La eclesiología social de Francisco

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El telegrama de felicitación que Francisco envió al presidente Trump es una confirmación de su eclesiología. El sabor social de esas palabras alude no sólo a la contextual doctrina de la Iglesia, sino también a la amplia gama de significados que una instancia así declinada explícita. Los fenómenos públicos afectan a la Iglesia porque el acto del Evangelio es un acto por las dimensiones colectivas. Además, la limitación más importante de la situación actual es la ausencia no declarada directamente de una definición inequívoca de las cuestiones más apremiantes y urgentes, no para invocar el absolutismo de las posiciones, sino porque de hecho las derivas son posibles y siempre alrededor.

Direccionar la reflexión

La insistencia con la que hoy se centran los dualismos, por ejemplo, es emblemática. Pero los adecuados laboratorios teológicos no son ciertamente ausentes o silenciosos. La elaboración de nuevos conceptos y nuevos lenguajes avanzan rápidamente y es difícil de sopesar todo con la atención que merece. Sin embargo, el impulso del dinamismo mundial no puede ignorar la tarea de buscar razones y bases sobre las que estructurar la forma de la Iglesia que los desafíos de la actualidad requieren. Hoy se plantea la cuestión de cómo explicar la propuesta del Evangelio en una sociedad que quería constituirse democráticamente para los próximos años también, pero que no parece despreciar un sabor secular “aplanado”.

En el pontificado de Francisco se lo ha repetido hasta la saciedad: no hay recetas fáciles. Pero hay “direcciones” y “prioridades”. Uno de ellos es la opción preferencial por los pobres. El obispo de Roma a menudo la retoma, por lo que desentierra la separación histórica entre la fe profesada y la vida vivida que ya el Vaticano II llamó «un error» (cfr. GS 43). Es un intento inteligente, útil por recordar la no sutileza de este “divorcio”.

El patrimonio de Bonhoeffer

 La reflexión teológica de Dietrich Bonhoeffer ha dedicado mucho tiempo a los eventos intervenidos entre la fe y el mundo. En el verano de 1944, él pasó a un cuadernillo una pregunta: «¿Cómo estarían las cosas si el cristianismo no fuese una religión»? Su pregunta es programática: el cristianismo es más que una religión. La idea implícita sólo puede ser esta. Sólo el quid que al cristianismo asigna un espacio de acción mucho más amplio permite a la Iglesia de configurar su acción en términos sociales y, por tanto, como «ejercicio» de valores ya de dominio público (cfr. J. Moingt, L’umanesimo evangelico, Qiqajon, 80). En el magisterio de Francisco, esto se traduce con la famosas palabras-claves: misericordia y pobres. Se trata de ópticas sociales que se ajustan bien en el proyecto evangélico del anuncio y de la misión.

El acto del anuncio, relacionado por naturaleza al locutor, vive la realidad de una integración honesta y libre. Desde este punto de vista, hay que decir que la Iglesia, ya metodológicamente, actúa la confrontación en la historia. La conciencia pública moderna lo da por sentado y espera no menos que el cumplimiento de este principio. Tal alta responsabilidad sigue siendo plausible gracias al legado de Bonhoeffer: si el cristianismo, en continuidad con el Cristo al que se inspira, es sólo primariamente una religión, se deduce que el magisterio de Francisco puede con razón concebir a sí mismo en relación con una serie de “derechos sociales”. En otras palabras, las relaciones ad extra se convierten en la antesala de las irrenunciables relaciones ad intra.

Piedras angulares de una eclesiología social

La eclesiología social es exactamente el contrario de una deriva sectaria. En el gran magisterio de Francisco está eso. No es suficiente convencerse de la vitalidad de la Iglesia: hay que empezar a pensarla como algo concreto. Las abstracciones están prohibidas. No es sorprendente que entre los principios rectores de la reforma hay “individualidad”, “pastoralidad”, “misionariedad”, “modernidad” y “catolicidad” (cfr. Francisco, Discurso a la Curia Romana, 22 diciembre 2016); es decir, principios con evidente carácter inclusivo, hijos de una cultura de diálogo y empatía.

El núcleo mismo de la fe cristiana nunca parece ajeno al patrimonio cultural, social, histórico de la humanidad. En una cierta manera, aquel “corazón” se vuelve capaz de hacer decible en las realidades y en los contextos más diversos (cfr. Gal 4, 19). Lo se puede avanzar como una “argumentación común” que manifiesta en armonía el ordinario y el extraordinario. Francisco, tomando inteligentemente el kerigma, se ha hecho promotor de un sentir cum ecclesia y, diríamos, incluso cum societate.

En este punto decir que la relación entre eclesiología y compromiso social es muy estrecha parece un lugar común. Pero cuales repercusiones “operativas” puede tener una idea así, tan original como conciliarmente fiel, en el compuesto espacio teológico? En resumen, el enfoque de una “socio-eclesiología” tiene algo que ver directamente con la sociedad actual. Toma, es decir, “forma”, “dirección” y “sentido” por la comparación en la cual está cotidianamente comprometida. La eclesiología social es la comparación – podemos decir “directa” – entre la Iglesia y la sociedad.

Por que la eclesiología social

Las difíciles condiciones ambientales hasta aquí producidas – todos afectadas por una causalidad variable – sin duda han frenado esta “relación bilateral”. El “secretismo” de la fe o el “reduccionismo” de la eclesiología de hecho han represado la reflexión y favorecido la desconexión. El Vaticano II volvió a representar aquella “vocación perdida”, pues expresa con claridad en el documento más importante por las relaciones entre Iglesia y mundo (cfr. GS 44). Finalizar la reflexión en términos socio-eclesiologicos significa solicitar la vida evangelica en la convención que esa «acabará ponendo bajo proceso las lógicas propias de las instituciones sociales y favorecerá el cambiamento» (G. Piana, Vangelo e società, Cittadella, 88) más allá de la fuertes conflictos de intereses, de las insostenibilidades políticas y de los innumerables desiertos humanos.

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