Integrar. Una reinterpretación de Amoris Laetitia

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Las dos acepciónes de la integración

La tercera y última dirección estructural de Amoris Laetitia produce un desafío muy indicativo. Es decir: sólo integrando se incluyen las dos primeras fases del documento, que de otro modo quedarían sin fin. El poderoso vínculo entre los verbos básicos, genera una doble interpretación que hace que el proceso de integración no se limita a este asunto, sino abierto incluso a los procesos. Esta “integración bilateral” tiene una buena exposición: «El camino sinodal permitió poner sobre la mesa la situación de las familias en el mundo actual, ampliar nuestra mirada […]. Al mismo tiempo, la complejidad de los temas planteados nos mostró la necesidad de seguir profundizando con libertad algunas cuestiones […]» (AL 2, cursivas nuestras). Son nuevos términos que representan un discurso inaugural para toda la ruta. Se ofrece una perspectiva dinámica, que andando más allá de los sistemas binarios, propone un nuevo postulado: la primacía del tiempo sobre el espacio. Francisco escribió en la Evangelii Gaudium: «Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios» (EG 223). Con esta convicción, él puede afirmar que «no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada “irregular” viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante (AL 301). Y esto es importante porque fortalece el carácter integrador de la propuesta del sínodo.

La integración como superación de las relaciones objetivas

La misión de Amoris Laetitia es la misma de Jesús: «No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado; y a nadie saludéis por el camino» (cfr. Lc 10, 4). Es como si Jesús pidió a sus discípulos que prestar atención a lo que realmente importa, dejando la superestructura de la que nuestra mente humana, tal vez demasiado humana, no quieres privar. En concordancia perfecta, la exhortación apostólica de Francisco vuelve a dirigir las relaciones entre el derecho y la conciencia en un proceso que cancela cualquier automatismo y valoriza el camino de las personas. Si ya Familiaris Consortio había iniciado una temporada pastoral dispuesta por «un atento discernimiento de las situaciones» (FC 84), pero sin abandonar por completo las “condiciones previas”, con el documento sobre la alegría del amor se avanza en la profundización de la línea magistral y se sigue el ideal evangélico de una manera más consistente para la experiencia de los hombres y mujeres de hoy. De hecho: la diferenciación consciente de los casos, el análisis cuidadoso de las circunstancias y la mirada obediente a las finalidades no elimina la reflexión moral, pero la nutre y enriquece a los principios sin fáciles asociaciones. El cardenal Schönborn ha hablado de una «moral de la virtud», en la que, a diferencia de una «moral de la situación», la regla está «acondicionada por la prudencia» (cfr. A. Spadaro, Conversazione con il card. Schönborn sull’Amoris Laetitia, in: “La Civiltà Cattolica” 167 (2016) XIV, 140-141).

Y hay más: muy a menudo, una creencia sutil se ha infiltrado entre las ranuras de la fe cristiana indicando un “derecho a la salvación” por una irrecuperable “legislación garantista”. Si Amoris Laetitia apoya el tema de la misericordia, es para dejarse atrás aquel “vacío de conciencia” que se ha generado y aquella teoría pelagiana que resulta. «Ponemos tantas condiciones a la misericordia que la vaciamos de sentido concreto […] y esa es la peor manera de licuar el Evangelio», dijo el Papa (AL 311). La misericordia, es más, no pretende sustituir o, por lo peor, eliminar la regla, sino quiere aliviar su insuficiencia. Esa «no excluye la justicia y la verdad», pero es ante todo «es la plenitud de la justicia y la manifestación más luminosa de la verdad de Dios» (ivi). Como dijo Gilberto Borghi: «La precisión y la claridad de la norma lleva a pensar que a través de un esfuerzo de voluntad yo puedo permanecer dentro de las normas y, por tanto, sentirme bien con Dios, como si yo mismo fuera capaz de salvarme solo» (G. Borghi, Quello che alcuni teologi non capiscono di Amoris Laetitia, in: http://www.vinonuovo.it/index.php?l=it&art=2371).

Evitar una Iglesia para “puros

«El camino de la Iglesia, desde el concilio de Jerusalén en adelante, es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración» (AL 296). El documento expresa abiertamente en más de un párrafo (ver. p. ej. AL 246), tal que todo el texto refleja constantemente la imagen de la Iglesia como “hospital de campaña”, teorizada por Francisco. Ciertamente no faltan unos límites, a veces debidos a una manera de expresarse que necesita de la misma evolución que ha tocado otros factores, sin embargo, decisivos de la acción eclesial. La mala es que la liquidación simplista de algunos problemas, aunque sólo sea justificada a partir del material sobre el que se propone la exhortación, puede convertirse en una antipatica retrospectiva de la cual la lengua semi-prejudicial es sólo una señal. Por lo tanto, debe desaparecer esta difícil conciliación y pasar con facilidad los restos del modelo anticuado todavía presente. Y, sin embargo, no para exhibir una lectura engañosa o falsa pero para considerar mayormente el “corazón” del documento. Este hilo rojo, que es la representación auténtica de la “hermenéutica de la continuidad” magistral, ya se puede buscar en el primer capítulo: «La Biblia está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis familiares, desde la primera página, donde entra en escena la familia de Adán y Eva con su peso de violencia pero también con la fuerza de la vida que continúa […]» (AL 8). Casi de pasada, a continuación, la exhortación extrae algunas conclusiones básicas de la cotización del famoso pasaje de 1Corintios 11: 17-34. La invitación es a «discernir el cuerpo», ya que «la Eucaristía reclama la integración en un único cuerpo eclesial» (AL 186). Todos pueden participar a la vida comunitaria y cada uno, aunque de una manera diferente, puede encontrar la mejor manera de hacerlo (cfr. EG 47; AL 297).

La comunidad cristiana está definida por la capacidad de alejarse lo más posible por la lógica que podría hacer que sea elitista. Además, el estrecho vínculo con la cercanía y la compasión puede ser buscado en el comportamiento de Jesús, que se presentó «como Pastor de cien ovejas, no de noventa y nueve» (AL 309). Por tanto, es bueno que la pastoral ha llegado a percibir la interpenetración entre el “estado de gracia” y el “estado de pecado”, los ambos leídos por en una perspectiva menos mecánica y más realista. Aquí se trata de incorporar los caminos de los individuos dentro de las comunidades cristianas, un deber que se basa principalmente sobre la analogía imperfecta entre la pareja marido-mujer y Cristo-Iglesia (cfr. AL 73). La principal objeción de esta visión consiste en la dificultad de «preservar la santidad de la Iglesia», como escribió Massimo Nardello (cfr. Amoris Laetitia: osservazioni teologiche, in: http://www.settimananews.it/chiesa/amoris-laetitia-osservazioni-teologiche/). Por supuesto, en un lado tenemos que decir que el argumento es verdaderamente incontestable pero, en el otro, debemos tener en cuenta sus limites. Así, mientras es obvio que la santidad de la Iglesia requiere protección, su búsqueda no puede entenderse, siempre y cuando tenemos que ser cristianos, sin una lectura completa y contextualizada de las Escrituras. Se entenderá que la santidad jamás es sinónimo de superomismo y que no pretende que las comunidades se establecen con una configuración “condicionada”. Con San Pablo nos preguntamos: «¿Qué sabes tú, oh mujer, si quizá harás salvo a tu marido? ¿O qué sabes tú, oh marido, si quizá harás salva a tu mujer?» (1 Cor 7, 16). En Amoris Laetitia se afirma que «Dios siempre quiere promover a las personas» (AL 310). En esta perspectiva reconocer ya es esperar, y esperar ya es realizar.

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Antonio Ballaro
Articulista sobre temas de Iglesia y Teologia. Puede ser contactado a través de: @antoniodballaro (twitter) scrivimi@antonioballaro.it (email)