Hitos fundamentales de la Iglesia en América Latina: Parte 4

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El siguiente artículo corresponde a la Parte 4 de la serie: “Hitos fundamentales de la Iglesia en América Latina”

Camino a la Quinta Conferencia

Después de una comprensible fase transitoria de fatiga, que siguió a tiempos muy intensos de prueba, fueron apareciendo por doquier, ya en la década del 90, signos notorios de un renovado dinamismo eclesial latinoamericano, que el pontificado de San Juan Pablo II alimentó considerablemente. Se fue consolidando una mucho más serena comunión. Se atenuaron muchísimo los sobresaltos ideológicos y afirmado una responsabilidad más firme por la custodia y transmisión del “depósito de la fe”. Se fueron superando las olas de crisis de identidad cristiana. Una nueva generación de Pastores van dejando atrás los desgastados estereotipos de “conservadores” y “progresistas”. Se entretejió más la colaboración entre los Episcopados. Aumentaban las vocaciones sacerdotales y se cuidaba más su formación. Causaba impresión la vitalidad de comunidades cristianas diseminadas por todas partes y la centralidad expresiva y participativa de la liturgia. Se incrementaba también la participación y la vitalidad de la piedad popular con hondo sentido de trascendencia y, a la vez, de la cercanía de Dios. Los contenidos eucarísticos y marianos que la caracterizan, junto con la devoción al Papa, continuaron siendo muy arraigados. Los santuarios han seguido siendo metas de multitudinarias peregrinaciones. Se difunden nuevos movimientos y comunidades eclesiales. Innumerables catequistas laicos sirven por doquier a las comunidades cristianas. La caridad de la Iglesia se expresa en un sinnúmero de gestos y obras que salen al encuentro de las necesidades materiales y espirituales de los pueblos, y especialmente de los más necesitados. Hay fuerte compromiso eclesial en la defensa de la vida contra una “cultura de muerte”. Hay muchas iniciativas en los ámbitos de la pastoral familiar y juvenil. Todo ello y muchos otros signos de renovada vitalidad confluyeron en el Año Jubilar y fueron “alimentados” por este evento de gracia, desembocando en el largo y fecundo proceso de preparación de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que tuvo lugar en Aparecida del 13 al 31 de mayo de 2007. Camino a Aparecida, fue gradualmente recobrándose el gusto de pensar, intercambiar y trabajar en conjunto a nivel de la Iglesia en América Latina, se interesaron e implicaron mucho más las conferencias episcopales, se creó un clima de cordial colaboración y así se fue procediendo gradualmente a una renovada “latinoamericanización”.

Mientras tanto, por una parte, crecía la preocupación eclesial por estrategias neoliberales de crecimiento económico, que se estancan hacia finales de siglo, víctimas de sus propias limitaciones y contradicciones, que agudizan situaciones de exclusión, pobreza y desigualdades estridentes y que abren una nueva época de reacciones populares y turbulencias políticas, del emerger de un protagonismo de movimientos indígenas, de formación de nuevos movimientos políticos. Por otra parte, la tradición católica de los pueblos latinoamericanos se veía desafiada e incluso erosionada por la potente y persuasiva difusión de la cultura global, cada vez más distante y hostil, de fuertes ímpetus relativistas y hedonistas. Nada podía seguir siendo igual que antes. Emergían nuevas situaciones y problemas que operaron como revulsivos y acicates de las inercias y dispersiones eclesiásticas y que requerían aproximaciones y colaboraciones de conjunto por parte de las Iglesias locales y los Episcopados de América Latina, superando el riesgo de la “confusión desconcertante” ante las nuevas realidades, a la que hiciera referencia Benedicto XVI en su discurso al episcopado brasileño (11.V.07). De nuevo había que ponerse a pensar en serio, en grande y en conjunto. El tema de la V Conferencia operó como un acertado, excelente hilo conductor para muchos aportes: “Discípulos y misioneros en América Latina, para que nuestros pueblos tengan vida” – “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14, 6).

Tres meses antes de la Conferencia, el Papa adelantaba ya a los Nuncios la exigencia que se planteaba a la Iglesia en América Latina de afrontar “enormes desafíos”, entre los que destacaba el cambio cultural, los flujos migratorios, “la reaparición de interrogantes sobre como los pueblos han de asumir su memoria histórica y su futuro democrático”, la globalización y el secularismo, la pobreza creciente y el deterioro ecológico, así como la violencia y el narcotráfico (17.II.07). “La Iglesia está llamada a repensar profundamente y repensar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales”, reconocían los Obispos en la introducción del documento final de Aparecida (n. 11). No era cosa fácil, entre quienes “sólo ven confusión, peligros y amenazas” o “quienes pretenden cubrir la variedad y complejidad de situaciones con una capa de ideologismos gastados o de agresiones irresponsables” (n. 11).

La Conferencia de Aparecida

La sabia elección del tema de la Conferencia, el importante e iluminante discurso inaugural y guía de S.S. Benedicto XVI – que fue citado más de 50 veces en el documento final -, el hecho de que la Conferencia se realizara en un Santuario mariano – en cotidiana oración, bajo la protección e intercesión de la Madre y con su pueblo presente -, fueron factores determinantes para su feliz conclusión. También fue de gran importancia que todos los trabajos se realizaran en torno a un eje fundamental, caracterizado por tres compromisos inseparables: el encuentro con Cristo, el discipulado y la misión.

El documento de Aparecida es signo de madurez de la Iglesia en América Latina, proclamando con fidelidad la fe católica, reconociendo y expresando su inculturación en la vida de los pueblos latinoamericanos, proponiendo criterios de discernimiento y guía para las diversas dimensiones de la pastoral de la Iglesia, solidaria con los sufrimientos y esperanzas de sus pueblos, con amor de predilección a los pobres – de cuño cristológico, evangélico -, afrontando con realismo, audacia cristiana y libertad proféticas todo aquello que pesa como estructuras y situaciones de pecado y lo que abre caminos hacia una auténtica dignificación humana y liberación integral.

Aparecida fue un acontecimiento eclesial de serena y constructiva comunión eclesial entre los Obispos latinoamericanos y de ellos con el Sucesor de Pedro. Hubo sí fuertes debates. No es que se buscó las medias tintas de grises denominadores comunes. Impresionaba una predominante cordialidad. Después de las dificultades de “rodaje” inicial, la Presidencia de la Conferencia supo conducir el evento con respeto, aliento y valorización de todos los aportes. Apoyó decididamente el valioso trabajo y precioso servicio de la Comisión de Redacción del documento final. Hubo un trabajo serio de inclusión de todos los aportes, en la medida de lo posible. No hubo “bandos” enfrentados, sino el prevalecer del don y compromiso de unidad, tanto más significativo en cuanto abundan hoy las dialécticas de contraposiciones y acusaciones en muchos ámbitos de la vida pública de América Latina. Se realizaba así lo que el Papa había pedido en la homilía inaugural: “Pido al Espíritu Santo, que asiste siempre a su Iglesia, que la gloria de Dios Padre misericordioso y la presencia pascual de su Hijo iluminen y guíen los trabajos de este importante evento eclesial, a fin de que sea signo, testimonio y fuerza de comunión para toda la Iglesia en América Latina” (12.V07). El documento de Aparecida suscitó convergencias fuertes en todas las comunidades cristianas de América Latina.

“El rico tesoro de continente americano (…), su patrimonio más valioso” es “la fe en Dios amor, que reveló su rostro en Jesucristo”. Esta es la fuerza que vence al mundo – afirmó el Papa en su homilía en Aparecida –, la alegría que nada ni nadie os podrá arrebatar, la paz que Cristo conquistó para vosotros con su cruz. Esta es la fe que hizo de Latinoamérica el continente de la esperanza. No es una ideología ni un movimiento social, como tampoco un sistema económico; es la fe en Dios amor, encarnado, muerto y resucitado en Jesucristo, el auténtico fundamento de la esperanza (…)”. Por eso, “agradecemos a Dios como discípulos y misioneros – dice el documento de los Obispos – porque la mayoría de los latinoamericanos y caribeños están bautizados. La providencia de Dios nos ha confiado el precioso patrimonio de la pertenencia a la Iglesia por el don del bautismo que nos ha hecho miembros del Cuerpo de Cristo, pueblo de Dios peregrino en tierras americanas desde hace más de 500 años” (n. 127).

Se puede hablar, como lo hace el Papa en el discurso inaugural, de “la identidad católica”, pues “la fe en Dios ha animado la vida y cultura de estos pueblos durante más de cinco siglos”. Este patrimonio se manifiesta “en la fe madura de muchos bautizados y en la piedad popular” que el Papa reconoce “en el amor a Cristo sufriente, el Dios de la compasión, del perdón y la reconciliación (…), el amor al Señor presente en la Eucaristía (…), el Dios cercano a los pobres y a los que sufren, y la profunda devoción a la Santísima Virgen (…). De esta “piedad popular hay textos muy profundos y hermosos en el documento final (cfr. nn. 260-267). “Se expresa también – prosiguen los Obispos – en la caridad que anima por doquier gestos, obras y caminos de solidaridad con los más necesitados y desamparados, Está vigente también en la conciencia de la dignidad de la persona, la sabiduría ante la vida, la pasión por la justicia, la esperanza contra toda esperanza y la alegría de vivir aún en condiciones muy difíciles que mueven el corazón de nuestras gentes. Las raíces católica permanecen en el arte, lenguaje, tradiciones y estilos de vida, a la vez dramático y festivo, en el afrontamiento de la realidad” (n. 7).

Este patrimonio está sometido a fuerte proceso de erosión. “Se percibe – sintetiza el Papa en su discurso inaugural – un cierto debilitamiento de la vida cristiana en el conjunto de la sociedad y de la propia pertenencia a la Iglesia católica, debido al secularismo, al hedonismo, al indiferentismo y al proselitismo de numerosas sectas, de religiones animistas y de nuevas expresiones seudorreligiosas”. En medio de un cambio de época, los Obispos reconocen que “nuestras tradiciones culturales ya no se trasmiten de una generación a otra con la misma fluidez que en el pasado” y “ello afecta, incluso, a ese núcleo más profundo de cada cultura, constituido por la experiencia religiosa” (n. 39). Por eso, Benedicto XVI señala a los Obispos latinoamericanos en ese discurso que “la Iglesia tiene la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del pueblo de Dios, y recordar también a los fieles de este continente que, en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y testigos de Jesucristo”. El tema escogido para la V Conferencia introduce de lleno en esta tarea capital, donde el enfoque queda referido, no tanto a los grandes programas, sino a los sujetos que redescubren la gratitud, belleza y alegría del ser cristianos, como lo repite siempre Benedicto XVI en su magisterio y lo retoman como hilo conductor los Obispos en Aparecida. “Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras – destacan los Obispos – sino de hombres y mujeres nuevos, que encarnen dicha tradición y novedad (…) (n. 11)”.

Lo esencial para la “renovación y revitalización” de ese patrimonio de fe es “recomenzar desde Cristo en todos los ámbitos de la misión” (cfr. discurso del Papa a los Obispos brasileños), convertirse, en “discípulos fieles, para ser misioneros valientes y eficaces” (cfr. homilía de la Misa de inauguración). En las catequesis de las audiencias de los miércoles en Plaza de San Pedro, Benedicto XVI ya había afrontado el gran tema del discipulado cristiano a través de las vicisitudes de los apóstoles. Sus enseñanzas, proseguidas en Aparecida, pusieron de relieve el método cristiano del discipulado. Hay referencias importantes en los discursos del Papa y muchas páginas hermosas en el documento de Aparecida sobre la originalidad de ese discipulado, sobre la importancia capital y decisiva del encuentro con la persona de Jesús, que hay que renovar siempre en la vida personal y comunitaria, sobre el seguimiento de Cristo, el “permanecer” en su compañía, el experimentar una conversión por compenetración con la novedad de vida que Cristo trae al mundo, el escuchar, asimilar y trasmitir fielmente sus enseñanzas, el configurarse a Él en íntima comunión. Es la vocación a la santidad (cfr. cap. IV, nn. 129-153). “Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigado en nuestra historia – afirman los Obispos -, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros” (n. 11).

Quien ha tenido la gracia de participar en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida y quien lea atentamente su documento final no puede menos que observar cómo una voluntad e ímpetu misioneros recorrió todas sus jornadas y sus páginas. Hubo la viva conciencia de entrar, de tener que entrar, de querer entrar, en una nueva fase misionera al servicio de las personas, las familias y los pueblos de América Latina. “Discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla” repitieron al unísono el Papa y los Obispos. “Cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo El nos salva (cf. Hch. 4, 12). El discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro”. Así lo indicó el Papa, y lo expresaron los Obispos en todo el documento: “Cuando crecer la conciencia de pertenencia a Cristo, en razón de la gratitud y alegría que produce, crece también el ímpetu de comunicar a todos el don de ese encuentro. La misión no se limita a un programa o proyecto, sino que es compartir la experiencia del acontecimiento del encuentro con Cristo, testimoniarlo y anunciarlo de persona a persona, de comunidad a comunidad, y de la Iglesia a todos los confines del mundo” (cfr. n. 145). Por eso, “para convertirnos en una Iglesia llena de ímpetu y audacia evangelizadora, tenemos que ser de nuevo evangelizados y fieles discípulos” (cfr. n. 564). La V Conferencia “desea despertar la Iglesia en América Latina y el Caribe para un gran impulso misionero – se proponen los Obispos -. No podemos desaprovechar esta hora de gracia. ¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de ‘sentido’, de verdad y amor, de alegría y de esperanza! No podemos quedarnos tranquilos en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados y salvados por la victoria pascual del Señor de la historia, que El nos convoca en Iglesia y que quiere multiplicar el número de sus discípulos y misioneros en la construcción de su Reino en América Latina. Somos testigos y misioneros: en las grandes ciudades y campos, en las montañas y selvas de nuestra América, en todos los ambientes de la convivencia social, en los más diversos areópagos de la vida pública de las naciones, en las situaciones extremas de la existencia, asumiendo ad gentes nuestra solicitud por la misión universal de la Iglesia” (n. 548). La Iglesia necesita “una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres del continente. Necesitamos que cada comunidad se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo. Esperamos un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente, una venida del Espíritu que renueve nuestra alegría y esperanza” (cfr. n. 362).

Recorre también todo el acontecimiento de “Aparecida” una renovada toma de conciencia de América Latina, en su singularidad histórico-cultural, como “mundo” de encarnación e inculturación del Evangelio de Cristo, como proximidad de fraternidad, solidaridad y comunión, como tarea histórica a la luz del designio de Dios. Descuella, pues, nuevamente, con fuerza y claridad, la autoconciencia eclesial y latinoamericana en las circunstancias concretas de inicios del siglo XXI. El documento de la III Conferencia general del Episcopado Latinoamericano se había referido a América Latina como “originalidad histórico-cultural”, sellada por la evangelización y simbolizada en el rostro mestizo de María de Guadalupe. Benedicto XVI intuyó claramente esta vocación original, recordando a los representantes diplomáticos de la Santa Sede las palabras de Juan Pablo II en la inauguración de la IV Conferencia de Santo Domingo (12.X.92), que habló “de unos pueblos a quienes la misma geografía, la fe cristiana, la lengua y la cultura han unido definitivamente en el camino de la historia”. “No somos un mero continente – subrayaron los Obispos en Aparecida -, apenas como un hecho geográfico con un mosaico incomponible de contenidos. Tampoco somos una suma de pueblos y etnias que se yuxtaponen” (n. 525). El “mestizaje es la base social y cultural de nuestros pueblos latinoamericanos” (n. 88), intentando, en medio de contradicciones, una síntesis de muchos aportes en pos de una “convergencia en una historia compartida” (cfr. n. 56). “Una y plural, América Latina es la casa común, la gran patria de hermanos (…)”. Es la “Patria grande” de la que hablaron “Puebla” y “Santo Domingo”, y “la V Conferencia expresa su firme voluntad de proseguir ese compromiso” (Cfr. nn. 525-526). Desde la introducción misma del documento de Aparecida se afirma que “el don de la tradición católica es un cimiento fundamental de identidad, originalidad y unidad de América Latina y el Caribe: una realidad histórico-cultural marcada por el Evangelio de Cristo, realidad en la que abunda el pecado – de opresión, violencia, ingratitudes y miserias – pero donde sobreabunda la gracia de la victoria pascual” (n. 8). Por eso puede también decir el documento que “no hay por cierto otra región que cuente con tantos factores de unidad como América Latina – de los que la vigencia de tradición católica es cimiento fundamental de su construcción -, pero se trata de una unidad desgarrada porque atravesada por profundas dominaciones y contradicciones, todavía incapaz de incorporar a sí ‘todas las sangres’ y de superar la brecha de estridentes desigualdades y marginaciones” (n. 527). No es por casualidad que a continuación del subcapítulo que trata “sobre la unidad y fraternidad de nuestros pueblos” (cfr. 10.7) siga otro sobre “la integración de los indígenas y afrodescendientes” (cfr. 10.8) y culmine otro aún referido a “caminos de reconciliación y solidaridad” (cfr. 10.9).

Si la Iglesia católica se reconoce en las enseñanzas del Concilio Vaticano II como “sacramento de unidad del género humano, es en América Latina y el Caribe “sacramento de comunión de sus pueblos. Es morada de sus pueblos; es casa de los pobres de Dios. Convoca y congrega a todas sus diversísimas gentes en su misterio de comunión, sin discriminaciones ni exclusiones por motivos de sexo, raza, condición social y pertenencia nacional” (n. 524). Es designio y milagro de unidad que se va abriendo paso en medio de la historia de los hombres, todavía marcada por el pecado pero ya destinada a la “patria de la plena comunión de Dios con los hombres”. En ese camino la Iglesia es testimonio y servicio, desde el Evangelio, de todo lo que favorece la comunión de las personas, la integración de los pueblos y la edificación de una común familia humana.

Aparecida fue un evento providencial, también en la trayectoria que destinaba al Cardenal Jorge Mario Bergoglio a la sede de Pedro. El Arzobispo de Buenos Aires y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina fue uno de los protagonistas de esa Conferencia. Fue votado por abrumadora mayoría como Presidente de la Comisión de Redacción de su documento final, en la que participaron otros Cardenales y Obispos. Supo hacerlo con un respeto, una sabiduría y una determinación apreciada por todos.

Hay un hilo conductor que conduce del documento de Aparecida a la Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, en profunda sintonía. Aparecida desborda ahora en un magistero que ya no es sólo regional y propone para toda la Iglesia sus opciones primordiales que son de desarrollo de las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Todo es valorizado en la vida y compromiso corresponsable de los “discípulos misioneros”: la conciencia grata del tesoro della tradición católica, la inculturación de la fe, el espíritu de la liturgia, la profunda trascendencia y sabiduría de la religiosidad popular, la interpelación lanzada por los rostros de los pobres y sufrientes, la evangelización de la ciudad, la defensa de la vida y la pastoral de la familia, la presencia de la Iglesia en las escuelas y universidades, la pastoral de la juventud, la promoción de la dignidad y del “genio” de las mujeres, la conciencia de la Chiesa local y la solicitud apostólica universal, la renovación de la parroquia, el aliento a las comunidades eclesiales de base, las pequeñas comunidades y los movimientos eclesiales…Conceptos y compromisos fundamentales de Aparecida, como “conversión pastoral” y “misión continental”, adquieren con el pontificado y, en especial con la Evangelii Gaudium, una luz y una fuerza que es propia del Espíritu operante mediante el ministerio petrino.

Ahora toca a la Iglesia en América Latina, y en especial a sus Pastores, saber asumir todas las nuevas exigencias y responsabilidades que plantea el hecho inédito del primer Papa latinoamericano en la historia de la Iglesia, releyendo y reactualizando los compromisos de Aparecida a la luz del testimonio y magisterio del actual Sucesor de Pedro y Pastor universal.

Dr. Guzmán M. Carriquiry Lecour

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