«El Sínodo para la Amazonía, un kairós que llegó para reformar la Iglesia»

El Sínodo para la Amazonía es parte del proceso de reformas que Francisco ha iniciado desde el primer año de su pontificado invitando a pensar el centro desde las periferias, es decir, desde los excluidos y las comunidades locales. Esta visión responde al espíritu del Concilio Vaticano II. El Cardenal Suenens, luego de finalizar el Concilio, usó la metáfora de las periferias para hablar de las dos miradas que podemos tener: “la dirección común de la mirada es la que parte del centro hacia la periferia. Muy distinto es el acercamiento que va de la periferia hacia el centro”. Ya no se trata de buscar nuevos métodos para un anuncio más eficaz del Kerygma, sino de vivir en proceso de conversión eclesial —personal y estructural— a partir de una permanente actitud de salida hacia las periferias, pues desde ellas es que se convierte el centro.

Hoy, en Roma se ha vivido ese proceso, se ha podido apreciar a una Iglesia que se quiere dejar evangelizar por lo que acontece en los pueblos de la periferia global. Por ello, antes que proponer grandes textos o temas de orden especulativo, en el Sínodo se trabajaron y lograron establecer principios hermenéuticos que abrirán la puerta de la Iglesia a una mayor comprensión de la reforma estructural que se necesita para superar la reinante mentalidad clerical y colonial que la ha caracterizado durante el segundo milenio. Principios que, aunque han nacido en un Sínodo regional, servirán de discernimiento para el conjunto de las Iglesias locales esparcidas por todo el mundo.

El gran principio hermenéutico que estructura al documento conclusivo y expresa el más genuino consenso de todos los sinodales, lo encontramos cuando afirman que «las formas organizativas para el ejercicio de la sinodalidad pueden ser variadas, ellas establecen una sincronía entre la comunión y la participación, entre la corresponsabilidad y la ministerialidad de todos, prestando especial atención a la participación efectiva de los laicos en el discernimiento y en la toma de decisiones, potenciando la participación de las mujeres» (91). Esto significa un giro eclesial sin precedentes, que toca a la identidad y la organización eclesial, al exigir la «participación efectiva» —y no sólo afectiva— de todos los fieles en «el discernimiento (procesos) y la toma de decisiones (estructuras)».

Este principio no surge de una teología abstracta, hecha en escritorios, sino «después de un largo camino sinodal de escucha del Pueblo de Dios en la Iglesia de la Amazonía» (1) que involucró a más de 87.000 personas, pueblos e instituciones consultados (3). Siguiendo el método del Concilio en Gaudium et Spes, los sinodales explican que «se trata de determinar y de recorrer como Iglesia, mediante la interpretación teologal de los signos de los tiempos, bajo la guía del Espíritu Santo, el camino a seguir en el servicio del designio de Dios» (90). Todo discernimiento e interpretación no es autorreferencial, en función del poder y la conversación de lo existente, sino en función de la misión, de lo que el Espíritu pida para hoy. Por ello, continúan los sinodales, con más fuerza, afirmando que este mismo proceso de ha de mantener «luego, en la etapa de actuación de las decisiones, para seguir caminando bajo el impulso del Espíritu Santo en las pequeñas comunidades, las parroquias, las diócesis, los vicariatos y en toda la región» (90).

La sinodalidad queda, pues, enmarcada como el gran principio estructurador de la reforma eclesial, lo cual supone no sólo el «camino que recorren juntos los miembros del pueblo de Dios» (87), sino también «el reunirse en asamblea y en la participación activa de todos sus miembros en su acción evangelizadora» (87). Esto representa el legado más importante en la profundización del Concilio que hoy nos deja Francisco. Sabiendo esto, los sinodales han reconocido que «para caminar juntos, la Iglesia de hoy necesita una conversión a la experiencia sinodal. Es necesario fortalecer una cultura de dialogo, de escucha reciproca, de discernimiento espiritual, de consenso y comunión para encontrar espacios y modos de decisión conjunta y responder a los desafíos pastorales (…) para superar el clericalismo y las imposiciones arbitrarias» (88). No se trata de algo nuevo. Los sinodales han reconocido que «la sinodalidad caracteriza también la Iglesia del Vaticano II, entendida como Pueblo de Dios, en igualdad y común dignidad frente a la diversidad de ministerios, carismas y servicios» (87).

Esta conversión sinodal a la que nos llaman, supone un fuerte cambio de mentalidad porque «no se puede ser Iglesia sin reconocer un efectivo ejercicio del sensus fidei de todo el Pueblo de Dios» (88) que se traduzca «en una Iglesia toda ella ministerial, que tiene en el sacramento del bautismo la base de la identidad y de la misión de todo cristiano» (93).

Esta ministerialidad, proponen los sinodales, debe partir de las comunidades cristianas, pues a ellas responde la misión de la Iglesia y no viceversa. Desde ellas se restituye el auténtico sentido de la vocación cristiana como respuesta, nunca individual, a un Dios que llama a través de la comunidad y de las necesidades que ésta tiene, como se entendió y vivió en los primeros estilos de vida religiosa que fueron surgiendo en el primer milenio. Esta ministerialidad, también ha de responder al derecho que tienen las comunidades de recibir la Palabra y los Sacramentos y, por tanto, es un deber de la Iglesia el buscar «nuevos caminos y formas». Los sacramentos no son una concesión de la Institución eclesiástica a un grupo de fieles, sino un «derecho» que tienen y deben recibir todos los fieles y miembros del Pueblo de Dios. La Institución está llamada a escuchar a los fieles y proveerles sus derechos.

Es en este contexto donde se entienden los nuevos ministerios. El más controvertido para muchos grupos ultraconservadores ha sido el de los llamados viri probati. El consenso existente entre los sinodales les lleva a proponer «establecer criterios y disposiciones de parte de la autoridad competente, en el marco de la Lumen Gentium 26, de ordenar sacerdotes a hombres idóneos y reconocidos de la comunidad, que tengan un diaconado fecundo y reciban una formación adecuada para el presbiterado, pudiendo tener familia legítimamente constituida y estable, para sostener la vida de la comunidad cristiana mediante la predicación de la Palabra y la celebración de los Sacramentos» (111). Como he explicado en otras ocasiones, la Iglesia, a través de sus regulaciones canónicas, entiende que ser varón casado constituye un impedimento para ser ordenado. Pero se trata de un impedimento de derecho eclesiástico y no divino. Por tanto, no toca al dogma ni a la doctrina, sino a la disciplina eclesiástica. Ante los impedimentos, el propio código de derecho canónico de la Iglesia latina provee la concesión de una dispensa que puede ser otorgada por la Sede Apostólica. Este es el camino propuesto por los sinodales.

Asimismo, otro camino asumido es el de formalizar, institucionalmente, un ministerio que, de facto, ya viene siendo ejercido por las mujeres en la Amazonía. Dicen los sinodales que «en los nuevos contextos de evangelización y pastoral en la Amazonia, donde la mayoría de las comunidades católicas son lideradas por mujeres, pedimos sea creado el ministerio instituido de la mujer dirigente de la comunidad y reconocer esto, dentro del servicio de las cambiantes exigencias de la evangelización y de la atención a las comunidades» (102). Se trata de un ministerio que se define a la luz de la comunidad y no de la potestas concedida a un individuo.

Es un primer paso para desclericalizar los nuevos ministerios. La propuesta se enmarca dentro de un proceso que busca «una comprensión mas amplia del diaconado» (104), que responden a prácticas de ordenación existentes en los primeros siglos por manos de un obispo, distinguiéndolas de las sacerdotales e introduciéndolas como ministeriales, en la línea de Lumen Gentium 29. Buscando superar formas clericales que han sido propuestas, esta mirada no pretende superar el poder con otro poder.

Por ello, al igual que en el caso de los viri probati, no podemos caer en la tentación de aludir a las mismas razones clericales que queremos superar para exigir nuevas formas de ministerios. No estaríamos cambiando la estructura eclesial ni la teología de fondo. El problema es más de fondo. Responde a la opción por una Iglesia que sea toda ella ministerial y, por tanto, a un problema de conciencia en quienes tienen el poder de decidir en la Iglesia.

Para el discernimiento y la ejecución de esto, y otros aspectos más, se propone «crear un organismo episcopal que promueva la sinodalidad entre las iglesias de la región. Se trataría de un organismo episcopal permanente y representativo que promueva la sinodalidad en la región amazónica, articulado con el CELAM, con su estructura propia, en una organización simple y también articulado con la REPAM. De esta manera puede ser el cauce eficaz para asumir, desde el territorio de la Iglesia latinoamericana y caribeña, muchos de las propuestas surgidas en este Sínodo» (115). El nuevo organismo también atenderá a lo relacionado con «la elaboración de un rito amazónico, que exprese el patrimonio litúrgico, teológico, disciplinario y espiritual amazónico, con especial referencia a lo que la Lumen Gentium afirma para las Iglesias orientales (cf. LG 23)» (119).

En el fondo se va haciendo realidad lo que Francisco mencionada en Evangelii Gaudium sobre los procesos e instancias de descentralización eclesial al devolverle autoridad a las Iglesias locales. Por ello, este kairós eclesial vivido, «este Sínodo nos brinda la ocasión de reflexionar sobre la forma de estructurar las iglesias locales en cada región y país, y de avanzar en una conversión sinodal que señale rutas comunes en la evangelización (…) en el marco de una Iglesia con «rostro pluriforme porque arraiga en muchas culturas diversas (EG 116)» (91).

Este Sínodo, aunque regional, actualiza la hermosa circularidad hermenéutica que aconteció entre la Iglesia latinoamericana y Pablo VI. Así como Populorum Progressio nutrió a la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano reunido en Medellín, en 1968, y Medellín luego aportó conceptos como liberación y promoción humana a la Evangelii Nuntiandi, en este Sínodo está aconteciendo algo análogo que será reconocido como una nueva contribución de la Iglesia latinoamericana a la Iglesia Universal.

 

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Rafael Luciani
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor Titular en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas), Straordinario en la Università Pontificia Salesiana (Roma) y en el Boston College (Boston, MA)