¿Puede la enseñanza social Católica ayudar a resolver la crisis laboral?

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Rudy Limas ha tenido muchos trabajos cuando la industria manufacturera que lo empleó finalmente cerró. Había manejado tractores y camiones, recogido frutas y verduras y sido un dueño-operador para una pequeña empresa. Nunca ha tenido miedo al trabajo duro.

Cuando su trabajo de fabricación finalmente terminó, el comenzó a cobrar desempleo y a buscar celosamente un nuevo trabajo. A sus 61 años, le resultaba difícil persuadir a las personas de que él tenía la energía y el empuje para el trabajo duro. “Ellos miran tu edad y piensan ‘él no puede manejarlo,’ aunque yo si puedo” el contó tristemente a un proyecto multimedia, “Sobre los 50 y sin trabajo.” Le preocupa que su familia pueda pronto terminar en las calles.

Unas pocas décadas desde ahora, los Estados Unidos podrían tener una nueva cosecha de ciudades fantasmas. A lo largo de la nación, muchas ciudades y pequeños pueblos están literalmente reduciéndose mientras las personas empacan y buscan oportunidades en otros lugares. No queda mucho en ciudades como Galesburg, Illinois; Flint, Michigan, o Fossil, Oregón. La caída de los salarios y la desaparición de los empleos han llevado a la disminución de las poblaciones. Algunas pequeñas ciudades están al borde de la extinción. Algunas ciudades más grandes, están ahora rodeados de vecindarios enteros donde las casas y las tiendas están casi vacías, cayendo lentamente en ruinas.

¿Qué les pasó a esta ciudades estadounidenses que fueron una vez prósperas? Es fácil ignorar tal crisis cuando los desempleados están, en su mayoría, fuera de la vista y de la mente. No están parados en colas de pan o marchando en Washington. Están en casa, viendo televisión o jugando videojuegos. Muchos tienen problemas de salud mental, discapacitados o enfermos; muchos más son adictos al alcohol o las drogas. La crisis de los opioides ha asolado especialmente áreas donde el desempleo es alto, perpetuando así el problema. A Diciembre del año pasado, un récord de 95 millones de estadounidenses adultos (un sorprendente número de hombres de mayor edad) no estaban ni empleados ni en un período de transición en sus carreras, ya que ellos no estaban buscando por nuevos trabajos. Los Estados Unidos en este siglo ha experimentado la más severa caída en las tasas de empleo desde antes de la Segunda Guerra Mundial.

Los seres humanos fueron hechos para trabajar. Aunque la dignidad humana es innata, es natural y apropiado para nosotros como seres racionales desarrollar nuestros dones y potencialidades , usándolas para ayudar a desplegar la creación de Dios. Algunas personas tienen una capacidad limitada para hacer esto debido a razones fisiológicas, y los Cristianos nunca deberían olvidar que los muy jóvenes, los muy ancianos, los enfermos y los discapacitados nos bendicen reflejando la propia imagen de Cristo de una manera única.

El trabajo no necesita una compensación monetaria para ser valioso. Muchos cuidadores, por ejemplo, hacen un gran trabajo por el cual no son pagados. Pero cuando los capaces son incapaces de encontrar el trabajo remunerado que ellos necesitan por razones económicas, resulta en frustración generalizada y en desesperación. En ambas de sus Encíclicas laborales, San Juan Pablo II analiza la falta de empleo como una de las enfermedades más incapacitantes de la vida moderna, y el Papa Francisco también ha regresado muchas veces a este tema. De acuerdo con el Papa Francisco, “[El trabajo] nos hace semejantes a Dios, quien ha trabajado y todavía trabaja, quien siempre actúa.”

La crisis del desempleo podría empeorar, pero no por las razones que nosotros repetidamente oímos proclamadas por los canales de noticias y la radio. Es verdad que la inmigración puede crear presión salarial en las industrias poco calificadas, y la contratación externa ha sufrido un duro golpe en ciudades particulares de los Estados Unidos, donde la economía fue una vez altamente dependiente de una sola fábrica o industria. Pero esas pérdidas son compensadas por una serie de ganancias, incluyendo bienes de consumo más asequibles y crecimiento del empleo en otras áreas. Al final, este debate es un ruidoso espectáculo a un tema mucho más importante: Para la mayoría de los estadounidenses que están trabajando, los extranjeros no son la competencia principal – las máquinas son las que están buscando los trabajos.

Para la mayoría de los estadounidenses que están trabajando, los extranjeros no son la competencia principal – las máquinas son las que están buscando los trabajos.

La tecnología has sido por mucho tiempo un importante motor del desempleo. Incluso, en la industria manufacturera, un estudio reciente de la Universidad de Ball State sugiere que sólo el 13 por ciento de los trabajos perdidos desde la década de 1960 es atribuible al comercio y la subcontratación, con avances tecnológicos explicando el resto. Por más sobrio que sea, estamos probablemente al borde de otra ola de despidos. Los avances en la automatización y la tecnología de la información podrían pronto convertir a millones de trabajadores productivos estadounidenses en fabricantes de calesa. Los automóviles sin conductor ( que ya están siendo piloteados en las calles de nuestra ciudad) amenazan con consumir millones de empleos en los próximos años. Vendedores, cajeros y contadores ya están presionados por competir con las computadoras, pero incluso trabajos que fueron prestigiosos en una oportunidad como en leyes y medicina están empezando a intercambiar a los seres humanos por máquinas. Las máquinas trabajarán horas extras sin un cheque de pago, pero ese no es el único problema. En muchos casos, ellos simplemente hacen el trabajo mejor.

Un estudio realizado en el año 2013 encontró que el 47 por ciento de los estadounidenses estaban en alto riesgo de perder sus puestos de trabajo a la automatización en el futuro previsible. Otro estudio, publicado apenas este año, sugirió que tanto como el 38 por ciento de los trabajos estadounidenses que actualmente existen podrían desaparecer en los próximos 15 años. En términos laborales, este es una cuestión mucho más importante que la inmigración.

Desde la comodidad de un sillón, podemos ver muchas ironías, en nuestra situación actual. Que extraño que la humanidad perfeccionó el “dispositivo de ahorro de trabajo” hasta el punto donde ya no hay suficientes empleos para recorrer. Que interesante que la teoría de la alienación se inició en el siglo XIX con la preocupación por los efectos deshumanizantes de los empleos en las fábricas repetitivos, de baja calificación, sólo para encontrarnos dos siglos más tarde, todavía alienados por ahora penando por más empleos en las fábricas de baja calificación. Se siente como una especie de chiste cósmico.

Que extraño que la humanidad perfeccionó el “dispositivo de ahorro de trabajo” hasta el punto donde ya no hay suficientes empleos para recorrer.

El desempleado no se está riendo siquiera, ni tampoco deberíamos nosotros. Nosotros podemos entender que los pobres y los marginados de los Estados Unidos anhelan participar plenamente en sus sociedades. Como Católicos, con nuestro rico cuerpo de enseñanzas sociales, necesitamos permanecer comprometidos en la conversación, ayudando a las personas a encontrar trabajos que sean significativos. Por supuesto eso significa alentar el crecimiento del empleo. Pero también es posible que debamos rechazar algunas de las soluciones más rápidas y obvias al problema del empleo, en aras de la realización de una economía construida alrededor del servicio y el bien común.

El trabajo como servicio

Nuestros ancestros bien podrían haber estado perplejos por la demanda moderna de empleos. Para muchos de ellos, el trabajo era una pesada cruz en realidad, y en el día a día de la vida moderna nosotros a menudo experimentamos el trabajo como un trabajo penoso. Sin embargo, San Juan Pablo II nos recuerda que el trabajo es “una dimensión fundamental de la existencia humana en la tierra.” En el Génesis, Dios ordena a Adán y a Eva que trabajen, y respondiendo a ese mandamiento es nuestra manera de responder al llamado divino de “multiplicar y someter a la tierra.” La mayoría de nosotros, quizás, escogeríamos el ocio sobre el trabajo en cualquier día dado, pero si nosotros queremos ser miembros contribuyentes de la sociedad y llenar nuestras vidas con proyectos y actividades significativas. Esto implica trabajar, y las personas que son capaces y están dispuestas a trabajar, pero que son incapaces de encontrarlo, son menos felices, menos saludables y más propensos a participar en comportamientos autodestructivos.

La enseñanza social Católica siempre ha puesto un fuerte énfasis en la dimensión personal o subjetiva del trabajo. En “Rerum Novarum” (1891), el Papa León XIII sugiere que  “el elemento personal en el trabajo de un hombre” puede ser considerado independientemente de los fines objetivos. Continuando con este tema, la enseñanza social Católica ha afirmado firmemente que un trabajador es un ser humano, con sus propias necesidades y motivaciones personales. Él no puede ser tratado como un simple medio a un fin utilitario.

 La enseñanza social Católica ha afirmado firmemente que un trabajador es un ser humano, con sus propias necesidades y motivaciones personales. Él no puede ser tratado como un simple medio a un fin utilitario.

Puede ser difícil mantener la vista en esta verdad en un mundo industrializado. La tecnología nos ha permitido construir redes de comerciales que entrecruzan el planeta, generando riquezas y oportunidades que nuestros antepasados difícilmente podrían haber imaginado. Este es un logro impresionante, con muchas ramificaciones maravillosas: un billón de personas han sido sacadas de la pobreza extrema en las últimas décadas solamente; las tasas globales de analfabetismo han caído dramáticamente; enfermedades atroces como el polio y la viruela han sido efectivamente erradicadas. Las personas comunes hoy en día tienen recursos educativos y espirituales incalculables a su alcance. Con estos beneficios vienen nuevos desafíos, sin embargo. Las fuerzas del mercado han transformado sociedades y culturas, dejando un legado de alienación, fragmentación social y degradación ambiental.

Entre los intensos retos a los que se enfrentan las sociedades modernas, las cuestiones laborales pueden estar entre las más difíciles. En parte, esto es sólo una consecuencia del tamaño del mercado laboral y el ritmo del cambio. Históricamente, era normal para las personas ocupar las mismas profesiones que sus padres; hoy en día, puede ser difícil de sostener una carrera, incluso a lo largo de una vida. En una enorme corporación, un empleador no puede posiblemente llegar a conocer a todos sus trabajadores personalmente, por lo que es fácil empezar a verlos como meros “activos.”

Los desafíos planteados por las fuerzas del mercado no se prestan fácilmente a las soluciones de balas mágicas. Esto es en parte porque, como argumenta San Juan Pablo II en “Sobre el trabajo humano,” el trabajo es el punto natural de intersección entre los individuos, las familias y la sociedad como un todo. En un nivel personal, las personas necesitan un empleo con horas humanas y condiciones laborales tolerables, idealmente con oportunidades para el progreso y el crecimiento personal. A nivel familiar, el sostén de familia necesita salarios adecuados para el soporte frugal de sus dependientes.

Sin embargo, en el fondo de todo esto, sigue siendo cierto que el trabajo deriva su significado objetivo de su contribución significativa al bien común. No importa, para este fin, si las tareas involucradas son serviles. Los mesoneros, los oficinistas, los trabajadores de limpieza todos pueden servir al bien común en sus diversas formas. El trabajo significativo necesita contener un elemento real de servicio. Este es el ingrediente mágico que puede convertir incluso a una tarea sombría en algo ennoblecedor, humanizador y saludable para nuestras almas.

 El trabajo significativo necesita contener un elemento real de servicio.

Por supuesto es difícil proporcionar algún servicio si no estas apoyado en tu trabajo, o si tu dignidad inherente es pasada por alto. Un “buen trabajo” necesita combinar una gran cantidad de factores. Esto puede explicar el porque las naciones Occidentales disfrutan de abundante, pero encuentran la estabilidad y la inclusión social mucho más elusivas.

El problema con el trabajo sin sentido

La enseñanza social Católica nos ofrece un rico almacén de ideas que pueden ser aplicadas a nuestra crisis laboral. Los Católicos han pasado más de un siglo discutiendo la dimensión subjetiva del trabajo, de manera que nos podemos sentir satisfechos de ver un repentino aumento de interés en este tema. En los últimos años, políticos inverosímiles han subido a la prominencia con la promesa de buenos trabajos, mientras que una rápida mirada a través del periódico local puede revelar piezas de ansiedad del “concierto económico,” la “Lucha por los quince” o el colapso de los sindicatos laborales. Las cuestiones laborales están moviéndose a la vanguardia de nuestro discurso político en la medida que luchamos con las ramificaciones de nuestra cambiante economía.

Como participantes en este debate nacional (y mundial), ¿Qué ideas deben los Católicos presionar? Es una pregunta difícil, precisamente porque las preocupaciones relevantes son tan numerosas. Por supuesto, debemos desear que los trabajadores tengan salarios razonables, condiciones de trabajo saludables y estabilidad laboral.

Los Católicos han servido durante mucho tiempo como defensores de los trabajadores – haciendo hincapié en estos puntos nos viene naturalmente. Sin embargo, mientras las presiones políticas aumentan, es posible que debamos ampliar nuestro enfoque. Los líderes políticos serán tentados con dar prioridad a la dimensión subjetiva del trabajo con exclusión de cualquier preocupación profunda por el valor objetivo del trabajo. Si los trabajadores se quejan de los salarios deprimidos, sólo aumenta el salario mínimo. Si una compañía amenaza con subcontratar, ofréceles subsidios especiales o exenciones fiscales como un incentivo para mantener los puestos de trabajo en casa. Si un avance tecnológico amenaza los empleos, aprueba regulaciones diseñadas para frenar o detener su introducción en la fuerza laboral. Estas son medidas obvias que traen alivio inmediato a las personas que sufren, y para un político esto pudiera ser suficiente incentivo

Viendo las cosas a largo plazo, sin embargo, hay graves inconvenientes a esta solución apresurada. Estimular nuevos mercados es mucho más difícil que generar o proteger los trabajos de trabajos, pero el primero es mucho mejor si queremos que las personas pasen sus vidas dedicadas a actividades significativas. Y nosotros sí queremos eso. Más allá de los salarios, las horas y otras minucias relacionadas con el trabajo, los trabajadores merecen la oportunidad de aplicar sus talentos y habilidades en alguna forma de servicio genuino. El trabajo significativo debería promover el bien común de alguna manera.

Los trabajos de trabajos vacíos, generalmente no son anunciados como tal, pero pueden ser creados indirectamente. Los Gobiernos tienen muchos métodos de proteger los trabajos de la presión ordinaria de mercado. Mediante la evaluación de los aranceles sobre bienes extranjeros, nosotros podemos darle a las compañías estadounidenses una ventaja competitiva en los mercados nacionales. Los incentivos fiscales y los subsidios pueden impulsar a las compañías que están rezagadas con respecto a sus competidores. (Cuando el Presidente Trump hace titulares al “salvar” a una fábrica de la subcontratación, nosotros podemos presumir con seguridad que él le ha ofrecido ventajas de este tipo.) Las regulaciones y leyes proveen otros medios de proteger determinadas industrias o profesiones – por ejemplo, prohibiendo el auto bombeo de gasolina, Nueva Jersey mantiene a los asistentes de las estaciones de gasolina en un trabajo.

Los economistas de libre mercado se apresuran en señalar los costos económicos y políticos de estas medidas. Los bienes y servicios son más caros cuando estamos pagando por la ineficiencia planificada. Los subsidios y las exenciones fiscales pueden ser manipulados por los ya ricos, alimentando la corrupción política y el amiguismo. También es importante entender que cualquier cosa que hagamos para apuntalar las industrias existentes tenderá a disuadir la innovación y el emprendimiento. No hay una buena manera de proteger los empleos de la competencia extranjera (o tecnológica) sin también “protegernos” a nosotros mismos de las nuevas empresas creadas que podrían eventualmente crear más y mejores puestos de trabajos.

No hay una buena manera de proteger los empleos de la competencia extranjera (o tecnológica) sin también “protegernos” a nosotros mismos de las nuevas empresas creadas que podrían eventualmente crear más y mejores puestos de trabajos.

A veces, como una respuesta a la catastrófica pérdida de puestos de trabajo, nosotros podemos decidir que estos costos valen la pena pagarlos. La innovación suena bien en papel, pero el costo social del rápido cambio pueden no siempre valer la pena. Sin embargo, al calcular las compensaciones, nosotros deberíamos tratar de tabular los costos con la mayor precisión que podamos. Entre estos costos, pueden haber pérdidas subjetivas para el mismo trabajador, ya que su trabajo cesará de representar una contribución real para el bien común.

Esto suena duro, pero la posibilidad naturalmente surge una vez que comenzamos a pedirle a la sociedad que haga sacrificios sólo para mantener los puestos de trabajo en existencia. Y hay sacrificios. Las políticas de proteccionismo inevitablemente tienen consecuencias tanto para los trabajadores como para los consumidores. A principios del año 2000, los aranceles del acero de George W. Bush probablemente redujeron el crecimiento del empleo en los estados del Cinturón de Óxido. Cuando Barack Obama usó aranceles para proteger a los fabricantes de neumáticos estadounidenses de la competencia China, los economistas de Princeton estimaron que esto costaría a los estadounidenses cerca de 900.000,00 dólares por trabajo, al año. Estos son costos significativos, que ni siquiera tienen en cuenta las pérdidas potenciales en el emprendimiento. Incluso si estas medidas son necesarias ocasionalmente como un recurso provisional, necesitamos generar soluciones a largo plazo más eficaces.

El trabajo es más que sólo dinero, por supuesto. Algunos de los trabajos más importantes de la sociedad son realizados por salarios mínimos o por ninguno en absoluto. Esto se debe a que el servicio personal, directo (especialmente para los más pobres y más débiles) es difícil de monetizar; las personas que más se benefician a menudo no están en condiciones para pagar. Para un niño, su madre es insustituible, per él o ella no tienen dinero, por lo que ella los atiende gratuitamente. Una sociedad civil saludable tiene muchos “trabajadores del amor” cuyas contribuciones están motivadas por la conciencia de que los seres humanos son preciosos sin portar su capacidad para trabajar. En estos casos, la preocupación humana tiene prioridad sobre el beneficio material.

Al ver el dolor que la pérdida de trabajo causa, podríamos estar tentados a justificar las políticas proteccionistas porque ellas toman en cuenta la preocupación humana inmediatas en cuenta antes que el valor de mercado a largo plazo. El problema aquí es las medidas proteccionistas típicamente no son implementadas para proteger “el trabajo amoroso” y su gruesa dimensión humana. Ellos apuntan a las clases de empleos que fueron creados por las vicisitudes de los mercados mundiales. Las barreras comerciales son implementadas para proteger a los trabajadores de las fábricas, no a los trabajadores sociales, y es difícil evaluar el valor de una fábrica de neumáticos sin considerar el valor de sus neumáticos. Las ruedas fabricadas Chinas sirven a nuestras necesidades tan bien como aquellas hechas aquí en los Estados Unidos, por lo que es posible identificar un punto en el que la sociedad como un todo está aceptando las pérdidas por el bien común, con el fin de mantener la ilusión de productividad de parte del trabajador individual.

Está bien ejercer esa clase de paternalismo con los niños. ¿Pueden los adultos racionales estar satisfechos con ese tipo de fachada condescendiente? Un hombre desesperado tomará cualquier trabajo que le permita alimentar a sus hijos, pero ¿es justo privar a los trabajadores honestos de la oportunidad de hacer una contribución social verdadera a través de su trabajo? Al socavar el valor objetivo del trabajo, las políticas proteccionistas también pueden drenar los empleos de su valor subjetivo.

Más empleos, más significado

Las comunidades que se tambalean por la pérdida de trabajos necesitan ser estabilizadas. A largo plazo, sin embargo, nosotros también necesitamos una economía que le permita a las personas aplicar sus energías a trabajos significativos que avance el bien común. Una enfoque de política equilibrada necesita abordar ambas preocupaciones, y ya nosotros tenemos algunas ideas sobre cómo hacer esto.

A largo plazo, sin embargo, nosotros también necesitamos una economía que le permita a las personas aplicar sus energías a trabajos más significativos que avance el bien común.

Para aquellos que realmente necesitan ayuda material, es mejor subvencionar directamente que distorsionar el mercado laboral. En la medida de lo posible, los programas de lucha contra la pobreza deberían ser dirigidos a complementar el ingreso sin mirar a las personas dependientes de los beneficios, y algunos programas (como el Crédito de Impuesto por Ingreso Ganado) ha demostrado ser razonablemente exitoso al hacerlo. Algunos han sugerido que un ingreso básico universal (una modesta suma pagada anualmente a cada estadounidense, sin importar si él está trabajando) podría proporcionarle a los ciudadanos la suficiente estabilidad para mantenerlos a flote mientras ellos buscan un trabajo significativo. Estos programas tienen como objetivo proporcionar una “red de seguridad” mientras todavía están dándole a las personas un incentivo para que busquen trabajo. Lo ideal sería que ellos le permitieran al mercado laboral cambiar a un modelo más sostenible y al mismo tiempo proporcionar un cojín para proteger a los más vulnerables.

¿Qué tipo de “nueva economía” podría surgir? Nuestro objetivo debería ser el construir una economía en la cual las personas trabajan para fines genuinamente valiosos. Considerando la cuestión desde esa perspectiva, cabe señalar que hay muchos trabajos valiosos que necesitan ser realizados. Nuestra nación está llena de casas sucias, calles llenas de basura y personas enfermas y ancianas que reciben cuidados groseramente inadecuados. Nosotros podríamos beneficiarnos también de más artistas, músicos, eruditos, pastores, directores espirituales y jardineros. En lugar de gastar 900.000,00 dólares de manera que un trabajador de fábrica pueda hacer neumáticos aquí en los Estados Unidos, ¿qué pasaría si pudiéramos gastar ese dinero en chefs personales, tutores personales y trabajadores de cuidado en el hogar? ¿Qué pasaría si pudiera ir para apoyar becas, investigaciones médicas o un abrazo a la agricultura sostenible?

Es natural que las personas necesitadas quieran trabajar. Es malo satisfacer esta necesidad a través de un exceso de trabajo vacío que te mantenga ocupado. ¿No sería mejor, a largo plazo, si las máquinas hicieran la mayoría de las tareas mundanas relacionadas con la creación de nuestros bienes materiales, dejando a los humanos más libres para el servicio personal y las actividades culturales?

A medida que avanzamos en este período de ansiedad laboral, deberíamos hacer todo lo posible para solidarizarnos con los desempleados y los marginados. Al mismo tiempo, debemos mantener nuestros ojos fijos en el horizonte, donde podemos espiar un objetivo digno: una economía verdaderamente humana que le permita a las personas ofrecer sus verdaderos talentos y habilidades en el servicio del bien común.

Este artículo también apareció impreso, bajo el título “Un buen trabajo es difícil de encontrar,” en el ejemplar del 21 de Agosto del 2017.

Autora: Rachel Lu. Quien es una escritora independiente y profesora de filosofía. Viene en San Paul, Minnesota.
* Artículo reproducido con el debido permiso de America the Jesuit Review. America the Jesuit Review no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy

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