Theobald y Amoris Laetitia

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Desde el principio tuve la impresión que Amoris Laetitia no fuera un texto pensado limitadamente a la gestión de las “urgencias” pero que, además, anticipase unos desafíos teológicos. Desafíos, estos, que la teología tiene que recoger, elaborar y proponer al pueblo de Dios en camino. Dedicándome, pues, a la lectura personal de otros textos, he literalmente disfrutado una percepción: la que Christoph Theobald hubiera casi “prefigurado” en uno de sus textos (cfr. Il cristianesimo come stile, EDB, 2009; adelante CCS) las mismas propuestas y los mismos argumentos que Francisco ha traducido en “versión magistral”. Aquí me gustaría probar, indignamente, al esbozar una combinación de la obra del teólogo francés y la exhortación papal, teniendo en cuenta el probable “riesgo de insuficiencia”.

Redescubrimiento de la autocrítica

La propuesta de Theobald es encantadora y rigurosa. En esa él se pregunta, entre otras cosas, cual papel han desempeñado los dos Concilios Vaticanos en el contexto de la búsqueda de la “forma” católica. Este tema es subyacente pero predominante en las decisiones de la Iglesia de hoy. Si se ven las afirmaciones del Vaticano I, uno se da cuenta rápidamente de que la Iglesia se había convertido en «última instancia para la credibilidad de la fe» (CCS, 353; Dei Filius 3); aspecto ahora aclarado pacificamente a través de la evocación pastoral – que, como tal, recuerda la imagen del “buen pastor” que es Jesús.

Uno puede preguntarse, por lo tanto, si para la Iglesia no sería la capacidad de “criticar” a sí misma un buen intento de “regulación” de las relaciones. Que el Papa muestre la vía de «una saludable reacción de autocrítica» (AL 36) es, en este sentido, tanto emblemático como programático. Del mismo modo sucede fuera de Amoris Laetitia: «Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades» (EG 49). Aun a costa de generar “conflictos” se convierte en recomendable “aceptar los límites de nuestra expresión pastoral” (cfr. J.M. Bergoglio, Nel cuore di ogni padre, Rizzoli, 132) para que la Iglesia se entregue al Padre y encuentre, siempre de él, la identidad que pertenece a ella (cfr. CCS, 353).

Revisión de la autoformulación

La otra cara es la del «respeto eclesial frente a la capacidad de los creyentes de expresar la propia experiencia» (CCS, 353). El excedente de las contribuciones que se generan se utiliza no sólo para alimentar una imaginada “forma” eclesial, sino para aligerar el peso que el enfoque exclusivo por los espacios ha echado en la vida cotidiana de los individuos (cfr. EG 223). Lo que viene es justamente una de las primeras expresiones del documento post-sinodal: «Recordando que el tiempo es superior al espacio, quiero reafirmar que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales» (AL 3). La Iglesia, así, declara su intención integradora por las numerosas (y complejas) vidas de fe para que nadie puede considerarse falto de responsabilidad (cfr. AL 7).

Conducir a los individuos a varias experiencias “personales” – por lo tanto necesariamente “responsables” – es muy “tradicional” (cfr. AL 35). Por otra parte, la vida cristiana consiste principalmente en la recepción libre de un Dios que, siendo en relación, invita a centrarnos en la diferente estructura de nuestras existencias (cfr. Mt 6, 33). Si sentirse hospitalarios hacia esta “abertura de credito” (cfr. AL 37) suena como un desafío para la Iglesia, debemos recordarnos que cada “originalidad” espiritual (cfr. CCS, 769) le ha suministrado poco a poco el impulso que necesitaba (cfr. CCS, 150), extendiendo las “competencias” y profundizando las “miradas”.

Diferenciación en la dogmática

Demostrado cierta debilidad, para la Iglesia también es el momento de empezar a «orar con su propia historia» (AL 107). Incluso se podría leer la pastoral como “escuela” eclesial; indicando, por ejemplo, su uso hacia el interior, en sentido propiamente reflejo. Con una procesualidad pastoral “verificada” mejoraría la calidad y los resultados – y todo sin mecanismos. Theobald sugiere una «aceptación lúcida de la diferenciación interna de la sociedad moderna» (CCS, 353), que es lo que Francisco llama «enfoque analítico y diversificado» (AL 32). Por lo tanto, la única manera de estructurar un enfoque estrictamente a la altura proviene del discernimiento, que es ante todo un respecto sensible y profundo de la historia.

Básicamente eso es todo: Amoris Laetitia ofrece una “espiritualidad histórica”. Una oportunidad sostenible culturalmente, así como teológicamente necesaria. La coherencia interna de este modo ya se ha dado en la imposibilidad de encontrar «una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos» (AL 300): diferenciando las situaciones, de hecho, se permane fieles a la visión detallada de Jesús que nunca piensa según categorías maximalistas. Por el contrario, el punto de partida sigue siendo el sujeto, que puede darse ya solo cuenta de la dificultad de “unificar” su vida. Concluye emblemáticamente Theobald: «Va a hacerse – la dogmática “eclesial” – ingenuamente cómplice de su tentación – de los sujetos – de buscar esta unidad en un simple cumplimiento de la ley del grupo eclesial o dará lugar al misterio absolutamente singular de sus existencias?» (CSC, 353). Es lo que está en juego en el documento, es la verdadera “preocupación” de Francisco.

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