¿Construir la paz o abrir paso a la guerra?

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El mismo día que se mostraba el “músculo y el brazo armado de la revolución” para defender a la patria, se enterraba a un ser humano que, protegiendo a su familia, se entregó en las manos del único que le podía dar la verdadera libertad. Unos practicaban la guerra mientras otro se confiaba a la eternidad.

Vivimos en medio de una gran crisis económica y cada quien puede ser libre de postular la causa que más se adapte a su opción partidista. Pero la crisis moral, de valores, alcanza dimensiones mucho más desproporcionadas y descomunales, impidiendo la construcción del “bien común”. A los cristianos, así como a otras comunidades creyentes, nos une el mandamiento de “no matar”. Este mandamiento priva sobre cualquier ideal o causa que se quiera interponer para justificar el hecho de quitarle la vida a otro ser humano. La vida humana no tiene precio, no puede ser igualada a un ideal, por muy noble que éste sea.

En días recientes hemos escuchado hablar de guerra. Nuestra historia contemporánea nos muestra la ineficacia de la misma. Bastaría traer a la memoria y enumerar el número de conflictos armados que realmente han solucionado los problemas de una población. La guerra, a la larga, solo deja vencidos y vencedores, y un alto índice de víctimas.

Abrir el espiral de la violencia con el sueño de poder controlarlo luego, es abrir la ventana a la peor de las pesadillas humanas. El papa Francisco nos recuerda que se necesita mucho más “coraje para hacer la paz” que para llamar a la guerra (25-05-2014). La paz requiere de claridad de valores y principios, necesita del verdadero diálogo, de amar y respetar la dignidad de todo ser humano, de apostar por la justicia antes que crear mayores injusticias. En fin, requiere el esfuerzo de buscar y dar a conocer la verdad.

Siempre habrán algunos que argumentarán los desatinos del pasado para desautorizar a la Iglesia en materia del uso de la violencia. Efectivamente no hay peor cosa que el olvido y el destierro de la memoria histórica de un colectivo para andar errabundos sin horizonte e identidad. El estudio serio y sistemático del magisterio de la Iglesia y las repetidas veces que el sucesor de Pedro ha pedido perdón por los errores del pasado parece evidenciar que la Iglesia no pierde su memoria.

Juan XXIII en su encíclica “Pacem in Terris” recordaba que la paz se fundamenta en el reconocimiento y la custodia de los derechos y deberes de todo ser humano. Construir la paz presupone buscar siempre el “bien común”, es decir, el bienestar de todos los ciudadanos por igual sin importar su raza, credo u opción política. Este mismo “bien común” debería estar presente como criterio internacional para alcanzar la paz. En esta encíclica Juan XXIII propone un programa de valores que deben regir las relaciones en función de alcanzar la paz, como son la ley moral -o el bien común de todos los ciudadanos-, la búsqueda de la verdad, la lucha por la libertad y la defensa de la justicia. Apostar por estos valores y construirlos es lo único que nos permitirá recuperar la paz que necesitamos en nuestra sociedad.

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Félix Palazzi
Doctor en Teología Dogmática por la Pontificia Università Gregoriana, Filosofía por la Universidad Pontificia Salesiana e investigación post-doct en la Julius-Maxiliams Universität. Profesor en la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas) y en el Boston College (Boston, MA)