). Esta dimensión entrará fuertemente en la conciencia eclesial y se relaciona estrechamente con la cuestión de la liberación y de los pobres. Todos ellos temas muy latinoamericanos. Es precisamente la Iglesia en Latinoamérica la que más sintonizó con este mensaje y con este paso adelante que quería dar el Papa. Ella en gran medida contribuyó e inspiró su elaboración.

Monseñor Eduardo Pironio era en aquellos años Secretario General del CELAM, y fue uno de los relatores del Sínodo de Obispos sobre la Evangelización (1974). En su ponencia aludía a la fe de los pueblos. Pironio, al poco tiempo, es hecho cardenal y el Papa lo llama junto a sí para colaborar más estrechamente con él. La Iglesia latinoamericana se hace mayor de edad y empieza a pesar en el resto de la Iglesia universal. Hacia esa porción de la Iglesia nos volcamos a continuación

La Iglesia latinoamericana: Medellín – Puebla.

Sin pretenderlo es fácil caer aquí en el error frecuente de considerar nuestra historia y nuestra identidad como pueblo y como Iglesia, tan sólo como un apéndice de una supuesta historia y problemática universal que en realidad es más bien la de Europa occidental. Hay que reconocer que esta distorsión se debe a su expansión económica y política en los últimos cinco siglos y a su liderazgo científico-económico después. Poco después del Concilio, algunos obispos expresan estas inquietudes mediante la famosa declaración de los Obispos del Tercer Mundo (1967). Entre ellos estaba Monseñor Helder Cámara del Brasil.

Esta autoconciencia de una problemática propia y no tanto dependiente de un centro hegemónico (cultural, económico, eclesial…) al cual tenemos que imitar y seguir inevitablemente, la Iglesia de Latinoamérica la comienza a explicitar en Medellín (1968), II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. La primera Conferencia o Asamblea había tenido lugar en Río de Janeiro en 1955, que a la vez supuso la fundación del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). Era una iniciativa de colegialidad eclesial que se adelantaba en una década a las propuestas del Concilio. La Iglesia, al mismo tiempo, contribuía a retomar las aspiraciones de unidad de la Patria Grande americana. Un antecedente más lejano es el Concilio Plenario Latinoamericano (1899) reunido en Roma por iniciativa de León XIII muy preocupado en reorganizar la Iglesia en nuestro continente, luego de décadas de incomunicación y casi acefalía eclesiástica debido a las hostilidades con las nuevas repúblicas imbuidas de ideas y medidas regalistas.

Todavía, como un antecedente más remoto de Medellín lo podemos encontrar en los concilios regionales de México y Lima que aplicaron –a veces con más celeridad que en Europa­– los decretos del Concilio de Trento. A nivel más local se da algo similar con los Sínodos del Tucumán en el siglo XVIII.

A Medellín, siglos después, le tocó una tarea semejante, en este caso, la implementación de las enseñanzas del Vaticano II. Recordemos que una de las principales indicaciones del mismo fue impulsar a los cristianos a interpretar los “signos de los tiempos”. Los Padres Conciliares, reunidos en Europa y en una Iglesia todavía muy eurocéntrica en cuanto a mentalidad, leyeron esos signos “desde el centro” en un contexto de bastante bonanza y bienestar y, en todo caso, los radicalismos son neutralizados por un eurocomunismo de corte más humanista y democrático.

En Medellín, por el contrario, la realidad se “lee” en caliente desde una periferia explotada y subdesarrollada. La injusticia y la pobreza claman al cielo. Los documentos de Medellín, eminentemente pastorales, se concentran en la situación sufriente de nuestros pueblos. Señalan que su causa está en la dependencia y explotación. Tales son los acentos de Medellín y el lenguaje propio de esa época.

En ese sentido, si el Vaticano II ya había conmovido y sacudido el andamiaje eclesial, cuanto más Medellín lo hace en un continente en ebullición que atravesaba –a diferencia del bienestar y opulencia crecientes de los países noratlánticos– fuertes sacudidas eclesiales, económicas y políticas. A la revolución cultural, la desacralización,… –ya mencionadas– se suma la “revolución social”. Son los años del auge de la guerrilla (Che Guevara, Montoneros, Tupamaros, MIR…), de un nuevo socialismo revolucionario que tiene más en cuenta lo popular y lo nacional.

En muchos casos, los cristianos son elementos de vanguardia en estos movimientos. El P. Cámilo Torres –como ejemplo significativo– había muerto en 1966 en Colombia en la lucha guerrillera. Surgen varios movimientos sacerdotales (Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo en Argentina; Grupo de los 80 en Chile, que dará origen al Movimiento de Cristianos para el Socialismo; Grupo Golconda en Colombia; “Onis” en Perú…). También muchos dirigentes laicos se suman a la actividad política y revolucionaria, pero tomando distancia y desilusionados de la institución eclesial a la que acusan con frecuencia de complicidad con la injusticia.

Las ciencias sociales, incluido el análisis marxista tomado al menos como método, son usadas con profusión y altamente valoradas como medio para poder conocer la realidad y poder transformarla. El sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez con su Teología de la Liberación (1971), se convertirá en la primera y mayor síntesis de estas ideas, vinculando espiritualidad y praxis cristiana.

A partir de Medellín y luego casi de quinientos años de evangelización, la Iglesia latinoamericana alcanza su madurez. Es una cristiandad con características propias –dentro de la Iglesia una–, es demográficamente joven y alberga a la mitad del número de católicos en el mundo. Es una porción de la Iglesia cuya voz y experiencias pastorales empiezan a generarse más desde sí misma. Ejemplo de ello son las distintas corrientes de la teología de la liberación, la pastoral popular, las comunidades eclesiales de base, la revitalización de la religiosidad popular. Es el momento en que empieza a emerger en Argentina la Teología del Pueblo.

En 1979 se realiza la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla de los Angeles (México), tras ella estaba el impulso y las exhortaciones de la EN. Precisamente el tema de la Conferencia fue: La Evangelización en el presente y en el futuro de América Latina.

Sus conclusiones son un precioso y acabado manual teología pastoral que discierne y lleva a madurez el dinamismo efervescente despertado en Medellín. Su gran lema es “la comunión y la participación” en la vida de la Iglesia y en su acción evangelizadora. Consagra y reafirma la “opción por pobres” como el gran eje de actuación y preocupación pastoral.

Puebla, al mismo tiempo, destaca la importancia de la Evangelización de la Cultura, la cual –sin invalidar la sensibilidad social despertada en Medellín– es una concepción más abarcante y profunda de la acción de la Iglesia. Un pueblo sin fe y sin identidad es más fácil presa de la dominación y se hace más tortuoso su camino de liberación. La fe es entendida como el elemento fundante y nuclear del ser de nuestro ethos cultural. Se habla del “sustrato católico” de América latina. Además, el Documento de Puebla nos presenta la primera autocomprensión de la historia de la Iglesia en nuestro continente. Puebla consagra un nuevo modelo de reflexión –ya no sólo teológico-filosófico-deductivo-–, sino que ha incorporado un enfoque sociohistórico y cultural a la teología y a la pastoral.

El Episcopado argentino, al adaptar el mensaje de Puebla a nuestro país, tiene muy en cuenta este enfoque y es así como en la primera parte de Iglesia y Comunidad Nacional (1981), elabora también la primera síntesis de la historia de nuestra evangelización. Desde el punto de vista conceptual ICN es seguramente el texto mas medular del magisterio local hasta el presente.

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Eloy Mealla
Licenciado en Filosofía por la Universidad del Salvador, Buenos Aires y Profesor en Teología en la Universidad Católica de Argentina. Tiene estudios de Posgrado en Cooperación y Desarrollo en la Universitat de Barcelona. Es consultor en varias organizaciones sociales y en programas de formación y desarrollo social. Es también Profesor en la Universidad del Salvador, Universidad Nacional de Moreno, en el CESBA-ISET y en FLACSO. Sus datos de contacto son: eloymealla@gmail.com y http://educacioneticaydesarrollo.blogspot.com.ar