¿Una lección de hoy? Obispos y Teólogos en el Concilio de Trento

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El año 2013 marcará el 450vo. aniversario de la clausura del Concilio de Trento. Estoy escribiendo un libro acerca del Concilio para contribuir de manera modesta a la observancia del aniversario. Pero lo estoy haciendo porque yo creo que en este caso, así como en muchos otros, lo que sucedió en el pasado da perspectivas útiles en el presente. Lo que sucedió en Trento puede ayudar a los Católicos y a los observadores fuera de la Iglesia a reflexionar sobre la tensión actual entre el Magisterio y los Teólogos y sugerir mejores maneras de lidiar con ésta. El problema no es nuevo en la Iglesia, pero hoy es ciertamente agudo.

Sus raíces son profundas en el pasado, originándose en los siglos 12 y 13 con la fundación de universidades. Hasta ese momento los Obispos, que casi invariablemente venían del estrato social de la sociedad más alto, tenían el mismo estilo literario de educación que sus compañeros. Si todo iba bien, ellos dirigían sus habilidades literarias a exponer sobre el texto de la Biblia y por lo tanto se convirtieron en calificados para enseñar en la Iglesia. San Agustín y San Ambrosio se ajustan al molde. A pesar de que estos Obispos podrían, por sí solos, dedicar tiempo al estudio de filosofía, su cultura permaneció en general, indistinguible en estilo de la de otros líderes en la sociedad. Ellos eran el equivalente de los “caballeros eruditos” de años más tarde. Ellos no tenían títulos universitarios porque no habían universidades.

El nacimiento de las Universidades

Ésta cómoda situación cambió drásticamente en la Alta Edad Media, cuando la ciencia Griega, recién importada, desafió a la Biblia como la fuente de todo conocimiento. La reflexión sobre la “página sagrada” nunca más sería tan fácil, ya que la relación entre “la razón y la revelación” se trasladó a una nueva y directa confrontación. Ése enfrentamiento ha continuado en el presente de diversas maneras, pero en formas aún más exacerbadas. No hay respuestas fáciles para la cuestión de los problemas de reconciliación surgidos de la confrontación, sobre todo no en el intelectual y tecnológicamente complicado siglo 21.

Justo en el momento que la confrontación apareció por primera vez, y en cierta medida a causa de ello, las universidades nacieron. El propósito de la nueva institución era la formación de profesionales, incluyendo profesionales en la página sagrada. En la Universidad de París, la facultad de Teología fue una de las tres Escuelas Profesionales, junto con la de Derecho y Medicina. Completar el curso completo en Teología podría tomar unos 15 años. Fue en esa facultad que los muchos problemas que surgen de la nueva problemática de la razón y revelación penetró el más sereno escenario de la contemplación de la sagrada página. Disputa, no la contemplación, era el ejercicio universitario estándar.

Tengan en cuenta que estos nuevos profesionales en Teología no eran Obispos. En mayor medida los Obispos y futuros Obispos continuaban siendo educados de la manera antigua; algunos, sin embargo, obtuvieron títulos universitarios en Derecho Canónico, una disciplina muy pronto considerada más apropiada para ellos que la Teología. Así sucedió que los Obispos, los maestros tradicionales de la fe, generalmente no tenían la pericia técnica requerida para hacer frente a las preguntas cada vez más desafiantes planteadas en el discurso acerca de la “doctrina sagrada.” Ellos tuvieron que depender de los profesionales.

En un bosquejo, éste es el origen de la tensión entre el Magisterio y los Teólogos que experimentamos hoy en día. La relación entre éstas dos clases de maestros no ha sido, por supuesto, siempre tensa. Ahí es donde el Concilio de Trento puede ser instructivo. Se destaca como un ejemplo importante de cooperación. El Concilio Vaticano II también proporciona un ejemplo de cooperación, pero en Trento los Teólogos jugaron un papel más formalmente reconocido y tuvo menos limitaciones impuestas sobre ellas.

El Vaticano II y Trento

En el Vaticano II el Papa directamente nombró a todos los peritos oficiales, los expertos en teología, a pesar de que los Obispos podían llevar libremente los suyos propios. Los Teólogos se sentaron con los Obispos en las comisiones que prepararon los documentos. A pesar de que ellos tenían una influencia considerable en las comisiones, ellos fueron oficialmente amonestados en cuanto a que ellos hablarían cuando se les hablara. Ellos nunca se dirigieron a los Obispos en las sesiones Plenarias en al Basílica de San Pedro. Ésta estaba reservada exclusivamente para los Obispos.

Los procedimientos en Trento fueron diferentes de dos maneras significativas. En primer lugar, el Papa nombró solo dos o tres de los Teólogos del Concilio. El resto fueron designados por los Obispos, los Monarcas y por las Órdenes Religiosas. En el segundo período del Concilio, 1551-52, por ejemplo, el Papa nombró 2, los Obispos 15, El Santo Emperador Romano 7, la Reina María de Hungría (la hermana del Emperador) 8 y las Órdenes Religiosas 22.

En segundo lugar, el papel que los Teólogos jugaron en la preparación de los Decretos Doctrinales diferían. El procedimiento fue como sigue:

Primero. Uno o más Teólogos, designados para la tarea por los legados Papales que presidieron el Concilio, resolvían los puntos principales en cuestión en la doctrina en discusión. Estos puntos, breves y punzantes, por lo general resumidos en una o dos oraciones, eran luego pasados a los otros Teólogos y Obispos.

Segundo. En presencia de toda la Asamblea de Obispos, los Teólogos a su vez presentaban sus puntos de vista sobre los artículos. Las presentaciones individuales podrían durar dos o tres horas. Estas reuniones, llamadas Congregaciones de Teólogos, eran realizadas en las mañanas y en las tardes y a veces duraban varias semanas a la vez. Aunque los Obispos no estaban estrictamente obligados a atender estas sesiones, la mayoría lo hicieron. Ellos escucharon en silencio y oyeron un amplio espectro de puntos de vista.

Un ejemplo ilustrará la diferencia entre los dos Concilios. El concepto de Tradición (Concilio Vaticano II) o Tradiciones (Concilio de Trento) fue tratado en ambos. En el Concilio Vaticano II la Comisión Preparatoria Doctrinal, formada por Obispos, compuso un Proyecto de Decreto que luego fue presentado a otros Obispos, reunidos en San Pedro. Dos Teólogos — Karl Rahner, S.J., y el Reverendo Joseph Ratzinger — estaban convencidos que toda una escuela de pensamiento sobre el asunto había sido excluida a priori de la consideración. Ellos, por lo tanto, se sintieron obligados a crear un texto alternativo, el cual ellos distribuyeron de manera no oficial entre los Obispos.

En Trento la primera acción fue en orden inverso: los Teólogos examinaron el problema, mientras que los prelados escucharon silenciosamente a una amplia variedad de opiniones expresadas.

Tercero. Sólo entonces los Obispos, ahora bien informados acerca de las opciones teológicas disponibles para ellos, de manera serial similar, revisaron los artículos. Cuando terminaron, una delegación de Obispos en conjunto con los Teólogos consultores elaboraron un borrador del documento, que luego fue debatido por los Obispos, modificado según fue necesitado y finalmente aprobado por ellos. Fue un largo, tedioso procedimiento, pero resultó en decretos que fueron plenamente informados y bien.

Los Obispos en Trento fueron típicos del Episcopado Católico de la época. Tenían poca formación en teología, a pesar de que ellos de otra manera podrías ser bien educados de acuerdo con los estándares de la época. Si ellos tenían títulos universitarios, esos decretos tendían a estar en ley canónica. Los Teólogos en Trento, sin embargo, venían exclusivamente de universidades o instituciones similares, y algunos eran hombres de gran distinción. Ellos no fueron escogidos a dedo para promover, una perspectiva particular, sino que representaban un muestreo aleatorio de “escuelas” teológicas. Los Obispos hicieron bien en escucharlos antes de proceder con sus propias deliberaciones.

Desde el comienzo del siglo 20, virtualmente todos los Obispos han tenido la formación teológica básica de los seminarios que ellos asistieron. En ese respecto ellos son diferentes de los Obispos que participaron en Trento. Sin embargo, pocos tienen títulos avanzados en teología en un momento cuando la situación cristiana se ha vuelto compleja a un grado inimaginable a una edad más temprana. Ahora como nunca antes, la cooperación y el respeto mutuo son importantes. En ese aspecto, yo creo, que el Concilio de Trento puede darnos una lección a ambas partes.

Autor: John W. O´Malley

* Artículo reproducido con el debido permiso de America The Jesuit Review. America The Jesuit Review no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy.

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