Evangelización, liberación y discipulado

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“Evangelización, liberación y discipulado” es el título del penúltimo programa de Rafael Luciani en el que el profesor venezolano explica la continuidad de Papa Francisco con la visión de Pablo VI y Aparecida, en relación a la evangelización y el seguimiento de Jesús, en una Iglesia que está llamada a ser discípula y misionera, en salida.

El modelo de una Iglesia pobre y misionera fue presentado en la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano reunido en Medellín, en 1968. Ahí se hizo un llamado a «que se presente cada vez más nítido a Latinoamérica el rostro de una Iglesia auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y audazmente comprometida en la liberación de todo hombre y de todos los hombres» (Medellin 5,15). El compromiso de la Iglesia con la liberación integral del sujeto humano hace concreto a través de una Evangelización que asuma a la realidad social como lugar de interpelación de Dios: «la evangelización debe orientarse hacia la formación de una fe personal, adulta, interiormente formada, operante y constantemente confrontada con los desafíos de la vida actual en esta fase de transición. Esta evangelización debe estar en relación con los “signos de los tiempos”. No puede ser atemporal ni ahistórica. En efecto, los “signos de los tiempos”, que en nuestro continente se expresan sobre todo en el orden social, constituyen un “lugar teológico” e interpelaciones de Dios» (Medellin, Introducción 7,13).

El tema de la liberación será luego asumido por la III Asamblea General del Sínodo de Obispos celebrado en Roma en 1974 bajo el lema «La evangelización del mundo contemporáneo». Los obispos de todo el mundo trataron la liberación como función propia de la obra evangelizadora de la Iglesia. Para Mons. Pironio, «la evangelización dice relación directa a la promoción humana y la liberación plena de los pueblos, sin que ello signifique la identificación entre el Reino de Dios y el desarrollo humano».

Las conclusiones de este Sínodo fueron incorporadas por Pablo VI en su Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi en 1975. Pablo VI sostendrá que «la evangelización lleva consigo un mensaje explícito, adaptado a las diversas situaciones y constantemente actualizado, sobre los derechos y deberes de toda persona humana, sobre la familia, sobre la vida comunitaria de la sociedad, sobre la vida internacional, la paz, la justicia, el desarrollo; un mensaje, especialmente vigoroso en nuestros días, sobre la liberación» (Evangelii Nuntiandi 29). Su visión de la liberación se da en tres órdenes: antropológico (ver los problemas sociales y económicos concretos), teológico (no hay redención sin justicia) y evangélico (el amor al prójimo implica su crecimiento en humanidad) (Evangelii Nuntiandi 31).

Unos años más tarde, la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano reunida en Puebla en 1979 sostendrá que «la finalidad de la doctrina de la Iglesia es siempre la promoción de la liberación integral de la persona humana, en su dimensión terrena y trascendente, contribuyendo así a la construcción del Reino» (Puebla 475). Y especifica que: «es una liberación que se va realizando en la historia, la de nuestros pueblos y la nuestra personal y que abarca las diferentes dimensiones de la existencia: lo social, lo político, lo económico, lo cultural y el conjunto de sus relaciones. En todo esto ha de circular la riqueza transformadora del Evangelio» (Puebla 483).

En este ambiente de debates el entonces padre Bergoglio organizó un congreso en el año 1985, siendo rector del Colegio Máximo en Argentina, bajo el lema: Primer Congreso de evangelización de la cultura e inculturación del Evangelio. En su Lectio, hace suyo el llamado que hiciera Pedro Arrupe SJ en su Carta sobre la inculturación escrita en 1978: «si la inculturación es un hecho vivencial, es claro que supone también la identificación con los sufrimientos de un pueblo y con sus ansias de liberación y crecimiento en los auténticos valores. Así, la inculturación exige que todos trabajemos, directa o indirectamente por los pobres y desde los pobres, en el sentido de que hay que evangelizar desde la perspectiva de los pobres de Yahwé, de la pobreza de espíritu que nos prepara para acoger a Cristo. Inculturación y promoción de la justicia se suponen mutuamente» (Carta y Documento sobre la inculturación).

En pleno apogeo de los procesos de mundialización se llegó a la V Conferencia General del Episcopado de América Latina y el Caribe reunida en el Santuario de Aparecida, en Brasil, en el año 2007. Bergoglio jugará un rol decisivo como presidente de la comisión redactora del documento final. En esta cita se insiste en «llegar a los habitantes de los centros urbanos y sus periferias, creyentes o no creyentes» (Aparecida 518). El acento estará en los sujetos que se encuentren en las periferias, es decir, las víctimas de la exclusión, independientemente de su profesión religiosa o adhesión política. La Conferencia sostendrá que los procesos evangelizadores deben incorporar tres elementos esenciales: a) la opción preferencial por los pobres, b) la promoción humana integral, y c) la auténtica liberación cristiana (Aparecida 146). El ímpetu de la evangelización no puede estar en la recuperación de espacios perdidos, sino en generar procesos socioculturales de transformación, porque «todo proceso evangelizador implica la promoción humana y la auténtica liberación sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad» (Aparecida 399).

Desde esta visión, el Papa Francisco nos invita a pensar la Evangelización desde nuestra inserción en la vida de los pueblos y su promoción. Como lo describe en la Evangelii Gaudium: «la comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así “olor a oveja” y estas escuchan su voz» (Evangelii Gaudium 24).

(Mireia Bonilla – RV)

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