El acontecimiento del Vaticano II y la valoración posterior de la mujer como sujeto de teología

El Vaticano II significó un acontecimiento donde la Iglesia reivindica que la Iglesia está en el mundo, pero no es del mundo: “Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno” (Jn 17,14s). Sin ánimo de hacer una exégesis al texto, con las consideraciones semánticas de lo que significa “el mundo” para los escritos juánicos. o asumirlo con el prejuicio dualista que caracterizó la prédica eclesial durante siglos, lo cierto es que hay una honesta conciliación con el mundo como el espacio-tiempo donde transcurre la historia, escenario donde transcurre de forma cierta pero velada la historia de salvación. “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo” (GS 1).

Esa comunicación (e interpelación) permitió que una serie de temáticas, que estaban conmoviendo al “mundo”, entrasen en la Iglesia bajo la categoría de “signos de los tiempos”, aporte del papa bueno, Juan XXIII, en la convocatoria del Concilio, Humanae salutis, 1961, y posteriormente en Pacem in Terris, 1963).

Dentro de las temáticas que estaban conmoviendo a la comunidad humana por ese entonces estaban también los mismos Derechos Humanos. Aprobada la Declaración Universal el 10 de diciembre de 1948, no fue sino hasta el año 1966 que tuvieron sus respectivos protocolos. Los Derechos Políticos de la Mujer fueron universalmente reconocidos por una Convención en 1952. Por lo tanto, dichas fechas abrazan la realización del mismo Concilio, además de la explícita mención de Juan XXIII en el documento antes citado (a partir del número 9 de la PT).

En el mismo documento de Pacem in terris expresa de manera explícita la igualdad entre el hombre y la mujer: “en cuya creación el varón y la mujer tengan iguales derechos y deberes” (PT 15). Y menciona la riqueza del aporte de la mujer no solo a la familia, sino a la misma sociedad (PT 41), así como el Concilio lo mencionará para la Iglesia (AA 9).

Dentro de la sombría imagen que tiene la Iglesia en torno al lugar de la mujer dentro de la misma, con todo habría que recordar a san Pablo: “”ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.” (Ga 3,28). Si bien supuso un gran reconocimiento de la mujer en comparación con el mundo judío, queda la interrogante si lo fue igualmente con el mundo romano y su Derecho (en un tema, que no es cristiano, en el mundo romano la disolución del contrato matrimonial era posible como iniciativa tanto del hombre como de la mujer). Además de las advertencias de san Pablo para el buen orden de las asambleas, donde la mujer debía callarse: “Que las mujeres escuchen la instrucción en silencio, con todo respeto. No permito que ellas enseñen, ni que pretendan imponer su autoridad sobre el marido: al contrario, que permanezcan calladas” (1 Tm 2,10s).

Algún especialista lo explicaba de forma convicente: en la zona de mayor influencia de la cultura griega, una mujer locuaz e ilustrada era identificada como persona disoluta y libertina. O sea, la norma pudiese prevenir reacciones de escándalo y descrédito para unas comunidades que pretendían comunicar otros valores. Se puede recordar que, 4 siglos antes, la esposa de Pericles, el celebérrimo estadista ateniense, tenía mala fama por estar al tanto de la cultura de su tiempo. Por supuesto que, si bien la explicación indica un contexto cultural determinado, también es cierto que ni la Iglesia ni el Evangelio pueden reducirse a ser complacientes. O sea, entendida la razón, no se comparte mucho menos que se haya elevado a norma de comportamiento dentro de la comunidad cristiana. Pudiera calificarse hasta de arrastrar resabios del viejo judaísmo.

Si, por un lado, en los últimos años se ha trabajado en recuperar el pensamiento teológico de las mujeres en la historia de la Iglesia (se ha introducido el neologismo de “Matrología” para referirse a las “madres de la Iglesia, como Patrología indica a los padres de la Iglesia), la Dra. Elizabeth Gössmann pudo encontrar la intromisión de Aristóteles en la infravaloración de la mujer por parte del doctor angélico.

En medio de todos los desafíos del mundo actual, donde hay una serie de reivindicaciones que la mujer ha conseguido en todos los planos de los Derechos Humanos, igual resulta importante recordar cómo se llegó a unificar todas las formas de celebración del matrimonio en la manera canónica: proteger a la mujer del abandono del hombre, que negaba haber celebrado en privado las nupcias con ella, cuestión que ocurría en la Edad Media (EDWARD SCHILLEBEECKX, El matrimonio realidad terrena y misterio de salvación, 1968).

Por supuesto que queda mucho camino por andar. Entre otras cosas, que la mujer no sea un tema de reflexión filosófica y teológica, sino un sujeto que nos enriquezca con la sutileza de su genio intelectual.

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Alfonso Maldonado
Sacerdote diocesano. Estudios realizados en la Pontificia Universidad Javeriana y en la Pontificia Facultad Teológica del Teresianum, en Roma. Además en Biblia e historia del Carmelo Descalzo en Haifa (Israel) y de los santos fundadores del Carmelo Descalzo en España. Es profesor de teología en el Instituto de Estudios Eclesiásticos Divina Pastora en Barquisimeto y conductor del programa dominical “Razones para la Esperanza” en Unión Radio 870 am, en Barquisimeto (www.fama.fm/unionradio.htm). Activo bloggero. Redes sociales: @alfonsomaldonad. Correo: alfonsomaldonado63@gmail.com