Una visión pastoral: un cliché, un Concilio y finalmente el Papa Francisco

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Desde el momento que el Concilio Vaticano II se inauguró, ha sido consistentemente descrito como un concilio pastoral, a veces con tanta insistencia y sin pensar que la expresión se ha convertido en un cliché. La palabra cliché implica que mientras la descripción pudiera expresar una verdad, al mismo tiempo trivializa el concilio y produce bostezos.

Hay que reconocer que esta visión para describir el Concilio como pastoral es inatacable porque el día en que el Concilio se inauguró, el 11 de Octubre de 1962, el Papa Juan XXIII lo caracterizó como tal. En su discurso de ese día, “Gaudet Mater Ecclesia”, le dijo a los prelados reunidos que el Concilio iba a ser “predominantemente de carácter pastoral.” Los prelados escucharon el mensaje. Desde ese momento en adelante, todos los oradores en el Concilio, especialmente aquellos de la llamada mayoría, insistieron en el carácter pastoral del Concilio, implícitamente contrastándolo con un Concilio doctrinal, que presuntamente debía ser más serio.

Entonces, ¿donde está el cliché? ¿por qué no es correcto designar al Vaticano II como un Concilio Pastoral? En primer lugar yo diría que no hay nada malo con ello. De hecho, quiero reivindicarlo. Pero antes de reivindicarlo, debe ser de-construido. Una vez de-construido, puede ser reconstruido y luego surgir con más fuerza y un significado más profundo.

El cliché como se entiende actualmente tiende a trivializar al Concilio, principalmente al implicar, por lo menos para algunos comentaristas, que los decretos del Concilio son menos substanciales y más contingentes que aquellos de los Concilios supuestamente más doctrinales del pasado. El Vaticano II, como ciertas cervezas y bebidas ligeras, sería, para algunos críticos, un Concilio ligero – no alto en calorías!

Aún más, desviaríamos nuestra atención de lo que es absolutamente único de él, como es su carácter pastoral, si no lo comprendemos bien. El Vaticano II fue pastoral en una forma radicalmente nueva cuando se le compara con los Concilios previos. Por ello, antes que podamos usar correctamente la expresión debemos purificarla de su comprensión convencional, reconstruir su sentido y profundidad, y sólo después devolverlo a su legítimo lugar en el mundo con la frente en alto.

Pero si juzgamos la dignidad y la seriedad de un Concilio por el número o importancia de sus decretos doctrinales ¿no está el Vaticano II realmente calificado como un Concilio ligero o no tan serio? Después de todo, el Vaticano II no definió a una sola doctrina. En el Vaticano II no hay dogmas en el sentido de definiciones solemnes, como la definición de la infalibilidad papal del Vaticano I. Sí, es verdad, el Vaticano II no define una sola doctrina, pero eso no significa que no se haya dado una enseñanza o no haya sido un Concilio doctrinal. Cada dogma es una doctrina, pero no cada doctrina es un dogma. El Concilio no definió ninguna doctrina porque adoptó un modo de discurso diferente del usado en los Concilios que produjeron definiciones, más notablemente en el Vaticano I.

No definir no significa necesariamente que las enseñanzas más importantes del Concilio sean menos vinculantes o menos centrales a la religión. Sus enseñanzas fueron solemnemente aprobadas en lo que fue la reunión más grande y más diversa de prelados hasta el momento en la historia de la Iglesia Católica y luego ratificadas por el Sumo Pontífice, Pablo VI. Debemos recordar, además, que las Constituciones sobre ¨la Iglesia en el mundo¨ y ¨la Divina Revelación¨ son específicamente designadas como ¨Constituciones Dogmáticas¨. Si vemos el número y la importancia de las enseñanzas del Vaticano II, el Concilio no fue uno ligero, sino todo lo contrario.

Aquí tenemos algunas de sus enseñanzas. Las enumero sin ningún orden en particular, pero sin duda en el tope está la enseñanza del Concilio de que lo que Dios nos ha revelado en Jesucristo no es un juego de proposiciones sino su propia persona. En el mismo documento sobre la revelación, el Concilio enseñó que la Biblia es verdaderamente infalible pero sólo en tanto ¨sirve para hacer que el pueblo de Dios viva su vida en santidad y aumente su fe¨. Las repercusiones de esta enseñanza no son momentáneas. Tomándola en serio, nos lleva a pensar cómo nosotros debemos entender la doctrina de ahora en adelante.

Esto otorga gran relevancia a otra de las enseñanzas del Concilio, repetida una y otra vez desde que apareció en ¨La Constitución Dogmática sobre la Iglesia¨: de que el propósito de la Iglesia es promover la santidad de sus miembros. Ningún Concilio anterior se molestó en decirnos eso. La santidad se convirtió en el tema central de las enseñanzas del Concilio, apareciendo una y otra vez en documentos posteriores. Ésta no es una enseñanza trivial.

La Constitución de la Iglesia también nos enseñó que la Iglesia está constituida por las personas, por lo que el término ¨Pueblo de Dios¨ es una expresión válida, crucialmente importante, e incluso tradicional de la realidad de la Iglesia. Ya que el Pueblo de Dios está en todas partes de la faz de la tierra, el Concilio nos enseñó que la Iglesia está en las casas, en cada cultura y necesita encarnarse en cada una de ellas. Debido a que el Concilio también nos enseñó que la sagrada liturgia es un acto de toda la comunidad en el culto y, es por lo tanto, esencialmente una acción participativa, la liturgia tiene que integrar símbolos y costumbres de cada cultura.

Lex orandi, lex credendi – la ley de la oración es la ley de lo que se cree. El Concilio nos enseñó que, mientras la estructura de la Iglesia es jerárquica, también es colegial – lo que quiere decir, que es participativa, como lo es la liturgia. En particular nos enseñó que la doctrina tradicional no expresada anteriormente de que los obispos —cuando actúan como un cuerpo con y bajo el Pontífice Romano— no sólo tienen responsabilidades con sus propias diócesis sino también con la Iglesia en general. Nos enseñó que así como el Pontífice Romano tiene, por lo tanto, una relación colegial con otros obispos, los obispos deben fomentar una relación colegial con sus sacerdotes y los sacerdotes con la feligresía.

El Vaticano II nos enseñó que mientras la Iglesia tiene la gran responsabilidad de proclamar el Evangelio al mundo, también tiene la responsabilidad de vivirlo para el beneficio del mundo como tal, o ejercerlo sobre sí para el beneficio del llamado orden temporal. En fin, para preocuparse de la justicia social, de la atrocidad de la guerra moderna, de las bendiciones de paz y del avance de cada aspecto de la cultura humana. Nos enseñó que a los Católicos nos corresponde trabajar con los demás, incluso con los no creyentes, para promover dichos objetivos. Al mismo tiempo nos enseñó que no hay que ir por una calle de un solo sentido, sino que así como la Iglesia beneficia al mundo, el mundo beneficia a la Iglesia. La Iglesia debe por lo tanto escuchar al mundo y aprender de el. Esta es una enseñanza notable y completamente sin precedentes.

El Concilio nos enses apropiadalgunos casos una ml cil mundo de hoy en dender de el – una ticular nos enseblod e Diosilio doctrinal y la expresiñó que es el deber de la Iglesia y de cada católico respetar las creencias religiosas de los demás y trabajar por la reconciliación dentro de las Iglesias cristianas. Nos enseñó que la Iglesia tiene la misión más y más difícil de buscar la reconciliación incluso con otras religiones, una misión desesperadamente necesaria en el mundo actual. En este sentido nos enseñó que a pesar de que la proclamación es la forma privilegiada del discurso cristiano, el diálogo es también una forma legítima y, en algunos, casos la más apropiada.

En el orden temporal, el Concilio nos enseñó la dignidad y la grandeza de la libertad política. Nos enseñó el derecho de las personas de seguir sus conciencias en la elección de la religión y, en general, nos habló sobre la dignidad de la conciencia, porque ella es ¨el núcleo más secreto y el santuario del ser humano, donde se está solo con Dios, cuya voz hace eco en sus profundidades¨ (“La Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo”, No. 16).

El Concilio nos enseñó que la Gracia y el Espíritu Santo son operativos fuera de los confines visibles de la Iglesia Católica y que la salvación es, por lo tanto, posible fuera de estos confines visibles. Finalmente, el Concilio nos enseñó que ¨los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de las personas de nuestro tiempo, especialmente la de los pobres y afligidos, son los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo también¨ (No. 1).

Estas y otras enseñanzas del Concilio no son triviales. No son de un nivel de importancia secundario. No son lugares comunes o palabrería piadosa. Es cierto, no tienen el mismo nivel constitutivo de la fe cristiana que tienen las doctrinas o dogmas sobre la Trinidad y la Encarnación, pero no dejan de ser verdades de la mayor importancia para la comprensión de las implicaciones prácticas de estas doctrinas en nuestras vidas como cristianos. Si las entendemos en este sentido, se convierten en verdades pastorales y enseñanzas pastorales.

“Enseñanzas pastorales”

¿En oposición a qué? ¿cuál es la alternativa a la enseñanza pastoral? ¿es una enseñanza doctrinal, la cual es una tautología? ¿es una enseñanza académica? ¿reveló Dios enseñanzas académicas o verdades académicas? Me resulta difícil nombrar una alternativa al término enseñanza pastoral, especialmente si estamos de acuerdo con la “Dei Verbum” que dice que Dios nos reveló “lo que sirve para hacer que el pueblo de Dios viva su vida en santidad y aumente su fe”. ¿No quiere decir esto, entonces, que por definición todos las verdades cristianas son verdades pastorales? ¿estamos entonces diciendo que el Vaticano II es un Concilio pastoral por medio de sus enseñanzas, por medio de su doctrina? Yo pienso que sí.

Cuando se determinó en el documento sobre la Revelación Divina que la verdad cristiana, que es una doctrina cristiana, es lo que ayuda a la gente a ser santos, se desmantela lo que pudo haber sido válido en la distinción clásica entre un concilio doctrinal y uno pastoral. Es decir, que el Vaticano II es pastoral a través de sus enseñanzas, o sea a trav de que el Vaticano II ea a travcano II era pastoral a travsitana, es lo que ayuda a la gente a ser santosienl y la expresiés de su doctrina. Por lo tanto, el cliché de que el Vaticano II fue un Concilio pastoral nos ha regresado reivindicado, pero al ser radicalmente redefinido. Y al ser de-construido, lo podemos recuperar ahora reconstruido.

Cuando el Cardenal Alfredo Ottaviani presentó el borrador del documento “Sobre las Fuentes de la Revelación” durante el primer año del Concilio, el habló sólo cinco minutos. Pero no lo hizo para presentar un texto a la consideración general, sino para defenderlo, incluso antes de que la discusión comenzara. El dijo: “ustedes han escuchado muchas personas hablar sobre la falta de un tono pastoral en este documento. Bueno, yo digo que la primera y más importante tarea pastoral es la de suministrar la doctrina correcta…. Enseñar correctamente es lo que es fundamental para ser pastoral”.

Yo no podría estar más de acuerdo con esto, lo que nos trae al presente. Está claro que la base del Papa Francisco para las iniciativas de su Pontificado ha sido, desde el primer instante, las enseñanzas del Vaticano II. Él nos ha estado enseñando de palabra y obra. Sus propuestas han sido descritas, tanto por sus amigos como por sus enemigos, como pastorales, o especialmente por estos últimos, como ¨sólo pastorales¨. Aquí regresa el cliché, pero en su forma no reconstruida, peyorativa. Preguntémonos, entonces, lo siguiente. Cuando a mediados de abril de este año, Francisco trajo de vuelta con él al Vaticano a 12 refugiados musulmanes desde la Isla de Lesbos, ¿estaba solo realizando un acto compasivo, con la esperanza de que otros, especialmente los gobiernos, se inspiraran e hicieran lo mismo? ¿o no estaba él también proclamando a través de una buena acción más poderosa que las palabras de cualquier encíclica, una doctrina central del mensaje cristiano, una doctrina sobre cuya observancia San Mateo nos dice en el Capítulo 25 que depende nuestra misma salvación?: ¨yo era forastero, y tu me recibiste¨.

John W. O’Malley, S.J., ostenta el título de profesor universitario en el departamento de teología de la Universidad Georgetown y es autor de “¿Qué sucedió en el Vaticano II?”.
* Artículo reproducido con el debido permiso de America The National Catholic Review. America The National Catholic Review no se hace responsable por la traducción. La traducción ha sido realizada por Francisco Luciani para Teología Hoy.

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