Hitos fundamentales de la Iglesia en América Latina: Parte 3

El siguiente artículo corresponde a la Parte 3 de la serie: “Hitos fundamentales de la Iglesia en América Latina”

Una segunda fase del post-concilio

Hacia mediados de los años setenta, se advierten ya los albores de una segunda fase del post-concilio. A diez años de la clausura del Concilio – observaba un miembro del equipo teológico-pastoral del CELAM – se presentan todos los sigilos de una segunda etapa pos-conciliar. El nuevo pasaje se sitúa convencionalmente en torno a 1975. El núcleo central de las reformas conciliares se hace normalidad eclesial; es un momento de asentamiento. La Iglesia abandona su estado febril y su camino recupera nueva coherencia. Lo cual no quiere decir que no se planteen enormes e ingentes problemas. Se trataba entonces de incorporar en el cuerpo de la Iglesia las mejores reformas ensayadas en la vida de la Iglesia conforme a las enseñanzas conciliares, discerniéndolas de las experimentos fallidos y de los desmantelamientos apresurados.

Cuatro fueron los eventos que marcaron esta nueva fase eclesial latinoamericana, que tuvo en el CELAM un protagonista importante, fuertemente propulsor. El primero de dichos eventos, de un punto de vista cronológico, fue un encuentro sobre la “teología de la liberación” convocado por el CELAM en Bogotá, a fines de 1973. Exponentes y críticos de la teología de la liberación, en un cuadro de participación y aportes plurales, de rigor científico y fraternidad cristiana, abordaron la “teología de la liberación” en sus distintas vertientes (sociológica, política, cultural, bíblica, teológica y pastoral), en su fase de mayor difusión. El CELAM tuvo el valor de proceder así al primer discernimiento de conjunto de esta corriente teológica, en el que se planteaban ya los nudos cruciales y los planteamientos críticos que ayudarían después al camino de discernimiento del Magisterio pontificio y episcopal.

El evento más importante, en absoluto, de ese período fue la realizaciόn de la IV Asamblea Ordinaria del Sínodo Mundial de Obispos, sobre “La evangelizaciόn en el mundo contemporáneo” (octubre de 1974). En la Asamblea sinodal, los Padres de procedencia latinoamericana, con diversidad de acentos, dejaron sentir el peso de una experiencia común y convergentes preocupaciones y solicitudes pastorales. Importantísimo fue el discurso del Presidente del CELAM, el Cardenal Eduardo Pironio. Quizás se pueda afirmar que en esa Asamblea se alcanza y se expresa uno de los momentos más altos de contribución de la Iglesia latinoamericana en la Iglesia universal. No en vano la Iglesia había ido “latinoamericanizándose” en nuestras tierras, adquiriendo su propio perfil y la conciencia de la propia responsabilidad respecto de los pueblos latinoamericanos y de la Iglesia universal. Temas fundamentales planteados desde América Latina fueron especialmente recogidos por la Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi (1975), para cuya elaboración no fue casual que S.S. Pablo VI contara con la colaboración del Obispo brasileño Mons. Lucas Moreira Neves. Las Iglesias en América Latina – sus Pastores en primer lugar – sintieren muy reflejadas en este documento sus propias experiencias, inquietudes y necesidades. Fue un Sínodo de impronta latinoamericana.

La Evangelii nuntianti tuvo así gran difusión y causó hondo impacto en medios eclesiales latinoamericanos. Se llegó a decir de ella que “prolonga y asume sintéticamente el Concilio Vaticano II y, a la vez, nos da una clave nueva para su lectura unificada total, nos ofrece una perspectiva que el Vaticano II no había alcanzado sobre sí mismo”. El valor del recentramiento eclesial en torno a su vocación evangelizadora fue pronto comprendido como el único camino adecuado para afirmar la propia identidad al servicio del bien de los pueblos latinoamericanos.

La preocupación por dar una visión unificada, integradora, dinámica de la evangelización, sin contraposiciones reductoras, puso en relieve las íntimas relaciones entre testimonio y anuncio, evangelización y sacramentos, fe y piedad popular. Para América Latina fueron también muy importantes la enseñanza sobre los vínculos íntimos que unen y a la vez distinguen la evangelización y la liberación. La referencia central de la Evangelii nuntiandi sobre la “evangelización de la cultura y de las culturas” abrió perspectivas fundamentales, íntimamente vinculadas a valorización de la “religión del pueblo”, especialmente de “los pobres y sencillos” y de su potencial evangelizador. El documento pontificio ofrecía, además, criterio claros para el discernimiento eclesial de las comunidades de base, la diversificación de los ministerios, las prioridades de la familia y los jóvenes como sujetos y destinatarios de la evangelización, etc.

El tercer evento significativo de este período fue el encuentro de 60 Obispos latinoamericanos convocados por el CELAM, que realizó un balance de conjunto y a la vez analítico de las conclusiones de “Medellín”, de su importante legado pero también de sus límites y de las extrapolaciones de su utilización parcial, de la exigencia de desarrollo y profundización de diversos enfoques, ya en clave prospectiva. Dos meses después tuvo lugar en Bogotá el Encuentro inter-departamental del CELAM, con un vasto grupo de expertos, sobre “Iglesia y religiosidad popular en América Latina”, de gran riqueza de aportes, que enlaza una auto-conciencia histórica con la cultura, la religiosidad y la misión en pueblos evangelizados. El volumen que publicó el CELAM al respecto no ha sido aún superado como riqueza de muy diversas aproximaciones, reflexiones y perspectivas. Se clausuraba definitivamente la fase iconoclástica, de propagación nord-atlántica, y en medio de agudas crisis de élites eclesiásticas, del fracaso de minorías revolucionarias “foquistas” y del creciente desconcierto de sectores intelectuales, el pueblo de Dios entraba en escena, con el Año Santo de 1974 y dentro de una nueva conciencia eclesial latinoamericana.

La Conferencia de Puebla

La excepcional acogida y difusión de la Evangelii nuntiandi en la Iglesia de América Latina fue como el preámbulo de la convocación de la tercera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, con el tema de “la evangelización en el presente y en el futuro de América Latina”, que tuvo lugar en Puebla de los Ángeles del 27 de enero al 13 de febrero de 1979.

El CELAM quiso que la preparación de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano fuera muy abierta en la consulta y en los aportes. Tuvo lugar entonces la participación más amplia, sorprendente, diversificada y apasionada ante un evento eclesial latinoamericano. Baste tener presente, a título indicativo, los cuatro voluminosos “libros auxiliares” publicados por el CELAM, con los más diversos aportes para la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, para tener una dimensión de la mole de reflexiones y contribuciones que suscitó esa extraordinaria participación durante la preparación de la Conferencia. Los debates fueron tensos e intensos. Estaban en juego cuestiones cruciales para la Iglesia latinoamericana y universal. Lo eclesial corría el riesgo de aparecer muchas veces subordinado o al menos íntimamente condicionado por lo político. Hubo polarizaciones exacerbadas y choques frontales. Junto a la Conferencia General del Episcopado funcionó un “Puebla paralelo”, con enganches al interior del recinto.

Quiso la Providencia de Dios que la III Conferencia General de Puebla fuera confirmada e inaugurada por el nuevo pontífice S.S. Juan Pablo II, después de la ráfaga refrescante del breve paso de S.S. Juan Pablo I. Un Papa venido de lejano, de la Polonia semper fidelis, frontera católica del área del totalitarismo soviético hegemonizado por la URSS, inauguraba su pontificado en la frontera latinoamericana, de pueblos de tradición católica, al interior del área hegemonizada por Estados Unidos. Fue acogido por una nunca vista manifestación semejante de afecto y devoción por parte del pueblo mexicano (lo que será decisivo para el ulterior desarrollo del estilo pastoral y misionero del pontificado). No en vano había suplicado a Nuestra Señora de Guadalupe que le abriera el corazón de sus hijos y que pudiera sintonizar con ellos. La “estrella de la evangelización” de la Evangelii nuntiandi sería reconocida en la Conferencia de Puebla especialmente en el “rostro mestizo de María de Guadalupe” a la luz de una bellísima mariología (reconocimiento y afecto filiales y, a la vez, compensación del sorprendente silencio sobre la devoción popular a la Virgen María en todos los documentos de “conclusiones” de la Conferencia de Medellín).

Quienes participaron en Puebla tomaron inmediata conciencia, desde el primer día, que el discurso inaugural de S.S. Juan Pablo II había afrontado abierta y claramente las cuestiones debatidas y asegurado un camino seguro y fecundo de desarrollo de la Conferencia y de elaboración de su documento final. El “trípode” de verdades que planteó netamente – verdad sobre Jesucristo, verdad sobre la Iglesia y verdad sobre el hombre – expuso los contenidos esenciales e íntegros de la evangelización y no dejó lugar a equívocos o confusiones. Al mismo tiempo, clamó por la custodia y promoción de los derechos humanos en América Latina contra toda situación de opresión.

Puebla concluyó con una serena y profunda afirmación de identidad cristiana, eclesial y latinoamericana, íntimamente entrelazadas. Fue un punto muy alto de la autoconciencia eclesial y latinoamericana. Su preciosa eclesiología, arraigada en la Lumen Gentium y desarrollada en relación a la vida misma del pueblo de Dios en América Latina, fue ya signo elocuente de que iban quedando atrás cuestionamientos tumultuosos y crisis de identidad y se procedía a incorporar lo mejor de la reflexión teológica latinoamericana. Llamaba a todos los bautizados a la “comunión y participación”, que fue uno de sus ejes de desarrollo. La perspectiva latinoamericana se afirmó en una recuperación de conciencia histórica, en la exigencia de la evangelización de la cultura y de la piedad popular, en el amor preferencial por los pobres y los jóvenes, en el compromiso y esperanza por la dignificación humana y la liberación integral. Cuando se iban agotando y resquebrajando los sucesivos esquemas de interpretación de la realidad latinoamericana elaborados por sectores intelectuales secularizados – primero los modelos funcionalistas y desarrollistas de “modernización”, y después las teorías de la dependencia vinculadas a estrategias revolucionarias -, la Iglesia se mostraba capaz de recoger muchos aportes e integrarlos en una totalizante autoconciencia histórica de su misión, desde su propia lectura, católica, de esa “originalidad histórico-cultural que llamamos América Latina”, de la realidad de vida, sufrimientos y esperanzas de sus pueblos.

“Puebla” fue cuerpo orgánico de esa segunda fase de actuación del Concilio en América Latina, mientras maduraban las condiciones espirituales de la Iglesia entera para que el Beato Juan Pablo II se propusiera, desde el inicio de su pontificado, “la plena e íntegra actuación del Concilio Vaticano II”. Si “Medellín” había sido “su punto de partida”, “Puebla” da “un gran paso adelante” gracias a una nueva iniciativa creadora del Espíritu en un nuevo tiempo eclesial.

Fue la Conferencia de Puebla que dio al Papa Juan Pablo II los esquemas fundamentales de aproximación a la realidad latinoamericana, verificados y relanzados en los eventos de sus tan numerosos viajes apostólicos al “continente de la esperanza”. Con Juan Pablo II son también los pueblos que ocupan la escena de las naciones, manifestando su arraigo cristiano, su confianza en la Iglesia, su amor al Papa, sus sentimientos y exigencias de dignidad y libertad. En Haití como en Chile, así como en Polonia y Filipinas, el paso del Papa desata una conciencia de identidad, libertad y dignidad, que erosiona modalidades diversas y ya anacrónicas de regímenes liberticidas. Abre cauces a la democratización, pacificación y reconciliación en una América Central volcánica, caídas las satrapías oligárquicas, sin dejar de denunciar las pretensiones políticas de una llamada “Iglesia popular”. Comunica ráfagas de libertad y esperanza en Cuba e interviene para evitar la guerra en los hielos del Sur americano. El Papa no deja de denunciar las estridentes injusticias, condenar las violencias, defender los derechos de la persona, los trabajadores y los pueblos, destacar la necesidad de salvaguardar el ser y la misión de la familia, promover una cultura de la vida y reafirmar la solidaridad preferencial con los pobres. Da fundamentos e ímpetus a la transición hacia la democracia, compartiendo el juicio neto y valiente de “Puebla” acerca de los regímenes de seguridad nacional, mientras la Iglesia latinoamericana paga fuerte tributo de sangre por su libertad profética, el más impresionante aquél del arzobispo Oscar Romero, brutalmente asesinado mientras celebra la Santa Misa. Prosigue también el discernimiento crítico de desviaciones y confusiones ideológicas de ciertas corrientes de la teología de la liberación; muchas de sus expresiones serán retomadas en el juicio orgánico que planteará la Congregación para la Doctrina de la Fe en las Instrucciones Libertatis nuntius, del 6 de agosto de 1984, (en la que rechaza radicalmente la posibilidad de componer y reformular la fe cristiana y la teología con el marxismo) y en Libertatis Conscientia, del 22 de marzo de 1986 (en la que sienta los fundamentos y desarrollos de una teología de la libertad y la liberación, en un nuevo cuadro cultural e íntimamente ligada a las renovadas enseñanzas sociales de la Iglesia). Concluía el ciclo hegemónico del marxismo y se derrumbaban los regímenes del socialismo real, lo que dejará a algunas expresiones de la teología de la liberación en condición desconcertada y anémica. Mientras tanto el Magisterio de la Iglesia había sabido asimilar sus mejores intuiciones proféticas, resurgidas de la tradición católica ante nuevos retos históricos, lo que permitirá a Juan Pablo II escribir, ya dejado atrás todo lo que tenía de conmixtión ideológica, sobre “la positividad de una auténtica teología de la liberación humana integral”.

Hay en la pasión demostrada por San Juan Pablo II por las vicisitudes de nuestros pueblos el núcleo central de la custodia y aprecio, aliento y alimento de su tradición católica. Nada hay más esencial en todo su mensaje que el acontecimiento de Cristo arraigue más profundamente en la vida de las personas, las familias y los pueblos. Resuena desde comienzos de su pontificado el llamamiento a abrir las puertas a Cristo, ante todo del “corazón” de las personas y también de todas las estructuras y dimensiones de la vida social. De allí su propuesta y aliento de una “nueva evangelización”. De allí su peregrinación a la geopolítica espiritual de los santuarios marianos, llevado por su devoción de Totus tuus, bien consciente que la Virgen María es la gran “pedagoga del Evangelio” para los pueblos latinoamericanos. De allí su continuo replantear la vocación a la santidad, destacada por las numerosas beatificaciones y canonizaciones de latinoamericanos (para algunos países, las primeras de su historia, y para todos tan significativas como la de Juan Diego en México).

La Conferencia de Santo Domingo

El quinto centenario del descubrimiento y la evangelización de América fue considerado fecha muy apropiada para realizar la IV Conferencia General del Episcopado latinoamericano. El mismo Papa, a sugerencia del presidente del CELAM, Mons. Antonio Quarracino, decidió viajar a Santo Domingo en 1984 para inaugurar y promover un “novenario” de años y suscitar una vasta movilización espiritual y misionera del pueblo de Dios en América Latina, también como preparación de la Conferencia. Es entonces que el Papa lanza la consigna de una “nueva evangelización”. Ya lo había anticipado en su discurso a los Obispos del CELAM en la inauguración en Port-au-Prince de la XIX Asamblea ordinaria de este organismo, el 9 de marzo de 1983: América Latina tiene necesidad de una “evangelización nueva: nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión”. Lo desarrollará en Santo Domingo, el 12 de octubre de 1984, exhortando de emprender “una nueva evangelización que “despliegue con más vigor –como la de los orígenes– un potencial de santidad, un gran impulso misionero, una vasta creatividad catequética, una manifestación fecunda de colegialidad y comunión, un combate evangélico de dignificación del hombre, para generar, desde el seno de América Latina, un gran futuro de esperanza”. Esta referencia se transforma en leit-motiv de todas las declaraciones eclesiásticas y se convierte en el hilo central del tema de la IV Conferencia: “Nueva evangelización, promoción humana, cultura cristiana”, que tuvo lugar del 12 al 28 de octubre de 1992.

Sin embargo, no se logra una movilización de envergadura durante el “novenario”.

La preparación de la IV Conferencia tendrá lugar en momento poco oportuno. La “década perdida” sume a América Latina en un estancamiento general. La Iglesia latinoamericana aparece con cierto cansancio ante las oposiciones, laceraciones y confusiones sufridas. Se busca una mayor tranquilidad, que a veces tiende hacia el “tram-tram” eclesiástico dentro de cierto pragmatismo pastoral. Los regímenes militares han sido derrotados y se busca sanar muchas heridas. Se acababa también el ciclo creador de la “sociología comprometida”, la “teoría de la dependencia”. Bajan las mareas ideológicas. Pero también el pensamiento católico latinoamericano y su interpretación general de la vida y el destino de los pueblos latinoamericanos, que llegó al ápice en Puebla, tendía a fragmentarse en una serie de problemas y temas importantes, pero como rapsodias sin sinfonía. Abundan en ambientes eclesiásticos y “celamíticos” la atención necesaria y laudable, pero sin una consideración más global, respecto a la defensa de la vida y la familia, la proliferación de las sectas, la deuda externa, los derechos humanos, la transición a la democracia, la civilización del amor. Comienzan las críticas al neoliberalismo vencedor y su aplicación “dogmática” en América Latina, con todas sus secuelas de pobrezas, inequidades y exclusiones. La “nueva evangelización” es referencia omnipresente en el lenguaje eclesiástico, aunque no se advierta el despliegue vigoroso de un dinamismo misionero “ad gentes”. Recupera fuerte interés la doctrina social de la Iglesia, más como tema de estudio y asimilación que de “inculturación” y construcción. No se advierten nuevos rumbos para los pueblos latinoamericanos. Ello repercute en cierto repliegue de los episcopados dentro de los confines nacionales, amenguando la dinámica de “latinoamericanización” en el servicio del CELAM.

No en vano, la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano se realiza en la transición crucial de un giro histórico epocal, en el que estaba mucho más claro lo que concluía que lo que emergía de modo muy fluido, novedoso e indeterminado, dificultando enormemente una interpretación y proyección del momento histórico. Muchos esquemas políticos y mentales, también en ámbitos eclesiásticos y de militancia cristiana, aparecen ahora obsoletos.

No facilitó tampoco la preparación y realización de la Conferencia de Santo Domingo el hecho de malentendidos y fricciones entre la gestión de la reestructurada y fortalecida Comisión Pontificia para América Latina y el CELAM, lo que provocó pérdida de energías, funcionando de hecho como distracción respecto de los verdaderos problemas y retos que afrontaba la Iglesia en América Latina y el mismo CELAM. Tampoco lo facilitó su concomitancia con el “V Centenario”, pues en no pocos ámbitos eclesiales, y sobre todo en Conferencias de Religiosos, se confundió el rechazo de las violencias sufridas por los mundos indígenas con la clave ideológica del resurgimiento de cierta “leyenda negra”, ahora concentrada contra la evangelización de los pueblos indoamericanos.

Ante todas esas dificultades, la sabiduría eclesial en Santo Domingo se expresó en centrar todo en una vigorosamente fiel confesión de Cristo, y, por lo demás, retomar y desarrollar en general muchos temas de la Conferencia de Puebla. Dos nuevos impulsos del Papa fueron especialmente significativos en Santo Domingo. El primero es el que lo llevó a plantear la iniciativa de un Sínodo de Obispos de todo el continente americano. El segundo fue un fuerte apoyo a los nuevos procesos de integración que estaban surgiendo en América Latina desde comienzos de los años noventa: “Es grave responsabilidad de los gobernantes el favorecer el ya iniciado proceso de integración de unos pueblos a quienes la misma geografía, la fe cristiana, la lengua y la cultura han unido definitivamente en el camino de la historia” (afirmación que será después más desarrollada en Aparecida).

La novedad del Sínodo americano

Es cierto que fue en la Exhortación apostólica Tertio Millennio Ineunte que Juan Pablo II anunció la realización de los Sínodos continentales de Obispos como camino colegial de preparación del Gran Jubileo, en los albores del tercer milenio. Sin embargo, el anuncio del Sínodo americano fue hecho años antes, durante el discurso de inauguración de la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo.

Seguramente la caída del muro entre el Este y el Oeste llevaba a Wojtyla a prever y querer la caída del muro entre el Norte y el Sur, y el continente americano era el lugar ideal para enfrentarlo, dado la coexistencia entre la superpotencia global y hemisférica, de tradición cristiano-protestante-puritana y de fuerte crecimiento del catolicismo (sobre todo, gracias a los hispanos), y el mundo latinoamericano, “continente católico”. En efecto, en la convocación del Sínodo el Papa subrayó “los problemas de justicia y las relaciones económicas internacionales entre las Naciones de América, teniendo en cuenta las enormes desigualdades entre Norte, Centro y Sur”. Y ya lo había expresado de tal modo en su discurso inaugural en Santo Domingo, el 12 de octubre de 1992: “La Iglesia, ya a las puertas del tercer milenio y en unos tiempos en que han caído muchas barreras y fronteras ideológicas, siente como deber ineludible unir espiritualmente aún más a los pueblos que forman parte de ese gran continente y, a la vez, desde la misión religiosa que les es propia, impulsar un espíritu solidario entre todos ellos”. La realización del Sínodo, en fin, tiene lugar en una fase de interdependencia creciente entre Estados Unidos y América Latina bajo ímpetus neoliberales y en pleno desarrollo del Tratado de Libre Comercio (NAFTA) entre Canadá, Estados Unidos y México, de desarrollo de las negociaciones del Área de Libre Comercio Americano (ALCA/FTAA), de propuesta estadounidense de sendos tratados de libre comercio con Chile, Centroamérica, el Caribe y la Comunidad Andina, mientras que más arduas y complejas aparecían las negociaciones con el MERCOSUR y las oposiciones de intereses en juego.

El Sínodo de las Américas fue un acontecimiento de comunión, marcado por la común responsabilidad ante los caminos del Evangelio en el continente y por el compromiso de una renovada solidaridad entre los pueblos.

En realidad, la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos para América, celebrada en el Vaticano del 16 de noviembre al 12 de diciembre de 1997, tuvo el gran valor de entregar a todas las Iglesias del continente un “método” y orientación pastorales de innegable fecundidad, expresada en la consigna: encuentro con Jesucristo vivo, camino de la conversión, la comunión y la solidaridad. Fue oportuno y valioso lugar de encuentro, diálogo y estrechamientos de vínculos de amistad entre los Obispos de todo el continente, pero encontró dificultades en suscitar la aproximación “continental” y una visión a la vez común y muy diferenciada de articular temas y “recomendaciones”. Sobre todo, quedó como hito inicial, en cuanto promesa y exigencia de un camino de comunión, colaboración y solidaridad a recorrer en el próximo futuro. Quizás por eso mismo, el documento post-sinodal, la Ecclesia in America, más que un fruto de larga maduración fue guía recapituladora de trabajos sinodales, orientadora e incitadora para que las Iglesias en América asumieran toda la responsabilidad que les compete en esa senda abierta. En efecto, en esta senda, se advierten temas fundamentales: las negociaciones y oposiciones entre diversos proyectos de integración, el fenómeno masivo de migraciones del Sur hacia el Norte, la proliferación de las comunidades “evangélicas” y pentecostales del Norte hacia el Sur, la presencia creciente del catolicismo hispano en Estados Unidos, la colaboración solidaria entre Iglesias de muy diversas dimensiones y recursos, son algunos, entre muchos otros temas, que han encontrado ya seguimiento eclesial inter-americano y que impondrán estrategias conjuntas.

Camino a la Quinta Conferencia

Después de una comprensible fase transitoria de fatiga, que siguió a tiempos muy intensos de prueba, fueron apareciendo por doquier, ya en la década del 90, signos notorios de un renovado dinamismo eclesial latinoamericano, que el pontificado de San Juan Pablo II alimentó considerablemente. Se fue consolidando una mucho más serena comunión. Se atenuaron muchísimo los sobresaltos ideológicos y afirmado una responsabilidad más firme por la custodia y transmisión del “depósito de la fe”. Se fueron superando las olas de crisis de identidad cristiana. Una nueva generación de Pastores van dejando atrás los desgastados estereotipos de “conservadores” y “progresistas”. Se entretejió más la colaboración entre los Episcopados. Aumentaban las vocaciones sacerdotales y se cuidaba más su formación. Causaba impresión la vitalidad de comunidades cristianas diseminadas por todas partes y la centralidad expresiva y participativa de la liturgia. Se incrementaba también la participación y la vitalidad de la piedad popular con hondo sentido de trascendencia y, a la vez, de la cercanía de Dios. Los contenidos eucarísticos y marianos que la caracterizan, junto con la devoción al Papa, continuaron siendo muy arraigados. Los santuarios han seguido siendo metas de multitudinarias peregrinaciones. Se difunden nuevos movimientos y comunidades eclesiales. Innumerables catequistas laicos sirven por doquier a las comunidades cristianas. La caridad de la Iglesia se expresa en un sinnúmero de gestos y obras que salen al encuentro de las necesidades materiales y espirituales de los pueblos, y especialmente de los más necesitados. Hay fuerte compromiso eclesial en la defensa de la vida contra una “cultura de muerte”. Hay muchas iniciativas en los ámbitos de la pastoral familiar y juvenil. Todo ello y muchos otros signos de renovada vitalidad confluyeron en el Año Jubilar y fueron “alimentados” por este evento de gracia, desembocando en el largo y fecundo proceso de preparación de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que tuvo lugar en Aparecida del 13 al 31 de mayo de 2007. Camino a Aparecida, fue gradualmente recobrándose el gusto de pensar, intercambiar y trabajar en conjunto a nivel de la Iglesia en América Latina, se interesaron e implicaron mucho más las conferencias episcopales, se creó un clima de cordial colaboración y así se fue procediendo gradualmente a una renovada “latinoamericanización”.

Mientras tanto, por una parte, crecía la preocupación eclesial por estrategias neoliberales de crecimiento económico, que se estancan hacia finales de siglo, víctimas de sus propias limitaciones y contradicciones, que agudizan situaciones de exclusión, pobreza y desigualdades estridentes y que abren una nueva época de reacciones populares y turbulencias políticas, del emerger de un protagonismo de movimientos indígenas, de formación de nuevos movimientos políticos. Por otra parte, la tradición católica de los pueblos latinoamericanos se veía desafiada e incluso erosionada por la potente y persuasiva difusión de la cultura global, cada vez más distante y hostil, de fuertes ímpetus relativistas y hedonistas. Nada podía seguir siendo igual que antes. Emergían nuevas situaciones y problemas que operaron como revulsivos y acicates de las inercias y dispersiones eclesiásticas y que requerían aproximaciones y colaboraciones de conjunto por parte de las Iglesias locales y los Episcopados de América Latina, superando el riesgo de la “confusión desconcertante” ante las nuevas realidades, a la que hiciera referencia Benedicto XVI en su discurso al episcopado brasileño (11.V.07). De nuevo había que ponerse a pensar en serio, en grande y en conjunto. El tema de la V Conferencia operó como un acertado, excelente hilo conductor para muchos aportes: “Discípulos y misioneros en América Latina, para que nuestros pueblos tengan vida” – “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14, 6).

Tres meses antes de la Conferencia, el Papa adelantaba ya a los Nuncios la exigencia que se planteaba a la Iglesia en América Latina de afrontar “enormes desafíos”, entre los que destacaba el cambio cultural, los flujos migratorios, “la reaparición de interrogantes sobre como los pueblos han de asumir su memoria histórica y su futuro democrático”, la globalización y el secularismo, la pobreza creciente y el deterioro ecológico, así como la violencia y el narcotráfico (17.II.07). “La Iglesia está llamada a repensar profundamente y repensar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales”, reconocían los Obispos en la introducción del documento final de Aparecida (n. 11). No era cosa fácil, entre quienes “sólo ven confusión, peligros y amenazas” o “quienes pretenden cubrir la variedad y complejidad de situaciones con una capa de ideologismos gastados o de agresiones irresponsables” (n. 11).

La Conferencia de Aparecida

La sabia elección del tema de la Conferencia, el importante e iluminante discurso inaugural y guía de S.S. Benedicto XVI – que fue citado más de 50 veces en el documento final -, el hecho de que la Conferencia se realizara en un Santuario mariano – en cotidiana oración, bajo la protección e intercesión de la Madre y con su pueblo presente -, fueron factores determinantes para su feliz conclusión. También fue de gran importancia que todos los trabajos se realizaran en torno a un eje fundamental, caracterizado por tres compromisos inseparables: el encuentro con Cristo, el discipulado y la misión.

El documento de Aparecida es signo de madurez de la Iglesia en América Latina, proclamando con fidelidad la fe católica, reconociendo y expresando su inculturación en la vida de los pueblos latinoamericanos, proponiendo criterios de discernimiento y guía para las diversas dimensiones de la pastoral de la Iglesia, solidaria con los sufrimientos y esperanzas de sus pueblos, con amor de predilección a los pobres – de cuño cristológico, evangélico -, afrontando con realismo, audacia cristiana y libertad proféticas todo aquello que pesa como estructuras y situaciones de pecado y lo que abre caminos hacia una auténtica dignificación humana y liberación integral.

Aparecida fue un acontecimiento eclesial de serena y constructiva comunión eclesial entre los Obispos latinoamericanos y de ellos con el Sucesor de Pedro. Hubo sí fuertes debates. No es que se buscó las medias tintas de grises denominadores comunes. Impresionaba una predominante cordialidad. Después de las dificultades de “rodaje” inicial, la Presidencia de la Conferencia supo conducir el evento con respeto, aliento y valorización de todos los aportes. Apoyó decididamente el valioso trabajo y precioso servicio de la Comisión de Redacción del documento final. Hubo un trabajo serio de inclusión de todos los aportes, en la medida de lo posible. No hubo “bandos” enfrentados, sino el prevalecer del don y compromiso de unidad, tanto más significativo en cuanto abundan hoy las dialécticas de contraposiciones y acusaciones en muchos ámbitos de la vida pública de América Latina. Se realizaba así lo que el Papa había pedido en la homilía inaugural: “Pido al Espíritu Santo, que asiste siempre a su Iglesia, que la gloria de Dios Padre misericordioso y la presencia pascual de su Hijo iluminen y guíen los trabajos de este importante evento eclesial, a fin de que sea signo, testimonio y fuerza de comunión para toda la Iglesia en América Latina” (12.V07). El documento de Aparecida suscitó convergencias fuertes en todas las comunidades cristianas de América Latina.

“El rico tesoro de continente americano (…), su patrimonio más valioso” es “la fe en Dios amor, que reveló su rostro en Jesucristo”. Esta es la fuerza que vence al mundo – afirmó el Papa en su homilía en Aparecida –, la alegría que nada ni nadie os podrá arrebatar, la paz que Cristo conquistó para vosotros con su cruz. Esta es la fe que hizo de Latinoamérica el continente de la esperanza. No es una ideología ni un movimiento social, como tampoco un sistema económico; es la fe en Dios amor, encarnado, muerto y resucitado en Jesucristo, el auténtico fundamento de la esperanza (…)”. Por eso, “agradecemos a Dios como discípulos y misioneros – dice el documento de los Obispos – porque la mayoría de los latinoamericanos y caribeños están bautizados. La providencia de Dios nos ha confiado el precioso patrimonio de la pertenencia a la Iglesia por el don del bautismo que nos ha hecho miembros del Cuerpo de Cristo, pueblo de Dios peregrino en tierras americanas desde hace más de 500 años” (n. 127).

Se puede hablar, como lo hace el Papa en el discurso inaugural, de “la identidad católica”, pues “la fe en Dios ha animado la vida y cultura de estos pueblos durante más de cinco siglos”. Este patrimonio se manifiesta “en la fe madura de muchos bautizados y en la piedad popular” que el Papa reconoce “en el amor a Cristo sufriente, el Dios de la compasión, del perdón y la reconciliación (…), el amor al Señor presente en la Eucaristía (…), el Dios cercano a los pobres y a los que sufren, y la profunda devoción a la Santísima Virgen (…). De esta “piedad popular hay textos muy profundos y hermosos en el documento final (cfr. nn. 260-267). “Se expresa también – prosiguen los Obispos – en la caridad que anima por doquier gestos, obras y caminos de solidaridad con los más necesitados y desamparados, Está vigente también en la conciencia de la dignidad de la persona, la sabiduría ante la vida, la pasión por la justicia, la esperanza contra toda esperanza y la alegría de vivir aún en condiciones muy difíciles que mueven el corazón de nuestras gentes. Las raíces católica permanecen en el arte, lenguaje, tradiciones y estilos de vida, a la vez dramático y festivo, en el afrontamiento de la realidad” (n. 7).

Este patrimonio está sometido a fuerte proceso de erosión. “Se percibe – sintetiza el Papa en su discurso inaugural – un cierto debilitamiento de la vida cristiana en el conjunto de la sociedad y de la propia pertenencia a la Iglesia católica, debido al secularismo, al hedonismo, al indiferentismo y al proselitismo de numerosas sectas, de religiones animistas y de nuevas expresiones seudorreligiosas”. En medio de un cambio de época, los Obispos reconocen que “nuestras tradiciones culturales ya no se trasmiten de una generación a otra con la misma fluidez que en el pasado” y “ello afecta, incluso, a ese núcleo más profundo de cada cultura, constituido por la experiencia religiosa” (n. 39). Por eso, Benedicto XVI señala a los Obispos latinoamericanos en ese discurso que “la Iglesia tiene la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios, y recordar también a los fieles de este continente que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y testigos de Jesucristo”. El tema escogido para la V Conferencia introduce de lleno en esta tarea capital, donde el enfoque queda referido, no tanto a los grandes programas, sino a los sujetos que redescubren la gratitud, belleza y alegría del ser cristianos, como lo repite siempre Benedicto XVI en su magisterio y lo retoman como hilo conductor los Obispos en Aparecida. “Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras – destacan los Obispos – sino de hombres y mujeres nuevos, que encarnen dicha tradición y novedad (…) (n. 11)”.

Lo esencial para la “renovación y revitalización” de ese patrimonio de fe es “recomenzar desde Cristo en todos los ámbitos de la misión” (cfr. discurso del Papa a los Obispos brasileños), convertirse, en “discípulos fieles, para ser misioneros valientes y eficaces” (cfr. homilía de la Misa de inauguración). En las catequesis de las audiencias de los miércoles en Plaza de San Pedro, Benedicto XVI ya había afrontado el gran tema del discipulado cristiano a través de las vicisitudes de los apóstoles. Sus enseñanzas, proseguidas en Aparecida, pusieron de relieve el método cristiano del discipulado. Hay referencias importantes en los discursos del Papa y muchas páginas hermosas en el documento de Aparecida sobre la originalidad de ese discipulado, sobre la importancia capital y decisiva del encuentro con la persona de Jesús, que hay que renovar siempre en la vida personal y comunitaria, sobre el seguimiento de Cristo, el “permanecer” en su compañía, el experimentar una conversión por compenetración con la novedad de vida que Cristo trae al mundo, el escuchar, asimilar y trasmitir fielmente sus enseñanzas, el configurarse a Él en íntima comunión. Es la vocación a la santidad (cfr. cap. IV, nn. 129-153). “Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigado en nuestra historia – afirman los Obispos -, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros” (n. 11).

Quien ha tenido la gracia de participar en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida y quien lea atentamente su documento final no puede menos que observar cómo una voluntad e ímpetu misioneros recorrió todas sus jornadas y sus páginas. Hubo la viva conciencia de entrar, de tener que entrar, de querer entrar, en una nueva fase misionera al servicio de las personas, las familias y los pueblos de América Latina. “Discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla” repitieron al unísono el Papa y los Obispos. “Cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo El nos salva (cf. Hch. 4, 12). El discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro”. Así lo indicó el Papa, y lo expresaron los Obispos en todo el documento: “Cuando crecer la conciencia de pertenencia a Cristo, en razón de la gratitud y alegría que produce, crece también el ímpetu de comunicar a todos el don de ese encuentro. La misión no se limita a un programa o proyecto, sino que es compartir la experiencia del acontecimiento del encuentro con Cristo, testimoniarlo y anunciarlo de persona a persona, de comunidad a comunidad, y de la Iglesia a todos los confines del mundo” (cfr. n. 145). Por eso, “para convertirnos en una Iglesia llena de ímpetu y audacia evangelizadora, tenemos que ser de nuevo evangelizados y fieles discípulos” (cfr. n. 564). La V Conferencia “desea despertar la Iglesia en América Latina y el Caribe para un gran impulso misionero – se proponen los Obispos -. No podemos desaprovechar esta hora de gracia. ¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de ‘sentido’, de verdad y amor, de alegría y de esperanza! No podemos quedarnos tranquilos en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados y salvados por la victoria pascual del Señor de la historia, que El nos convoca en Iglesia y que quiere multiplicar el número de sus discípulos y misioneros en la construcción de su Reino en América Latina. Somos testigos y misioneros: en las grandes ciudades y campos, en las montañas y selvas de nuestra América, en todos los ambientes de la convivencia social, en los más diversos areópagos de la vida pública de las naciones, en las situaciones extremas de la existencia, asumiendo ad gentes nuestra solicitud por la misión universal de la Iglesia” (n. 548). La Iglesia necesita “una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres del continente. Necesitamos que cada comunidad se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo. Esperamos un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente, una venida del Espíritu que renueve nuestra alegría y esperanza” (cfr. n. 362).

Recorre también todo el acontecimiento de “Aparecida” una renovada toma de conciencia de América Latina, en su singularidad histórico-cultural, como “mundo” de encarnación e inculturación del Evangelio de Cristo, como proximidad de fraternidad, solidaridad y comunión, como tarea histórica a la luz del designio de Dios. Descuella, pues, nuevamente, con fuerza y claridad, la autoconciencia eclesial y latinoamericana en las circunstancias concretas de inicios del siglo XXI. El documento de la III Conferencia general del Episcopado Latinoamericano se había referido a América Latina como “originalidad histórico-cultural”, sellada por la evangelización y simbolizada en el rostro mestizo de María de Guadalupe. Benedicto XVI intuyó claramente esta vocación original, recordando a los representantes diplomáticos de la Santa Sede las palabras de Juan Pablo II en la inauguración de la IV Conferencia de Santo Domingo (12.X.92), que habló “de unos pueblos a quienes la misma geografía, la fe cristiana, la lengua y la cultura han unido definitivamente en el camino de la historia”. “No somos un mero continente – subrayaron los Obispos en Aparecida -, apenas como un hecho geográfico con un mosaico incomponible de contenidos. Tampoco somos una suma de pueblos y etnias que se yuxtaponen” (n. 525). El “mestizaje es la base social y cultural de nuestros pueblos latinoamericanos” (n. 88), intentando, en medio de contradicciones, una síntesis de muchos aportes en pos de una “convergencia en una historia compartida” (cfr. n. 56). “Una y plural, América Latina es la casa común, la gran patria de hermanos (…)”. Es la “Patria grande” de la que hablaron “Puebla” y “Santo Domingo”, y “la V Conferencia expresa su firme voluntad de proseguir ese compromiso” (Cfr. nn. 525-526). Desde la introducción misma del documento de Aparecida se afirma que “el don de la tradición católica es un cimiento fundamental de identidad, originalidad y unidad de América Latina y el Caribe: una realidad histórico-cultural marcada por el Evangelio de Cristo, realidad en la que abunda el pecado – de opresión, violencia, ingratitudes y miserias – pero donde sobreabunda la gracia de la victoria pascual” (n. 8). Por eso puede también decir el documento que “no hay por cierto otra región que cuente con tantos factores de unidad como América Latina – de los que la vigencia de tradición católica es cimiento fundamental de su construcción -, pero se trata de una unidad desgarrada porque atravesada por profundas dominaciones y contradicciones, todavía incapaz de incorporar a sí ‘todas las sangres’ y de superar la brecha de estridentes desigualdades y marginaciones” (n. 527). No es por casualidad que a continuación del subcapítulo que trata “sobre la unidad y fraternidad de nuestros pueblos” (cfr. 10.7) siga otro sobre “la integración de los indígenas y afrodescendientes” (cfr. 10.8) y culmine otro aún referido a “caminos de reconciliación y solidaridad” (cfr. 10.9).

Si la Iglesia católica se reconoce en las enseñanzas del Concilio Vaticano II como “sacramento de unidad del género humano, es en América Latina y el Caribe “sacramento de comunión de sus pueblos. Es morada de sus pueblos; es casa de los pobres de Dios. Convoca y congrega a todas sus diversísimas gentes en su misterio de comunión, sin discriminaciones ni exclusiones por motivos de sexo, raza, condición social y pertenencia nacional” (n. 524). Es designio y milagro de unidad que se va abriendo paso en medio de la historia de los hombres, todavía marcada por el pecado pero ya destinada a la “patria de la plena comunión de Dios con los hombres”. En ese camino la Iglesia es testimonio y servicio, desde el Evangelio, de todo lo que favorece la comunión de las personas, la integración de los pueblos y la edificación de una común familia humana.

Aparecida fue un evento providencial, también en la trayectoria que destinaba al Cardenal Jorge Mario Bergoglio a la sede de Pedro. El Arzobispo de Buenos Aires y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina fue uno de los protagonistas de esa Conferencia. Fue votado por abrumadora mayoría como Presidente de la Comisión de Redacción de su documento final, en la que participaron otros Cardenales y Obispos. Supo hacerlo con un respeto, una sabiduría y una determinación apreciada por todos.

Hay un hilo conductor que conduce del documento de Aparecida a la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, en profunda sintonía. Aparecida desborda ahora en un magistero que ya no es sólo regional y propone para toda la Iglesia sus opciones primordiales que son de desarrollo de las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Todo es valorizado en la vida y compromiso corresponsable de los “discípulos misioneros”: la conciencia grata del tesoro della tradición católica, la inculturación de la fe, el espíritu de la liturgia, la profunda trascendencia y sabiduría de la religiosidad popular, la interpelación lanzada por los rostros de los pobres y sufrientes, la evangelización de la ciudad, la defensa de la vida y la pastoral de la familia, la presencia de la Iglesia en las escuelas y universidades, la pastoral de la juventud, la promoción de la dignidad y del “genio” de las mujeres, la conciencia de la Chiesa local y la solicitud apostólica universal, la renovación de la parroquia, el aliento a las comunidades eclesiales de base, las pequeñas comunidades y los movimientos eclesiales…Conceptos y compromisos fundamentales de Aparecida, como “conversión pastoral” y “misión continental”, adquieren con el pontificado y, en especial con la Evangelii Gaudium, una luz y una fuerza que es propia del Espíritu operante mediante el ministerio petrino.

Ahora toca a la Iglesia en América Latina, y en especial a sus Pastores, saber asumir todas las nuevas exigencias y responsabilidades que plantea el hecho inédito del primer Papa latinoamericano en la historia de la Iglesia, releyendo y reactualizando los compromisos de Aparecida a la luz del testimonio y magisterio del actual Sucesor de Pedro y Pastor universal.

Dr. Guzmán M. Carriquiry Lecour 

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