La Teología del Pueblo y la vida cristiana

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Una opción teológica y pastoral de inspiración latinoamericana

A lo largo de sus discursos, el Papa Francisco viene teologizando su acción pastoral desde criterios que provienen de la “Teología del Pueblo” o también conocida como “Teología de la cultura”. Como explican los teólogos latinoamericanos Juan Carlos Scannone SJ y Rafael Luciani, dicha corriente nace en Argentina durante los años 60 y forma parte de una rama de la teología latinoamericana de la liberación que pone su atención en la evangelización de la cultura para la transformación socioeconómica, política y religiosa a partir de la promoción integral del sujeto humano, el fomento del diálogo sociopolítico y la práctica de la justicia social.

La teología del pueblo se inspira en el llamado que hicieron los obispos argentinos en 1969 con la publicación del “Documento de San Miguel”. En él encontramos algunos de los criterios de discernimiento y las líneas de acción pastoral que el Papa viene promoviendo en fidelidad al Concilio Vaticano II (1962-65) y a las Asambleas Generales de las Conferencias Episcopales Latinoamericanas, especialmente las reunidas en Medellín (1968), Puebla (1979) y Aparecida (2007). En esta última el entonces Cardenal Bergoglio hizo sendas reflexiones sobre el sentido liberador de la “evangelización de la cultura”.

Francisco viene proponiendo un nuevo modo de ser de Iglesia que asuma su talante profético en la vida pública. En sus discursos por Sudamérica hizo ver como una auténtica acción pastoral se da a partir de nuestra inserción en la realidad de los pueblos pobres. Antes de ir a ellos como quien tiene la autoridad para enseñar, el agente pastoral y el teólogo académico deben aprender y dejarse afectar por la solidaridad fraterna con la que viven estos sectores populares. Pero esto sólo ocurre cuando seamos dolientes ante sus necesidades y carencias, y vivamos «el poder desde el servicio». En fin, si apostamos por «una Iglesia pobre y para los pobres» con todas sus «consecuencias en la vida de fe de todos» (EG 198). Lo que el Papa propone no es una mera aplicación radical de la doctrina social de la Iglesia, como muchos analistas suelen entender al no estar familiarizados con la opción teológica y pastoral latinoamericana de fondo que inspira al magisterio de Francisco.

A la base de esta propuesta encontramos a un modelo eclesial. Como nos dice en la Evangelii Gaudium: «prefiero a una Iglesia manchada por salir a la calle, antes que una enferma por el encierro y la comodidad» (EG 49). Este modelo se inspira en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe reunido en Aparecida (2007) y entiende la misión e identidad de la Institución eclesiástica a partir de su acción histórica como «discípula y misionera». Así lo recordó en Río: “el discipulado-misionero que Aparecida propuso a las Iglesias de América Latina y El Caribe es el camino que Dios quiere para este hoy” (Encuentro de Francisco con el Comité del CELAM, Río 2013). De este modelo eclesial se desprenden dos grandes horizontes de discernimiento en los que Francisco viene insistiendo. Su visión de los actuales procesos socioeconómicos y políticos, y la conversión pastoral de la Iglesia para poder responder a estos cambios. Reflexionemos brevemente sobre estos dos aspectos.

 

Ser ciudadanos en el seno de un pueblo

En el discurso de Apertura de la Congregación Provincial XIV de los Jesuitas en 1974, Bergoglio manifiesta «la convicción de que es necesario superar contradicciones estériles intraeclesiásticas para poder enrolarnos en una real estrategia apostólica que visualice al enemigo y una nuestras fuerzas frente a él». Argentina vivía entre conflictos sociales y divisiones al interno de la Iglesia Católica. Una parte importante del clero y la vida religiosa apoyaba al peronismo. En medio de esta situación, el padre Bergoglio, quien era para ese entonces provincial superior de los jesuitas en Argentina, pide «recordar los infecundos enfrentamientos con la Jerarquía, los conflictos desgastantes entre ‘alas’ (por ejemplo, ‘progresista’ o ‘reaccionaria’) dentro de la Iglesia. Terminamos dando más importancia a las partes que al todo».

A raíz de esta experiencia de divisiones y fracturas sociopolíticas y eclesiásticas, nace un nuevo ideal, el de construir un proyecto de nación y de Iglesia. Bergoglio se propuso fomentar una unidad mayor a la coyuntural entendiendo que el bien común, que es «el todo», es más importante que cada postura y opción individual, a las que se refiere como «las partes». Al absolutizar la visión individual de la realidad, se anula el diálogo y toda posibilidad de alcanzar al bien común. El tema de construir esta unidad mayor, o bien común, aparece como central en la teología que inspira a Bergoglio.

Sin embargo, como solía decir Lucio Gera, padre de la Teología del Pueblo, es necesario el cambio de algunas «mentalidades» que impiden alcanzar este fin. ¿Qué criterios debemos tomar en cuenta, entonces, para lograr el bien y el desarrollo integral del pueblo? Primero, y con todo realismo, entiende que no llegaremos a la unidad mientras exista la tentación de obviar los conflictos y no asumirlos. A este tipo de actitud la llama «abstraccionismo espiritualista». Segundo, tampoco se logrará si se aplican políticas económicas y públicas alejadas de los fines cristianos, como son las visiones ideológicas —marxistas y liberales— que quieren ser impuestas a los más pobres y vulnerables por aquellos grupos que están en el poder, ¬—políticos, económicos o religiosos. A esta mentalidad la llama la tentación del «metodologismo funcionalista» y de las «ideologías abstractas». Tercero, se deben evitar posturas «eticistas» o «moralizantes», es decir, aquellas que «aíslan la conciencia de los procesos y hacen proyectos formales más que reales». A este tipo de mentalidad la llama la «moralina de los curas». Así lo explica en el año 2005 durante su exposición en la VIII Jornada de Pastoral Social en Buenos Aires.

Hacia mediados de la década del 70, el padre Bergoglio comienza a formalizar algunos criterios que ayuden a discernir la participación en la vida pública. Propone los siguientes: «la unidad es superior al conflicto, el todo es superior a la parte, y el tiempo es superior al espacio». Casi 40 años después, en el 2010, los retomará como Cardenal en la Conferencia que diera con motivo del Bicentenario de la Independencia, y ahí agregará un cuarto criterio de discernimiento: «la realidad sobre la idea». En la conferencia sostendrá que estos criterios «ayudan a resolver el desafío de ser ciudadano y la pertenencia a una sociedad» (Cf. “Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad: nosotros como ciudadanos, nosotros como pueblo”, 2010). Como Papa retoma esta visión en la encíclica Lumen Fidei (nn. 55.57) y en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (nn. 217-237). Hagamos una breve reflexión en torno a estos criterios de discernimiento que propone Francisco.

El primero es: «el tiempo es superior al espacio». Lo más importante en cualquier praxis pastoral, o sociopolítica, es iniciar procesos porque «uno de los pecados que a veces hay en la actividad socio-política es privilegiar los espacios de poder sobre los tiempos de los procesos» (2010). Para muchos agentes pastorales, académicos y políticos, es más importante la cantidad que la calidad, el poder que el servicio, la estructura y los proyectos que la relación real y próxima al otro. La consecuencia es clara: «somos una sociedad fragmentada que ha cortado sus lazos comunitarios» (Cf. La nación por construir, 2005). De ahí la necesidad de superar el individualismo feroz que domina en los países más desarrollados y construir la fraternidad entre los pueblos, pasando de la creciente globalización de la indiferencia a otro modelo que privilegie el encuentro antes que la ocupación de los espacios ¬—políticos y religiosos— y la obtención de ganancias —económicos— como fines en sí mismos.

El segundo criterio es: «la unidad es superior al conflicto». Esto significa que para que se logre el bien común hay que «meterse en el conflicto, sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de una cadena, en un proceso» (2010). El fin de esto ha de ser la unidad mayor y así la superación de las divisiones y los conflictos coyunturales que podamos estar atravesando. Construir la unidad significa recuperar tres elementos: la memoria de las raíces, la captación de la realidad presente y el coraje del futuro. El reto está en construir «una unidad plurifacética. Alejada de lo hegemónico, tanto de un proyecto globalizante, que uniformiza y elimina la diversidad, como de un relativismo atomizador y despersonalizante» (2005).

El tercer criterio, y quizás el más interesante frente a la creciente cultura de la indiferencia, es: «la realidad sobre la idea». Como él nos explica: «la realidad es, mientras que la idea se elabora». Pero, se pregunta: «entre realidad e idea: ¿qué está primero? La realidad. Ella es superior a la idea» (2010). Aquí hace eco del método teológico latinoamericano al reconocer la necesidad de «ver» primero aquello que se muestra y es evidente ante nuestra mirada, lo que no puede ocultarse porque es un «hecho». Entre otros, podemos mencionar al consumismo derrochador y a la inequidad social que afectan a las grandes mayorías de la humanidad (Laudato Si, 48.49.90.109). Si nos quedamos en «lo ideal» podemos vivir la falsa ilusión de valorar positivamente el actual proceso de globalización, pero al «ver la realidad» que nos rodea descubrimos que nos estamos deshumanizando, que estamos perdiendo «toda referencia a lo común y con todo intento por fortalecer los lazos sociales» (LS 116).

El cuarto y último criterio es: «el todo es superior a la parte». Esto significa que «un ciudadano que conserva su peculiaridad personal, su idea personal, está unido a una comunidad, como sucede con la figura del poliedro. Por ello, la característica fundamental del ser ciudadano es la projimidad» (2010). Con esta expresión, el entonces Cardenal Bergoglio proponía un estilo de vida evangélico que permitiría superar el individualismo atroz que nos distingue como sociedad moderna, pero que, a la vez, frustra a tantos que viven sumergidos bajo la cultura de la indiferencia y la indolencia, donde cada uno vela por sus propios proyectos e intereses, mientras considera al otro como uno más del montón, de la masa, con quien no logra edificar una conexión real, una relación prolongada o un mundo de vida compartido.

En fin, el llamado del entonces Cardenal Bergoglio en el 2005, era a «refundar los vínculos sociales, apelar a la ética de la solidaridad y generar una cultura del encuentro» que frene a la creciente cultura del fragmento promovida por la globalización (2005). Bergoglio ha sido fiel a este deseo a lo largo de su ejercicio ministerial. En su Discurso sobre el Bicentenario, en el 2010, hizo suyas las palabras del Documento Iglesia y Comunidad Nacional escrito por los obispos argentinos en 1981, recordando como «cada sector ha exaltado los valores que representa y los intereses que defiende, excluyendo a los otros grupos». Frente a posiciones individualistas y sectarias, Bergoglio propone la unidad nacional, esa que brota del pueblo entendido como nación, donde cada individuo pasa a ser ciudadano en el seno de un pueblo. Para él, rescatar el verdadero desarrollo humano pasa por reencontrarse como pueblo-nación, porque «pueblo es la ciudadanía comprometida, reflexiva, consciente y unida tras un objetivo o proyecto común» (2010).

Podemos decir que, primero como superior provincial jesuita y luego como Cardenal, Bergoglio luchó por promover la necesidad de una unidad nacional en medio de la dura realidad sociopolítica que vivía la Argentina. Pero también es cierto que hoy, como Papa, ofrece a la comunidad eclesial, dividida y fracturada, una propuesta de unidad eclesial como «pueblo de Dios» y «pueblo fiel»—siguiendo a la terminología de la teología del pueblo.

Las consecuencias para la institución eclesiástica son claras. Necesita una conversión pastoral o cambio de mentalidad como decía Lucio Gera. Lo que vio suceder en los procesos sociopolíticos, ahora lo ve en la Iglesia. Por eso, su palabra sigue vigente, llamando a superar «la lucha por el poder que sirve a intereses individuales y sectoriales; de posicionamientos y ocupación de espacios, más que de conducción de procesos» (2010).

 

La conversión pastoral y la patología del poder eclesial

En el encuentro con el Comité de Coordinación del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam), el 28 de julio de 2013 en Río de Janeiro, Francisco señaló los mismos temas que había expuesto a mediados de los 70 referidos a la unidad del pueblo-nación, pero ahora los llama tentaciones, y los aplica al proceso de discernimiento que debe hacer la propia institución eclesiástica si quiere dar cabida a un proceso de conversión pastoral como pueblo-fiel. Como lo explicó en Río, estas tentaciones son: «la ideologización del mensaje evangélico», «el reduccionismo socializante», «la ideologización psicológica», «la desviación pelagiana», «el funcionalismo» y «el clericalismo». En ellas se revela un hecho: la existencia de una patología deformada del poder eclesial; pero también se plantea una necesidad: la urgencia de su conversión. Todo intento eclesial por transformar la sociedad será en vano si la Iglesia no se convierte, pues carecerá de credibilidad, y su misión no estará respondiendo al llamado de Mt 25 (Quito, 7-7-2015).

En este afán por plantear la necesidad de un cambio de mentalidad en la Iglesia, el Papa, en el año 2013, señala dos amenazas que tocan directamente a la estructura y la vida de la Iglesia, y que deforman su misión e identidad: el «clericalismo» y el «funcionalismo». Francisco busca el cambio de las estructuras eclesiásticas a partir de una opción preferencial por los pueblos pobres, como lo promovía esta rama de la teología de la liberación que es la Teología del Pueblo. Pero para lograrlo, sus miembros deben iniciar un proceso de descentralización de la toma de decisiones para evitar seguir cayendo en el funcionalismo propio de las estructuras autoritarias y centralistas.

Una de las críticas más fuertes que Francisco ha hecho a los miembros del clero y la vida religiosa es el complejo del elegido. Con estas palabras él se refiere al origen de lo que él denomina «la patología del poder eclesial». Se trata de una actitud que nace en las casas de formación de clérigos y religiosos, se extiende por las parroquias y se fortalece con estilos de vida no acordes con la dimensión profética del ministerio eclesial. Francisco critica, con frecuencia, a aquellos que entienden el llamado al sacerdocio o a la vida consagrada bajo una deformada teología de la “elección”, según la cual Dios separa a una persona del mundo para otorgarle un grado superior respecto de los otros miembros de la Iglesia (Discurso a la Curia, 22-12-2014). De aquí deriva una estructura eclesial paralizada que no ha sabido discernir ni responder a los signos de los tiempos y que parece obviar los dramas que afectan a las grandes mayorías de la humanidad, que son los pueblos pobres.

Desde esta patología eclesial, sus miembros corren el riesgo de quedar reducidos a un «círculo cerrado donde la pertenencia al grupo clerical es más importante que el cuerpo eclesial mismo en su conjunto, creando así una grave separación entre laicado y sacerdocio ministerial» (Discurso a la Curia, 22-12-2014). Si esto sigue sucediendo se estaría concediendo la primacía a «las partes» (ministros ordenados, vida religiosa, grupos intraeclesiales) antes que «al todo» (pueblo de Dios, pueblo fiel).

La elección es un servicio y una responsabilidad que debe ser ejercida colegialmente. Su fundamento está en el bautismo de todos por igual, como recuerda Francisco al entender su propio ministerio petrino inspirado en el Documento de Ravena (n.7, 13-10-2007). La elección no es un privilegio ni una separación y menos aún el ejercicio de una tiranía pastoral o administrativa. Si esto no se entiende bien, deriva en el llamado «clericalismo», que es una deformación del poder eclesiástico. Esta terrible patología conduce a los miembros de la institución a vivir una «esquizofrenia existencial», como lo llamó en Río, lo que significa una pérdida del contacto con la realidad, con las personas concretas y sus problemas reales. En este caso se estaría otorgando una primacía a la «ocupación de espacios» de poder y a la realización de proyectos individuales, antes que a «la puesta en marcha de procesos» que responden a las personas, especialmente las más pobres y necesitadas.

El clericalismo crea la ilusión de un mundo paralelo donde no existen necesidades reales ni problemas graves, sino seguridades y privilegios. Es un estilo de vida que favorece a la mediocridad ministerial y se alimenta de relaciones interesadas y a corto plazo. En fin, convierte a los ministros «en una caricatura en la cual se actúa un seguimiento sin renuncia, una oración sin encuentro, una vida fraterna sin comunión, una obediencia sin confianza y una caridad sin trascendencia» (Homilía, 2-2-2015).

El pontificado de Francisco será recordado por su continuo discernimiento y autocrítica de los estilos de vida cristiana, tanto a nivel sociopolítico y económico, como intraeclesial. Un primer paso para lograr esa «Iglesia pobre y para los pobres» será el de superar «el clericalismo —ese deseo de señorear sobre los laicos—, que implica una separación errónea y destructiva del clero, una especie de narcisismo» (Entrevista de Antonio Spadaro SJ a Francisco, 27-9-2013). Si los miembros de la Institución eclesiástica no se convierten, entonces «muchos no encontrarán espacio en sus iglesias particulares para poder expresarse y actuar» (Evangelii Gaudium, 102).

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Félix Palazzi
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas) y en el Boston College (Boston, MA)