Agua para sobrevivir

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Hoy el agua. Ayer fue el aire. Mañana quizás el sol. Pero hoy… hoy es el agua. Porque es tan necesaria – también – como el aire que respiro. Esta semana descubrí solo una fuente de agua (¡solo una y además averiada!) en muchos kilómetros a la redonda, para miles de subsaharianos  que malviven atrapados en chabolas de  plástico alrededor de los invernaderos de Almería.

Hay que acudir con intención de mirar. Lo que le decía Gerardo Diego a su padre la primera vez que lo puso frente al mar: “Enséñame a mirar”. Eso mismo les decía yo a las Mercedarias que me acompañaban ( servidoras y testigos proféticos en esta cruda verdad) cuando paseaba casi llorando por los arrabales de una vergonzosa realidad: la de estos esclavos del siglo XXI que, por una miseria de euros, se ahogan y sudan en su trabajo –llanto de lágrimas de sal–, levantándose y agachándose una y otra vez  para recoger pesadas sandías  dentro de infernales invernaderos que han convertido a Almería en una potencia mundial del cultivo de hortalizas. ¿A costa de qué? Agua. Quizás de lágrimas porque hay más de estas que el agua potable que sale milagrosamente y muy escasa de ese grifo. Hacen un trabajo esclavo permitido desde la ceguera culpable de tantos responsables. Trabajadores que viven en condiciones infrahumanas, sin agua, sin luz. Algún “poblado” que yo visité –San Isidro y La Paula–  es uno cualquiera  de los 60 asentamientos en los que podrían vivir más de 3.000 personas en los términos municipales de El Ejido, Roquetas, Níjar. Con menores incluidos.

Saludo a Antonio, de Ghana, uno más, que agotado y empolvado llega a “su casa“ en una bicicleta hecha a trozos con unos pocos euros, tras cerca de 10 horas de trabajo. Su vecino Baah se acerca con su cubo a la única fuente de agua – casi como un tesoro- para lavarse a cielo abierto. Una persona, un cubo. Es la ley no escrita en un lugar donde el agua, inmensa para unos, escasea tanto para otros. Tanto.

Muchos de ellos llegados en pateras. Donde el agua del mar se mezcló a chorros con su sangre. Como “adivinaba” Federico Garcia Lorca suponiendo sus largos viajes:

 ¿Qué llevas, oh negro joven,
mezclado con tu sangre?
Llevo, señor, el agua de los mares.
Esas lágrimas salobres
¿de dónde vienen, madre?
Lloro, señor, el agua de los mares.
Corazón, y esta amargura
seria, ¿de dónde nace?
¡Amarga mucho el agua de los mares!


¡Agua, que me seco!

No resistí ni cinco minutos dentro de un invernadero de esos. Pero no quise tomar (¡sería un robo!) ni siquiera un vaso de aquella fuente casi seca del entorno que alimenta  y limpia, la sangre y la  vida de hombres y mujeres ejemplares, con su niños, en su lucha por sobrevivir.

¡Agua,  que me ahogo! Esto en Europa. Pero hace poco en América en el desierto de Sonora (al sur deArizona), por donde cruzan furtivos los emigrantes, acribillaron un contenedor de agua que estaba ahí desde el 2004. Destrozaron otras seis de las ochos estaciones de agua para los migrantes que cruzan la frontera a través del desierto. Vandalismo criminal quizás realizado por los que se oponen a los migrantes que cruzan de forma ilegal.

¡Agua, que me muero! Esta vez de impotencia al comprobar la mala sangre que también anida en el corazón humano.Solamente lavada por gente como Enrique Morones, que con varias botellas de agua en las manos, reparte en puntos estratégicos, ese tesoro del agua, en ese desierto. Un horno desértico de 45ºC. Lo hace  a lo largo del muro que separa los sueños de miles de mexicanos y centroamericanos (ya murieron de sed 10.000). Allá en Jacumba, un diminuto pueblo en el californiano Valle Imperial, zona dedicada a la agricultura donde los “amos” solo buscan mano de obra barata, para que después de las se marchen a sus tierras.

Como decía hace diez años , “nuestro” alcalde del Egido en épocas de bonanza respecto a los emigrantes: “a las ocho de la mañana todos los inmigrantes son pocos. A las ocho de la noche, sobran todos”. Allá en el Valle imperial  hay más  de 600 migrantes sin identificar y que están enterrados  en el llamado “Cementerio de Los No Olvidados” o “La Madre de Todas las Fosas”. Un  cementerio como nuestro Mediterráneo pero, esta vez, en el desierto. Sobre sus sencillas tumbas unas cruces difunden un mensaje claro: “No estáis solos”.


Agua, al menos, para sobrevivir

A pie, en patera, o en tren. Como sucedía este verano pasado cuando miles de refugiados en la frontera entre Grecia y Macedoniaafrontaban sin agua ni apenas oxígeno un terrible viaje en los llamados ‘trenes caldera’ mientras a su alrededor, vendedores ambulantes locales ofrecían a los refugiados fruta, agua o té a precios que triplicaban su coste real. O les lanzaban botellas tras las alambradas.

O en Malasia (que ya quedan pocos continentes por citar) donde hace justamente un año las embarcaciones, –ataúdes flotantes según la ONU– con centenares de rohingyas y bangladeshíes, a quienes huyendo de su país les desviaban a la fuerza –como si de una partida de pin pong se tratara– y se les negaba entrar en Tailandia e Indonesia. Y que saciaban su sed con las botellas de agua lanzadas desde helicópteros en alta mar. Si me permite la triste ironía: Esta sí que era “agua llovida del cielo”

Y para terminar hablemos del agua en África: A pesar de que muchos de los conflictos que son noticias en África, nos son presentados como problemas étnicos entre tribus, en realidad son muchas veces migraciones producidas por el cambio climático a causa entre otros  de problemas por el agua, y que originan grandes migraciones exteriores y – no lo olvidemos – interiores, con el agravante de  muchas muertes de refugiados climáticos por el camino.

Estas denominadas guerras del agua son ya una gran preocupación –comienzo de un gran problema– y dicen que a lo largo del  siglo XXI, veremos cómo se va a producir un cambio en los motivos de las guerras, pues hasta ahora se lucha por el dominio del oro negro, petróleo y gas y ahora asistiremos a la lucha por el oro azul, el agua.

El agua, bien común  esencial para la vida es finito y escaso en el 65% del territorio africano. Por la contaminación hídrica, y/o el cambio climático, y/o el continuo crecimiento del consumo, y/o el fuerte aumento poblacional africano, y/o el expolio de terrenos por parte de las multinacionales etc que hacen que la población africana cada día esté más deteriorada .Una más de la razones por las que los invernaderos almerienses se llenan de subsaharianos. Van buscando el agua. Como también buscan el pan de cada día.


El agua también es gratuita y universal

Lo pienso recordando a aquellos emigrantes de San Isidro y La Paula, que quizás estén buscando en el agua escasa de un terreno reseco, alguna caricia de la Europa. Lo hago mientras, en primavera, respiro, bebo agua –casi avergonzado– de una fuente umbrosa. Y escribo estas líneas cerca del río Duero, sentado a la sombra de sauces, álamos, fresnos, olmos. Y fijo mi mirada  en un débil chopo que se cimbrea, tiembla, (como los seres humanos), vulnerable, mientras pido a Dios que me siga enseñando a mirar (¡al chopo pero, sobre todo, al hombre herido!),  sospechando el agua que le nutre, a él y a la vida, y recordando aquello de Pedro Salinas: “el alma del chopo tiembla, dentro del alma del agua.” Como tiembla el alma emigrante dentro del alma –casi inerte– de Europa.

 

Autor: José Luis Pinilla

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