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Fecha impresión: 15/07/2018 19:17:54 2018 / +0000 GMT

Autor: America the Jesuit Review

Es importante que las Parroquias tengan conversaciones sobre raza y sexo




El funeral había terminado y estábamos sentados en el sótano de la Iglesia Católica de Santa Cecilia esperando que la familia regresara después de haber ido al cementerio. Esto fue hace más de 20 años y Santa Cecilia, desde entonces, se ha cerrado. Pero en ese momento la parroquia estaba en el centro de la ciudad de Cleveland y a través de su intrincada historia había acumulado una congregación diversa — mezclada tanto económica como racialmente.


Unas diez mujeres, blancas y negras, pasaban el tiempo hablando. Una mujer mencionó que la policía detuvo a su hijo que conducía a través de un suburbio de Cleveland tantas veces que había comenzado a conducir alrededor de el. Otra mujer intervino, y luego otra, hablando sobre cuán a menudo sus hijos fueron detenidos por la policía. Hablaron sobre el miedo que sentían cada vez que sus hijos salían de sus casas. Esto fue mucho antes de que Black Lives Matter (Las vidas negras importan) comenzara y de que Colin Kaepernick alguna vez se arrodillara.


Las madres negras han tenido estas conversaciones por siempre. Nosotras las mujeres blancas en el grupo nos sentamos a escuchar en silencio. Recuerdo sentirme honrada de que estuvieran hablando tan honestamente. Fue un momento fortuito, lleno de Gracia y me quedé callada, sin querer interrumpir. Entonces una de las mujeres negras, Roni, dijo, “Nosotras no solemos hablar así, sobre cosas como ésta, en un grupo mixto.” Ella miró alrededor de la mesa. “Deberíamos hacer esto más seguido.”


Ese fue el comienzo. De inmediato, decidimos invitar a la congregación a reunirse una vez al mes después de Misa en la rectoría para discutir un asunto relacionados con la raza. Planeamos llamarlo Conversaciones en Negro y Blanco, hasta que Roni expresó su impaciencia con esa formulación simplista.


Su alternativa, Conversaciones en Tecnicolor, pegó. Establecimos algunas reglas básicas, nadie sería criticada por un sentimiento expresado honestamente. Una persona hablaría a la vez, lo cual aplicaría lanzando una bolsa de frijoles de un orador a otro. Nuestra primera reunión exploró los problemas raciales planteados por la celebridad de Tiger Woods. Recientemente, él había puesto los pelos de punta al explicar que él no se identificaba solamente como negro porque su madre era Asiática. Nuestros participante respondieron de diversas maneras. Algunas congregantes blancas pensaron que Tiger debería celebrar su negrura y algunas congregantes negras aplaudieron su lealtad hacia su madre.


En una reunión posterior, hablamos sobre las diferencias entre las tácticas del Rvdo. Martin Luther King Jr. y Malcolm X y el tira y encoje que nosotros los participantes mayores habíamos sentido entre ellos, entre la no violencia y el desafío mas explicito. En las reuniones que siguieron cubrimos una variedad de temas: Debatimos el significado de “gueto” como un término del argot que nuestros niños usaban para describir las modas y los vecindarios. Hablamos sobre las cosas despistadas y crueles que personas blancas bien intencionadas a veces dicen.


Hablamos acerca de la incapacidad de las personas blancas de verdaderamente comprender lo que era ser negro en los Estados Unidos. Hablamos acerca de la incapacidad de las personas blancas de verdaderamente comprender lo que era ser negro en los Estados Unidos. Recuerdo la conmoción de una adolescente blanca cuando un anciano de nuestra Iglesia explicó tranquilamente que la raza participaba en casi todas las decisiones de su vida: dónde trabajar, dónde vivir y dónde pasar sus vacaciones. Explicó cómo viajar podía ser una decisión llena de tensión. Tenía que considerar los riesgos, a veces de violencia, más a menudo de rudeza, de ir a ciertos lugares. La niña sabía que este hombre era sabio, amable y gentil y se sorprendió al saber que los demás no asumían automáticamente lo mismo que él. En nuestro país, se dio cuenta, incluso un hombre agradable como Walter tenía que preocuparse por cómo los demás reaccionaban a su raza.


Quizás mi impresión más fuerte de toda la experiencia es la atención que nuestros miembros negros tomaron al navegar estas conversaciones. Eran directos y al mismo tiempo cariñosos y conciliadores. Por supuesto, ocasionalmente tropezamos con momentos incómodos. Recuerdo haber regresado a la sala de estar de la rectoría un Domingo después que el grupo se había disuelto y escuchar a una mujer que más tarde se convirtió en mi buena amiga diciéndole a otras mujeres negras: “¡Yo no odio a las personas blancas! ¡Sólo siento pena por ellos!” Las otras la hicieron callar y yo fingí no haber escuchado.


Había asistido a muchas discusiones interraciales antes de esta vez. Vivo en una suburbio integrado que periódicamente se da cuenta de la necesidad de reunir a personas diversas. La diferencia en Santa Cecilia era que nuestras conversaciones no se limitaban a nuestras reuniones. Todos los Domingos nos encontramos todos, servimos comida y lavamos los platos “cadera a cadera,” como lo dijo uno de nosotros, e intercambiamos el signo de la paz. Trabajamos juntos en el consejo parroquial y en los comités sociales. Oramos juntos y decoramos la Iglesia juntos y enseñamos a nuestros hijos.


Las conversaciones en Tecnicolor nos permitieron conocernos en un nivel íntimo más profundo. Tuvimos que discutir a fondo problemas complejos y perdonarnos unos a otros por comentarios insensibles. Aprendimos sobre las historias familiares de los demás y nosotros las personas blancas nos quedamos con una nueva apreciación de lo que habían soportado nuestros homólogos negros y sus antepasados.


Incluso años más tarde, encuentro que las lecciones de mi experiencia con Conversaciones en Tecnicolor se quedan conmigo. Recuerdo una de nuestras primeras conversaciones, que tenía que ver con si la vida había mejorado en los Estados Unidos para las personas de color y cómo lo había hecho. Yo alegremente respondí que las cosas estaban mucho mejor. Pensé que habían más Afroamericanos en la televisión y en las películas, más oportunidades para avanzar, mejores oportunidades por todos lados. Pero los participantes negros resistieron mis optimismo. ¿Qué hay de la pobreza, las pandillas, la supremacía blanca y de aquellos que la policía detiene en los suburbios? No fue la última vez, desafortunadamente, que traté de impulsar mis propias ideas, sin realmente escuchar a los demás y luego me sentí avergonzada por la resistencia que encontré.


Ahora, 20 años más tarde, finalmente lo entiendo. He visto mi propio comportamiento reflejado en las respuestas de algunos hombres a las recientes conversaciones sobre el acoso sexual. He oído que algunos hombres crean problemas para sí mismos al sopesar con comentarios que ellos probablemente consideran inexpugnables. Los comentarios del actor Matt Damon vienen a la mente: rebana y corta las experiencias de las mujeres, diferenciando entre los horrores de la violación y la relativa inocuidad de una palmada en las asentaderas. Me pregunto si él está desconcertado cuando algunas mujeres reaccionan con ira.


El actor parece sufrir del tipo de ceguera que yo también tuve durante algunas de nuestras Conversaciones en Tecnicolor. Aunque algunas partes de su argumento son ciertamente válidas, no le corresponde a él diferenciar los grados de humillación y sufrimiento en el hostigamiento y el abuso. Las mujeres podemos hacerlo muy bien nosotras mismas y nuestras voces merecen ser escuchadas. Nuestras voces merecen ser escuchadas.


Del mismo modo, no era mi papel contarle a un grupo de mis amigos Afroamericanos —padres que todavía se preocupaban cada día cuando sus hijos salían de la casa, compradores que habían sido seguidos recientemente por empleados de la tienda, comensales que habían sido insultados en restaurantes de mayoría blanca — cuánto mejor eran sus vidas que en años anteriores. Un objetivo principal de esa conversación, como la del acoso sexual ahora, era proporcionar un lugar cómodo a las personas para que expresen sus quejas y comuniquen su verdadero dolor. No era mi trabajo hacer corto circuito en el necesario ventilar con optimismo no merecido. La lección que tomé fue que , la mayoría de las veces, necesitaba dejar de hablar y escuchar de verdad. En las conversaciones #YoTambién que estamos teniendo hoy en día, espero que los hombres puedan aprender de mis errores. Dejen de hablar, objetando, racionalizando. Por un momento, sólo escuchen.


Y sin importar cuán difícil sea la conversación, quizás haya esperanza para todos nosotros, si todos mantenemos la clase de paciencia sincera con los demás que los miembros Afroamericanos de Santa Cecilia tuvieron conmigo. Pero para que esas conversaciones tengan lugar, debemos hacer un esfuerzo de encontrarnos realmente unos a los otros acercándonos a nuestros vecinos, sentándonos al lado de alguien nuevo en la Iglesia o, si tienes verdaderamente suerte, lavando los platos — cadera a cadera. Kathy Ewing es escritora, educadora, esposa y madre en Northeast Ohio. Ella es la autora de Missing: Coming to Terms With a Borderline Mother (Red Giant Books).



Autor: Kathy Ewing

* Artículo reproducido con el debido permiso de America the Jesuit Review. America the Jesuit Review no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy.
Fecha del artículo: 2018-06-27 11:49:39
Fecha del artículo GMT: 2018-06-27 11:49:39

Fecha modificación: 2018-06-27 11:53:23
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